Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Una despedida de verdad

A las diez menos cinco de la noche, Inés Navarro salió del dormitorio grande vestida de rojo.

Era de Lola y le quedaba dos dedos corto. Rojo entero. Sin nada blanco encima: sin la banda, sin el velo de plástico con purpurina, sin la camiseta que ponía TEAM NOVIA en letras doradas y que llevaba tres días haciendo su trabajo silencioso.

Cuatro días vestida de blanco, beige y crudo. Cuatro días siendo un cargo.

—Estás rara —dijo Carmen.

—Estoy roja.

—Estás rara y roja.

—Gracias —dijo Inés—. Nos vamos.

—¿Adónde? —dije yo.

Y las tres se giraron a la vez con una sincronía que llevaban claramente ensayando desde la cena.

* * *

Las normas de aquella noche se pactaron en el ascensor, entre la planta veintisiete y la cero, y las dictó Carmen, que es la que menos habla y por eso la que redacta.

Norma uno: nadie se emborracha. Ninguna dijo nada al respecto y todas la aceptamos, que es lo que ocurre con las normas buenas. Norma dos: cada una hace una cosa pequeña que normalmente haría otra. No una cosa grande. No un tatuaje, dijo Carmen mirando a Lola. Norma tres: se puede decir que no.

—Yo me pido lo de Vera —dijo Inés—. Yo esta noche decido dónde vamos y no lo digo.

—Eso no es hacer lo mío —dije—. Lo mío es planificarlo. Lo tuyo es no contármelo.

—Lo tuyo es saberlo —dijo Inés—. Esta noche te toca no saberlo. Es exactamente lo mismo pero al revés.

—Es un tecnicismo.

—Soy abogada.

—Deja de decir eso.

Salimos por la puerta norte, donde tres horas antes me había esperado un taxi que ya no existía, y el calor nos cayó encima como una toalla caliente. Treinta y un grados a las diez de la noche.

Inés dio una dirección al conductor tapándose la boca con la mano, como una niña de doce años, y a mí me duró el disgusto exactamente cuatro manzanas.

* * *

Era el Neon Moon.

Claro que era el Neon Moon. Moqueta granate, olor a hielo y a desinfectante de cítrico, la escalera por la que el jueves se cruzó con nosotras un hombre con lentejuelas azules que resultó ser un depositario más fiable que la mayoría de los notarios.

Dwayne nos reconoció desde la puerta y levantó la barbilla dos centímetros. Viniendo de él, aquello era un recibimiento con alfombra.

—Las españolas —dijo—. ¿Encontrasteis a la que se fue?

—La tienes delante —dijo Lola—. De rojo.

Dwayne miró a Inés.

—Bien hecho —dijo, y se fue a servir a otra mesa, y aquello fue todo el juicio moral que Las Vegas emitió sobre los acontecimientos de aquel fin de semana.

Nos sentamos abajo, en la sala grande, no en un reservado. Eso lo decidió Inés también.

A las diez y veinte, Lola sacó el móvil, lo puso encima de la mesa boca arriba, mantuvo pulsado el botón lateral, deslizó, y la pantalla se puso negra.

—Dos horas —dijo—. Hasta las doce y veinte.

—Puedes dejarlo en silencio —dijo Carmen.

—No. El silencio lo hago todos los días. —Empujó el móvil hacia el centro de la mesa con un dedo, como quien devuelve un plato—. Apagado. Que se tenga que encender. Que tarde.

—¿Y si te escribe alguien?

—Es lo que estoy diciendo —dijo Lola.

* * *

Lo de Lola sin móvil duró once minutos de dignidad. A los once minutos empezó lo de las manos.

Primero se colocó el pelo. Luego se colocó el pelo otra vez. Luego puso el posavasos en paralelo al canto de la mesa, y a mí me dio un vuelco de reconocimiento profesional que preferí no analizar. Luego cogió la pajita, la dobló en acordeón, la desdobló.

Luego se le fue la mano derecha al bolsillo de la chaqueta. Vacío. Volvió a salir. A los cuarenta segundos, otra vez.

—Es como un tic —dijo Carmen, fascinada.

—No es un tic.

—Es exactamente un tic. Te lo digo con criterio.

—Es que no sé dónde ponerlas —dijo Lola, y las levantó las dos, las miró y las dejó caer en el regazo—. En serio. ¿Vosotras qué hacéis con las manos? ¿Sin nada?

—Nada —dijo Inés.

—Llevas veinte minutos y estás pasando por las cinco fases del duelo —dije yo.

—Estoy en la negociación.

Carmen cogió una servilleta de papel del taco, la alisó con el canto de la mano contra la mesa, muy despacio, con la seriedad de una mujer que ha rellenado ocho mil hojas de triaje, y se la puso delante.

—Toma —dijo—. Para deslizar hacia arriba.

Lola la miró.

—Que te den.

—De arriba abajo se refresca —dijo Carmen.

—Que te den mucho.

Y entonces Lola cogió la servilleta y deslizó el pulgar hacia arriba por el papel.

Una vez. Y luego otra. Y luego se echó a reír de una manera que no era su risa de vídeo, que es una risa que yo conozco desde la universidad y que hacía cuatro días que no oía, y estuvo cinco minutos llorando de risa con una servilleta en la mano en un karaoke de Las Vegas.

Después la dobló y se la guardó. La vi sacarla dos veces más antes de medianoche.

* * *

A las once y cuarto, Carmen se levantó, se fue a la mesa del pinchadiscos, escribió algo en una hoja con un lápiz atado a un cordel y volvió a sentarse.

—¿Qué has hecho? —dijo Lola.

—Me he apuntado.

—El jueves ya cantaste.

—El jueves canté arriba, en un reservado, para tres personas y una lámpara —dijo Carmen—, porque me obligasteis y porque estaba oscuro. Eso no cuenta. Esto es lo tuyo.

Yo miré la sala grande. Noventa personas. Una despedida de soltero de camisetas naranjas, una pareja mayor cenando alitas con una calma admirable y un escenario de metro y medio con dos focos y un fondo de lentejuelas.

—Carmen —dijo Inés—. No hace falta.

—Ya lo sé que no hace falta. —Carmen se estaba recogiendo el pelo con la pinza de carey que le había devuelto Nora Bell aquella tarde—.

Llevo cuatro días diciendo lo que no hace falta.

Que no hace falta que llaméis a Tomás. Que no hace falta que me acompañéis.

Que no hace falta hablar de mí. Hoy quiero hacer una cosa que no hace falta.

La llamaron a los veinte minutos. Dijeron su nombre mal, como es tradición.

Y Carmen Aguilar, treinta y seis años, enfermera de urgencias de un hospital público de Madrid, madre de un niño de seis y una niña de tres, se subió a un escenario de metro y medio en Las Vegas Boulevard con unas zapatillas cómodas y cantó una balada lenta de los años setenta que yo no conocía, en inglés, entera, sin una sola broma, con los dos pies plantados y las manos quietas a los costados.

No voy a describir cómo lo hizo porque no sé hacerlo.

Sé que la despedida de las camisetas naranjas dejó de hablar en el segundo verso.

Sé que Dwayne se quedó de pie detrás de la barra con un vaso y un trapo en la mano hasta el final, y que Lola, que no tenía móvil, que no tenía absolutamente nada con que registrar aquello, se llevó las dos manos a la boca y lloró como una idiota.

Cuando bajó, Carmen volvió a su silla, cogió su vaso y dijo:

—Bueno.

—Bueno —dijo Inés.

—Estaba una nota alta.

—Estaba dos notas altas —dijo Lola con la voz destrozada—. Y me da igual. Ha sido lo mejor de mi vida y no lo tengo grabado y creo que ese es el chiste.

* * *

Los perdones llegaron a la una menos veinte, en la azotea, que Dwayne volvió a abrirnos porque, dijo, «total, la puerta está rota desde el jueves».

Gravilla, cuatro sillas de plástico, la mesa coja. Y a lo lejos el Strip entero encendido haciendo su trabajo, que consiste en que nadie sepa qué hora es.

Nos sentamos exactamente donde nos habíamos sentado el jueves.

—Yo empiezo —dijo Inés—, porque yo he sido la peor y ya lo hemos hablado, pero lo he hablado en general y os merecéis lo concreto.

—Se giró hacia Carmen—. A ti te dejé pagar el taxi del aeropuerto y no te lo he devuelto.

Setenta y dos dólares. Y sé lo que ganas y sé que este viaje lo pediste tú y lo sé desde el sábado y no he dicho nada porque me daba vergüenza.

—Ochenta y uno con propina —dijo Carmen.

—Ochenta y uno.

—No pasa nada.

—Sí pasa. —Inés se giró hacia mí—. Y a ti te dejé nueve horas sin saber si estaba viva.

No «desaparecí», eso lo he dicho mucho estos días y suena a fenómeno meteorológico.

Me fui a las cinco y diez, sabiendo que tú te ibas a despertar a las nueve, y calculé que tardarías cuatro horas en asustarte y me pareció asumible. Lo calculé, Vera. Igual que tú.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Es una disculpa —dijo Inés—. Las buenas son bajas.

Carmen fue rapidísima, porque Carmen no soporta esto.

—Yo os he tratado a las tres como pacientes —dijo—. Os he vigilado, os he dado agua, os he contado las horas de sueño y no os he dejado ayudarme ni una vez. Eso no es cuidar, es no dejar entrar. Lo hago también en mi casa. Siguiente.

—Carmen —dijo Lola.

—He dicho siguiente.

Lola tardó más. Lola se puso de pie, que es lo que hace cuando algo le importa de verdad y no lo puede resolver hablando deprisa.

—A Inés le grabé una frase privada y la publiqué —dijo—.

A Vera le grabé la cosa más íntima que le he visto hacer en once años y la publiqué.

Y las dos veces pensé, y lo pensé de verdad, en el momento, con estas palabras: «esto va a funcionar muy bien».

—Miró la gravilla—. Esa es la parte que no se me va.

Que no fue un despiste. Fue mi criterio profesional.

Nadie le dijo que no pasaba nada, y eso fue lo mejor que hicimos por ella aquella noche.

Y luego me tocó a mí, y yo tenía la mía preparada desde el ascensor, porque soy quien soy.

—Lo concreto es esto: llevo cuatro años usando a Lola de fotógrafa gratis y llamándolo amistad.

Le monté a Carmen los turnos de este viaje por correo con su supervisora sin decírselo, en julio, porque me pareció más eficiente.

Y a ti —miré a Inés— te escribí seis puntos para la conversación más importante de tu vida y me los guardé en el bolso por si acaso.

—Los puntos eran buenos —dijo Inés.

—Los puntos eran buenísimos. Ese es el problema.

* * *

A la una y cuarto sacamos la respuesta pública.

La escribimos en la parte de atrás de una hoja del bloc del hotel, con el bolígrafo azul y mordido de Dwayne, que sigue siendo el único bolígrafo de aquella azotea.

Y no la escribí yo. Eso es lo importante.

—Lola —dije—. Necesito que me ayudes y no sé hacerlo, y te lo estoy pidiendo yo.

Lola dejó de mover la servilleta.

—Vale —dijo—. Vale. Dime qué no quieres.

—No quiero un comunicado de crisis. He leído doscientos. Todos dicen lo mismo: «un momento privado sacado de contexto», «lamentamos profundamente», y luego una frase sobre valores.

—Eso funciona.

—Funciona para una aerolínea. —Me pasé la mano por la marca del reloj—.

Yo no puedo salir a decir que soy una profesional impecable a la que le han robado una imagen, porque me van a preguntar si estaba borracha en la capilla y la respuesta es que sí.

Y tampoco pienso hacer el vídeo de perdón.

Sin maquillaje, luz de ventana, «tengo algo que contaros», y a las tres semanas un patrocinio.

—Eso me ha dolido personalmente —dijo Lola.

—Lo sé.

—Sigue.

Tardamos cuarenta minutos. Lola escribía, yo tachaba, Carmen decía «eso sobra» tres veces y las tres veces sobraba. Inés quitó dos adjetivos que según ella «te los pueden leer en voz alta algún día».

Lo que quedó eran cinco líneas y ninguna era bonita.

Que el vídeo es real. Que soy yo. Que era la despedida de mi mejor amiga y no un acto profesional ni la boda de ningún cliente.

Que la ceremonia era simbólica y la broma la pagamos nosotras.

Que lo que se ve es una noche privada publicada sin permiso de las personas que salen, y que voy a pedir su retirada.

Y la última, que costó veinte de los cuarenta minutos:

No vendo que no me pase nada. Vendo que sé qué hacer cuando pasa.

—Esa la firmo —dijo Carmen.

—Esa se la roban en cuatro días —dijo Lola—. Es un piropo.

Y después dije lo otro, que era lo que llevaba atravesado desde las siete y media de la tarde.

—Hay una cosa más. Leo me ofreció dos cosas anoche y le dije que no a las dos.

—Miré la gravilla—. Una es que Lucky Chapel tiene una cláusula de retirada en el paquete Gold; Mabel la ejecuta si lo pide el cliente y quita la fuente oficial.

La otra son dos personas de comunicación del grupo hotelero.

—¿Y por qué le dijiste que no? —dijo Inés.

—Porque no quería que la primera cosa que hiciera por mí fuera arreglarme un desastre. —Levanté la vista—. Y me sigue pareciendo verdad. Pero resulta que era verdad y era una excusa, que por lo visto es un formato que se lleva mucho este año.

—A Mabel la llamo yo mañana a las nueve —dijo Lola—. Y lo de comunicación lo pides tú, que son contactos de él y tienen que oír tu voz.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale, Lola.

—Es que normalmente aquí discutimos veinte minutos.

—Es que estoy muy cansada —dije.

* * *

A la una y media, Inés metió la mano en el bolso pequeño y sacó los cuatro sobres. Los llevaba encima: el suyo desde el jueves y los otros tres recogidos de la suite.

—No los vamos a leer otra vez —dijo—. Los leímos esta mañana y fue horroroso. —Puso el mío encima de la mesa coja, con el logo de la luna hacia arriba—. Pero esta mañana Carmen dijo una cosa y nadie la ha vuelto a decir.

—Que soy la única que no ha contestado —dije.

—Ajá.

Mi pregunta estaba escrita fuera, con mi letra de las tres de la mañana, que se parece a mi letra normal como se parece un tobillo torcido a un tobillo: ¿Qué harías si no te diera miedo hacer el ridículo?

Dentro, mi respuesta de aquella noche: besaría a Leo otra vez y le preguntaría por qué nunca me pidió que me quedara.

Ya no servía. Lo miré y me pareció una respuesta escrita por una mujer con menos información.

—Ya lo besé —dije—. Dos veces, sobria. Y ya sé por qué no me pidió que me quedara: porque yo tampoco se lo pedí a él. Eso ya está contestado. Es una pregunta caducada.

—Pues contéstala hoy —dijo Carmen.

—Es lo que estoy haciendo.

Me quedé mirando el Strip, que a la una y media de la madrugada del lunes seguía exactamente igual de encendido que a las diez de la noche, porque esa ciudad no admite que exista un después.

—¿Qué haría si no me diera miedo hacer el ridículo?

—dije—. Bajaría mañana a las ocho y media, buscaría a Leo Navarro cuando saliera del turno, y le diría que quiero intentarlo.

Sin saber en qué ciudad. Sin saber si le dan el puesto.

Sin fecha, sin plan y sin garantías, que son las tres cosas por las que me pagan.

Nadie dijo nada durante unos segundos y yo se lo agradecí muchísimo.

—Quiero intentarlo con él aunque no sepa dónde vamos a vivir —dije—. Ya está. Esa es la respuesta.

Lola sacó la servilleta del bolsillo y deslizó el pulgar hacia arriba, una vez, muy despacio.

—Guau —dijo—. Cero comentarios y cero visualizaciones.

—Eres insoportable.

—Soy la mejor amiga que tienes —dijo Lola—. Después de estas dos.