CAPÍTULO 34
La boda que Vera no organiza
Los claveles llegaron a las once y cuarenta.
Los vi desde la ventana del piso de arriba, mientras Lola le enganchaba a Inés una horquilla detrás de la oreja: una furgoneta blanca, un chico bajando cubos, y dentro de los cubos, entre el eucalipto y las rosas blancas que sí estaban encargadas, unos claveles teñidos de un rosa que no existe en la naturaleza ni debería existir en un jardín de la sierra.
Conté nueve tallos. Iban a acabar en el centro de la mesa larga, junto a las velas, en el sitio exacto donde el fotógrafo se pondría a las siete con la luz de lado.
Me di la vuelta y me senté en la cama.
—¿Qué has visto? —dijo Carmen, sin levantar la vista del zapato que se estaba abrochando.
—Nada.
—Vera.
—Un tema floral menor.
—Ajá.
—De verdad que es menor. —Me puse las manos debajo de los muslos, literalmente, con las palmas contra la colcha, y ahí las dejé—. Es una cuestión de saturación de color en un jardín con piedra clara. Se resolvería quitando nueve tallos y poniéndolos en el baño.
—Nadie te ha preguntado.
—Nadie me ha preguntado.
—Muy bien. —Carmen terminó con el zapato—. Enséñame las manos.
—Están debajo.
—Ya lo veo. Es lo más bonito que he visto en años.
* * *
La casa era una casa. Eso es lo primero que hay que decir, porque llevo once años trabajando en fincas y una finca no es una casa: una finca es un negocio con jardín, con aparcamiento señalizado y con un tipo llamado Ramiro que lleva veintidós años allí y sabe dónde está la llave de paso.
Aquello era una casa de pueblo grande, con una parra, un muro bajo de piedra y cuarenta sillas de distintos modelos porque quince las había traído la prima Elvira de un colegio de Alcorcón.
Nadie había alquilado un arco. No había photocall.
No había plano de mesas: había una mesa larga y dos redondas y la gente se sentó donde quiso, cosa que me produjo una reacción física comparable a la de morder papel de aluminio.
La ceremonia estaba prevista para la una.
Empezó a la una treinta y ocho.
El motivo fue un micrófono inalámbrico de esos que alquilan con el equipo de sonido y que, al encenderse, hace un ruido de avispa dentro de una lata. El primo de alguien se subió al coche para bajar al pueblo a buscar un cable alargador, que no era el problema. El problema eran las pilas.
Yo lo supe a los cuatro segundos, desde una silla de la tercera fila, con un vestido verde que me había comprado en marzo, sin pinganillo, sin neceser de urgencias —el neceser estaba en el coche, a ochenta metros, con dos juegos de pilas AA dentro, porque llevo pilas desde 2017— y con las manos otra vez debajo de los muslos.
Treinta y ocho minutos.
Cuarenta personas esperando en un jardín en abril, con vino blanco, con sombra, con sus hijos correteando alrededor de la parra.
Nadie se levantó. Nadie miró el reloj. La madre de Sergio le enseñaba a la madre de Inés unas fotos en el móvil.
Tomás cogió en brazos a Julia porque se había caído en la gravilla y no lloró de verdad, lloró de la otra manera.
A los veinte minutos, Leo se sentó a mi lado con dos copas y me dio una.
—Vas a batir un récord —dijo.
—Cállate.
—Tengo una lista.
—No tienes una lista.
Sacó el móvil, abrió las notas y me lo puso delante de la cara con el brazo estirado, como se le enseña una radiografía a alguien que no quiere mirarla.
1. Claveles rosas (9). 2. Silla coja (fila 2, sitio 4). 3. Micrófono. 4. El primo de Elvira ha ido a por un cable y el problema son las pilas. 5. Las servilletas son de papel y ponen «Feliz cumpleaños» por el otro lado.
—El cinco es mentira.
—El cinco es verdad. Míralo tú misma en la mesa siete.
—No hay mesa siete. Hay tres mesas.
—Pues en la de la izquierda.
Le devolví el móvil.
—Lo del micrófono se arregla con las pilas de mi coche —dije—. Cuatro minutos. Tres si voy sin el vestido.
—Ya lo sé.
—Y lo de la silla se arregla con una servilleta doblada en ocho.
—Eso ni siquiera lo tenía yo.
—Eso lo sabe todo el mundo.
—Eso no lo sabe nadie, Vera. —Se acabó el vino—. ¿Vas a ir a por las pilas?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque nadie me lo ha pedido —dije—, y porque llevo mirando a tu hermana desde las once y no ha mirado el reloj ni una vez.
Y era verdad. Inés estaba junto al muro de piedra, con un vestido color hueso sin cola y sin nada, riéndose con un tío suyo, esperando a que un hombre volviera del pueblo con unas pilas equivocadas.
He visto a treinta y una novias esperar treinta y ocho minutos. Ninguna se reía.
* * *
Media hora antes, las cuatro nos habíamos encerrado en el dormitorio de arriba, con una colcha de ganchillo y un armario que olía a alcanfor.
Inés sacó del bolso los cuatro sobrecitos blancos con la luna impresa. Estaban blandos y con las esquinas redondeadas de haber vivido siete meses en cajones distintos.
—Uno para cada una —dijo—. Ya está. Se acabó el juego.
Yo abrí el mío y vi mi propia letra de las cuatro de la mañana, más grande de lo normal y con la línea cayéndose hacia la derecha.
Besaría a Leo otra vez y le preguntaría por qué nunca me pidió que me quedara.
—¿Se lo preguntaste? —dijo Lola.
—Sí.
—¿Y qué dijo?
—Que esperaba que se lo pidiera yo. —Doblé el papel—. Los dos éramos idiotas. Fue un empate.
Carmen leyó el suyo, hizo un ruido con la nariz y se lo guardó en el sujetador, que es donde Carmen guarda las cosas importantes.
—Un mes en el que no fuera la responsable principal de todo el mundo —dijo—. Llevo cinco meses con los lunes de cinco a ocho. Son ciento veinte horas al año. No es un mes.
—Es un principio —dijo Inés.
—Es un principio.
Lola no leyó el suyo en alto. Lo miró un rato, lo dobló y dijo:
—La respuesta sigue siendo mala. Pero ahora la pregunta me da menos miedo.
* * *
Entró con su madre. Pilar Navarro, sesenta y ocho años, traje azul marino y un bolso que no soltó en toda la ceremonia. Y las palabras las dijo Leo, porque su hermana se lo pidió en marzo por teléfono y él estuvo cuatro días diciendo que no.
Habló dos minutos y medio. Cronometrados: es superior a mí.
Dijo que había pasado nueve años enterándose de la vida de su hermana por resúmenes y que ya no.
Dijo que la primera vez que le contaron que Inés se casaba fue enseñándole una fecha, y que esta vez le habían contado un proceso, y que la diferencia entre esas dos cosas era toda su familia.
Luego dijo que se sentaba, y se sentó, y le salió mejor que a la mitad de los oficiantes profesionales que he contratado en mi vida.
Sergio leyó de un papel. Doblado en cuatro, escrito a ordenador, con el margen justificado.
—Me he dado cuenta de una cosa este año —leyó— y es que yo daba por hecho un montón de cosas contigo. No por vago. Porque me parecía bonito. Yo pensaba que dar por hecho a alguien era una manera de quererlo mucho, que era como decir «te conozco tanto que ya sé lo que vas a decir».
Levantó la vista un momento y volvió al papel.
—Y no. Es lo contrario. Cuando doy por hecho lo que vas a contestar, dejo de escucharte. Y llevaba diez años haciéndolo, y en septiembre acepté un trabajo en otro país usando la palabra «nos», y eso no es una anécdota graciosa que contaremos en las cenas, es lo peor que te he hecho.
Alguien de la tercera fila hizo un ruidito.
—Así que lo que te prometo es aburridísimo —siguió—. Te prometo preguntar. Aunque crea que lo sé. Sobre todo cuando crea que lo sé. Y te prometo aguantarme las ganas de traer una carpeta azul con la solución cuando lo que hace falta es una silla y dos horas.
Inés se rio con la nariz, como su hermano.
Y entonces sacó del bolsillo del vestido —tenía bolsillos, el vestido, y eso también fue una decisión— una cajita, y de la cajita el solitario de su abuela Amparo, montado de nuevo, el mismo que se había quitado en un reservado de un karaoke de Las Vegas siete meses antes y que había pasado un fin de semana en la caja fuerte de una casa de empeños de Fremont East.
No se lo puso Sergio.
Se lo puso ella. Con las dos manos, mirándolo, sin prisa, delante de cuarenta personas y de un micrófono que no funcionaba.
A las dos menos cuarto empezó a caer una llovizna de tres o cuatro minutos, de esas que en la sierra no significan nada.
Nadie se movió. Yo tenía en la cabeza, entera y automática, la lista de lo que había que hacer —cubrir el sonido, meter el papel de la mesa, avisar a la cocina—, y me quedé sentada mirando cómo cuarenta personas dejaban que les lloviera un poco encima.
Escampó solo. Como siempre.
* * *
Comimos a las tres y media. Ensaladilla, cordero, dos tartas compradas en el pueblo y una cola de doce minutos en el bufé, exactamente como yo había calculado en marzo con el café en la mano.
Nadie se quejó. En la cola se conocieron dos personas que ahora comparten un huerto.
A los postres, Inés se giró hacia mí.
—Vera. Una cosa.
—Dime.
—El pastel. Está fuera desde la una. Hace veintiséis grados.
Y ahí sí. Cinco segundos.
—Que lo metan en la nevera de la cocina veinte minutos, no más, y que lo saquen cuando empecéis con los cafés. Y que no lo pongan en la tabla de mármol, que está al sol y quema. La grande de madera.
—Gracias.
—De nada.
Eso fue todo lo que hice en la boda de mi mejor amiga. Once palabras sobre un pastel y una nevera.
Sentarme encima de las manos me costó, no voy a mentir.
Pero descubrí algo entre el cordero y el café, mirando a Elvira correr con dos bandejas mal repartidas: que yo no organizo bodas porque no soporte que las cosas salgan mal.
Las organizo porque me gusta que la gente esté bien.
Y aquella gente estaba bien. Con nueve claveles rosas, un micrófono muerto y unas servilletas que ponían «Feliz cumpleaños» por detrás.
El plan no es la persona. Eso es lo que tardé treinta y cuatro años y cuarenta y siete bodas en entender.
Yo hago planes buenísimos y voy a seguir haciéndolos hasta que me muera, pero el plan es un andamio, y llevaba media vida confundiendo el andamio con el edificio, y cuando alguien me tocaba el andamio yo creía que se me caía la casa.
* * *
A las siete y veinte, Leo se levantó de la mesa con el móvil en la mano y volvió andando hacia atrás, enseñándome la pantalla.
Marlene Cho, en un despacho con una ventana enorme y detrás la fachada de un edificio con andamios y una lona verde.
—Navarro —dijo—. Tengo el acta de recepción firmada. Y usted, cómo no, está en una boda.
—Es la de mi hermana.
—Le da igual. Usted está siempre en una boda. —La cámara se movió—. ¿Esa es la señorita Montes?
Leo giró el móvil.
—Buenas tardes —dije.
—Buenas tardes. —Marlene se ajustó las gafas—.
Vera, el veintiséis de septiembre abrimos.
Habrá una fiesta espantosa con cuatrocientas personas y ochenta periodistas y quiero que me digas a quién contrato para los eventos privados de la planta tres, porque el que me ha propuesto la central es un desastre y llevo tres semanas discutiéndolo.
Tardé un segundo en darme cuenta de dos cosas. Una: que era la primera vez en siete meses que aquella mujer no me trataba de usted. Dos: que acababa de decirme «Vera».
—Te mando tres nombres el lunes —dije.
—El domingo.
—El lunes, Marlene. El domingo es mañana y mañana no trabajo.
Del otro lado hubo una pausa de dos segundos y un ruido corto que, traducido de Marlene Cho, era una carcajada.
—El lunes —dijo, y colgó.
* * *
Bailamos a las diez y media, en el patio, con una guirnalda de bombillas que la prima Elvira había colgado torcida y que quedaba mejor torcida.
Leo baila regular. Lo digo con conocimiento de causa: he visto bailar a unas seis mil personas y él está en el percentil cuarenta, salvado por la cara que pone.
Me llevaba la mano izquierda cogida a la altura del pecho, y debajo de mi manga estaba el Seiko de su padre, en el cuarto agujero que le hice en octubre con un punzón, ocho minutos adelantado porque lo había puesto en hora el martes.
—Nueve claveles —dijo.
—Diez. Había otro en el baño.
—Sabía que los habías vuelto a contar.
—Los conté al llegar.
—Vera, has contado los claveles del baño.
—El baño estaba de paso.
Se rio, y me apretó un poco más la espalda, y estuvimos un rato sin decir nada mientras Carmen intentaba enseñarle a Lola algo que no era un paso de baile sino una maniobra de inmovilización.
—Esto no estaba en el plan —dijo Leo.
Levanté la cabeza.
—Esa frase es mía y la jubilé en un salón con purpurina.
—Pues la he heredado. Es lo que pasa cuando alguien deja de usar una cosa buena.
—Te va a salir cara.
—Ya me ha salido cara. Vivo en Lavapiés.
* * *
Nos fuimos a la una y media, andando hasta el coche por un camino de gravilla, yo con los zapatos en la mano y él con la chaqueta de mi hermano político —así lo llamó, para provocarme— colgada del hombro.
—Oye —dijo Leo, buscando las llaves—. El fin de semana que viene.
—El fin de semana que viene tengo boda el sábado. Termino a las dos de la mañana.
—El siguiente.
—El siguiente lo tengo libre. Es el único hueco de mayo y lo tengo marcado en rojo desde febrero.
—Ya lo sé. Lo he mirado. —Abrió el coche—. ¿Te vienes conmigo?
—¿Adónde?
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no te lo digo. —Se apoyó en la puerta—. Salimos el viernes a las cuatro. Coge ropa para dos días, algo de abrigo y unas zapatillas que puedas mojar. Vuelvo el domingo por la noche y el lunes trabajamos los dos. Eso es todo lo que te voy a dar.
Y yo dije que sí.
Lo dije sin pensarlo, con los zapatos en una mano y el bolso en la otra, a la una y treinta y cinco de la madrugada del dieciocho de abril, en un camino de gravilla de la sierra de Madrid.
Y después, unos cuatro segundos después, pregunté:
—¿Adónde?