CAPÍTULO 33
Seis meses después
—Tienes llave —dijo Leo.
Eran las diez y diez de un martes de finales de marzo y yo estaba en su descansillo, en un tercero sin ascensor de una calle de Lavapiés que huele a fritanga a partir de las nueve, con una bolsa de plástico en cada mano y el timbre todavía sonando dentro del piso.
—Y he llamado —dije—. Las dos cosas son compatibles.
—Llevas llave desde el ocho de febrero.
—¿Me vas a dejar pasar o hacemos esto en el rellano? Porque una de las bolsas lleva caldo.
Me dejó pasar.
El piso de Leo en Madrid era un piso amueblado de esos que alquilan las empresas: sofá gris, mesa de cristal, un cuadro de un muelle y tres bombillas de las cinco funcionando.
Encima de la mesa había planos enrollados con gomas, dos cascos de obra y ciento y pico currículums impresos con pósits de colores en la esquina, porque a Leo, que se pasa la vida diciendo que no planifica nada, le da igual la nube y necesita ver a la gente en papel.
Dejé las bolsas en la encimera y empecé a sacar cosas, que es lo que hago yo cuando una conversación no me gusta.
—Es que no lo entiendo —dijo él a mi espalda—. Es una llave. Te la di. Está en tu llavero.
—Está en mi llavero.
—Y nunca la has usado.
—La he usado hoy —dije—. Para abrir el portal.
—El portal es una puerta distinta y lo sabes.
Se rio por la nariz, dos veces, sin ninguna gracia.
* * *
La cosa venía de unas siete semanas antes y las dos lo sabíamos.
El ocho de febrero, un domingo por la noche, Leo había metido una llave suelta en el bolsillo de mi abrigo, en el perchero de un restaurante, sin decir nada. Yo la encontré en el taxi. Le escribí «¿esto es tuyo?» y él contestó «es tuyo», y ahí quedó la cosa.
Y desde entonces yo había subido aquellos tres pisos once veces y había llamado once veces.
—Dime por qué —dijo, apoyado en el marco de la cocina.
—Porque trabajas doce horas y a veces duermes de siete a nueve, y si abro yo la puerta a las diez de la noche y tú estás dormido, te despierto sin haberte preguntado.
—Puedes preguntarme.
—Si te escribo y no contestas, tampoco sé si estás dormido o en una reunión.
—Vera.
—No he terminado. —Dejé el caldo en la vitro—.
Y porque la última vez que yo tuve llave de la casa de un hombre, entré un jueves con la compra hecha y él estaba en el sofá con el portátil y me dijo, con toda la educación del mundo, que le habría gustado saber que venía.
Y tenía razón. Y me pasé cuatro años con esa frase en la cabeza y aún la tengo.
Leo no contestó a eso enseguida. Fue a la mesa, movió un plano para hacer sitio y volvió con dos vasos que llenó de agua del grifo, porque no tenía nada más.
—Vale —dijo—. Eso es una razón. Yo tenía otra teoría.
—¿Cuál?
—Que no la usabas porque no querías deberme nada.
—Esa también.
—Ya. —Bebió—. Pues la llave te la di porque un domingo me di cuenta de que llevo desde enero en una ciudad donde no conozco a nadie que no sea de mi familia o del hotel, y de que la única persona que viene a este piso llama al timbre como el del gas.
—Eso es de las cosas más tristes que me has dicho.
—Lo sé. Lo he pensado mientras lo decía.
—¿Y lo has dicho igual?
—Llevo tres meses cenando con mi hermana los domingos —dijo—. Se pega.
* * *
Nos sentamos en el sofá gris con dos platos de sopa encima de las rodillas, como dos personas de sesenta y ocho años, y ahí salió lo otro, que era lo que estaba debajo desde el principio.
—Y ya que estamos —dije—. El jueves veintisiete.
—Sabía que ibas a sacar el veintisiete.
—Cancelaste a las siete y diez. La mesa era a las nueve.
—Se cayó el forjado de un techo de la planta menos uno.
—Lo sé. Lo vi en el parte. —Removí la sopa—. No te estoy reprochando el forjado. Te estoy reprochando que me escribieras «imposible, luego te cuento» y que el «luego» fuera el sábado a las once y media de la noche.
—Tú ese sábado tenías una boda en Colmenar.
—Tenía una boda en Colmenar y ciento sesenta personas y aun así miré el móvil catorce veces entre el aperitivo y el segundo plato.
—Dejé la cuchara—. Y lo peor es que el viernes te contesté «no pasa nada» y luego estuve treinta y seis horas sin escribirte, que es la manera más cobarde que existe de tener una discusión.
Leo dejó el plato en la mesa de cristal.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Que sí. Que lo noté y no dije nada, porque pensé: si digo algo, esto se convierte en una conversación de las importantes y son las once y media de la noche y llevo desde las seis de la mañana con un forjado.
—Se pasó la mano por la cara—. Así que lo dejé pasar.
Yo hago eso. Es mi versión de tu «no pasa nada».
—Al menos la mía tiene menos escombro.
—La tuya tiene canutillo.
Y ahí me reí, con el plato en las rodillas y la sopa hirviendo, y él me quitó el plato de las manos antes de que se me cayera encima, que es un gesto que hace a menudo y que consiste en anticiparse a un desastre y no comentarlo, y que a mí, en marzo, me seguía descolocando.
—Propuesta —dije—. Los martes son los martes. Aunque se caiga el edificio. Y si se cae el edificio, me llamas y me lo cuentas en dos minutos, no me mandas cuatro palabras. A cambio yo uso la llave.
—¿Sin llamar?
—Con un mensaje que ponga «subo». No pido más.
—Hecho.
—No he terminado. Y en junio yo tengo nueve fines de semana seguidos y voy a estar impresentable, y quiero decírtelo ahora, en marzo, en un sofá, y no en junio a las dos de la mañana.
—Anotado —dijo Leo—. ¿Lo pongo en algún sitio?
—No te atrevas.
* * *
El jueves siguiente, Lola Ferrer entró en mi oficina de la calle Zurbano con una carpeta rígida y esa cara que se le pone cuando ha ensayado.
—Buenos días —dijo—. Vengo a una reunión profesional.
—Son las diez y cuarto y me has traído churros.
—Vengo a una reunión profesional con churros. Bea, ¿tú comes?
—Yo como siempre —dijo Bea desde su mesa, sin levantar la vista.
Lola se sentó, abrió la carpeta y me puso delante dos folios grapados.
Tarifas. Media jornada, jornada completa, jornada completa con edición y entrega en setenta y dos horas, suplemento por desplazamiento fuera de la Comunidad de Madrid, cesión de derechos por dos años, cláusula de crédito obligatorio en web y redes.
Lo leí entero, que es lo mínimo que le debes a alguien que ha escrito algo.
—El suplemento de desplazamiento es bajo —dije.
—¿Perdona?
—Segovia son ciento y pico kilómetros y estás poniendo lo mismo que por Alcalá. —Cogí el bolígrafo rojo—. Y en la jornada completa tienes que meter comida de proveedor. Si no la pides, no te la dan, y a las cinco de la tarde te comes un canapé de pie y odias a todo el mundo.
Lola me miró.
—¿Me estás subiendo tú el presupuesto?
—Te estoy corrigiendo un documento mal hecho, que es lo que hago con todos mis proveedores.
—Es que llevaba dos semanas con esto y me daba una vergüenza horrible.
—Ya lo sé —dije—. Te tiemblan las manos.
—No me tiemblan.
—Lola.
—Me tiemblan un poco.
Firmamos para cuatro bodas: mayo, junio, junio y septiembre. Bea le hizo la ficha de proveedora y le pidió los datos fiscales con esa naturalidad suya de funcionaria de veintisiete años, y a Lola se le puso una cara rarísima cuando le dijeron «te pagamos a treinta días».
—Nunca me habían dicho eso con fecha —dijo.
—Pues acostúmbrate. —Le acerqué el plato—. ¿Y lo demás?
—Lo demás va lento. —Se limpió el azúcar de los dedos—.
Publico dos veces por semana en vez de nueve.
He perdido cuatro mil seguidores, que suena fatal y es mentira, porque los que se han ido no compraban nada.
Tengo una marca de mochilas que me paga poco pero me paga a mes vencido, y una asociación de casas rurales de Soria que quiere que les haga formación a los dueños.
Formación, Vera. Yo. En un aula. Con un proyector.
—¿Y la tarjeta?
—Voy por la mitad. En noviembre. —Se encogió de hombros—. No es una historia muy espectacular.
—Es la mejor que me has contado en cuatro años.
* * *
El domingo comimos los siete en casa de Inés.
Digo siete porque estaban Inés y Sergio, Carmen y Tomás, Lola, Leo y yo, y porque los niños de Carmen se habían quedado con los abuelos, cosa que hasta hacía cuatro meses era en aquella casa tan rara como una helada en agosto.
Carmen llegó con un táper de croquetas y el cuadrante impreso, porque las dos somos igual de enfermas, solo que ella lo disimula mejor.
—Toma, para que te tranquilices —dijo, y lo dejó encima de la mesa—.
Lunes: Tomás recoge a los dos y hace cena.
Martes: yo recojo, y a Mateo lo lleva él a natación.
Miércoles: mi madre se lleva a Julia y se la queda a dormir.
Jueves: él. Viernes: yo. Y los lunes por la tarde, de cinco a ocho, no estoy.
—¿Dónde estás? —dijo Lola.
—No estoy.
—Ya, pero ¿dónde?
—No estoy —repitió Carmen—. Esa es justo la parte importante. La primera semana me pasé tres horas dando vueltas por El Corte Inglés porque no sabía qué hacer con el tiempo. Ahora nado.
Tomás, que estaba abriendo el vino, dijo sin darse la vuelta:
—Y yo he aprendido a hacer una lista de la compra, que os parecerá poco.
—Es que era poco —dijo Carmen.
—Era poquísimo. Ahora es una lista.
Se rieron los dos a la vez, con la misma risa corta de la gente que ha discutido mucho en diciembre y ha salido del otro lado.
Carmen firmó el papel del ochenta por ciento el catorce de noviembre y lo cuenta sin adornarlo, como cuenta todo: cobro ciento noventa euros menos y duermo. Haz tú el cálculo.
Sergio había vuelto de Bruselas hacía dieciocho días.
Al final no fueron dos años: fueron tres meses, de enero a marzo, con un proyecto cerrado y una fecha de vuelta por escrito, porque en octubre se sentó con su director y en vez de decir que sí o que no dijo que quería otra cosa.
Le costó cuatro reuniones y un mes convencido de que lo iban a apartar.
No lo apartaron. Ahora lleva la parte española del mismo proyecto y viaja una semana de cada seis.
—El primer mes fue horrible —dijo, sirviéndose ensalada—. Yo tenía una idea muy buena de cómo iba a ser vivir solo a los treinta y cuatro años. Fases, plazos, un gimnasio. Y luego llegué y era un apartamento con una cocina de juguete y llovía.
—Llovía en Bruselas, qué sorpresa —dijo Inés.
—Llovía muchísimo. Y descubrí una cosa fundamental sobre mí, y es que no me gusta estar solo, y que eso no es un defecto ni una virtud, es un dato que llevaba diez años sin comprobar.
—Los martes alternos a las siete —dijo Inés—. Ochenta euros la sesión. Muy recomendable. Salimos de ahí destrozados y nos vamos a cenar a un japonés horrible al lado.
—El japonés es buenísimo.
—El japonés es un delito.
* * *
Lo dijeron con el café, y lo dijo Inés, de pie, con la cafetera en la mano, con la misma voz de andar por casa que usa para las cosas que ha estado ensayando.
—Nos casamos el diecisiete de abril.
Yo dejé la taza.
—El diecisiete de abril es dentro de tres semanas.
—Tres semanas justas —dijo Sergio—. Lo he mirado.
—Cuarenta personas —siguió Inés—. Una casa con jardín en la sierra que alquilan por dos días. Lo legal lo firmamos el jueves anterior en el juzgado, con mi hermano y mi madre. Y el sábado se come, se bebe y alguien dice cuatro cosas.
—¿Comida sentada o bufé? —dije, y me oí decirlo, y ya era tarde.
—Vera.
—Es una pregunta técnica. Cuarenta personas en un jardín, si es bufé necesitas dos puntos de servicio o se te hace una cola de doce minutos en la ensaladilla y…
—Vera. —Inés dejó la cafetera—. Te quiero pedir una cosa. Una sola.
Y yo supe lo que era antes de que lo dijera, porque llevo once años viendo venir las frases por la manera en que la gente coloca los hombros.
—Dila.
—No la organizas tú.
En la mesa no se movió nadie. Leo, a mi lado, se puso a mirar el mantel con un interés antropológico.
—Vale —dije.
—No, espera, que quiero decirlo entero porque si no suena a castigo y no lo es.
—Se sentó en el brazo del sofá—. No es que no confíe en ti.
Es que eres la mejor de este país haciendo esto y por eso, si te lo doy, la boda va a salir perfecta y tú te la vas a pasar de pie al lado de una puerta de cocina, con una copa de agua, como en todas las demás.
—Yo puedo hacer las dos cosas.
—Sé que puedes. Llevo quince años viéndote hacer las dos cosas. —Me cogió la muñeca, la del reloj—. Por eso te lo pido. Quiero que ese día no puedas.
Carmen se sirvió más café con una tranquilidad ofensiva.
—Se lo ha dado a mi prima Elvira —dijo Sergio, servicial—. Organiza el festival de fin de curso de su colegio. Es muy apañada.
—El festival de fin de curso —repetí.
—Doscientos treinta niños.
—No es lo mismo.
—Es peor —dijo Carmen—. Los niños se mean.
* * *
Y dije que sí.
Dije que sí a ser dama de honor, cosa que a los treinta y cuatro años y con cuarenta y siete bodas a la espalda me parecía una broma de mal gusto del universo, y dije que sí a no abrir una hoja de cálculo, y lo dije mirándola a los ojos, en su salón, con una taza en la mano.
Era mentira.
La hoja la tenía desde el postre. Se llamaba 17A y tenía tres pestañas: proveedores, contingencias meteorológicas y doce números de teléfono ordenados por rapidez de respuesta, encabezados por Nacho, que contesta en tres minutos y aparece con una furgoneta llena de cosas que nadie le ha pedido.
Lo que prometí, exactamente, fue no enseñársela.
Y eso lo cumplí.