Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 1
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Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2)

Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2)

Por Monty Jay

© inepub.com

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Génesis

El pasado

Rook

Masoquismo. «Complacencia en sentirse humillado o maltratado».

Siempre me ha gustado esa palabra: complacencia. Parece poética y todo. Me sorprende que el diccionario sepa salirse de lo tradicional.

Algunos dirían que la dominación es la clave y, aunque a mí no me va mucho ese rollo ni en la cama ni en el día a día, nunca me negaría a unos buenos arañazos y mordiscos. Por lo menos en mi opinión, la dominación no importa tanto como el dolor.

Podríamos llamarlo sadomasoquismo. Eso es lo que me gusta. Me encanta el dolor. Para mí es la puta panacea, el remedio para cualquier mal, la vía de escape definitiva.

No hay nada que equipare a ese dolor que se queda conmigo un tiempo tras hacerme algún moratón.

A veces me gusta presionarlos cuando todavía no han perdido su característico color azul violáceo, solo para no olvidar cómo llegaron ahí.

Me encanta esa ola de dolor que se extiende bajo mi piel, recordándome todo aquello por lo que merezco ser castigado.

Todos debemos pagar por nuestros pecados, incluso en la tierra.

El infierno va a ser pan comido. Prácticamente ya vivo en él.

—Todo esto es culpa tuya, Rook. —Esas palabras me queman como si tuviera brasas bajo las plantas de los pies—. El señor examina al justo, pero su alma aborrece al impío y al que ama la violencia.

—Entonces, ¿no debería aborrecerte a ti tanto como me aborrece a mí? —replico.

Se supone que un hijo debe hacer que su padre se sienta orgulloso; sin embargo, yo solo soy su castigo en vida.

El abogado puritano que se cree moralmente superior a todo el mundo desaparece en cuanto cruza el umbral de esta puta casa.

Lleva la corbata suelta y el pelo despeinado de pasearse de un lado a otro.

Aunque he salido de la cocina con la intención de poner la mayor distancia entre nosotros, sigo notando cómo el aliento le apesta a whisky .

—¡Ni se te ocurra huir de mí, pedazo de desgraciado!

A veces ni siquiera busco el dolor físico; me basta con el verbal. Disfruto de cómo me corroe por dentro hasta ponerme la piel de gallina. Solo así consigo sentirme normal. Y nada me ha parecido normal desde que tenía siete años.

Antes de que mi propio padre me repudiara.

De pronto, me atrae hacia él, tirándome del pelo con tanta fuerza que empiezo a notar pinchazos en el cuero cabelludo. Joder, debería cortarme esta pelambrera.

El versículo de la Biblia que ha citado antes me ha dejado el alma en carne viva. La violencia que no se ejerce en nombre de Dios es deleznable, pero puedes pegarle a tu hijo sin problema, siempre y cuando te ampares en las palabras de algún profeta, que para algo son sagradas.

Si nos rigiéramos por lo que escribió Dante, a mí me tocaría pasar la eternidad en el río de sangre hirviendo del séptimo círculo del Infierno, mientras que mi padre estaría condenado a caminar eternamente alrededor de la sexta fosa de Malebolge.

¿Habría algo de verdad en todo aquello? ¿Se considerarían peores los pecados en el inframundo? ¿Se infligirían distintos castigos según la gravedad del crimen cometido contra la humanidad?

—¿En serio me vas a tirar del puto pelo? ¿Qué somos ahora? ¿Unas niñas en el patio del colegio?

Mis palabras alimentan aún más la ira que bulle en su interior. Es entonces cuando me da un empujón y caigo al suelo. Podría defenderme o hacer algo más que apoyar las palmas para amortiguar la caída y evitar darme en la cabeza, pero me quedo quieto.

Me propina una patada en las costillas con su zapato estilo wingtip y el contacto me arranca un gruñido repentino. Me pongo bocarriba y me quedo mirando al techo con una sonrisita, preguntándome si ahora mismo Dios se estará riendo igual que yo, feliz de ver cómo castigan al diablo en la tierra.

Dejo que mi risa vacía y débil llene la habitación.

Es increíble lo que puede llegar a parecerte gracioso cuando has visto o pasado por las mismas cosas que yo. Las comedias de Seth Rogen y Will Ferrell ya no me hacen ni cosquillas.

—La edad no perdona —digo con la voz entrecortada—. Esas patadas ya no son lo que eran. A ver si vas al gimnasio.

—¡Ah! —grita a pleno pulmón a la vez que se abalanza sobre mí, colocando las rodillas a cada lado de mi pecho y lanzándome un puñetazo en la cara.

Saboreo la sangre que brota de mi labio partido; su sabor metálico me calienta el paladar.

—Debería matarte y ya está. Eres tú el que tendría que estar muerto. ¡Tú y nada más que tú!

Cuando me agarra de la parte delantera de la camiseta para levantarme el tronco del suelo y vuelve a estamparme con fuerza contra él, una punzada me atraviesa el cráneo. Mierda, menudo dolor de cabeza me espera después de esto.

Me alza y me estrella contra la dura superficie una y otra vez. Todo a mi alrededor empieza a dar vueltas y percibo destellos de luces por el rabillo del ojo. Otro traumatismo que se añade a la creciente lista de daños causados por el hombre que me engendró.

—¡Pues hazlo! ¡Mátame! —lo desafío a voces entre la neblina de confusión que me empaña la mente, sintiendo hasta el último ápice de mi desgracia, ahogándome en ella, permitiendo que penetre en cada célula de mi ser.

Al dejar de golpearme, lo oigo respirar con dificultad y dirijo la mirada al hombre que me enseñó a lanzar una pelota de béisbol y que solía ponerme sobre sus hombros para que nadie me tapara las vistas.

Un hombre que antes me miraba con el amor que un padre le profesa a su hijo.

Sin embargo, lo único que veo ahora son unos ojos inyectados en sangre por culpa de la miseria y el tormento con el que le obsequié al acabar con esa parte de él que creía en la felicidad, en el bien y en la bondad.

Así es como expío mis pecados.

Esa mirada es la que hace que el dolor resulte tan placentero. La que me recuerda que me lo merezco.

—Te odio —masculla, con tanta furia que la saliva se le escapa de la boca y acaba impactándome en la cara—. No eres más que el diablo. Acabarás pagando por todo esto y por toda tu maldad.

Ya tardaba en llamarme por mi querido apodo. El que más le gusta usar conmigo.

Diablo.

El mismísimo demonio.

Lucifer.

De niño, antes de que me negara su cobijo y me arrojara a las llamas del infierno, era un ángel. Cuando mi madre estaba viva y todos éramos felices, no me importaba ir a la iglesia. Ahora seguro que empiezo a arder nada más cruzar el umbral.

Nos quedamos mirándonos el uno al otro, echando suficientes chispas como para mantener la ciudad de Nueva York con electricidad durante un puñetero apocalipsis. Respiramos hondo, maldiciendo la historia que jamás podremos borrar de nuestra memoria.

He convertido a don Lógico en una bestia impulsiva, una versión más madura de mí mismo, y nos he atrapado a ambos en una especie de purgatorio personal.

Lo he echado a perder.

Y me hace pagar por ello cada día. Con sus manos, sus palabras, sus creencias.

El sonido estridente de un claxon parece devolverle la cordura. Trago saliva, intentando paliar la sequedad que me raspa la garganta.

—Por fin tenemos algo en común.

Me quito sus manos de encima mientras se aparta de mí, dejándome allí tumbado, sin ofrecerme ni siquiera una mano para levantarme. Tampoco es que esperase su ayuda, pero no me pasa desapercibido el gesto.

A pesar de que solo tengo diecisiete años, le saco unos cuantos centímetros al ponerme de pie a su lado. Los suficientes para tener que bajar la vista para mirarlo y que el pelo me caiga sobre los ojos.

—La próxima vez por lo menos ten los cojones de terminar lo que has empezado.

Los hombros le suben y le bajan con cada bocanada de aire mientras regresa poco a poco a la realidad. Se encamina con pasos furiosos hacia la cocina y, una vez allí, le da un buen trago al vaso de whisky que había dejado en la mesa.

Lo más irónico de todo es que también coge su Biblia de la encimera de al lado.

—¿Te crees que Dios va a ayudarte si sigues empinando el codo de esa manera? No lo veo muy defensor de la gula en sus escritos.

Puede que sea un cabronazo, pero al menos no soy un hipócrita.

—No te atrevas a cuestionar mi fe, hijo —dice, ignorándome por completo—.

Y no quiero volver a verte con esos cuatro descarriados.

No te haces ni una idea de los hilos que he tenido que mover para librarte de los cargos por haber quemado el sauce, Rook.

Ese incendio ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Me río por lo bajo, cojo mi sudadera del respaldo del sofá y me la meto por la cabeza.

—Por mí, que les den a las gotas y al vaso —respondo, girándome para encararlo mientras sigo andando de espaldas con los brazos extendidos en actitud despreocupada—.

No vas a poder alejarme de ellos nunca. Es imposible.

Igual que yo no voy a poder impedir que te ventiles esa botella esta noche.

Que no se te olvide que soy el diablo. Siempre me salgo con la mía.

No me molesto en negarle lo del árbol. Sabe de sobra que he sido yo. Todo el puto mundo lo sabe, pero lo mejor es que, sin pruebas ni testigos, no pueden hacer nada al respecto.

Soy consciente de lo que ve el resto cada vez que me paseo por el pueblo: un pirómano empedernido. No es ningún secreto. Ni para la policía ni para mis profesores.

Todos, sin excepción, me llaman el anticristo. Surgido de las entrañas de Satanás. El infierno desatado en la tierra o, en este caso, el tormento de Ponderosa Springs.

Me encanta que se aferren a sus rosarios en cuanto paso por su lado y que susurren tres avemarías porque consideran un pecado el simple hecho de atreverse a mirarme.

Me encanta que sepan todos los destrozos que he causado y, aun así, no puedan hacer nada para detenerme. Ni ahora ni nunca.

No pueden conmigo.

Con nosotros.

Además, me importa una mierda el árbol ese.

Mi padre me dirige una mirada sin vida, cargada de desprecio.

—Me das asco.

Aprieta el puño alrededor del cuello de la botella de whisky y se la lleva consigo hacia la sala de estar sin mediar más palabra.