Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La profesional impecable

El despacho de Leo estaba en la entreplanta, al final de un pasillo con puertas de contrachapado y un tablón de anuncios con turnos, un cartel de seguridad alimentaria y una foto de la cena de Navidad del año anterior.

Llamé a la puerta a las siete y treinta y cinco.

—Está abierta.

Estaba de pie, con la camisa remangada, mirando uno de los monitores con un bolígrafo entre los dientes. Lo dejó en cuanto me vio, y no porque yo fuera yo: lo dejó porque llevaba puesta la ropa con la que había llegado el jueves.

Vaqueros, camisa blanca, zapatillas. La ropa del avión. Yo había subido a la suite a las siete y cuarto, había vaciado el armario en la maleta grande en once minutos y me había puesto lo único que quedaba doblado.

Leo miró la ropa. Miró el reloj de la pared del pasillo. Volvió a mirarme.

—¿A qué hora?

—El taxi a las nueve y cuarto. El vuelo a las once cincuenta y cinco.

—¿A Madrid?

—Vía Chicago.

—Vía Chicago es horrible.

—Ya lo sé.

Cerró la puerta detrás de mí, no del todo, la dejó a un palmo, que es lo que hace la gente de hoteles con las puertas de despacho, y se apoyó en el canto de la mesa.

—Cuéntamelo —dijo.

* * *

Se lo conté ordenado, porque es como lo tenía.

Le conté lo de Elena Prats y Guille, ciento veinte invitados, veinticuatro de mayo, cancelación por correo a las seis y trece de la tarde hora de Las Vegas.

Le conté lo de la otra pareja, que no cancelaba, que pedía «una llamada esta semana», que es peor, porque una cancelación se cierra y una llamada hay que ganársela.

Le conté que el vídeo de la capilla llevaba doscientas y pico mil reproducciones repartidas en dos cuentas, con un texto amarillo encima que yo ya me sabía de memoria.

Le conté que Bea Roldán me había dejado tres audios y que la propuesta de los Ferreiro había que entregarla el martes.

Leo escuchó entero, sin interrumpir, con los brazos cruzados y la vista en el suelo, que es como escucha él cuando está trabajando.

Y cuando terminé no dijo nada de lo que yo esperaba.

—¿El vídeo entero de la capilla lo tienes tú?

—Tengo una copia física de Mabel. Veinticinco dólares.

—Vale. Pues eso primero. —Se enderezó y cogió el bolígrafo—.

Lucky Chapel firma un documento de cesión de imagen con el paquete Gold; lo firmasteis el jueves sin leerlo, todo el mundo lo firma sin leerlo.

Ese documento tiene una cláusula de retirada a petición del cliente.

Mabel te la va a ejecutar en veinte minutos si se lo pides tú, porque los treinta días de custodia se los cobra igual.

Eso no borra internet, pero deja de haber una fuente oficial, y eso importa cuando alguien te pide explicaciones por escrito.

—Leo.

—Y para lo otro, para lo de tus clientes, tengo aquí a dos personas del departamento de comunicación del grupo que se dedican a esto ocho horas al día. Curtis conoce a la directora. No es un favor raro, es un correo.

—Leo.

—Estoy trabajando —dijo—. Es lo que hago. Perdona.

—Es lo que hacemos los dos. Es prácticamente lo único que sabemos hacer los dos a la vez.

—Eso ayer nos pareció romántico.

—Ayer nos pareció romántico —dije— porque estábamos montando la boda de otra gente.

—Vera, es un correo. Nada más.

—Ya lo sé. —Dejé el bolso en la silla—. Y te lo agradezco de verdad. Y no.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero que la primera cosa que hagas por mí sea arreglar un problema que he creado yo.

Ahí me miró de otra manera.

—Vale —dijo—. Ahora sí. Dime la de verdad.

* * *

Y se la dije, porque yo no le mentí aquella noche. Eso quiero dejarlo claro, porque me he juzgado mucho por lo que hice en aquel despacho y por lo que dije no me juzgo nada: todo lo que dije era verdad.

—El jueves a las ocho de la tarde entregué mi teléfono —dije—.

Acepté un juego que consistía en no mirar el plan durante doce horas y en decir que sí a cosas que normalmente rechazo.

Y lo hice bien. Fui la mejor alumna de la clase.

Empeñamos un anillo, nos casamos de mentira delante de un astronauta y yo besé a un hombre en la calle a las tres de la mañana con veintinueve grados.

—Me acuerdo.

—Y llevo desde entonces recogiendo. —Levanté una mano—.

Inés en un motel a setenta kilómetros. Sergio cruzando el Atlántico con una carpeta.

Ciento ochenta invitados que se van a enterar por un correo de Inés esta semana.

Una boda que he perdido, otra que igual pierdo, y una empresa que se sostiene íntegramente sobre que la gente crea que yo no pierdo el control nunca.

—Eso último no es verdad.

—Es exactamente lo que vendo.

—Es lo que crees que vendes. —Se apoyó otra vez en la mesa—. Yo te vi el sábado. Ellis Ward tenía las flores equivocadas, el oficiante metido en un ascensor y una terraza con viento de treinta kilómetros. Y no te contrató para que nada saliera mal. Te contrató para lo que hiciste cuando salió mal.

—A Ellis Ward no la contraté yo, la contrataste tú.

—A Ellis Ward la contratamos los dos y lo sabes.

* * *

Se oyó un walkie en el pasillo y una voz que decía algo sobre la puerta cuatro. Leo se asomó, contestó dos palabras, volvió.

—Sigue —dijo.

—No hay mucho más. —Me oí la voz y ya estaba en el registro malo, el educado, el que uso para decirle a un proveedor que no vamos a volver a trabajar juntos—.

El fin de semana ha demostrado una cosa muy sencilla, y no es que yo tenga razón sobre el control, ni que la espontaneidad sea mala, ni ninguna moraleja.

Es que dejarse llevar tiene consecuencias reales y las paga alguien.

Esta vez las he pagado yo, y las ha pagado Inés, y las va a pagar Lola cuando alguien la busque por esto dentro de dos años.

—Eso es cierto.

—Gracias.

—Es cierto y no es lo que estás diciendo —dijo Leo.

Y bajó la voz. Ahí fue donde la bajó.

—¿Puedo decirte lo que veo? Y luego me dices que me equivoco y te vas al aeropuerto.

—Dilo.

—Que se te ha cancelado una boda de mayo esta tarde. Una. Y que llevas hora y media construyendo con eso una conclusión general sobre tu vida entera que resulta que ya tenías montada esta mañana a las nueve menos veinte, en una terraza, antes de que existiera ningún correo.

—Eso es injusto.

—Es exacto. —No levantó la voz ni una vez—.

Esta mañana no había cancelado nadie y me dijiste lo mismo con otras palabras.

Me hiciste una lista de tres puntos y me explicaste que lo más sensato era no complicar el fin de semana.

A las nueve menos veinte de la mañana, Vera.

Lo único que ha cambiado desde entonces es que ahora tienes un motivo que suena mejor.

—Tengo un motivo que es verdad.

—Los dos pueden ser verdad. —Se separó de la mesa—.

Puede ser verdad que tengas una crisis profesional real y que tengas que estar en Madrid el martes.

Y puede ser verdad que llevas tres días buscando la manera de salir de esto sin que parezca que estás huyendo.

Yo no te estoy pidiendo que te quedes cuatro días más en un hotel.

No te estoy pidiendo que le digas a Bea que se ocupe ella.

Vete. Coge tu vuelo, arregla tu empresa, que es tuya y que es buenísima.

—Entonces no discutimos.

—Discutimos por lo otro —dijo—. Discutimos porque no te vas del hotel. Te estás yendo de esto.

* * *

Y ahí es donde me puse de pie, aunque ya estaba de pie.

—¿Y qué es esto exactamente? —dije—. Dime lo que es. Con palabras. Porque yo llevo desde ayer intentando ponerle un nombre y no puedo, y no puedo porque no me dejas.

—Es una casilla. Te lo dije anoche.

—Una casilla. —Me oí reírme, y no me gustó cómo sonó—.

Perfecto. Yo tengo treinta y cuatro años.

Tengo una empresa con dos personas que dependen de mí, un alquiler en Ríos Rosas, cuarenta y una bodas hechas y una relación de cuatro años que se terminó porque el señor con el que iba a casarme me dijo que nunca sabía si era mi pareja o un proyecto que yo estaba optimizando.

Y esa frase es verdad y me la merecía. Y llevo dieciocho meses trabajando sobre eso.

—Ya lo sé.

—Pues entonces entiende esto: yo no puedo volver a Madrid y montar mi vida entera alrededor de un quizás.

—Le sostuve la mirada—. No estoy pidiendo un anillo.

No estoy pidiendo que te mudes. Estoy pidiendo saber si esto es algo o si es un fin de semana muy bueno, y tú no me lo puedes decir, y no te lo reprocho, pero yo no puedo esperar sentada a un comité de tres personas un martes a las diez de la mañana.

—No —dijo Leo—. No puedes esperar a un comité. Puedes esperarme a mí.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo y esa es toda la conversación.

Se acercó un paso y volvió a bajar la voz.

—Yo tampoco quiero esto, ¿sabes? —dijo—.

No quiero ser una plaza que tú te reservas por si sale.

Y no quiero ser lo otro tampoco, que es lo que va a pasar si me das una fecha.

Porque si yo el martes digo que sí a Madrid con esta conversación encima, dejo de ser un tío que decide dónde quiere vivir y me convierto en un proyecto tuyo con fecha de entrega.

Y a los proyectos tuyos les pasa una cosa: que salen todos bien. Todos. Ese es el problema.

—¿Que salgan bien es el problema?

—Que salen bien porque tú los controlas de principio a fin —dijo—.

Y yo he visto a mi padre trabajar cuarenta años dentro de un edificio que no era suyo, y a mi madre organizarle la vida entera con buena intención, y a mi hermana montar una boda de ciento ochenta personas para no tener que preguntarse nada.

Vera, no me metas en la hoja. Prefiero que me eches de menos.

—Muy bonito —dije.

—No pretendía ser bonito.

—Pues lo es, y es comodísimo. —Y ahí es donde yo hice daño, y sabía perfectamente lo que estaba haciendo, porque llevo once años leyendo a la gente y sé exactamente dónde está el hueso—.

Llevas dieciséis años sin meterte en la hoja de nadie.

Ni en la de tu madre, ni en la de Inés, ni en la mía.

Te fuiste a Chicago para no vivir la vida que te tocaba y ocho años después sigues en un hotel en el que puedes dormir en la quinta planta cuando no te apetece ir a tu casa.

Y lo llamas márgenes. Y a mí me llamas controladora.

Leo no contestó enseguida.

—Sí —dijo—. Eso es verdad.

—No lo digas así.

—Es que es verdad. —Se pasó la mano por la nuca—. Llevo cuatro meses sin decidir una cosa que tengo delante desde junio, y llevo nueve años sin preguntarte una cosa que quería preguntarte, y el jueves te vi en un vestíbulo con un carrito de maletas y lo primero que pensé fue «vaya, sigue ahí».

—¿Y qué hiciste?

—Resolver un overbooking.

—Exacto.

—Exacto —dijo—. Somos los dos. Eso ya lo sabíamos el jueves en una azotea. Lo que pasa es que hoy es domingo y a las nueve y cuarto tienes un taxi.

* * *

Nos quedamos los dos a metro y medio en un despacho de nueve metros con una ventana que daba a un patio de carga donde un chico con chaleco amarillo estaba arrastrando una jaula de botellas vacías.

Era la primera vez en cuatro días que ninguno de los dos tenía nada preparado.

—Tengo que hacer la maleta de mano —dije.

—Vale.

—Y tengo que hablar con Inés antes de irme.

—Vale.

—Leo.

—Dime.

—No te estoy castigando.

—Ya lo sé —dijo—. Eso es lo que más me fastidia. Si me estuvieras castigando podría discutirlo. Esto lo estás haciendo con la mejor intención del mundo y con la cabeza muy fría, y es exactamente igual de definitivo.

Cogí el bolso de la silla.

Y entonces hice la cosa que llevaba pensando desde el ascensor de la quinta planta, aquella mañana, y que me había parecido elegante y ordenada y correcta, y que fue, con diferencia, lo peor que hice en todo el viaje.

Me desabroché el reloj.

La correa de piel marrón estaba gastada por el tercer agujero, que era el de su padre y no el mío, y en cuatro días me había dejado una marca clara en la muñeca porque el sol de Nevada no perdona.

Se lo tendí.

—Toma.

Leo miró el Seiko en la palma de mi mano y no lo cogió.

—No.

—Es tuyo.

—Ya sé que es mío.

—Leo, es de tu padre. Yo me subo a un avión dentro de cuatro horas y no me voy a llevar a Madrid un reloj que…

—Vera.

Lo dijo bajito, y esta vez ni siquiera se acercó.

—Quédatelo —dijo—. Te lo di la madrugada del viernes, a las dos y cuarenta, porque me dijiste que necesitabas algo que te recordara que el tiempo no se controla. Y me pareció una frase muy buena para una mujer que llevaba cinco horas mirando la hora.

—Eso fue una broma.

—Fue lo único serio que dijiste en toda la noche. —Metió las manos en los bolsillos, para no cogerlo, y ese gesto lo tengo grabado—. Quédatelo hasta que dejes de contar cuánto falta para irte de los sitios.

—Eso no es justo.

—No —dijo—. Pero es el trato.

* * *

Salí al pasillo de la entreplanta con el reloj en la mano y anduve veinte metros así, hasta el hueco de la escalera, y allí me paré delante del tablón de los turnos y me lo volví a poner porque no tenía dónde meterlo y porque el bolso estaba lleno.

Marcaba las ocho y cincuenta y uno.

En el resto del mundo eran las ocho y cuarenta y ocho.