CAPÍTULO 31
La oferta de Madrid
Catorce de junio.
Yo me quedé mirando aquella fecha impresa en una esquina, en un recuadro de registro de entrada de documentación interna, con una tipografía de las que se usan para que nadie las mire.
El catorce de junio yo estaba en Madrid, montando la boda de una pareja de Vallecas en una finca de Chinchón con cuarenta grados a la sombra y un cura que se retrasó cuarenta minutos. Todavía no sabía que existía un viaje a Las Vegas. Inés no había reservado nada: reservó en julio.
—¿Puedo? —dije.
—Para eso te la he abierto.
Pasé la primera hoja. Era una carta de intención de dos páginas, en inglés, firmada por él, con una estructura tan ordenada que me dolió físicamente.
Debajo había un documento de veintiséis páginas grapado con la esquina doblada: plan de operaciones de apertura, ciento noventa contrataciones, calendario de obra, propuesta de estructura de departamentos.
Marcado con rotulador por todas partes. Con las esquinas blandas de haberse abierto muchas veces.
—Esto no es una solicitud —dije—. Esto es un proyecto.
—Es lo que pedían.
—No, escúchame, esto es lo que pide un tío que quiere el puesto.
—Le di la vuelta a una hoja con un organigrama tachado y redibujado tres veces—.
Yo llevo once años leyendo propuestas. Sé perfectamente cuál es la diferencia entre una candidatura por si acaso y esto.
Aquí has decidido dónde va a estar el office de la planta uno.
—Es un sitio malísimo para un office.
—Es un sitio malísimo para un office —admití.
* * *
Bajamos dos sillas de la columna de la pared y nos sentamos, de lado, con la mesa de caballetes al lado y el flexo de obra encendido apuntando al techo, porque en el Ámbar a esa hora no había más luz que aquella.
—Marlene me lo dijo en mayo —dijo Leo—. En un pasillo, como dice ella todo. «Va a salir Madrid, ¿te interesa?». Y yo dije que no.
—¿Dijiste que no?
—Dije que no en mayo, sí. Tres semanas. —Se pasó el pulgar por el borde del vaso de cartón—.
Y luego pasó lo de siempre, que es que me puse a hacer el documento «por curiosidad», y a las dos semanas tenía cuarenta páginas de curiosidad, y el catorce de junio lo entregué a las once y cuarenta de la noche desde mi casa porque no quería registrarlo desde el hotel.
—¿Por qué no querías registrarlo desde el hotel?
—Porque aquí todo el mundo se entera de todo y yo no había decidido nada.
Se echó hacia atrás en la silla plegable, que crujió.
—Y en julio me escribió mi hermana para decirme que se venía a hacer la despedida aquí, y que veníais las cuatro, y que la reserva la hacía con mi tarifa. Y le pedí que te lo dijera. Y no te lo dijo.
—No me lo dijo.
—Ya. —Levantó las cejas—. Pues eso. Un mes después. La carpeta ya llevaba un mes en el sistema con mi nombre.
Y ahí me tuve que quedar quieta, porque yo llevaba desde el sábado por la noche construyendo, en algún sótano de la cabeza, la peor de las versiones posibles: que Leo Navarro se lo estuviera pensando por mí.
Que la carpeta hubiera nacido en un pasillo del cuarto piso, un sábado, después de una gala.
Que yo fuera, otra vez, la organizadora que aparece y le reordena la vida a alguien con la mejor de las intenciones.
—Te estás poniendo roja —dijo.
—No me estoy poniendo roja.
—Te estás poniendo roja porque te acabas de dar cuenta de que llevabas dos días creyéndote el centro de mi decisión profesional.
—Cállate.
—Es que es muy español eso.
* * *
—¿Y por qué no lo has dicho que sí en tres meses? —dije.
Leo tardó.
—Porque me da miedo volver.
Lo dijo sin ninguna de las cosas que él le pone normalmente a una frase. Sin el medio tono de guasa al final. Sin la pregunta detrás.
—Y no me da miedo Madrid, ni el puesto, ni la obra.
La obra es lo único que controlo. —Miró el flexo—.
Me da miedo lo otro. España es el sitio donde se murió mi padre un jueves por la mañana en un pasillo de un colegio, con cincuenta y ocho años, y donde a mí me tocó llamar a mi madre desde la calle porque no encontraba dónde sentarme.
—Leo…
—Espera, que esto lo he pensado mucho y lo he dicho poco.
—Se puso los codos en las rodillas—. Después de aquello, en cuatro meses, yo tenía delante una vida entera montada.
Mi madre en Alicante, mi hermana con veintiuno y sin terminar la carrera, la casa del pueblo de mi padre a medio arreglar, un tío mío que me consiguió una entrevista en el mismo grupo del colegio.
Todo el mundo fue amabilísimo. Nadie me obligó a nada.
Y yo veía perfectamente la película: yo a los cuarenta y cinco, en Alicante, arreglando la casa los fines de semana, y me parecía una vida buena, y de verdad que me lo parecía, y sabía con una certeza absoluta que no era la mía y que si me quedaba tres años ya no me iba nunca.
—Y te fuiste a Chicago.
—Me fui a Chicago con veintisiete años y con una beca de mierda. —Se encogió de hombros—. Y funcionó. Ese es el problema, Vera. Que funcionó. Llevo diez años demostrando que tuve razón, y volver ahora es como decir en voz alta que aquello no fue una decisión, que fue una huida con billete de ida.
—No es lo mismo.
—Ya sé que no es lo mismo.
—No, escúchame. —Me giré en la silla—. Yo he tenido a doscientas madres de novia diciéndome que su hija «vuelve al pueblo» como si fuera una derrota.
Volver a un sitio no te devuelve la edad que tenías cuando te fuiste.
Tú no vas a volver a los veintiséis años a Alicante a arreglar una casa.
Vas a llegar a Madrid a los treinta y seis con un contrato de tres años, ciento noventa contrataciones y un office mal colocado en la planta uno.
Leo se rio por la nariz.
—Eso es exactamente lo que me dijo Marlene esta mañana, pero con menos palabras.
—¿Esta mañana?
—A las siete menos veinte.
* * *
Sacó el móvil, miró la pantalla y lo dejó boca abajo encima de la rodilla, que es lo que hace la gente cuando lo que va a contar ya no está en el móvil sino en la cabeza.
—Éramos tres candidatos —dijo—. Uno es un tío de Londres que lleva ocho años en el grupo y que es mejor que yo en números y peor que yo en gente. La otra se retiró el viernes por un tema familiar. Marlene me llamó esta mañana desde el coche, camino del aeropuerto, para decirme dos cosas.
—¿Cuáles?
—Una: que el comité de mañana a las diez se va a celebrar igual, con toda la formalidad del mundo, y que ella no me puede decir el resultado.
—Levantó un dedo—. Y dos: que si yo retiro mi candidatura hoy antes de mediodía, me va a dar exactamente una razón por escrito para dejarlo por escrito, y que quiere que sea una razón buena, «porque una razón mala se lee muy mal dentro de cinco años».
—Eso es un sí.
—Eso es un sí de Marlene Cho, que es lo más parecido a un sí que existe en este edificio. —Se frotó la nuca—. Y luego colgó y me dijo lo otro.
—¿Qué otro?
—«Y hágalo por usted, Navarro, que si lo hace por otra persona lo va a hacer mal».
Me quedé mirando aquella moqueta con purpurina incrustada.
—Es una mujer aterradora —dije.
—Es la mejor jefa que voy a tener nunca.
* * *
—¿Y por qué quieres volver? —dije—. Porque llevas cinco minutos contándome por qué te da miedo y eso lo entiendo. Dime lo otro.
—Mi hermana.
—Ya.
—No, es más literal que eso. —Se enderezó—.
El viernes por la mañana yo no sabía dónde estaba Inés.
Ocho horas. Y en algún momento, en tu coche de alquiler, con la rueda pequeña esa naranja, me di cuenta de que llevo nueve años enterándome de la vida de mi hermana por resúmenes.
Me entero de las cosas cuando ya son un hecho, porque para contarme un proceso hay que llamar a las tres de la mañana y nadie llama a nadie a las tres de la mañana.
Y el jueves pasado se sentó a mi lado en un asador y me contó que estaba estupendamente.
—Estaba fatal.
—Estaba fatal. Y yo lo vi y no pregunté, porque llevaba dos horas de servicio y tenía un overbooking.
—Se miró las manos—. Se va a casar en marzo o en abril, con terapia y con Bruselas de por medio, y yo quiero estar a cuarenta minutos, no a once horas y una escala.
Y mi madre tiene sesenta y ocho años. Y esa es la parte que sí es obligación, y he tardado once años en aceptar que una obligación puede apetecerte.
—Vale.
—Y hay una tercera cosa. —Ahí sí me miró—. Que llevo ocho años en el mejor trabajo del mundo apagando fuegos que enciende otro. Y esto es abrir algo. Nunca he abierto nada.
* * *
Yo me levanté y anduve tres pasos hasta la mesa de caballetes, porque necesitaba tocar algo.
—Quiero decirte una cosa y me va a salir mal —dije.
—Adelante.
—Si aceptas y luego esto no funciona, vas a estar viviendo en la ciudad en la que vive tu ex.
—Me giré—. Y Madrid es enorme y a la vez es del tamaño de un pañuelo, y mi trabajo es hacer bodas, y en las bodas hay hoteles.
Nos vamos a encontrar. En un catering, en una feria del sector, en la boda de tu hermana.
Quiero que tengas eso encima de la mesa antes de mañana a las diez.
Leo asintió despacio.
—Ya lo tengo encima de la mesa desde junio.
—¿Desde junio? Si en junio no…
—En junio pensé: «si voy a Madrid, en algún momento voy a coincidir con Vera Montes». —Levantó las dos manos—. Y no fue el motivo. Y tampoco fue una pega. Fue una casilla más de la hoja, para que me entiendas, que es tu vocabulario, no el mío.
—Y esa casilla ponía…
—Ponía «Vera» y un interrogante. —Sonrió por primera vez en toda la mañana—. Que es exactamente lo que llevas tú apuntado en la mía desde hace nueve años, así que no te pongas digna.
Y yo me eché a reír. Ahí, de pie, en un salón vacío a las diez y cuarto de la mañana de un lunes.
—¿Qué?
—Nada. Es que ayer a las siete y media —dije— entré en tu despacho y te expliqué, con una lista de argumentos impecables, que yo no podía montar mi vida alrededor de un quizás. Y tú tenías esta carpeta encima de la mesa mientras yo hablaba.
—Debajo del organigrama.
—Debajo del organigrama. —Me apreté los ojos con los dedos—. Once años cobrando por anticiparme a todo, y resulta que la única información que necesitaba estaba a cuarenta centímetros de mi bolso.
—Te la podía haber enseñado.
—¿Por qué no me la enseñaste?
—Porque me lo habrías cogido —dijo Leo, sin dudarlo—.
No la carpeta. La decisión. Me habrías hecho un cronograma buenísimo y yo habría dicho que sí, y mañana a las diez me habría sentado delante de tres personas a defender un proyecto que ya no sería mío del todo.
Y eso lo he visto hacer en mi casa con la mejor intención del mundo y sé cómo acaba.
—Ya.
—Y anoche, cuando te fuiste al aeropuerto, estuve dos horas pensando que a lo mejor la retiraba.
—¿Qué?
—Por orgullo —dijo—. No por ti. Por lo otro, por lo de no ser un proyecto tuyo con fecha de entrega.
Estuve a punto de tirar cuatro meses de trabajo a las dos de la mañana para demostrarle algo a una mujer que iba en un avión a Chicago.
—Se levantó de la silla plegable—. Así que no te sientas muy especial.
Los dos tenemos exactamente el mismo problema con las mismas herramientas distintas.
* * *
—Aceptar esto no arregla nada nuestro —dije.
—No.
—Que quede clarísimo. Que estemos en la misma ciudad no significa que esto vaya a funcionar. Yo he vivido cuatro años con un hombre a doce minutos andando de mi oficina y se acabó igual.
—Ya lo sé.
—Lo único que hace Madrid es quitarnos una excusa.
—Es exactamente lo que hace —dijo Leo—. Y es más de lo que teníamos hace media hora.
Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una cosa pequeña que dejó encima de la mesa de caballetes, al lado del vaso de cartón.
Era el trébol de latón. El de la Galería, el que yo desatornillé el sábado a las cuatro y media de un pedestal del vestíbulo, con las tijeras pequeñas del neceser de urgencias, para usarlo de base de la composición.
—Llevo dos días con esto en el bolsillo —dijo—. Se supone que lo tengo que devolver a mantenimiento.
—Devuélvelo.
—Sí —dijo, y no lo tocó.
Estábamos a un metro. Detrás de él había doscientas sillas apiladas y un mantel doblado encima de un altavoz.
—Ven aquí —dije.
—Dilo mejor.
—Ven aquí, por favor.
Y vino.
No voy a contar eso. Diré que huele a hotel de veinticuatro horas y a café malo, que la camisa estaba fatal, que se me clavó el rotulador que llevaba en el bolsillo y que yo tenía el reloj de su padre en la muñeca izquierda apretado contra su espalda, cuatro minutos por delante del resto del mundo.
—Me voy a mediodía —dije contra su hombro—.
A las once y cuarto salimos para el aeropuerto y me tengo que subir a ese avión, porque el martes tengo que entregar la propuesta de los Ferreiro y tengo que llamar yo a la gente de comunicación de tu grupo y tengo que devolverle a Elena Prats la mitad de una señal.
—Ya lo sé.
—Y tú tienes un comité mañana a las diez.
—Ya lo sé.
—Esto va a ser un desastre logístico durante meses.
—Va a ser un desastre logístico durante meses —dijo Leo—, y te va a encantar la parte del desastre que se puede tabular.
Se separó un poco y me sujetó la cara con las dos manos, y ahí ya no había nada de guasa.
—Te prometo una cosa —dijo—. Una sola, porque no prometo casi nunca y quiero que esta valga.
—Dila.
—Habrá planes —dijo—. Vas a tener tus planes. Los vas a hacer tú, y van a ser larguísimos, y yo los voy a leer enteros, que es más de lo que ha hecho nadie en tu vida.
—¿Y?
—Y habrá huecos.