Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El anillo sigue en la caja

Fuimos las cuatro, porque Carmen dijo que no pensaba quedarse en una habitación de hotel esperando a que le contaran algo por tercera vez en tres días, y porque Lola dijo que si íbamos a la casa de empeños ella quería ver a Bingo.

Sergio se quedó andando por el Strip con la carpeta azul debajo del brazo. Inés le dijo que volvía a las siete y él contestó «vale» sin pedir explicaciones, que para Sergio Valdés a las cinco y media de la tarde de aquel domingo era un progreso considerable.

El VTC nos dejó en Fremont East a las seis menos veinte. Hacía treinta y seis grados y el sol estaba bajo, que es lo peor: te da en la cara y en el asfalto a la vez.

Night Owl Pawn de día no se parece en nada a Night Owl Pawn de madrugada.

De madrugada es un rectángulo de luz azul en una calle oscura y parece importante.

A las seis menos veinte de la tarde de un domingo es una tienda con la persiana metálica subida a medias, un cartel de neón apagado que se lee mal y un escaparate con tres guitarras, once cámaras de fotos y una vitrina de anillos que si te paras a pensar en ella te estropea el día.

Dentro había aire acondicionado, olor a metal y a moqueta vieja, y una radio con un partido de béisbol muy bajita.

Bingo levantó la cabeza desde detrás del mostrador, calculó nuestra peligrosidad y la volvió a bajar.

—Buenas tardes —dijo Nora Bell.

Llevaba las gafas colgando de la cadena y tres bolígrafos en el bolsillo de la camisa: uno azul, uno negro y uno rojo, y a lo largo de los siguientes veinte minutos utilizó los tres.

—Venimos a recuperar un depósito —dije.

—Referencia.

—Seiscientos catorce.

Nora se puso las gafas, tecleó cuatro cosas en un ordenador que tenía la carcasa amarillenta y sacó de un archivador de metal una carpetilla plastificada.

—Depósito con recompra, seiscientos catorce —leyó—.

Solitario, montura antigua remontada, entrada el viernes a la una menos diez de la madrugada.

Prórroga solicitada por teléfono el sábado a las ocho cincuenta, veinticuatro horas, veinticinco dólares abonados.

Vence esta noche a las cero cincuenta. —Levantó la vista por encima de las gafas—. Van bien de tiempo.

—Nos gusta ir bien de tiempo —dijo Carmen.

—A muy poca gente le gusta —dijo Nora.

* * *

Puso tres formularios encima del mostrador, uno detrás de otro, y los alineó con el canto de la mano.

—Titular.

—Yo —dijo Inés.

—Documento.

Inés sacó el pasaporte. Nora lo comparó con la ficha, con la lentitud de quien ha comparado ocho mil pasaportes con ocho mil fichas, y lo devolvió.

—Hay una cláusula adicional en este contrato —dijo—. La puso usted.

—Lo sé.

—La leo igualmente, porque si no la leo en alto no vale. —Se acercó la carpetilla—. «El objeto solo podrá ser retirado por la titular o por una persona que responda correctamente a la pregunta consignada en NOTAS ADICIONALES».

—¿Y qué pone en notas adicionales? —dijo Lola.

Nora giró la carpetilla para que lo viéramos.

En una casilla rectangular de dos centímetros de alto, con bolígrafo azul y letra de imprenta, ponía:

Conduciría…

—No cabía más —dijo Nora—. Se lo advertí a la señorita.

Yo llevaba desde el viernes por la mañana con la fotocopia de ese papel doblada en cuatro en el bolso, y me la había sacado del bolsillo delante de aquel mismo mostrador para contestar aquella misma pregunta con una respuesta a medias, y Nora Bell me la había rechazado con la delicadeza de una funcionaria de ventanilla.

—Está la titular presente —dije—. La cláusula no hace falta.

—La cláusula no hace falta —confirmó Nora—. Pero el impreso tiene un espacio y si lo dejo en blanco, mi inspector me pregunta.

Miró a Inés.

—¿La contesta usted, señorita?

Inés se apoyó en el mostrador con los dos codos.

—«Conduciría hasta que dejara de ver la ciudad y pensaría qué quiero antes de volver».

Nora escribió. Tardó. Escribió toda la frase entera, en letra pequeñísima, apretando en las dos últimas palabras para que le cupieran.

—¿Y lo hizo? —preguntó, sin levantar la vista.

—Lo hice.

—¿Funcionó?

—A medias.

—A medias es más de lo que consigue la mayoría —dijo Nora Bell, y cambió el bolígrafo azul por el negro.

* * *

Después abrió una caja fuerte pequeña que había debajo del mostrador, sacó una bolsa de plástico transparente con cierre, precintada, con una etiqueta amarilla, y cortó el precinto con unas tijeras.

Dentro había una cajita de cartón forrado. Dentro de la cajita, el anillo de la abuela Amparo: un solitario pequeño, montura nueva, sin nada llamativo, de esos que solo son bonitos si sabes de quién eran.

Lo puso encima del mostrador.

Y ahí ocurrió lo que ninguna de las cuatro había previsto, que es que a Inés se le fueron las manos a la espalda. Las dos. Como quien no quiere tocar un enchufe.

—Cuente el objeto y confirme que está conforme —dijo Nora.

—Está conforme.

—Tiene que mirarlo.

—Lo estoy mirando.

—Perfecto. —Nora empujó el formulario y el bolígrafo negro—. Firme aquí, aquí y en la cruz.

Inés firmó tres veces.

Nora recogió los impresos, los ordenó, cogió el bolígrafo rojo y se detuvo en la última casilla.

—Última pregunta y ya la dejo en paz —dijo—. Es de la ficha. MOTIVO DE LA RETIRADA. —Miró a Inés por encima de las gafas—. Se lo pregunto porque tengo cuatro opciones y ninguna me sirve. ¿La boda sigue en pie?

Yo noté a Carmen ponerse recta a mi izquierda.

—La boda no —dijo Inés—. La relación sí.

Nora asintió una vez.

—Muy bien.

Bajó la vista, apretó el bolígrafo rojo y escribió, en voz alta, mientras lo hacía:

—«Retirada por la titular. Ceremonia aplazada. Vínculo vigente».

—¿Eso es una opción? —dijo Lola.

—Es la casilla «otros» —dijo Nora—. La uso mucho.

Cerró la carpetilla, la metió en el archivador de metal y le puso a Inés la cajita en la mano.

—Que tengan buena tarde. —Abrió un cajón, sacó una pinza del pelo de carey y la dejó en el mostrador—. Y esto se lo dejaron el jueves encima de la vitrina de las guitarras. Lo guardo todo treinta días.

—Es mía —dijo Carmen, y se la puso.

—Ya lo sabía —dijo Nora Bell.

* * *

Salimos a la calle a las seis y cuarto y el calor nos recibió como una bofetada administrativa.

Inés se paró en la acera, abrió el bolso pequeño, metió la cajita en el bolsillo interior y lo cerró con la cremallera. No la abrió. No se puso nada. Y después se quedó dos segundos con la mano encima del bolso, como el jueves por la noche con los sobres.

—Ya está —dijo.

—Ya está —dijo Carmen.

Yo tuve que hacer un esfuerzo físico para no decir lo que llevaba pensando desde la caja fuerte, que era que un solitario suelto dentro de una cajita de cartón, dentro de un bolso pequeño, en un aeropuerto, con controles y bandejas, es exactamente la clase de objeto que la gente pierde.

Podía haberle explicado tres formas de llevarlo.

Tenía una de ellas encima, cosida al forro del neceser de urgencias.

No dije nada. Es asombroso lo que se puede no decir cuando una se lo propone.

—Necesito un helado o algo muy frío.

Y en ese momento me empezó a vibrar el móvil en la mano.

* * *

Fueron seis avisos en cuarenta segundos, que es un ritmo que yo conozco. Ese ritmo lo he visto tres veces en once años y las tres veces era algo caro.

El primero era un correo de Elena Prats.

Elena Prats y Guille se casaban el veinticuatro de mayo en una finca de Colmenar, ciento veinte invitados, y llevaban conmigo desde febrero. Era, con diferencia, la mejor boda de mi año siguiente.

El correo tenía cuatro líneas y estaba escrito con una educación que hacía daño.

Vera, hemos estado hablando este fin de semana y hemos decidido no continuar con la contratación.

No es nada personal y te agradecemos mucho el trabajo hecho hasta ahora, pero mi madre ha visto un vídeo circulando y para nosotros la discreción es lo más importante. Dinos cómo cerramos lo de la señal.

El segundo era de otra pareja, la de septiembre, y no cancelaba nada: pedía «una llamada esta semana para comentar un tema que nos ha llegado».

El tercero era un audio de Bea Roldán de cincuenta y un segundos que empezaba diciendo «Vera, no te asustes» y que, por lo tanto, ya había fracasado.

Y los otros tres eran enlaces.

Me metí debajo de un toldo, porque en la acera no se veía la pantalla, y lo abrí.

Cuarenta y un segundos. Vertical. Grabado con un móvil desde el tercer banco de la Lucky Chapel.

Se ve un oficiante disfrazado de astronauta, se ven unas flores de plástico rosas, se ve a Lola riéndose fuera de plano.

Y se me ve a mí, con el pelo mal, sujetándole las dos manos a Leo Navarro y diciendo, muy despacio y muy claro:

—Contigo nunca supe qué iba a pasar, y eso me daba más miedo que perderte.

Encima, en letras amarillas, un texto que no había puesto Lola:

LA WEDDING PLANNER QUE SE CASA BORRACHA EN LAS VEGAS 💍😂

Ciento cuarenta mil reproducciones en una cuenta, ochenta y tantas mil en otra.

Lo vi tres veces seguidas. La tercera ya no estaba mirando el vídeo: estaba contando los comentarios.

Quiero explicar por qué eso me hizo lo que me hizo, porque desde fuera es un cliente perdido y una llamada pendiente, y yo he perdido clientes antes.

Vera Montes Eventos vende una sola cosa.

No vende flores, ni cronogramas, ni contactos de proveedores: eso lo tiene medio Madrid.

Vende que cuando yo entro por la puerta de una finca a las siete y media de la mañana con dos carpetas y una caja de imperdibles, la madre de la novia deja de tener miedo.

Eso es todo. Es un negocio construido enteramente sobre que yo parezca la persona más tranquila de la habitación.

Y llevaba once años sin dar un solo motivo para dudarlo.

En cuarenta y un segundos verticales, con una tipografía amarilla y dos emojis, alguien había cogido lo único que yo tenía y lo había convertido en un chiste que se veía en el metro.

* * *

—Vera. —Lola estaba a mi lado—. Vera, escúchame. Esto se gestiona.

—Ya.

—En serio. Esto lo he hecho cuarenta veces.

Lo primero es no borrar nada, que es lo que hice yo el viernes y por eso empeoró.

Lo segundo es sacar el contexto: sacamos el vídeo entero de la capilla, que dura media hora y donde se ve perfectamente que es una broma y que Mabel dice ocho veces que no es legal.

Lo tercero es un comunicado corto en tu perfil profesional, sin defenderte, con humor…

—Lola.

—…y lo cuarto es que yo tengo el contacto de la cuenta grande, la de las cuatrocientas mil, porque colaboré con ellos en marzo, y les puedo pedir que…

—Lola.

Se calló.

Y aquí es donde tengo que contar lo que hice, porque llevo años contándolo y todavía no me sale bien.

No grité. Yo, cuando me hacen daño, no grito. Me pongo educada. Se me estira la sintaxis, se me ordenan las frases y empiezo a hablarle a la gente que quiero como si estuviera resolviendo una reclamación en el mostrador de un hotel.

—Te agradezco el ofrecimiento —dije—. Pero creo que ya has trabajado bastante en esto.

—Vera…

—El vídeo de la capilla lo subiste tú. —Guardé el móvil en el bolso, despacio, y cerré el bolso—.

No lo recortó la cuenta de las cuatrocientas mil.

No lo puso el astronauta. Lo grabaste tú con tu móvil, lo subiste tú a las cuatro y pico de la mañana y no me lo dijiste hasta el viernes por la tarde. Igual que la de Inés.

—Ya lo sé.

—Perfecto. Entonces no hay nada que discutir.

—Yo estaba borracha, tú también estabas…

—Yo estaba borracha en una capilla con mis amigas —dije—. Tú estabas borracha con una audiencia de noventa mil personas. No es lo mismo y creo que lo sabes perfectamente, porque llevas diez años cobrando por saberlo.

Lola se puso muy roja, muy deprisa. Es una cosa que le pasa desde la universidad.

—Vale —dijo—. Vale. ¿Y de las siete bodas de las que me pediste que…?

—Lola. —Carmen se metió entre las dos sin levantar la voz, que es un talento que se aprende en urgencias—. Ahora no.

—Es que lleva cuatro años…

—Ahora no. —Carmen se giró hacia mí—. Y tú tampoco.

—Yo no he hecho nada.

—Tú acabas de hacerlo todo —dijo Carmen— con una voz de azafata. Que es peor.

* * *

Inés no dijo nada. Se puso a mi lado, en la acera, con el bolso pequeño cruzado sobre el pecho, y me pasó el brazo por la espalda, y yo me quedé quieta y lo permití, que en aquel momento era lo máximo que yo daba de mí.

Cogimos un VTC a las seis y cuarenta. Nadie habló en los veinte minutos que se tarda desde Fremont East hasta el Strip un domingo por la tarde, salvo el conductor, que nos preguntó de dónde éramos y a quien Carmen contestó «de Madrid» con una amabilidad que a nosotras no nos estaba tocando.

Yo iba en el asiento del copiloto con el móvil en el regazo y la pantalla apagada.

Contesté a Elena Prats en dos frases: que lo entendía, que le devolvería el cincuenta por ciento de la señal sin discusión y que le deseaba lo mejor. Lo escribí en cuarenta segundos y no me temblaba la mano.

Después escribí a Bea: que el lunes por la mañana no, que el lunes por la tarde tampoco, que llegaba antes.

Y luego, en un semáforo de Las Vegas Boulevard, con un cartel gigante de un espectáculo de acrobacias a mi derecha, abrí la aplicación de la compañía y busqué vuelos.

Había uno a las once cincuenta y cinco de la noche a Chicago, con conexión a Barajas a las siete y veinte de la mañana. Cambio de billete, cuatrocientos diez dólares. Salía dieciséis horas antes que el resto.

Lo pagué con la tarjeta que llevaba en el bolsillo lateral del bolso, sin sacar la cartera.

Y cuando ya estaba comprado, con la tarjeta de embarque descargada y el taxi reservado para las nueve y cuarto de la noche, el móvil vibró otra vez.

Era un mensaje de Marcos Belmonte. Dieciocho meses sin escribirme.

He visto el vídeo. Solo quería saber si estás bien. No hace falta que me contestes con un plan.

Bloqueé la pantalla y miré por la ventanilla el resto del camino.