Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Cuatro mujeres, cuatro verdades

La idea fue de Carmen y la formuló a las nueve y diez de la mañana, en la puerta del baño de la suite, con un cepillo de dientes en la mano y la autoridad de una mujer que lleva doce años diciéndole a la gente lo que le va a pasar.

—Hoy comemos las cuatro solas —dijo—. Sin novios. Sin hermanos. Sin móviles.

—Sergio y yo hablamos a las dos —dijo Inés desde el sofá.

—Pues a las dos hablas. A las once y media desayunas conmigo.

—Son las once y media, no es desayuno.

—Es desayuno hasta que yo diga.

Salimos del hotel a las once y cuarto, que es una hora criminal para salir a la calle en Las Vegas a finales de septiembre.

El aire de fuera te entra por la nariz como si alguien hubiera abierto un horno a la altura de tu cara.

Anduvimos dos manzanas hacia el norte por una acera sin sombra, pasamos por delante de tres sitios que Lola descartó por motivos que solo ella entendía y acabamos en una cafetería con patio, toldo de lona verde y ventiladores de agua colgados de las vigas, que es un invento que consiste en mojarte muy poco a mucha velocidad.

Nos sentamos las cuatro en una mesa de metal.

Y entonces Carmen abrió el bolso, ese bolso de urgencias con paracetamol, termómetro y sobres de suero, y lo puso en el centro de la mesa.

—Venga.

—¿Otra vez? —dijo Lola.

—Otra vez.

—Es que el jueves era un juego. Esto es una encerrona.

—Es exactamente lo mismo con más calor.

Metí el mío la primera, por dar ejemplo, y porque llevaba desde las nueve y media evitando mirar la pantalla. Inés metió el suyo sin discutir. Carmen metió el suyo el último.

Lola sostuvo el teléfono con las dos manos, a la altura del pecho, como se sostiene a un animal pequeño en la consulta del veterinario.

—Dos horas —dijo.

—Dos horas.

—Es que tengo un correo de una marca de bañadores.

—Los bañadores llevan existiendo desde mil ochocientos y pico —dijo Carmen—. Aguantan dos horas.

Lo metió. Carmen cerró el bolso y se lo puso entre los pies.

Lola se quedó con las manos abiertas encima de la mesa, mirándoselas, y después las bajó, y después las volvió a subir y empezó a alinear los sobrecitos de azúcar por colores.

—No sé qué hacer con esto —dijo, enseñando las palmas.

—Se llaman manos. Las usamos para comer.

—Carmen, te juro que un día te voy a hacer un vídeo.

* * *

Pedimos huevos, tortitas, café, una jarra de agua con hielo que duró once minutos y una segunda jarra que duró menos. Ninguna pidió alcohol. Después de tres días, la sola idea de una mimosa nos producía a las cuatro una reacción física parecida al respeto.

Y cuando el camarero se fue con la comanda, Inés sacó del bolso un sobrecito blanco arrugado con el logotipo de una luna en la esquina.

Yo saqué los otros tres del bolso.

Habían pasado dos noches en el cajón de la mesilla de la suite, debajo de un plano del hotel y del itinerario de catorce páginas que ya no servía para nada. Estaban blandos de humedad, con las esquinas dobladas, y el mío tenía todavía el pliegue de fatiga de la azotea.

Los puse encima de la mesa, en fila. Las cuatro preguntas se leían regular, porque el bolígrafo azul de Dwayne escribía fatal y porque tres de nosotras habíamos escrito apoyándonos en una rodilla.

Nueve años montando buzones de deseos y aquello era lo único que había leído en mi vida que no dijera «que seáis muy felices».

—Norma número dos —dije—. La respuesta va dentro y no la lee nadie. Ni ahora, ni mañana.

—Las normas las pusiste tú —dijo Inés.

—Por eso las conozco.

—Pues quítala.

—No se pueden quitar normas a mitad de partido.

—Vera. —Inés apoyó las dos manos en la mesa—.

Llevo cuatro días haciendo cosas absurdas por no ser capaz de decir una frase.

He empeñado un anillo. Me he llevado el coche de mi hermano.

He dormido en un motel con una máquina de hielo que sonaba como una obra.

He dejado a mi novio cruzar el Atlántico sin cogerle el teléfono.

Si ahora resulta que teníamos las respuestas escritas desde el jueves y no las leemos por una norma que inventamos borrachas en una azotea, es que somos idiotas.

Carmen levantó el vaso de agua.

—Suscribo el fondo y me distancio de la forma.

* * *

Empezó Lola, porque en la azotea había empezado ella y porque, como me explicó después, si no empezaba se iba a pasar toda la comida calculando cuándo le tocaba.

Cogió su sobre, lo giró y leyó la pregunta en alto, aunque nos la sabíamos las cuatro.

—«¿Quién eres cuando nadie te está mirando?».

Rompió la solapa con el pulgar. Sacó un papel doblado en cuatro. Lo abrió.

Y se rio antes de leer, que es su sistema de seguridad.

—Es muy corto.

—Léelo.

—«No lo sé. Y me da miedo que la respuesta sea "nadie"».

Puso el papel en la mesa y lo alisó con la mano, dos veces, como se alisa un mantel.

Nadie dijo nada durante unos segundos y el ventilador de agua nos echó encima su ración de niebla.

—Yo pensaba que iba a poner otra cosa —dijo Lola—. En serio. Pensaba que iba a poner algo ingenioso, porque llevo diez años siendo ingeniosa a una velocidad que ya no controlo. Y me salió eso.

—El sábado nos contaste lo de la tarjeta —dijo Carmen.

—Sí.

—¿Y no era eso?

—No. —Lola cogió un sobre de azúcar y empezó a doblarlo—. Lo de la tarjeta es tres mil doscientos euros y once mensualidades de una cámara, y eso se arregla. Es horrible, pero se arregla: es una hoja de Excel y dieciocho meses de comer peor. Vera podría arreglármelo esta tarde y encima disfrutaría.

—Disfrutaría —confirmé.

—Lo que no se arregla con una hoja es lo otro.

—Dejó el azúcar—. Que llevo tres años con la misma cantidad de seguidores.

Noventa mil. Ni uno más. Y hay chicas de veintidós años que hacen en cuatro meses lo que yo llevo haciendo desde los veintiséis, y lo hacen mejor, y son más baratas.

Y yo el jueves, cuando Carmen me quitó el móvil, no estaba nerviosa por el móvil.

Estaba nerviosa porque si desaparezco cuatro días, no pasa nada. Ese es el miedo. Que no pase nada.

—Pasa algo —dijo Inés.

—Ya, pero tú me quieres.

—Yo no te quiero especialmente —dijo Carmen— y también me daría cuenta.

Lola se rio con la boca cerrada y se limpió el ojo con el dorso de la mano, deprisa, para que no contara.

—El vídeo de Inés lo subí a las cuatro y doce de la mañana —dijo—.

Y el trozo de la capilla también. Y me he pasado dos días diciendo que estaba borracha, y estaba borracha, pero eso no es la razón.

La razón es que era buenísimo. Era contenido buenísimo y lo vi y lo subí, y esa parte de mí funciona incluso cuando lo demás no funciona.

—Miró la mesa—. Eso es lo que soy cuando nadie me está mirando. Soy alguien mirando a ver quién mira.

* * *

Llegaron los huevos.

Hay una cosa que nadie te cuenta de las conversaciones importantes y es que casi todas se interrumpen para que alguien pregunte si el kétchup es para la mesa.

Carmen cogió su sobre mientras masticaba.

—Voy yo, que si esperamos a que se enfríe esto se pone insoportable.

Lo abrió con el cuchillo de la mantequilla, sin ceremonia, y leyó primero la pregunta de fuera con la voz de las gráficas.

—«¿Qué quieres pedir y no te atreves porque crees que te hace egoísta?». —Desdobló el papel—. «Un mes en el que no sea la responsable principal de todo el mundo».

Dejó el papel al lado del plato y siguió comiendo.

—¿Ya está? —dijo Lola.

—Ya está. Es lo que hay escrito.

—Carmen.

—¿Qué quieres, que llore encima de los huevos?

—Quiero que expliques qué es un mes.

Carmen dejó el tenedor.

—Un mes es un mes —dijo—. Del uno al treinta.

Yo sigo viviendo en mi casa, sigo viendo a mis hijos y sigo yendo a trabajar.

Lo que quiero es que durante treinta días el teléfono del colegio esté en el móvil de Tomás.

Que las vacunas de Julia las apunte él. Que cuando Mateo diga que le duele la barriga a las siete y media de la mañana, el que decida si va al colegio sea él.

Que si en la nevera no hay yogures, no sea yo quien se dé cuenta.

—Cogió otra vez el tenedor—. Eso es lo que quiero.

Y llevo desde marzo con un impreso de reducción de jornada sin firmar en un cajón porque cada vez que lo miro pienso que si de verdad quisiera a mi familia no necesitaría ese impreso.

—Eso es mentira —dijo Inés.

—Ya lo sé que es mentira. Sé perfectamente que es mentira. Se lo digo a pacientes tres veces por semana. —Se encogió de hombros—. Y luego llego a casa y me lo creo igual.

—¿Se lo vas a decir a Tomás?

—El martes. —Bebió agua—. He mirado el turno. El martes libro y los niños tienen extraescolar hasta las seis. Se lo digo a las cinco, con tiempo, sin niños delante y sin tener que dormir enfadada, porque no pienso tener esta conversación un domingo por la noche como una imbécil.

Yo abrí la boca para decir algo sobre la estructura de esa conversación.

Y por primera vez en el viaje, la cerré yo sola, sin que nadie me lo pidiera.

* * *

Inés fue la tercera.

Su sobre era el que peor estaba de los cuatro: había viajado en un bolso pequeño hasta un motel a setenta kilómetros y había vuelto.

—«Si mañana nadie esperara nada de ti, ¿qué harías?». —Lo abrió con dos dedos—. «Conduciría hasta que dejara de ver la ciudad y pensaría qué quiero antes de volver».

—Bueno —dijo Carmen—, esa la has cumplido tú al pie de la letra.

—Es que ese es el problema. —Inés dejó el papel donde todas pudiéramos verlo, boca arriba—. Yo escribí esto el jueves a las doce y media de la noche en cuatro segundos. Cuatro. Vera me los contó.

—Los conté sin querer.

—Los contaste. —Me señaló con la barbilla—. Y a las cinco de la mañana cogí un coche y lo hice. No lo decidí en la carretera, chicas. Estaba decidido. Llevaba meses decidido y yo no me había enterado.

—¿Vas a dejarle? —dijo Lola, muy bajito.

—No. —Inés lo dijo sin pensarlo—. No, joder, no. Lo quiero. Lo quiero desde los veintidós años y a mí Sergio me sigue pareciendo el hombre más decente que conozco, y eso incluye a mi hermano y a mi padre, que en paz descanse.

—Entonces qué.

—Que no me puedo casar el día dieciocho.

—Se le puso la voz muy clara, esa voz suya de cuando por fin decide hablar y las frases le salen ordenadas y sin ironía—.

Faltan tres semanas. Ciento ochenta personas, una finca en Boadilla, un catering con cuatro mil ochocientos euros de señal y un vestido que me tuvieron que sacar de la cadera.

Y yo el jueves me quité el anillo en un karaoke para ver qué se sentía.

Y me sentí aliviada, Carmen. Aliviada. Esa es la palabra.

—Ya.

—No puedo entrar en una finca dentro de tres semanas y hacer como si eso no hubiera pasado.

No por Sergio. Por mí. Porque llevaría diez años avanzando por inercia y encima habría añadido un domingo entero de fotos.

—Se pasó la mano por el pelo—. Lo que le voy a pedir a las dos es que lo aplacemos.

No que lo cancelemos. Que lo paremos y que dediquemos unos meses a averiguar si estamos eligiendo lo mismo o si simplemente no nos hemos bajado del tren.

—¿Y si él dice que no?

—Pues entonces habré aprendido algo horrible en un fin de semana muy caro.

—¿Y quién se lo cuenta a las ciento ochenta personas? —dijo Lola.

—Yo.

—Puedo hacerte una plantilla. Un texto neutro, elegante, que no dé pie a preguntas. Se me da muy bien. Es literalmente mi trabajo.

—Lo sé, y te lo agradezco, y no. —Inés le puso la mano encima un segundo—. Si esto lo redacta otra persona, dentro de un año voy a acordarme de que ni siquiera eso lo hice yo.

Carmen levantó las cejas medio milímetro, que en ella es una ovación.

* * *

Quedaba uno.

Estaba en la mesa, delante de mí, con la esquina blanda y translúcida de tanto doblarla en una azotea, y llevaba veinte minutos exactamente en el mismo sitio porque yo no lo había tocado.

—Va —dijo Lola.

—Estoy comiendo.

—Estás moviendo un huevo.

Cogí el sobre. Le di la vuelta. Mi letra recta, pequeña, de listas.

—«¿Qué harías si no te diera miedo hacer el ridículo?».

Rompí la solapa. Dentro había un papel doblado en tres, y me acordé perfectamente de doblarlo, y de la gravilla, y del cartel apagado, y de la luz roja de un avión.

Leí en voz alta, porque si lo leía en voz baja iba a ser peor.

—«Besaría a Leo otra vez y le preguntaría por qué nunca me pidió que me quedara».

El ventilador de agua hizo su pasada.

—Vale —dijo Carmen.

—Vale —dije yo.

—Pues son dos cosas.

—Sí.

—Y una la hiciste el viernes en el aparcamiento de una capilla, según fuentes.

—Las fuentes son Lola.

—Las fuentes soy yo —dijo Lola, con una dignidad enorme—, y he sido discretísima.

—Y la otra —siguió Carmen, sin dejarse desviar— se la preguntaste el jueves en la azotea, según tú misma nos contaste el viernes en un coche.

—Se la pregunté.

—¿Y qué te dijo?

—Que él estuvo dos días esperando a que yo le dijera que no se fuera. —Doblé el papel otra vez en tres, por el mismo pliegue—. Y que ninguno de los dos pidió nada. Que somos dos.

Inés me miraba con esa cara que pone cuando sabe que va a tener que decir algo y prefiere que lo diga otra.

—Entonces ya está —dijo Lola—. Ya has contestado tu pregunta. Ya no te da miedo el ridículo.

—Ya está —dije.

Y cogí la jarra y le puse agua a Carmen, que no me la había pedido, y le pregunté a Inés si quería que le mirara el horario de la finca por si Cristina contestaba los domingos, y le dije a Lola que el correo de los bañadores lo contestara pidiendo el doble.

Y así estuve cuarenta segundos, hasta que me di cuenta de que las tres se habían callado.

Carmen dejó el tenedor cruzado sobre el plato, como se cierra un acta.

—Vera —dijo—. Esa pregunta la escribiste el jueves. El jueves querías besarle. Enhorabuena, ya está resuelto.

—Eso he dicho.

—Hoy es domingo. —Se limpió la boca con la servilleta y la dejó doblada—. Y de las cuatro que estamos aquí, la única que todavía no ha contestado su pregunta eres tú.