Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 1 #2
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Abro la puerta de golpe, salgo de la casa pegando un portazo y sigo andando sin detenerme hasta llegar al coche de Alistair. Las ventanas tintadas me impiden ver su cara de amargado, pero ya sé que me aguarda su perenne ceño fruncido tras el cristal, aunque esté de buen humor.

Me deslizo en el asiento del copiloto y me echo sobre el reposacabezas, dejando escapar un suspiro profundo. Permanecemos en silencio unos instantes y siento los ojos de Alistair clavados en el lateral de mi cara.

—¿Puedo ayudarte en algo, Caldwell? —pregunto, sin apartar la vista del frente.

—Sí. Tienes sangre en la puta barbilla. Límpiate esa mierda.

Abre la guantera y me tira un par de servilletas blancas en el regazo.

Las cojo obedientemente y, cuando me las paso por la barbilla, se manchan de rojo casi al instante. Mañana, el corte se habrá convertido en una mera molestia y, en unos días, probablemente me arranque la costra solo para volver a sentir un poco de dolor.

A no ser que mi padre vuelva a pegarme y me abra la herida de nuevo, claro.

Me sirven ambos casos.

—Entrenamos juntos día sí, día no. Eres más que capaz de devolverle una puta hostia.

—No es nada —respondo, frotándome más fuerte para asegurarme de que no queda ni rastro de sangre.

Sacude la cabeza ante mi respuesta y arranca el coche rumbo a la Cima, donde hemos quedado con los chicos. El verano está llegando a su fin, lo que significa que cada vez falta menos para empezar el último año de instituto, y no me apetece nada reencontrarme con nuestros compañeros de clase.

Me paso la mayor parte del tiempo rodeado de las mismas cuatro personas; no me gustaría alterar mi rutina.

Hurgo en el bolsillo de mi pantalón en busca del paquete de Marlboro y saco un cigarro.

—Ya sé que no es nada. Soy más que consciente de que puedes encajar un puñetazo, Rook. Es cuestión de principios, joder. ¿Cómo vas a quedarte quieto mientras tu padre te muele a palos?

Aprieto los puños alrededor de la servilleta hasta convertirla en una bola y la arrojo al suelo del coche; luego, me echo hacia atrás en mi asiento y cierro los ojos. Por costumbre, me paso el Zippo entre los dedos y le doy un par de vueltas antes de chasquear la piedra para provocar la llama.

—¿Qué tal si dejas que yo me ocupe de mi padre?

Estoy bien. En un año nos habremos ido a la universidad y estaremos lejos, muy lejos de aquí.

—Hago una pausa para llenarme los pulmones de humo—.

Llevo aguantándolo desde que era un crío, así que no pasa nada por seguir así un año más. Olvídalo ya, bro .

Un gruñido de exasperación inunda el coche. Acto seguido, Alistair pisa a fondo el acelerador, ni siquiera me inmuto al ver cómo va subiendo el velocímetro. Si nos estrellamos y morimos, pues ya está.

Todo el mundo va a acabar tarde o temprano en el mismo sitio, a dos metros bajo tierra. Da igual cómo lleguemos.

En el fondo, todos nosotros nos sentimos igual. Bueno, excepto el tortolito de Silas.

Thatcher, Alistair y yo ansiamos tanto escapar de esta prisión que no nos importaría abrirnos paso con nuestras propias manos entre el alambre de espino que nos separa de la libertad, aunque nos dejemos la vida en ello.

Necesitamos salir de este pueblucho. Cada uno tiene sus razones para hacerlo, pero todas se reducen al pasado que nos persigue y al ataúd de recuerdos en el que pretende asfixiarnos este lugar.

Para impedir que continuemos con nuestras vidas.

Para que no olvidemos nunca aquello que nos atormenta.

—Me toca los cojones que me llames « bro ».

Suelto una risita, subiéndome la capucha de la sudadera.

—Ya, bueno, a mí tampoco me hace gracia que seas un amargado de mierda, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Lo que tú digas, listillo.

La música ahoga nuestras voces mientras las ruedas van quemando el asfalto.

Alistair tiene problemas para controlar la ira, así que me toca escuchar metal puro y duro hasta que lleguemos a nuestro destino.

No me importa que ponga alguna canción que otra de vez en cuando, pero después del séptimo solo de guitarra ya no siento los oídos.

A pesar de que somos como uña y carne, nuestros gustos musicales no podrían ser más distintos.

Centro la vista en la sucesión de pinos que se difuminan al otro lado de la ventana a medida que nos alejamos más y más del pueblo.

Giramos a la derecha, justo antes de la entrada al siguiente pueblucho de mierda, y nos metemos por un sendero de tierra oculto entre las imponentes hileras de árboles.

Con el sol poniéndose en el horizonte, localizo los coches de Thatcher y Silas, ya aparcados. Paramos al lado y nos bajamos para ir a pie el resto del camino hasta el borde del acantilado.

La Cima es una pequeña porción de tierra situada en la costa, con vistas a las olas teñidas de un azul profundo de Black Sands Cove, una playita donde los lugareños pasan la mayor parte de los meses de verano.

Nuestro sitio está apartado del resto de la gente y nos permite ver a quienes se encuentran debajo.

Como no nos gusta mucho estar en casa, nos tiramos prácticamente todo el tiempo aquí.

Cualquier lugar alejado de nuestros padres nos parece un paraíso. Nos basta y nos sobra con hacernos compañía los unos a los otros.

—¡RVD! Menos mal que has llegado, Thatcher está a puntito de calcinarse las cejas.

Esa voz, tan dulce y suave comparada con la nuestra, solo puede pertenecer a Rosemary Donahue, la única niña rica con los suficientes ovarios como para juntarse con nosotros y la única persona del mundo que me llama por mis iniciales.

Además, es la única chica que conozco dispuesta a mancillar su reputación por el chico que ama.

Se infiltró en nuestro grupo de buenas a primeras y, antes de que pudiéramos darnos cuenta, ya estábamos tratándola como a una hermana.

La veo sobre el regazo de Silas, en una silla al lado de unos montones de leña apilados de forma circular. El viento le enreda los mechones caobas dándole a su novio en la cara, pero sé que a él le da igual.

—Tu falta de confianza en mí me hiere el ego, Rosie —responde Thatcher con una lata de líquido para encendedores en la mano.

—Y una mierda —suelta Silas entre risas—. Ese ego tan gigantesco que tienes está hecho a prueba de balas.

A Thatcher se le dan bien muchas cosas: usar su labia para librarse de la condena tras una matanza, ganarse la confianza de los demás, asestar alguna que otra puñalada…, pero encender un fuego requiere demasiado caos para un maniático del orden como él.

—Siéntate, Thatch. No vaya a ser que te despeines.

Cuando procedo a quitarle el combustible de las manos, recibo una peineta como regalo, pero me obedece y se dirige hacia su asiento.

Una vez me pongo el cigarro entre los labios, empiezo a esparcir el líquido en círculos alrededor de la leña y, como remate final, dibujo una espiral en el centro para asegurarme de que todos los trozos de madera estén bien empapados.

Un nudo de emoción se me forma en el estómago al pensar en lo que sucederá en cuestión de segundos.

El fuego es la clave de mi existencia. Cada vez que enciendo una cerilla y veo el destello de su llama me quedo hipnotizado. No puedo evitarlo. Cuando no estoy pensando en él o contemplándolo, me visita en sueños.

Ese hormigueo que empuja a los demás a matar, a obsesionarse con la limpieza o a echar la llave de la puerta ocho veces antes de irse a la cama es el que siento yo si paso mucho tiempo alejado de su calor.

El fuego forma parte de mi carne, de mis huesos, de mi hogar. Me ayuda a encontrar la calma.

Dejar que me peguen para castigarme a mí mismo puede resultar humillante, pero controlar uno de los elementos más impredecibles de la naturaleza me otorga una fuente de poder descomunal.

Me siento feliz cada vez que veo algo arder; una calidez me invade el pecho y me recorre desde la cabeza hasta los pies. Las llamas me recuerdan a un tiempo en el que mi vida aún no se había sumido en el caos más absoluto. Y pienso pasarme el resto de mis días en busca de ese subidón.

La piromanía es mi veneno y mi antídoto.

Arrojo el cigarrillo sobre el montón de leña y contemplo cómo las ascuas entran en contacto con el líquido inflamable, provocando la chispa que lo inicia todo. Un zumbido se apodera de mi cabeza a medida que las llamas se esparcen y van ganando altura.

Un mar de un tono naranja oscuro baña cada trozo de madera.

El sudor me perla la piel cuando sus olas de fuego se alzan hasta llegarme al pecho.

Podría correrme solo con mirarlas e imaginar el destrozo que causarían en el pueblo y su gente.

En este momento, me siento como si fuese la única persona capaz de contener el potencial destructivo que alberga su calor.

Me siento entre Alistair y Thatcher, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos por un segundo mientras escucho a los demás hablar.

—¿Vais a ir al baile de bienvenida para recaudar fondos antes de que empiecen las clases? —pregunta Rosemary en un tono inocente, como si no supiera la respuesta.

—Tal vez —contesta Alistair—. Puede que no vayamos de la forma que tú querrías que fuésemos, pero no lo descartamos.

Esbozo una sonrisita al pensar en lo que tenemos planeado para esa dichosa recaudación de fondos.

—Bueno, no hagáis nada demasiado ilegal, ¿de acuerdo? No me apetece sacar a mi novio de la cárcel.

—Para eso tendrían que pillarnos —comenta Thatcher.

—A lo mejor puedes venirte con nosotros esta vez, Rose —añado, claramente de broma, porque el ultraprotector de su novio es también mi mejor amigo y sé que no lo permitiría—. Seguro que te lo pasas bien.

Incluso por encima del chisporroteo del fuego, percibo cómo Silas se aferra aún más a su cintura y rechina los dientes.

—Por encima de mi cadáver. No pienso involucrarla en las mierdas que hacemos en Ponderosa Springs al caer la noche —replica Silas.

—¿Al caer la noche? ¿Ahora es cuando hacemos un corrillo alrededor de la hoguera y empezamos a contar historias de fantasmas?

—Vete a la mierda, Rook. Ya sabes a lo que me refiero. No quiero que se meta en ningún lío.

—Sé defenderme solita, ¿sabes? Y, como dice Rook, seguro que me lo paso bien, cariño —le discute Rose.

Silas va a matarme cuando nos quedemos a solas por haberme atrevido a sacar el tema, así que, para lo que me queda en el convento…

—¿Ves? Deja que la muchacha viva un poco, Silas.

—¿Por qué éramos amigos tú y yo? Se me ha olvidado.

Las carcajadas de cuatro de las personas más importantes de mi vida resuenan en mitad de la noche.

Ese sonido tan común y humano me resulta de lo más extraño.

Nos hace parecer un grupo de amigos normal y corriente.

La gente jamás se imaginaría las cosas que hemos hecho ni las que somos capaces de hacer.

Somos malas personas a las que se nos da increíblemente bien llevar a cabo actividades de dudosa moralidad.

Dejo escapar un suspiro y entrelazo las manos detrás de la nuca.

—Porque me necesitas —respondo—. ¿Qué sería de nosotros si no nos tuviéramos los unos a los otros?

Esa pregunta cala hondo en los cuatro. A pesar de que todos guardamos secretos inconfesables que nos llevaremos a la tumba, nos entendemos de una forma que nadie más comprendería.

Hay una oscuridad, un hambre que habita dentro de cada uno de nosotros.

Por separado, solo somos unos críos marcados por la tragedia desde la cuna.

Juntos, somos puro caos.