Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

No es no casarse

El salón Ámbar del Crown & Clover es una sala de reuniones de la tercera planta con moqueta color caramelo, doce metros de largo y una mesa ovalada que se puede retirar.

El sábado había servido de almacén: allí acabaron las flores naranjas que sobraron de la gala, tres cajas de copas y un arco floral desmontado en cuatro piezas.

El domingo a las dos de la tarde ya estaba vacío, olía a producto de limpieza y tenía dos sillones y una mesa baja que alguien había colocado en el centro, en diagonal, como colocan los muebles las personas que no van a usarlos.

Leo abrió la puerta con la tarjeta maestra y no entró.

—Es la única sala de la planta que no tiene cristal a pasillo —dijo—. Nadie va a venir. La reserva está a nombre de mantenimiento hasta las siete.

—Gracias —dije.

—De nada.

Y eso fue todo. Dos frases funcionales, con un metro y medio de moqueta caramelo entre los dos y una cortesía impecable por ambas partes, que es lo que se hace en mi profesión cuando hay ochenta invitados delante y también, por lo visto, cuando no hay ninguno.

Se fue por la escalera y no por el ascensor, cosa que noté y que decidí no interpretar.

* * *

Sergio llegó a las dos menos tres minutos, con una camisa azul planchada por él mismo aquella mañana —se le notaba en el cuello— y la carpeta de plástico azul debajo del brazo.

Aquella carpeta llevaba con nosotros desde el sábado a las diez y veinte de la mañana.

Dentro había reservas, alternativas, un cambio de fecha con la finca, un presupuesto de traslado del catering, dos vuelos con tarifa flexible y un seguro de cancelación de doscientos veinte euros contratado en el aeropuerto de Chicago.

Inés lo miró desde la puerta del salón.

—Deja la carpeta fuera.

Sergio bajó la vista al brazo, como si acabara de descubrir que la llevaba.

—Hay cosas que…

—Ya lo sé. Déjala fuera.

Y la dejó. La dejó en una consola del pasillo, debajo de un espejo con marco de latón, y entraron los dos, y la puerta hizo el clac de las puertas de sala de reuniones.

Yo me quedé en el pasillo con una carpeta de plástico azul y ninguna instrucción.

* * *

Voy a resumir las dos horas y media siguientes de forma honesta.

Bajé a la Galería Trébol, en la misma planta, donde el sábado habíamos casado a Ellis Ward y Dan Okonkwo con treinta y ocho invitados, laurel, menta y cuatro limones.

Estaba irreconocible. Dos técnicos desmontaban el pórtico de iluminación con una plataforma elevadora, había cinta de embalar en el suelo y una torre de sillas doradas contra la pared, cubiertas con una funda gris.

Me senté en el poyete de una ventana y saqué el móvil.

Tenía once correos. Bea Roldán me había mandado dos audios de un minuto y medio cada uno sobre la propuesta de los Ferreiro, que había que revisar el lunes, y un tercero de veintidós segundos que decía solo: «Vera, ¿tú estás bien? Es una pregunta normal, no te pongas rara».

Contesté a los tres. Ordené los correos. Cambié dos citas de la semana siguiente.

Y a las dos y cuarenta y uno cogí un bloc del hotel de los que hay en las salas de reuniones, con el trébol impreso en la esquina, y empecé a escribir.

No lo pensé. Salió como sale el abecedario.

1. Que no es un no. Decirlo la primera, antes de nada. Literal: «no te estoy dejando».

2. Bruselas: no discutir la decisión, discutir el método. No es que aceptara: es que lo dio por hablado.

3. La boda: 180 personas no es el problema. El problema es por qué llegaron a ser 180.

4. Fechas: la finca respeta el 80 % si se mueve a domingo de febrero (contacto: Cristina). Ojo: febrero son cuatro meses. Puede ser demasiado pronto.

5. No cerrar hoy nada que no se pueda cumplir un martes de noviembre.

6. Si él llora, no retirar el punto 1.

Llegué al seis y me paré.

Lo leí entero. Estaba bien. Estaba muy bien, para qué nos vamos a engañar: yo llevo once años preparando conversaciones difíciles entre adultos que se quieren y no saben decírselo, y ese guion habría funcionado.

También era, palabra por palabra, la conversación de otra persona.

Me acordé de Carmen en el Sunrise Diner, el viernes por la mañana, con los ojos rojos y el café frío, diciéndome que no le arreglara nada, que solo la escuchara. Me acordé de Inés en el motel diciéndome que ella no podía hablar conmigo sin que yo empezara a resolver antes de la tercera frase.

Arranqué la hoja. La doblé en cuatro. Me la guardé en el bolso.

Y a partir de ahí no hice absolutamente nada durante ciento diez minutos, que a mí me costó más que montar una boda de trescientos comensales bajo la lluvia.

Estuve un rato viendo trabajar a los técnicos, que es mi forma de meditación.

Desmontaron el pórtico en dieciocho minutos, lo cual es un tiempo excelente.

Uno de ellos encontró debajo de la tarima un limón entero, lo levantó a contraluz con verdadera perplejidad y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

Ellis Ward había insistido en los limones. Tenía razón: quedaban muy bien.

A las tres y cuarto pasó Carmen por la Galería con dos botellas de agua y no me preguntó nada. Dejó una a mi lado en el poyete, me puso la mano en el hombro cuatro segundos y siguió andando hacia el ascensor.

A las tres y media apareció Lola, que sí preguntó.

—¿Llevan una hora y media ahí dentro?

—Una y treinta y ocho.

—¿Eso es bueno o es malo?

—Es largo —dije—. Lo malo son los veinte minutos. Lo malo de verdad son los cuarenta.

—¿Y si son tres horas?

—Si son tres horas es que se están contando cosas por orden.

Lola asintió como si eso significara algo, se sentó a mi lado, aguantó cuatro minutos y medio y se fue a la piscina.

* * *

Salieron a las cuatro y treinta y seis.

Lo sé porque yo estaba mirando el reloj de Leo, que iba tres minutos adelantado, y resté.

Salió Sergio primero. Tenía la cara de la gente que ha llorado hace un rato y ya se ha lavado: la piel de alrededor de los ojos un poco hinchada y el resto normal.

Cogió la carpeta azul de la consola sin mirarla, me hizo un gesto con la barbilla, dijo «voy a andar un poco» y se metió en el ascensor.

Inés salió después, descalza, con los zapatos en la mano.

—¿Por qué vas descalza?

—Porque llevo tres horas sentada en un sillón de skai y me he hinchado. —Se sentó en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, debajo del espejo de latón—. Siéntate.

Me senté.

—¿Quieres que te traiga algo?

—No.

—Hay una máquina en la…

—Vera.

—Vale.

* * *

Y entonces me lo contó, y yo escuché.

Eso, dicho así, no parece un logro. Pero cronometré las veces que abrí la boca y me obligué a cerrarla y fueron nueve.

—Ha empezado él —dijo—. Eso ya me ha descolocado, porque yo llevaba desde ayer preparando cómo empezar. Se ha sentado, ha puesto las manos así, en las rodillas, y ha dicho: «acepté lo de Bruselas hace dos semanas y no te lo dije».

—¿Hace dos semanas?

—El día doce. Lo tiene fechado, claro, es Sergio.

—Se le escapó media sonrisa—. Su director le llamó un jueves por la tarde mientras él estaba comprando fruta.

Y le dijo que sí por teléfono, de pie, en un supermercado, entre las manzanas y los plátanos.

Verbalmente, sin firmar nada. Y luego llegó a casa y no me lo contó.

—¿Por qué?

—Porque no le pareció una noticia. —Inés dejó los zapatos en el suelo—.

Eso es lo que me ha dicho y es lo peor, y a la vez es lo único que hace que no le odie.

No me lo ocultó. Es que en su cabeza no era información nueva.

Llevábamos meses hablando de que «si sale lo de Bruselas, nos vendría bien».

En plural. Meses. Y yo asentía, porque yo asiento.

—Tú asientes —dije.

—Yo asiento muchísimo. —Se pasó las manos por la cara—. Y luego el día veinte estábamos cenando y él dijo «en enero», así, de pasada, y yo por dentro me quedé helada y por fuera pregunté si quería más agua.

Yo tenía tres cosas en la boca. Una era sobre plazos de incorporación, otra sobre si el puesto admitía traslado en remoto y la tercera era una pregunta perfectamente formulada para que ella llegara sola a una conclusión que yo ya tenía.

Las tres eran mías, no suyas.

—Sigue —dije.

—Después le he contado lo mío. —Cerró los ojos un momento—.

Y lo mío es peor, Vera. Lo mío es que la boda la hice yo.

Nadie me obligó. Empezamos con sesenta personas en un sitio pequeño y acabé con ciento ochenta en una finca de Boadilla con dos barras y un photocall que ni siquiera me gusta.

Y cada vez que añadía algo me quedaba más tranquila.

—¿Tranquila de qué?

—De que si es tan grande, no puede ser un error.

—Abrió los ojos y me miró—. Ciento ochenta personas no pueden estar equivocadas.

Un catering de cuatro mil ochocientos euros de señal no puede estar equivocado.

Ese era el razonamiento y me lo he oído decir en voz alta hace media hora y me he querido morir.

—¿Y él qué ha dicho?

—Nada, durante un rato bastante largo. Y luego ha dicho: «yo pensaba que te hacía ilusión».

Y ahí sí me callé sin esfuerzo.

—Y lo peor —siguió ella— es que me hacía ilusión. Partes. Me hacía ilusión el sitio, y la comida, y ver a mi madre bailar con mi hermano. Eso es lo que no le he sabido explicar hasta la segunda hora. Que no es que la boda me diera igual. Es que la boda era lo único del año que tenía fecha.

—¿Y él lo ha entendido?

—A la tercera vez. —Se apartó el pelo de la cara—.

Le he tenido que poner un ejemplo suyo. Le he dicho: cuando tú entregas un proyecto y el plazo está mal calculado desde el principio, ¿qué haces?

Y me ha dicho que se replanifica, que si no se replanifica se entrega mal y luego hay que rehacerlo todo con la obra empezada.

—Qué manera de hablar de una boda.

—Ha sido la única frase de tres horas en la que hemos estado los dos seguros de que nos entendíamos.

* * *

—Lo aplazamos seis meses —dijo Inés.

—Seis.

—Seis. Ni cuatro ni ocho. Seis, porque yo he dicho un año y él ha dicho tres meses y hemos hecho lo que hacemos siempre, que es partir por la mitad, solo que esta vez lo hemos hecho a la vista y no fingiendo que estábamos de acuerdo desde el principio.

—¿Y la finca?

—Cristina nos ofrecía un domingo de febrero respetando el ochenta por ciento.

Lo hemos rechazado. —Estiró las piernas en la moqueta—.

Febrero son cuatro meses y medio y sería exactamente lo mismo con abrigo.

Perdemos dinero. Bastante. Del catering perdemos casi toda la señal, la finca nos deja un porcentaje a cuenta durante un año y el seguro de cancelación que contrató en Chicago no cubre nada de esto, cubre enfermedad y cancelación de vuelo.

—Eso es muy Sergio.

—Es muy Sergio. —Se rio de verdad, la primera vez en tres días—.

Se lo he dicho. Le he dicho: has contratado un seguro de doscientos veinte euros para un problema que no tenemos.

Y él ha leído las condiciones ahí mismo, en el móvil, en voz alta, buscando una cláusula.

Cuatro minutos. Y luego ha levantado la cabeza y ha dicho «tienes razón» y nos hemos reído los dos como imbéciles durante un minuto entero.

—¿Os habéis reído?

—Nos hemos reído. —Me miró de lado—. ¿Sabes qué es lo que más miedo me daba de esta conversación?

Que fuera solemne. Llevo cuatro días imaginándomela como una escena de tribunal.

Y ha sido dos personas en unos sillones feos diciéndose la verdad y parándose a la mitad para leer las condiciones de un seguro.

Levanté las rodillas y me abracé las piernas.

—¿Y qué más habéis decidido?

—Dos cosas. —Las contó con los dedos, y me hizo gracia porque ese gesto lo aprendió de mí—.

Una: terapia de pareja. La ha propuesto él.

Le he preguntado si lo decía por decir y me ha dicho que ya había mirado tres sitios en el vuelo de Chicago.

Que es la cosa más Sergio del mundo, y esta vez me ha parecido bien, porque para una vez que trae la carpeta preparada, la trae para lo que hay que traerla.

—¿Y la dos?

—Que lo de Bruselas lo decide él solo. —Lo dijo despacio—. Y que si voy, lo decido yo sola. Por separado. Cada uno con su cabeza y después nos lo contamos, como dos personas adultas que se quieren y que resulta que no son la misma persona.

—Y le he contestado lo de ayer —añadió—. Lo que me dijo en la puerta, lo de si todavía quiero que sea nuestra casa.

—¿Y?

—Que sí. Y que casa no es una ciudad, Vera. Casa es quién decide.

—Eso da miedo.

—Da un miedo horrible —dijo Inés—. Y llevo desde las cuatro y media con una sensación en el pecho que he tardado un rato en identificar, porque no me la esperaba.

—¿Cuál?

—Alivio. —Se encogió de hombros—. Nada más. No estoy contenta, no estoy rota, no he descubierto nada nuevo sobre el amor. Es alivio. Como cuando se acaba un ruido que llevaba tanto tiempo puesto que ya no sabías que estaba puesto.

* * *

Nos quedamos ahí sentadas en el suelo del pasillo un rato, mientras al fondo, en la Galería, los técnicos bajaban el último tramo del pórtico y alguien decía algo en inglés sobre una tuerca.

—Vera.

—Dime.

—Llevas cuarenta minutos escuchándome sin proponerme nada.

—He escrito una lista —dije—. Con seis puntos. La tengo en el bolso.

—Ya lo sé. Te he visto la esquina asomando y llevo veinte minutos apostando conmigo misma. —Me dio con el hombro—. Gracias por no sacarla.

—¿Quieres leerla?

—No.

—Es bastante buena.

—Estoy segurísima de que es excelente —dijo Inés—. Y por eso no.

Se levantó, se puso los zapatos apoyándose en mi hombro y se miró en el espejo de latón sin ningún interés.

—¿Qué hora es?

Miré el Seiko y resté tres minutos.

—Las cinco y diez.

—Vale. —Cogió el bolso pequeño—. Acompáñame a recoger el anillo.

—El depósito vence esta noche a las cero cincuenta. Podemos ir mañana antes del vuelo si prefieres, aunque cierran a las…

—Vera.

—Vamos ahora.

—Vamos ahora. —Ya estaba andando hacia el ascensor y lo dijo sin girarse, con esa naturalidad que ponen las personas cuando la frase les ha costado tres días—. Pero te aviso de una cosa, para que no pongas la cara.

—No voy a poner ninguna cara.

—Que no me lo voy a poner todavía.