Las Vegas no estaba en el plan EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Esta vez sí me acuerdo

Me despertó el camión de la basura.

No el aire acondicionado: el camión de la basura de la calle Cardenal Cisneros, que pasa a las ocho menos veinte y hace ese ruido hidráulico de contenedor levantándose que en agosto me sacaba de quicio y que en septiembre ya formaba parte del mobiliario.

Abrí los ojos y vi el techo.

Era un techo blanco con una grieta fina que salía de la esquina de la ventana y llegaba hasta la lámpara, una grieta que llevábamos dos meses diciendo que había que mirar y que no íbamos a mirar nunca. Lo miré un rato largo.

Y entonces giré la cabeza hacia la izquierda y vi, encima de la mesilla, un reloj de hombre.

Un Seiko mecánico de esfera color crema. Correa de piel marrón reventada por los bordes.

Y durante un segundo entero, uno de esos segundos que duran lo que dura una punzada, tuve nueve grados menos de temperatura corporal y una moqueta con dibujos imposibles debajo de los pies y un detector de humos parpadeando en verde cada seis segundos.

Un segundo. No más.

* * *

Vamos por partes, que es como lo hice entonces y como lo he hecho siempre y como lo voy a hacer hasta que me entierren.

Elemento uno: el reloj. En la mesilla, no en la muñeca, porque desde julio duerme ahí, en el platito de cerámica que Lola nos regaló y que es objetivamente feo.

Marcaba las ocho menos seis. Iba diez minutos adelantado porque lo había puesto en hora el lunes y llevaba cinco días adelantándose dos minutos por día, como lleva haciendo desde 1974, como hacía cuando estaba en la muñeca de un hombre que se llamaba Andrés Navarro y que arreglaba relojes en la mesa de la cocina.

Elemento dos: en la cara interna de la muñeca izquierda, debajo de donde había estado la correa, un sello de tinta azul del tamaño de una moneda.

Me lo puso una chica de seguridad en la puerta de la calle a las nueve menos veinte de la noche.

Llevaba un pinganillo y un chaleco y me dijo «la mano, por favor» sin levantar la vista, y yo le enseñé la mano, y ella me estampó el sello, y luego me miró y me dijo «perdona, ¿tú eres la de la planta tres? », y yo le dije que sí.

Elemento tres: agujetas. En los gemelos. Tres horas y cuarenta minutos de pie sobre un suelo de mármol con unos zapatos que me había comprado el jueves y que no había domado, porque tengo cincuenta y una bodas de experiencia y sigo cometiendo ese error como una becaria.

Elemento cuatro: mi vestido en el respaldo de la silla, del revés, con la cremallera abierta. Los zapatos juntos debajo, uno al lado del otro. Los pendientes en el platito de cerámica, al lado del reloj.

Elemento cinco, el más humillante: en la mesilla, sobre un plato pequeño, dos croquetas frías envueltas en una servilleta de tela con un trébol bordado en la esquina.

Y me acordaba.

Me acordaba de todo. De la chica de seguridad y de los zapatos y de la conversación de cuarenta minutos con una periodista de un suplemento de viajes que solo quería saber si el hotel iba a poner albornoces.

De Marlene Cho apareciendo a las once de la noche con un vestido negro y diciéndole a Leo, delante de doce personas, «Navarro, esto no está mal», que es la mayor alabanza pronunciada en su idioma desde que se inventó el idioma.

De Priya Sandoval, que lleva en Madrid desde mayo y habla español mejor que la mitad de mis proveedores, llorando en un office porque se le había caído una bandeja, y de mí diciéndole que a la tercera bandeja ya ni se llora.

Me acordaba de haber cogido las dos croquetas de una bandeja a la una menos cuarto, porque llevaba desde las cuatro de la tarde sin comer.

No: mentira. De eso no me acordaba, porque no fue así.

Me acordaba de que Leo apareció detrás de mí a la una menos cuarto con un plato y me dijo «come algo o te vas a caer», y me acordaba de que me las guardé en la servilleta porque en ese momento estaba hablando con el jefe de sala.

Cinco elementos. Ninguna pregunta.

Me quedé tumbada un rato más, en un piso de la calle Cardenal Cisneros que llevábamos ocupando desde el nueve de julio y en cuyo pasillo seguía habiendo cuatro cajas sin abrir con la letra de Leo, y me di cuenta de que estaba haciendo inventario por costumbre y de que no había nada que inventariar.

Todo el mundo respiraba. Buen comienzo.

* * *

Leo estaba en la cocina, descalzo, con una camiseta y el pantalón del pijama, abriendo y cerrando armarios.

—¿Dónde están los cuencos? —dijo.

—En la caja tres.

—¿Qué caja tres?

—La del pasillo que pone «cocina 3».

—Ninguna caja pone nada.

—Todas las cajas ponen algo. Las etiqueté yo en julio con rotulador permanente.

—Vera, ninguna caja del pasillo pone nada.

Fui a mirar. Efectivamente, las cuatro cajas del pasillo estaban giradas con la etiqueta contra la pared, porque en julio yo las coloqué de manera que se leyeran y en algún momento de agosto alguien las movió para pasar el aspirador y no volvió a girarlas.

Las giré. Ponía «cocina 3».

—Anda —dijo Leo desde la puerta.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho con la cara.

Sacó los cuencos, dos, y puso la cafetera italiana en el fuego, que es como hace él el café desde enero y que tarda seis minutos más de lo necesario, y yo me senté en el taburete con los pies colgando y las agujetas latiéndome en los gemelos y me puse a mirarlo.

El hotel había abierto la noche anterior con cuatrocientas veinte personas, ochenta y tantos periodistas, un problema serio con la climatización de la planta tres que se resolvió a las siete y media abriendo cuatro puertas, y ciento noventa personas contratadas por un hombre que doce meses antes estaba en una sala vacía de Las Vegas con un flexo de obra y un vaso de cartón con la tapa mordida.

—¿Cuánto has dormido? —dije.

—Cinco horas.

—¿Y hoy?

—Hoy tengo el móvil apagado hasta las seis de la tarde. A las seis lo enciendo, miro si arde algo y lo vuelvo a apagar. —Sirvió el café—. Marlene me ha mandado un mensaje a las siete y diez.

—¿Qué dice?

—«Descanse». Con punto.

—Es aterradora.

—Es la mejor jefa que voy a tener nunca —dijo, y se apoyó en la encimera con el cuenco entre las manos—. ¿Tú qué tienes hoy?

—Nada. El sábado tengo Cuenca.

—La de Julia.

—La de Julia. Ciento diez personas y una escalera exterior que es un delito con tacón, así que voy a llevar cuarenta pares de esas zapatillas de tela que se doblan.

—Cuarenta.

—Treinta y ocho invitadas y dos de margen. Se lo he metido en el presupuesto y lo ha pagado sin rechistar.

Leo se rio por la nariz.

Sobre la mesa, entre un cargador y una bolsa de pan del día anterior, estaba el cuaderno.

El de tapa dura, el que uso cuando algo se rompe, porque el papel no se actualiza solo ni te pide contraseña.

En la última página escrita, del jueves, ponía: Cuenca — escalera — zapatillas — hablar con Bea de la furgoneta — llamar a mi madre.

Y debajo, en el portátil cerrado, había una hoja de cálculo.

Se llamaba Octubre — 3 días y tenía cuatro columnas. Vuelos: rellenos. Alojamiento: relleno, dos noches, cancelación gratuita hasta el día 9. Traslados: rellenos. Y una cuarta columna, la más ancha, con nueve filas.

Cinco estaban vacías. A propósito.

Lo hice en agosto, un domingo por la tarde, en esa misma mesa. Rellené las que había que rellenar, dejé el resto en blanco, guardé el archivo y me quedé cinco minutos mirando la pantalla con una sensación física en el esternón muy parecida a la de bajar en un ascensor rápido.

Después se lo enseñé a Leo y él leyó las nueve filas enteras, que es más de lo que ha hecho nadie en mi vida, y dijo: «el sábado por la tarde está vacío».

Y yo dije: «el sábado por la tarde improvisamos».

Y lo dije con mi voz de siempre, esa con la que pronuncio esa palabra como si fuera un diagnóstico con mal pronóstico, y él me hizo repetirla dos veces por diversión.

* * *

—Oye —dijo Leo.

Estaba de espaldas, aclarando la cafetera bajo el grifo, con el agua abierta.

—Dime.

—¿A ti te apetecería casarte conmigo algún día?

Cerró el grifo. Se dio la vuelta con la cafetera goteando en la mano y la dejó bocabajo sobre el escurridor, y luego me miró con la misma cara con la que me pregunta si queda leche.

Yo tenía el cuenco a medio camino de la boca.

Lo dejé en la encimera.

—¿Algún día?

—Algún día. No sé. En algún momento. —Se encogió de hombros—.

No te estoy pidiendo nada hoy. No hay anillo, no hay nadie escondido en el pasillo, no he reservado un restaurante.

Se me ha ocurrido mientras fregaba y he pensado que si no lo decía ahora iba a estar tres meses buscando el sitio bueno para decirlo, y el sitio bueno no existe, y tú lo sabes mejor que yo porque te dedicas a venderlo.

—Me dedico a venderlo, sí.

—¿Entonces?

Yo me quedé mirando a un hombre de treinta y siete años, descalzo, con una camiseta con un agujero en el hombro, en una cocina con cuatro cajas sin abrir en el pasillo, a las ocho y cuarto de la mañana de un sábado de finales de septiembre, doce meses y dos días después de haberme despertado en una suite de Las Vegas sin saber cómo había llegado allí.

—Sí —dije.

—¿Sí?

—Sí. Algún día. —Cogí otra vez el cuenco—. Con dos condiciones.

—Ya estamos.

—Una: no en temporada. Nada entre abril y octubre. Me niego a casarme un sábado en el que podría estar facturando.

—Aceptada.

—Y dos: la despedida es en Cuenca.

Leo se cruzó de brazos.

—¿En Cuenca?

—En Cuenca. Hay un hotel al lado del puente que tiene ocho habitaciones, una terraza y un cocinero que hace un pisto que no te lo crees. Lo conocí en junio montando una boda y llevo desde entonces pensando que ahí no puede pasar absolutamente nada malo.

—Ya.

—Se llega en cincuenta y cinco minutos en tren. Se sube andando. No hay casinos, no hay capillas y no hay una sola casa de empeños abierta a las dos de la mañana.

—Vera.

—Lo he comprobado.

—Eso —dijo Leo, muy despacio— suena sospechosamente a un plan.

—Es que es un plan.

—Es que tiene hotel elegido.

—Tiene hotel elegido, ocho habitaciones y un pisto.

—Y la boda no existe.

—La boda no existe, no. La boda es «algún día». —Bebí un poco de café—. Pero la despedida está resuelta.

Y entonces se rio. Con la boca abierta, con la cabeza hacia atrás, apoyándose en la encimera con las dos manos, y no era la risa de dos por la nariz, era la otra, la que le sale tres o cuatro veces al año y que a mí me sigue pareciendo un acontecimiento meteorológico.

—Ven aquí —dije.

—Dilo mejor.

—Ven aquí, por favor.

Y vino, y se me apoyó encima con todo el peso como hace siempre, que es una cosa insoportable, y olía a café y a la fiesta de la noche anterior, y yo tenía las manos frías y se las puse en la nuca a propósito y él protestó a propósito.

Nos besamos en la cocina, delante de una cafetera bocabajo y de cuatro cajas mal giradas, y después me quedé un rato con la frente en su hombro mirando por encima el pasillo de un piso que no era ni suyo ni mío sino de los dos desde el nueve de julio.

No sabía qué día nos íbamos a casar. No sabía si el hotel de Cuenca tendría las ocho habitaciones libres.

No sabía si en octubre, el sábado por la tarde, íbamos a hacer algo memorable o íbamos a dormir la siesta en un pueblo cualquiera, y tenía esa casilla en blanco desde agosto y no pensaba rellenarla.

Por primera vez, no necesitaba saber qué venía después para saber que quería estar allí.