CAPÍTULO 28
La peor decisión razonable
Hay una manera correcta de hacer una maleta y yo la sé desde los diecinueve años.
Se empieza por lo rígido: zapatos en la base, las suelas hacia fuera, rellenos con calcetines.
Después lo que arruga y no importa. Después lo que no arruga.
Al final, en la tapa, lo que vas a necesitar antes de deshacerla: cargador, cepillo, un jersey por si el avión va a catorce grados, que van todos a catorce grados.
Un neceser nunca va suelto. Una bolsa de plástico para lo mojado siempre.
Había metido el secador del hotel. No me pregunten. Lo saqué, lo dejé encima de la cómoda y me quedé mirándolo como si fuera él quien tuviera que explicarse.
En el salón se oía la televisión con el volumen a dos, que es el volumen al que la gente pone la televisión cuando en realidad está escuchando otra cosa. Llevaban veinte minutos sin decirse nada, las tres, y yo llevaba veinte minutos oyéndolas no decirse nada.
Vacié el bolso encima de la cama para redistribuir pesos. Cartera. Batería externa. El neceser de urgencias. Analgésicos. Cinta de doble cara. La copia impresa del itinerario original, catorce páginas encuadernadas con canutillo, con las esquinas dobladas y una mancha de café del jueves.
Y dos papeles doblados en cuatro.
El primero era la fotocopia del formulario de Nora Bell con «Conduciría…» escrito en una casilla de dos centímetros. Ese lo entendía. Ese era una prueba.
El segundo lo abrí, lo leí y me lo volví a doblar tan rápido que me hice daño en el dedo con el canto del papel.
Era papel del hotel, membrete de trébol, mi letra.
Encabezado: CONVERSACIÓN I–S. Y debajo, seis puntos numerados.
Punto uno: «Que no es un no. Decirlo la primera, antes de nada.
Literal: no te estoy dejando». Punto dos: «Bruselas: no discutir la decisión, discutir el método».
Punto tres, cuatro, cinco. El seis era: «Si él llora, no retirar el punto 1».
Lo había escrito esa misma tarde, a las dos y cuarenta y uno, en un bloc del hotel, mientras ellos estaban dentro.
No se lo di. Ese es el dato del que yo llevaba todo el día sacando pecho por dentro: no se lo di, qué madurez, qué contención.
Lo que no me había preguntado en seis horas era por qué lo había guardado.
* * *
A las nueve y ocho llamó recepción.
—Señora Montes, buenas noches, soy Denise. Tiene un vehículo confirmado para las nueve y cuarto, ¿quiere que se lo hagamos subir a la puerta principal o prefiere la salida norte, que hoy está mejor?
—La norte.
—Perfecto. ¿Ayuda con el equipaje?
—Bajo yo.
—Muy bien. —Una pausa profesional de medio segundo—. Que tenga buen vuelo.
Colgué. Cerré la maleta grande. Le pasé la mano por encima para aplastar la tapa, que es un gesto inútil que hago siempre, y bajé la cremallera de un tirón.
Y cuando abrí la puerta del dormitorio arrastrando la maleta y el bolso al hombro, las tres estaban de pie.
No sentadas. De pie. Carmen delante de la puerta de la suite, con las zapatillas puestas. Lola apoyada en el respaldo del sofá con los brazos cruzados. Inés en el hueco entre la mesa y la pared, que es por donde yo tenía que pasar para llegar a la entrada.
Formación. Habían hecho formación.
—No —dijo Carmen.
—Carmen.
—He dicho no.
—Tengo un vuelo.
—Ya sabemos que tienes un vuelo. —Carmen no se movió del sitio—.
Tienes un vuelo a las doce menos cinco a una ciudad a la que no vas, para coger otro vuelo a las siete y veinte de la mañana, después de pasar seis horas en una terminal de Chicago con una maleta y una crisis.
Yo he trabajado catorce turnos de noche seguidos.
Sé exactamente qué pinta tiene eso y no te lo voy a dejar hacer sola.
—No lo voy a hacer sola. Lo voy a hacer sola perfectamente.
—Esa frase no significa nada —dijo Carmen.
Miré a Inés, que era la que tenía el paso bloqueado de verdad.
—Aparta, por favor.
—No.
—Inés.
—Que no.
Y entonces habló Lola, que llevaba tres horas sin hablarme.
* * *
—Yo subí el vídeo.
Lo dijo desde el respaldo del sofá, sin moverse, y con una voz que yo no le había oído en once años de conocerla. Sin velocidad. Sin acumulación. Sin ninguna de las cosas que Lola Ferrer le hace normalmente a una frase.
—Lo grabé yo, con mi móvil, desde el tercer banco.
Lo subí a las cuatro y siete de la mañana.
Nadie me lo pidió. Tú no me diste permiso.
Ni tú ni Leo ni nadie. —Descruzó los brazos—.
Y cuando el viernes se empezó a mover lo de Inés, borré mi story en vez de enseñar el remate, y eso hizo que el recorte fuera lo único que quedara.
Eso también lo hice yo. Y no lo hice borracha, lo hice el viernes a las once de la mañana con un café en la mano.
—Vale.
—No he terminado. —Se le puso la mandíbula rara—.
No voy a decir que las cuentas grandes lo republicaron, aunque es verdad.
No voy a decir que si no hubiera sido yo habría sido otro, aunque es verdad.
Y no voy a decir que estaba en una despedida, aunque también es verdad.
Esas tres cosas son excusas y las tengo preparadísimas desde el viernes y me las llevo callando desde entonces porque son excusas.
Carmen, desde la puerta, dijo:
—Bien.
—Cállate —dijo Lola, sin rencor—. Vera, te he hecho un daño profesional real, en tu única cosa, y lo he hecho con la herramienta con la que me gano la vida. Eso es peor que hacerlo por casualidad. Lo siento. Punto. No hay «pero».
Yo tenía la mano en el asa de la maleta y no la solté.
—Gracias.
—Ahora sí hay un pero —dijo Lola—, pero es de otra cosa.
—Cómo no.
—Tú entraste en esa capilla por tu propio pie.
Ahí sí solté el asa.
—Nadie te empujó —dijo—. Nadie te emborrachó. Nadie te puso las manos de Leo en las manos. Yo grabé lo que pasó; no lo inventé. Y la parte que a ti te está destrozando no es que se te vea mal, es que se te vea de verdad, y eso no lo he puesto yo con una tipografía amarilla.
—Lola —dijo Inés.
—Déjame. —No apartó los ojos de mí—. Y lo otro, lo de irte esta noche.
Yo sé cómo funciona esto mejor que nadie de esta habitación, y te lo digo gratis porque llevo cuatro años haciéndotelo todo gratis: no se puede desaparecer de internet, Vera.
Se puede desaparecer de una habitación de hotel.
Internet no se entera de que te has ido.
Mañana por la mañana hay exactamente las mismas doscientas veinte mil reproducciones si estás en Barajas que si estás desayunando aquí abajo.
Y ahí llegó, por fin, lo que llevaba tres días interrumpido.
—Cuatro años —dije.
—Siete bodas —dijo Lola—. Las he contado esta tarde en la habitación, como una loca, con las fechas. Siete bodas tuyas fotografiadas gratis, porque «total, tú vas a estar allí». Y catorce fotos mías en tu web sin crédito. Las catorce las hice yo. Dos son la cabecera.
—Eso último no lo sabía.
—Eso último lo puso Bea —dijo Lola—, pero la web es tuya.
Me quedé quieta con el bolso resbalándome del hombro.
Podría haber dicho tres cosas. Que en aquellas siete bodas ella entraba a la barra libre.
Que la de Alcalá se la conseguí yo. Que el crédito se le puso en Instagram.
Todo cierto y todo, exactamente, del mismo material del que están hechas las excusas que ella acababa de tirar a la basura delante de mí.
—Tienes razón —dije—. Es una deuda. No es una discusión, es una deuda. Los créditos los cambio el martes desde el ordenador de la oficina y en las próximas bodas o cobras o no vienes a trabajar.
Lola parpadeó.
—¿Ya está?
—Es una factura, Lola. Las facturas no se debaten, se pagan.
—Joder —dijo—. Qué poco satisfactorio.
* * *
Nueve y once. Yo lo sé porque miré el reloj de Leo, que marcaba las nueve y catorce y que llevaba desde el jueves adelantándosele al mundo dos minutos por día como un anciano que llega temprano a todo.
—Me tengo que ir —dije.
—Sí —dijo Carmen—. Probablemente sí.
Levanté la vista.
—Es que igual sí —dijo ella, encogiéndose de hombros—.
Tienes una empresa. Tienes un martes con una propuesta que entregar.
Tienes una pareja de septiembre que quiere una llamada y esa llamada la vas a dar mejor desde tu mesa que desde una moqueta con tréboles.
Yo no te voy a decir que quedarte cuatro días más en Las Vegas sea sensato, porque no lo es, y porque yo mañana también me quiero ir a mi casa.
—Entonces aparta.
—No. —Carmen se apoyó en la puerta con el hombro, de lado, con la comodidad de una mujer que ha sostenido puertas mucho peores—.
Escúchame esto y me aparto. Yo veo llegar gente a urgencias todo el rato con decisiones muy sensatas.
Señores de sesenta años que llevan cuatro horas con dolor en el pecho y que no han llamado porque no querían molestar un domingo.
Y tienen argumentos, Vera. Tienen argumentos buenísimos.
El tráfico, la ambulancia, que igual no es nada, que mañana es lunes y ya lo miran.
—No estoy teniendo un infarto.
—Estás teniendo lo tuyo. —Se le puso la voz de planta, esa que no sube nunca—.
Una decisión puede ser razonable y estar tomada por el miedo al mismo tiempo.
Las dos cosas caben. De hecho, las peores son siempre así, porque si fueran solo miedo se les vería el plumero.
Esta tuya está tan bien montada que has llegado a tener billete, taxi y maleta antes de que a ninguna nos diera tiempo a preguntarte nada.
Eso no es logística. Eso es velocidad de huida.
—Es mi trabajo hacer las cosas rápido.
—Ya. —Carmen ladeó la cabeza—. ¿Y por qué has metido el secador del hotel en la maleta?
Silencio de tres segundos en el salón de la 2714.
—Porque lo he metido.
—Vale —dijo Carmen—. Solo era para que lo supieras.
* * *
Inés no se había movido del hueco entre la mesa y la pared en todo aquel rato. Llevaba una camiseta gris de Leo, del maletero, la de la mochila negra, y el bolso pequeño cruzado sobre el pecho con el anillo de su abuela dentro y sin ponerse.
—¿Puedo preguntarte una cosa de trabajo? —dijo.
—Son las nueve y cuarto.
—Es rápido.
—Inés.
—Es de tu trabajo, de verdad. —Se separó de la pared, un paso—. Imagínate que te viene una novia a la oficina, en enero, faltando cuatro meses. Todo pagado. Finca, catering, señal. Y te dice que quiere cancelar.
—Vale.
—Y tú le preguntas por qué. Y ella no te dice que no lo quiere.
No te dice que se ha enamorado de otro, ni que se ha peleado con la madre, ni que se ha dado cuenta de nada.
Te dice: «es que hay muchas cosas que pueden salir mal».
—Inés no me dejó contestar todavía—. Te dice que igual llueve.
Que igual el primo se emborracha. Que igual alguien graba algo.
Que igual dentro de cuatro años esto se ha estropeado y entonces habrá gastado todo ese dinero y habrá hecho el ridículo delante de ciento ochenta personas.
Y te dice que por eso prefiere pararlo ahora, mientras todavía está limpio.
Yo llevo once años haciendo esta conversación. La he hecho seis veces. Dos de ellas terminaron con la boda cancelada y me pareció bien.
—¿Qué le dices? —dijo Inés.
Y yo abrí la boca para contestar con mi frase, porque tengo una frase, la tengo pulida de seis veces, y me la sé, y sale sola.
Me salió sola.
—Le digo que cancelar por si acaso no es una decisión, es un pronóstico.
—Me oí. Me oí perfectamente, con mi voz de reunión, en un salón de hotel, con una maleta en la mano y un taxi esperando en la salida norte—.
Que las cosas que pueden salir mal van a poder salir mal igual el año que viene y el otro.
Que lo único que consigue cancelar es que en vez de arriesgarte a que salga mal, te aseguras de que no salga.
Y que si de verdad no quiere casarse, que lo cancele hoy mismo y yo le hago los correos.
Pero que «por si acaso» no es un motivo.
Es solo la parte de ella que quiere terminar la película antes de verla, para no tener que aguantar el rato de no saber.
Inés no dijo nada.
Yo tampoco, durante bastante rato.
—Eres una hija de puta —dije al final.
—Sí —dijo Inés—. Soy abogada.
* * *
Lola, muy bajito, desde el sofá:
—¿Puedo decir una cosa?
—No —dijimos Carmen y yo a la vez.
—Es que es corta.
—No.
Me senté en el brazo del sofá, que es la única superficie de aquella suite en la que se sentó alguien en cuatro días.
Y saqué del bolso el segundo papel doblado en cuatro y se lo di a Inés sin mirarla.
Lo abrió. Leyó los seis puntos. Le vi llegar al final, porque levantó las cejas en el seis.
—¿Es la del bolso?
—Es la del bolso. Eso es lo que te escribí esta tarde, mientras estabais ahí dentro —dije—. A las dos y cuarenta y uno, en el poyete de una ventana de la Galería.
—¿Y por qué no me lo diste?
—Porque me acordé a tiempo de lo que me dijo Carmen en el diner.
—Me froté la marca del reloj en la muñeca—.
Pero no lo tiré, ¿ves? Lo doblé. Lo guardé en el bolso.
Y lo he llevado encima todo el día, por la casa de empeños y por el despacho de Leo y hasta ahora mismo, por si en algún momento me hacía falta demostrarle a alguien que yo tenía razón.
Inés dobló el papel otra vez, con cuidado, por las mismas marcas.
—¿Me lo puedo quedar?
—¿Para qué?
—Para el punto tres —dijo—. El punto tres es buenísimo.
—El punto tres es buenísimo —admití.
Carmen se apartó de la puerta por fin. Fue a la cocina americana, abrió la nevera pequeña y sacó cuatro botellas de agua, que es la manera que tiene Carmen Aguilar de decir cosas.
Yo miré la maleta grande, de pie en mitad de la moqueta, hecha del revés, con un secador que no era mío y sin la bolsa de plástico para lo mojado.
Saqué el móvil.
Hay una opción en la aplicación del hotel que pone «cancelar servicio». Se tarda cuatro toques. Es más fácil que pedirlo.
—Denise —dije por teléfono—, soy la 2714. Sí. Que no bajo. No, no lo retrase; anúlelo, por favor, y páseme el cargo si hay penalización. Sí. Gracias. Buenas noches.
Colgué.
—El vuelo no lo puedo cancelar —dije—. Son cuatrocientos diez dólares y ya está pagado. Que se los quede la compañía. Vuelvo mañana con vosotras.
Lola abrió la boca.
—Como digas una sola palabra sobre el crecimiento personal —dijo Carmen—, te tiro por la ventana y las ventanas no se abren.
—Iba a decir que tengo hambre.
—Eso sí.
Y yo me quedé sentada en el brazo del sofá, con el bolso todavía puesto, mirando la maleta y sabiendo con una claridad absoluta que no tenía ni la más remota idea de qué iba a hacer con Leo Navarro.
Eso era lo raro. No había arreglado nada. No había decidido nada. Solo había dejado de irme.
Resulta que son cosas distintas.