Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

No corras al aeropuerto

Quiero dejar constancia de que no corrí.

Lo digo porque después, cuando Lola contó esto —y Lola lo ha contado unas cuarenta veces, en varios formatos y con música—, siempre aparece la palabra «corrió».

Y no. Bajé en ascensor desde la planta veintisiete con una mujer que llevaba un carrito de golf plegado, esperé a que saliera ella primero y crucé el vestíbulo del Crown & Clover a paso normal, a las ocho y treinta y tres de la mañana de un lunes, con el pelo recogido y una camisa que había planchado con la mano encima de la cama.

También quiero dejar constancia de que estuve doce minutos parada en la moqueta de los tréboles sin decidirme, porque eso sí ocurrió y no sale en ninguna versión.

El vestíbulo a las ocho y media de un lunes es otro sitio.

La máquina se ve por dentro: dos hombres con aspiradoras industriales, un carro de lencería, un tipo cambiando el papel de una impresora de tarjetas de habitación, seis personas con maletas en la cola de salida y un olor a café de urna que no tiene nada que ver con el olor de la noche.

En recepción había un chico nuevo que no era Denise.

—Buenos días. Busco a Leo Navarro, de operaciones especiales.

—¿Es usted huésped?

—Habitación dos mil setecientos catorce.

—¿Y es un asunto de la habitación?

—No.

El chico hizo lo que le habían enseñado a hacer, que era exactamente nada, con mucha educación.

—Puedo dejarle un mensaje en su casillero.

—Muy bien —dije, y me aparté del mostrador, porque a mí no se me ocurriría ponerle a un recepcionista de veintitrés años en la situación de saltarse un protocolo a las ocho y media de la mañana. He formado a demasiada gente. Sé exactamente lo que le cae encima.

Fue Priya Sandoval quien me salvó, saliendo del pasillo de eventos con un tablón bajo el brazo y dos carpetas.

—¡Vera! —Se le iluminó la cara y a mí me dio una punzada, porque el sábado por la noche aquella chica había llorado dos veces y montado un ramo con laurel y limones—. ¿No os ibais hoy?

—A mediodía.

—Ah, qué bien. O sea, qué pena. —Se colocó el tablón—. ¿Necesitas algo?

—Necesito saber dónde está Leo.

Priya miró el reloj de la pared.

—Ha hecho noche. Sale a las ocho. —Bajó un poco la voz, aunque no había nadie—. Pero no se ha ido, porque su coche sigue en el P menos dos y porque cuando hace noche se queda a desmontar cosas. Prueba en el Ámbar. Están sacando el material de la gala y nadie más quiere estar ahí a estas horas.

—Gracias, Priya.

—Vera. —Ya me había dado la vuelta—. El sábado nadie me dio las gracias excepto tú. Que lo sepas.

* * *

El salón Ámbar de un hotel de Las Vegas a las ocho y cuarenta y uno de la mañana del lunes es lo menos glamuroso que ha existido nunca.

Las puertas dobles abiertas de par en par.

Doscientas sillas apiladas en columnas de diez contra la pared del fondo.

Cuatro carros de mesas redondas plegadas.

La moqueta llena de marcas circulares y de esa constelación de puntitos brillantes que deja la purpurina y que no se va con nada, yo lo he intentado con seis productos.

Un mantel doblado encima de un altavoz. Olor a flor pasada, a cinta americana y a café.

Y en el centro de todo aquello, una única mesa de un metro veinte montada con dos caballetes, un flexo de obra enchufado a una alargadera naranja y un hombre de pie con la camisa del día anterior arremangada hasta el codo.

Leo Navarro tenía delante tres pilas de documentos, un vaso de cartón del office con la tapa mordida y un rotulador detrás de la oreja. Estaba pasando páginas con el dorso del dedo, deprisa, mirando de arriba abajo, en esa postura que pone la gente que lleva nueve horas de pie.

Me vio a los cuatro segundos. No antes, porque estaba leyendo, y no después, porque es él.

No dijo hola.

—Tu vuelo salió a las doce menos cinco —dijo.

—Salió.

—¿Y?

—Y salió sin mí.

Volvió a bajar la vista al papel. Pasó una página que no había leído.

—Vale.

* * *

Ahí es donde yo, si me hubiera hecho caso a mí misma, habría empezado a hablar. Tenía siete frases. Las tenía desde la una y media de la madrugada, en una azotea, y las había repasado en la ducha y en el ascensor, y una de ellas era muy buena.

No dije ninguna.

Entré en el salón, esquivé un carro de mesas, y me quedé al otro lado de la mesa de caballetes con las manos en los bolsillos.

—Estoy trabajando —dijo Leo.

—Ya lo veo.

—Salgo a las ocho. Son las nueve menos veinte.

—Tu reloj dice nueve menos cuarto —dije, y le enseñé la muñeca—. Va cuatro minutos adelantado. Se adelanta dos por día. Llevo cuatro días.

—Se adelanta dos por día desde 1974 —dijo—. Mi padre decía que así llegaba pronto a todo. Llegaba tarde a todo.

Y siguió leyendo.

Y yo me di cuenta, ahí de pie, de una cosa que no había contemplado en ninguna de las siete frases: que Leo Navarro también sabe hacerlo.

Lo mío. Lo de ponerse educado y seguir trabajando.

Yo llevaba cuatro días creyéndome que la fría de esta historia era yo y resulta que él tenía la misma herramienta, solo que con mejor acabado, porque la suya viene con uniforme.

—¿Puedes dejar de leer eso dos minutos? —dije.

—No especialmente.

—Vale. —Rodeé la mesa hasta ponerme a su lado, no enfrente, y miré la hoja que tenía delante, que era un organigrama con veintitantos recuadros—. Entonces te lo digo mientras lees. Se me da bien hablar con gente que está trabajando. Llevo once años haciéndolo.

—Vera.

—Anoche me quedé —dije—. No me quedé para hablar contigo.

Eso quiero que lo sepas antes de todo lo demás, porque si no, no vale.

Me quedé porque tres mujeres me cortaron el paso en un salón de hotel y una de ellas me hizo una pregunta profesional que no supe contestar.

A las nueve y cuarto de la noche yo no tenía ninguna intención de bajar aquí.

Leo dejó de pasar páginas.

—¿Y a las nueve y media?

—A la una y media de la madrugada —dije—. En una azotea, con una silla de plástico, delante de mis amigas. Ahí fue.

* * *

Se apoyó con las dos manos en el canto de la mesa y bajó la cabeza.

—Dilo y ya está.

—Quiero empezar una relación contigo.

Lo dije así. Sin preámbulo, sin condicional, sin la palabra «quizá», sin ninguna de las siete frases buenas, y con la voz un poco rara porque no había desayunado.

—Y sé perfectamente lo que eso significa en la práctica, porque me dedico a la práctica —seguí—.

Significa que hay nueve horas de diferencia y que ninguna de las dos ciudades tiene la culpa.

Significa vuelos de trece horas, y que en mayo yo tengo catorce fines de semana ocupados, y que si te dan Madrid la apertura te va a comer los seis primeros meses enteros, y si no te la dan, sigues aquí.

Significa cumpleaños por videollamada, y discusiones a horas absurdas, y llegar a un aeropuerto un viernes por la noche sin nada que decirse porque llevas dieciocho horas viajando.

—Eso último es exacto.

—Eso último lo he vivido —dije—. No contigo.

Leo levantó la cabeza por fin.

—¿Y qué me estás pidiendo?

—Nada.

—Vera.

—No, en serio: nada. —Puse la mano abierta encima del organigrama, para que no lo mirara—.

No te estoy pidiendo que vuelvas a España.

No te estoy pidiendo que digas hoy lo que vas a decir el martes a las diez.

Y no te estoy prometiendo que me mudo, porque tengo una empresa con dos personas dentro y me la he construido yo y no la voy a cerrar por un hombre, ni por ti ni por nadie, y si algún día lo hiciera me lo echaría en cara durante veinte años.

—Bien.

—Te estoy pidiendo que empecemos. Ahora. Sin saber lo otro. —Aparté la mano—. Y que esta vez no voy a decidir el final antes del principio.

* * *

Leo se quedó mirando el vaso de cartón.

Y no se derritió. Esa es la parte que Lola tampoco cuenta bien.

—¿Sabes qué es lo que me jode? —dijo, muy tranquilo—. Que eso es buenísimo. Es lo mejor que me han dicho en mi vida y lo has dicho tú, que es de quien lo quería, y lo has dicho a las nueve menos veinte de la mañana en un salón con purpurina en el suelo.

—Ya.

—Y llevo desde anoche a las nueve y cuarto mirando el móvil como un idiota de veintidós años.

—Ya.

—Anteanoche estabas encima de mí diciéndome que no querías saber qué iba a pasar dentro de seis meses.

—Ahí sí subió medio tono, medio, no más—.

Y ayer a las siete y media entraste en mi despacho con la ropa del avión y me lo desmontaste en veinte minutos con una educación que me dejó fuera de juego.

Y no te lo reprocho, porque tenías motivos.

Lo que pasa es que ahora vienes con otra cosa igual de bien construida y yo no sé cuál de las dos me va a durar.

—Es justo.

—No quiero ser justo. —Se giró hacia mí—.

Mira, yo me he pasado dieciséis años siendo la persona a la que la gente le cuenta las cosas cuando ya las ha decidido.

Mi madre me dijo que vendía la casa de mi padre por teléfono, cuando ya estaba vendida.

Mi hermana me dijo que se casaba enseñándome una fecha.

Y yo me lo he tomado siempre igual de bien, porque quedar bien es lo que hago, y luego me he ido a vivir a nueve mil kilómetros.

Eso también lo sabías ayer, porque me lo dijiste tú en mi despacho y me lo dijiste bien.

—Me pasé.

—No te pasaste. Fue lo único útil de toda la conversación. —Se frotó los ojos con el pulgar y el índice—. Así que perdona que no me ponga contento en cuatro minutos. Quiero saber una cosa concreta y no me la has dicho. ¿Qué pasa cuando tengas miedo?

—Te lo diré.

—Eso es una frase.

—Ya lo sé —dije.

—Es una frase muy bonita y no significa nada.

Todo el mundo dice que va a decir las cosas.

—Cogió el rotulador de detrás de la oreja y lo dejó en la mesa, y ese fue el gesto—.

Vera, tú no me mientes. Nunca me has mentido, ni el jueves ni ayer.

Lo que tú haces es peor: te asustas, lo piensas muy bien, llegas a una conclusión correcta y me la presentas ya terminada.

Ayer no me dijiste «tengo miedo». Me dijiste «esto no es viable» y me lo argumentaste.

Con datos. Yo no puedo discutir contra datos.

—Ya lo sé —dije otra vez—. Por eso te lo voy a decir ahora.

—¿El qué?

—Que tengo miedo. Ahora. En este momento.

* * *

Y ahí me quedé sin nada preparado, que era exactamente lo que hacía falta.

—Tengo miedo desde que he salido del ascensor —dije—.

Tengo miedo de haber bajado a las ocho y media a un salón vacío a decirle a un hombre que quiero empezar algo con él y que él me conteste, con toda la razón del mundo, que llega tarde.

Tengo miedo de subir dentro de diez minutos a una habitación en la que hay tres mujeres esperándome y tener que poner cara de que da igual.

Tengo miedo de mi teléfono. Llevo cuatro horas sin abrir el correo y son las nueve menos veinte del lunes en Las Vegas, que en Madrid son las seis menos veinte de la tarde, y eso significa que hay una jornada laboral entera ahí dentro que no he mirado.

—Vera.

—Déjame terminar, que esto no lo hago nunca.

—Me apreté la muñeca izquierda, donde el trébol azul del sello ya era una mancha pálida que parecía un moratón antiguo—.

Y tengo miedo de esto en concreto: de que dentro de cuatro meses estemos en una cocina en Madrid, o en un apartamento en Summerlin, discutiendo por un calendario compartido, y tú me mires y pienses lo que pensó Marcos.

Eso es lo que hay. No es una conclusión.

No la he terminado. Te la estoy dando así.

Leo no dijo nada durante bastante rato.

—Vale —dijo—. Eso sí me sirve.

—Y hay una cosa más y esta es la que me da vergüenza.

—Respiré—. En el vídeo de la capilla salgo diciendo que contigo nunca supe qué iba a pasar y que eso me daba más miedo que perderte.

Llevo dos días dejando que todo el mundo se ría de esa frase, y la he defendido como si fuera una tontería de borracha, y he ido por ahí explicando que era una broma en una capilla con un astronauta.

—Lo era.

—No lo era. —Lo miré—. Es verdad. Era verdad el jueves y es verdad hoy, y hoy son las nueve menos veinte de la mañana y llevo dos días sin beber nada y te lo estoy diciendo mirándote, que es lo que tú me pediste en un coche en la carretera 159 y que yo entonces te contesté con una ironía porque me pareció más barato.

Leo se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, muy despacio.

—Joder —dijo.

—Ya.

—Es que llevo nueve horas de pie.

—Lo sé. Tienes una pinta horrorosa.

—Gracias.

—De nada.

* * *

Y entonces se echó a reír. Poco. Dos veces, por la nariz, que es como se ríe él cuando se ha rendido.

—Esto no estaba en el plan —dije yo.

—No me hagas eso.

—Es la última vez que la digo.

—Más te vale, porque llevas cuatro días diciéndola como si fuera un diagnóstico. —Se apoyó otra vez en la mesa, pero de otra manera, más cerca—. Y luego resulta que tú eres la única persona que conozco a la que le pasan cosas fuera del plan y se queda.

—Ayer no me quedé.

—Ayer no. Hoy sí. —Me miró la muñeca, el reloj, y no dijo nada de eso, y yo tampoco—. Vera, no te voy a decir que sí ahora mismo y que nos abracemos en un salón que huele a claveles muertos.

—No pretendía eso.

—Sí lo pretendías un poco.

—Un poco sí.

—Ya. —Se enderezó—. Antes tienes que ver una cosa, y la tienes que ver tú, no que te la cuente yo, porque si te la cuento yo va a sonar a que la he preparado.

Cogió la carpeta que tenía debajo del organigrama. Era una carpeta rígida, azul oscuro, con una goma cruzada, con una pegatina de código de barras en la esquina y bastante gastada por el canto inferior, que es lo que le pasa a las carpetas que llevan meses metiéndose y sacándose de una mochila.

Quitó la goma. La abrió del todo, plana, encima de la mesa de caballetes, delante de mí, y dio un paso atrás para no taparla.

En la primera hoja, arriba a la izquierda, con el trébol impreso en gris, ponía:

CROWN & CLOVER MADRID — DIRECCIÓN DE APERTURA

Y debajo, en un recuadro, una fecha de registro de entrada del documento.

Era del catorce de junio.