Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 32
93%

CAPÍTULO 32

Volver sin volver atrás

Es decir: cuatro maletas abiertas en el suelo como bocas, una plancha del pelo enfriándose sobre una toalla, seis botellas de agua a medio beber repartidas por superficies distintas y esa capa fina de objetos huérfanos que aparece siempre el último día y que nadie reclama.

Un cargador blanco. Una goma del pelo. Un tique de un sitio en el que ninguna recordaba haber estado.

Yo iba por la tercera pasada.

—Vera —dijo Carmen desde el sofá—. Ya has mirado ese cajón.

—He mirado el de arriba.

—Has mirado los tres.

—He mirado los tres del dormitorio grande. Estos son los del salón. —Abrí el último y saqué un cable negro enrollado con una goma—. Y esto es de alguien.

—Es mío —dijo Lola, sin levantar la vista del móvil—. Llevo dos días buscándolo.

—Llevas dos días diciendo que te lo habían robado.

—Y me lo habían robado. Este hotel me lo robó y luego se arrepintió.

Es un tic, lo del cajón. En una boda, el noventa por ciento de las cosas que se pierden están en el cajón de una mesilla, debajo de un mantel o dentro de un zapato. He devuelto siete anillos de compromiso, dos DNI y una dentadura postiza. No abro cajones por ansiedad; los abro porque funciona.

Inés apareció desde el otro dormitorio con la maleta de pie y la barbilla en alto, como si llevara escolta.

—Yo estoy —dijo.

Llevaba vaqueros y una camisa de Sergio, que le quedaba grande de hombros y que ella se había subido hasta el codo.

En la mano izquierda no llevaba nada. El anillo de su abuela Amparo iba en su cajita, dentro del bolsillo con cremallera del bolso, y ahí llevaba desde el domingo por la tarde, cuando Nora Bell nos lo devolvió con un formulario y una pinza del pelo de Carmen.

—¿Lo llevas ahí todo el vuelo? —dijo Lola.

—Lo llevo ahí todo el tiempo que haga falta.

—¿Y si lo pierdes?

—Pues lo pierdo —dijo Inés—. Once horas en un bolso debajo de un asiento. Si sobrevivió a una casa de empeños de Fremont, sobrevive a Iberia.

Carmen contó tres billetes de veinte y uno de diez y se los tendió.

—Ochenta y uno.

—Te dije que te los daba en Madrid.

—Y yo te dije que no. —Carmen no bajó la mano—. Se me da fatal reclamar. Estoy practicando.

Inés cogió el dinero.

* * *

Bajamos a las once menos cinco, porque yo había puesto el aviso a las once menos diez y porque en once años he aprendido que un grupo de cuatro personas tarda entre siete y nueve minutos en salir de una habitación desde que la primera dice «ya está».

Leo estaba en el vestíbulo, en el borde de la moqueta de los tréboles, con el traje del hotel y la carpeta azul debajo del brazo. A las once y cuarto tenía una reunión de traspaso y a la mañana siguiente, a las diez, un comité de tres personas.

Se despidió de su hermana primero. La abrazó de esa manera de los hermanos que se abrazan poco, con dos palmadas en la espalda que sonaron a hueco, y le dijo algo al oído que Inés recibió mirando al suelo.

Después le dio la mano a Sergio, y los dos se la apretaron un segundo más de lo necesario, y en ese segundo cupo todo lo que dos hombres que llevan diez años sin saber qué son el uno del otro no se van a decir nunca en voz alta.

A Carmen le dijo:

—Gracias por dormir en el suelo de mi hotel.

—Es la mejor cama que he tenido en seis años.

—Eso lo voy a poner en la web.

A Lola le dijo, sin más:

—Buen vídeo.

—¿Lo has visto?

—Me lo ha enseñado Priya.

Y entonces se paró delante de mí y todos los demás desaparecieron hacia la puerta giratoria con una discreción tan mala que casi resultó tierna.

—Once y catorce —dije, enseñándole la muñeca—. Según esto.

—Según eso son y ocho.

—Se adelanta.

—Ya lo sé.

Me cogió la muñeca izquierda con dos dedos, le dio la vuelta y miró el sitio donde había estado el trébol azul, que ya era una sombra pálida del tamaño de una moneda, como un moratón viejo.

—Se va en tres días —dijo—. El de la esfera te queda grande.

—Tiene tercer agujero.

—Hazte el cuarto. Con un punzón.

—No voy a agujerear la correa de tu padre.

—Es una correa —dijo—. Está reventada por los bordes desde 2009. Hazte el agujero.

Y ya está. Eso fue casi todo.

No hubo discurso. No hubo promesa. Nos habíamos dicho lo importante hacía dos horas en un salón con purpurina incrustada en la moqueta, y las dos personas que estábamos allí sabíamos que decirlo otra vez en un vestíbulo, con un botones esperando y una familia de seis facturando maletas al lado, habría sido rebajarlo.

—El veinte de octubre hay visita de obra en Madrid —dijo—. Está en el calendario del grupo desde marzo. Van los de instalaciones y va alguien de operaciones.

—Y si mañana el comité dice que no.

—Si mañana dice que no, voy igual. —Se encogió de hombros—. Me cojo tres días. Tengo veintiséis sin gastar y una jefa a la que le da urticaria que no los gaste.

—Eso son cuatro semanas.

—Son veinticinco días —dijo—. Ya los he contado. No creas que eres la única.

Me besó en el vestíbulo del Crown & Clover a las once y dieciséis de la mañana de un lunes, delante de un chico nuevo de recepción que no era Denise, y fue un beso corto, de mano en la nuca y nada más, y después me apretó el hombro una vez y se fue por el pasillo de eventos sin darse la vuelta, porque tenía una reunión de traspaso y porque las cosas que se sostienen no necesitan mirarse dos veces.

Salí a un calor de treinta y seis grados que a las once de la mañana ya era un horno con opinión propia.

* * *

En el mostrador de facturación, Carmen se apartó tres metros con el móvil pegado a la oreja.

En Madrid eran las ocho y media de la tarde. Yo estaba justo detrás, con dos maletas y el pasaporte de Lola, así que lo oí entero.

—¿Están cenando? —dijo—. Vale. No, no pasa nada, sigue. —Una pausa—. Tomás, escúchame un segundo. Cuando llegue mañana quiero que hablemos.

Otra pausa, más larga.

—No ha pasado nada. Estoy bien, todo el mundo está bien, Inés está aquí al lado con una camisa de Sergio.

Se cambió el móvil de oreja.

—No, tampoco es eso. Es una cosa mía y llevo mucho tiempo sin decirla y no la voy a decir por teléfono con Julia gritando de fondo. —Escuchó—. Pues sí, un poco. Mañana llego molida y quiero dormir. El jueves. El jueves cuando estén acostados.

Y entonces bajó la voz, y esto es lo único que no oí bien, aunque me pareció que decía «no es contra ti».

Cuando colgó tenía las orejas rojas.

—¿Estás bien? —dije.

—He tardado seis años en pedir una conversación —dijo Carmen— y me ha costado más que un turno de Nochebuena. Dame la maleta.

* * *

Lola grabó el vídeo en la puerta de embarque, sentada en el suelo contra una columna, mientras un tipo con sombrero de vaquero perdía cuatrocientos dólares en una máquina a nueve metros de nosotras, porque en ese aeropuerto hay máquinas hasta en la puerta de embarque y eso es lo más honesto que tiene la ciudad.

No se maquilló. No buscó la luz, y eso en Lola Ferrer es como si un cirujano operase sin lavarse.

Habló hora y cuarto de reloj para acabar publicando dos minutos y cincuenta segundos.

Dijo que había grabado a una amiga a las cuatro y doce de la madrugada sin pedirle permiso, que aquello se había recortado y republicado y que la culpa del recorte no era suya pero la del original sí.

Dijo que había borrado su propia historia y que borrarla había sido peor, porque en el original la frase terminaba en broma y sin el final quedaba una mujer gritando.

Dijo que había subido cuarenta y un segundos de una capilla en los que salía una profesional a la que quiere y a la que respeta, y que se los había subido para que la gente los viera, no para que la gente la entendiera.

Y luego dijo una cosa que yo no le había oído decir nunca en cuatro años.

—Hay momentos que no hay que monetizar —dijo a la cámara—. Y yo no sé cuáles son todavía. Estoy aprendiendo. Y mientras aprendo voy a preguntar antes.

Después borró once publicaciones. Cuatro eran de aquella noche. Tres eran de bodas mías con caras de invitados que jamás firmaron nada. Las otras cuatro no me las enseñó y yo no pregunté.

A las dos horas de vuelo, con el wifi de a bordo, miró los comentarios.

—Doscientos ochenta —dijo—. Ciento y pico buenos. Dos larguísimos, de gente que se ha tomado la molestia, y son de los que te dejan tocada. Hay una tía que dice que soy una hipócrita porque he tardado tres días.

—¿Y lo eres?

—He tardado tres días —dijo Lola—. Es un dato.

Cerró el móvil, se tapó con la manta y durmió cuatro horas seguidas, que era la primera vez en todo el viaje.

No pasó nada más. No se hizo viral, no la salvó, no la hundió. El lunes por la noche había una cuenta de bodas con cuatrocientos mil seguidores que ya estaba a otra cosa.

* * *

Yo abrí el correo a las tres horas de vuelo, con el portátil apoyado en la bandeja y el codo de Inés dormida contra el mío.

Cuarenta y un mensajes desde el domingo.

El primero fue el que me quitó de en medio la parte fea.

Elena Prats confirmaba por escrito la cancelación del contrato de mayo y adjuntaba el número de cuenta para la devolución.

Cuatro líneas, correctísimas. Yo contesté en seis: confirmación de recepción, importe exacto del cincuenta por ciento de la señal, fecha de la transferencia —martes—, oferta de traspasar sin coste toda la documentación de proveedores a quien la sustituyera y, al final, una línea sin adjetivos: Siento que hayamos llegado aquí.

La finca de Guille sigue siendo la mejor decisión que tomasteis y no depende de mí.

No añadí explicaciones. Cuando una novia se va, se va. Lo he aprendido con proveedores y es igual con clientes: el que se siente atacado tarda quince minutos más, y aquí ya no había quince minutos, había una boda de mayo que iba a hacer otra persona.

Los Ferreiro seguían ahí. Mandaban la propuesta corregida y pedían reunión el jueves.

Una pareja de Vallecas, que se casaba en octubre, escribía un correo de tres líneas preguntando, muy educadamente, si «lo del vídeo» significaba que iba a haber cambios en su boda.

Contesté que no, y contesté también lo otro: que el vídeo era real, que era una tontería en una capilla y que había ocurrido en mi tiempo libre, en la despedida de mi mejor amiga, a cinco mil ochocientos kilómetros de su boda.

Que si aun así querían replantearse algo, podíamos hablarlo el jueves sin coste ni compromiso.

Contestaron a los veinte minutos. Ponía: Uf, qué alivio, pensábamos que estabas fatal.

Nos hizo gracia. Ana dice que quiere la capilla del astronauta.

Había cuatro mensajes de apoyo de gente del sector.

Uno de un cátering de Getafe con el que llevo seis años trabajando: Vera, en este oficio la que no ha perdido el control un domingo por la noche es que no ha trabajado.

Uno de Bea, en audio, once segundos: He arreglado los créditos de las fotos, están todas con el nombre de Lola.

He puesto el nombre completo. ¿Tú estás bien?

Es una pregunta normal, no te pongas rara.

Y había uno que no esperaba.

Una mujer llamada Julia Nogales, que se casaba en Cuenca en octubre del año siguiente, ciento diez invitados, escribía para pedir presupuesto.

En el segundo párrafo decía que había llegado a mí por un vídeo de cuarenta y un segundos, y en el tercero decía por qué: Me casé una vez y salió todo perfecto y fue horrible.

Busco a alguien a quien se le note que las cosas también se le tuercen.

Leí ese correo tres veces a diez mil metros sobre Groenlandia y no supe si reírme o pedir una copa de vino.

Contesté que sí, que encantada, y que le mandaba disponibilidad el jueves.

Y antes de cerrar el portátil abrí el mensaje de Marcos, que llevaba un día sin contestar.

Escribí: Estoy bien. No estupendamente, pero bien, y creo que por primera vez sé la diferencia. Gracias por preguntarlo sin pedirme nada a cambio. Tenías razón en lo que me dijiste hace dieciocho meses y me ha costado todo este tiempo entenderlo. Cuídate mucho.

Lo mandé sin releerlo cuatro veces, que es mi marca personal.

* * *

Quedaban dos horas de vuelo cuando saqué del bolso la tercera copia.

La tenía ahí desde el jueves, doblada por el canutillo, con una esquina mojada de algo. Catorce páginas. Cuatro de anexos. La abrí por la última, que era el plano del hotel con mis anotaciones a mano —los ascensores de servicio, la salida de la planta 3—, y pasé hacia atrás hasta la página trece.

Lunes. Bloque final. Nueve casillas.

07:30 Desayuno / 08:30 Equipaje cerrado / 10:00 Check-out / 10:15 Consigna / 11:15 Salida al aeropuerto / 12:45 Facturación / 14:05 Embarque / 14:35 Despegue / Regreso a la normalidad.

Cogí el bolígrafo del bolsillo del asiento y fui marcando.

La primera no: el desayuno del lunes no lo desayunó nadie.

La segunda tarde. La tercera con veinte minutos de retraso porque Lola no encontraba un cable que estaba en un cajón del salón.

La cuarta no existió. La quinta, clavada.

La sexta, la séptima y la octava, clavadas.

Y llegué a la última.

No tenía hora. Yo la había escrito en agosto, un domingo por la tarde, en mi cocina de Ríos Rosas, cuando montaba el documento y me pareció bonito cerrar el itinerario con una frase en vez de con un número.

Regreso a la normalidad.

Con su casilla cuadrada delante, del mismo tamaño que las otras ocho.

Le puse la punta del bolígrafo encima y la dejé ahí un rato, y a mi izquierda Inés dormía con la boca abierta y el bolso apretado contra el pecho, y a dos filas Lola roncaba, y Carmen leía un folleto de seguridad por tercera vez porque no soporta el despegue ni el aterrizaje ni la parte de en medio.

Cerré el bolígrafo.

Doblé el documento por el canutillo y lo guardé en el bolsillo delantero del bolso, con la casilla en blanco, y me quedé mirando la pantallita del respaldo hasta que el avión empezó a bajar sobre una meseta que a las nueve de la mañana era del color exacto de un cartón.