CAPÍTULO 23
La mañana no arregla nada
Me desperté a las ocho menos cuarto y supe dónde estaba antes de abrir los ojos.
No parece gran cosa. A mí me pareció un acontecimiento.
El viernes por la mañana me había despertado haciendo arqueología: reconstruyendo una noche a partir de un sello en la muñeca, unas agujetas y un reloj que no era mío, como quien intenta averiguar qué boda se celebró en un salón mirando las servilletas del suelo.
Aquel domingo me desperté con el archivo completo.
Sabía qué habitación era, sabía por qué la puerta corredera estaba abierta un palmo, sabía que la lámpara de la mesilla seguía encendida porque a las dos de la mañana ninguno de los dos había querido levantarse a apagarla, y sabía perfectamente, con detalle y sin lagunas, qué había hecho yo la noche anterior y con quién.
Me quedé un rato tumbada, comprobándolo. Es un ejercicio que no le recomiendo a nadie que no venga de tres días de amnesia parcial: repasar tus propios recuerdos como quien pasa lista.
El limón verde seguía en la mesilla, junto a la lámpara torcida, con una dignidad que no le correspondía.
La colcha marrón seguía en el suelo.
El lado izquierdo de la cama estaba vacío y frío, lo cual me dio información sobre la hora a la que se había levantado, porque el aire acondicionado del Crown & Clover funciona a dieciocho grados haga lo que haga el desierto.
Y en mi muñeca izquierda, el Seiko de Andrés Navarro marcaba las ocho menos doce.
Eran las ocho menos cuarto. Aquel reloj se adelantaba dos minutos al día y yo llevaba dos días sin ponerlo en hora porque, cada vez que lo intentaba, me daba la sensación de estar corrigiendo a un muerto.
En la muñeca izquierda, el trébol de cuatro hojas azul de la Lucky Chapel había pasado de azul marino a un color de moratón antiguo. Tercer día. Mabel Singh me había dicho que tardaba tres días. Mabel Singh sabía exactamente lo que vendía.
Me incorporé, y entonces oí la voz de Leo en la terraza.
* * *
Quiero dejar constancia de una cosa: no escuché a escondidas.
La puerta corredera estaba abierta un palmo, la terraza técnica tiene metro y medio de fondo y en el patio de carga a esa hora no había camiones maniobrando.
La acústica de aquel estudio era la de un cuarto de baño.
Yo estaba sentada en el borde de una cama a cuatro metros de un hombre que hablaba por teléfono en voz normal.
Hablaba en inglés, con esa cadencia suya de trabajo, más lenta que en español, con las frases más cortas todavía.
—…no, el informe está cerrado. Lo tienes desde el jueves. —Pausa—. Ya lo sé. Sé que son tres.
Silencio. Un avión pasando muy alto.
—Marlene. —Pausa—. Marlene, te lo digo el martes por la mañana.
Y después, ya en español, porque hay cosas que la gente dice en su idioma aunque no las esté diciendo en su idioma:
—Porque todavía no he decidido Madrid.
Yo me quedé sentada en el borde de la cama con el vestido negro del sábado hecho un ovillo a mis pies y una idea muy clara en la cabeza.
La idea era: puedes no haber oído esto.
Es una idea excelente. La he usado en cuarenta y una bodas. Se llama gestión de la información y consiste en decidir qué sabe cada persona y en qué momento, y funciona maravillosamente cuando el objetivo es que ciento cuarenta personas coman a la vez.
Me puse la camiseta de él, que me llegaba a media pierna y olía a lavandería industrial, y salí a la terraza.
* * *
Estaba de pie, con el móvil todavía en la mano, en pantalón de traje y camiseta interior, descalzo sobre el suelo técnico. A las ocho de la mañana el desierto ya estaba en veintiséis grados y subiendo. Abajo, un tipo con chaleco reflectante barría la zona de carga con una manguera.
—Buenos días —dijo—. Hay café en el office, pero te aviso de que es café de personal.
—Te he oído.
Podría haberme preguntado qué. Contó lo que tardo yo en decir tres palabras y contestó.
—Lo de Madrid.
—Lo de Madrid.
—Vale. —Dejó el móvil en la silla de plástico y se sentó en la otra—. Pregunta.
Y ahí está la parte que necesito explicar bien, porque durante los años siguientes he tenido que contarla varias veces y siempre hay alguien que se decepciona.
No hubo malentendido. No me fui de la terraza dolida, no me monté una película, no lo interpreté como una traición ni salí corriendo por un pasillo. Pregunté. Él contestó la verdad. Yo entendí la verdad perfectamente.
Y aun así, hora y media después, estábamos discutiendo.
—¿Le has dicho que no has decidido Madrid?
—Le he dicho que no lo he decidido, sí.
—Anoche me dijiste lo mismo.
—Anoche te dije exactamente lo mismo. —Se frotó la cara con las dos manos, todavía con la marca de la almohada en la mejilla—. Y hoy sigue siendo verdad, y el martes a las diez tengo que sentarme delante de un comité de tres personas y decir una cosa u otra.
—¿Puedes retirarte?
—Hasta mañana a mediodía, sí. Después ya no.
Me senté en la silla que me correspondía por costumbre de doce horas.
—¿Y qué hay que decidir exactamente? —dije—. Porque desde fuera es un puesto mejor, en una ciudad donde vive tu madre, a cuarenta minutos de tu hermana, con una obra entregada en marzo y ciento noventa contrataciones. Eso, en una hoja, se decide solo.
—En una hoja, sí. —Me miró—. Ese es tu método y no lo digo como insulto, es que a ti eso te sale bien. Yo llevo cuatro meses con esto y no está en una hoja.
—Pues ponlo en una.
—Vera.
—Lo digo en serio. Yo te la hago.
Y ahí ocurrió una cosa pequeña que recuerdo mejor que muchas cosas grandes: Leo se rio, bajito, con la nariz, y a mitad de la risa se le apagó.
—Hace nueve años me hiciste una —dijo—. Tenía cuatro columnas.
* * *
Nos quedamos ahí un rato con el ruido de la manguera abajo.
Yo tenía la lista mental hecha, por supuesto.
La había hecho en cuarenta segundos, entre la cama y la puerta corredera, sin querer, como quien calcula el cambio de un billete.
Columna uno: lo que gana él volviendo. Columna dos: lo que pierde.
Columna tres: lo que cambia para mí, que era una columna que yo no tenía derecho a rellenar.
Y una cuarta, sin encabezado, que en mis listas es siempre la peligrosa, porque ahí es donde meto lo que no sé clasificar.
Lo que había en la cuarta columna era: si vuelve y sale mal, va a ser culpa mía durante tres años.
No dije nada de eso. Cogí una botella de agua de las de la noche anterior, que estaba caliente, y me la bebí igual.
—Te voy a contar lo que va a pasar el martes —dijo—, para que no tengas que deducirlo, que es lo que vas a hacer si no te lo cuento.
Entro a las diez. Están Marlene y dos personas del grupo.
Enseño el informe del trimestre, que ya está entregado, y me preguntan si quiero la plaza.
Si digo que sí, en dos semanas me hacen una oferta formal, contrato de tres años, incorporación en enero para arrancar la obra y apertura en septiembre.
Si digo que no, siguen con los otros dos candidatos y yo me quedo aquí haciendo esto —señaló vagamente el hotel entero, el patio, los camiones— cinco años más, que tampoco es un castigo.
—¿Y qué vas a decir?
—Que no lo sé.
—Eso no se puede decir en un comité.
—Eso no se puede decir en un comité —admitió—. Por eso tengo hasta mañana.
Bajé la vista al Seiko. Ocho y veintiocho. Ocho y veinticinco en el resto del mundo.
—Vale —dije—. Entonces te pregunto lo otro.
—Pregunta lo otro.
—¿Estoy yo en esa decisión?
Y él no contestó deprisa, que fue lo que me hizo creerle.
—Estás —dijo—. Estás desde el jueves a las seis menos veinte de la tarde. Y ese es exactamente el problema.
—Explícamelo.
—Que si el martes digo que sí y tú eres el motivo, tú te conviertes en el motivo.
—Se echó hacia delante, con los codos en las rodillas—.
Para siempre. No para agosto: para siempre.
Y dentro de catorce meses, un martes cualquiera, cuando discutamos por una cosa doméstica y estúpida, yo voy a tener a mano una frase muy buena y muy sucia, y te la voy a decir. Y tú vas a saber que la tenía guardada.
—Yo no te la voy a pedir.
—Ya lo sé. Eso lo empeora.
—¿Por qué lo empeora?
—Porque si me la pidieras podría negarme.
—Levantó las manos y las dejó caer—. Vera, no quiero volver a España por amor.
Quiero volver a España, si vuelvo, porque tengo treinta y seis años y llevo ocho fingiendo que no echo de menos nada.
Y que además tú estés allí es la mejor noticia que me ha dado nadie en mucho tiempo.
Pero en ese orden. Si lo invierto, te estoy poniendo encima una cosa que pesa demasiado y que no has pedido.
Y ahí es donde yo tenía que haber dicho: vale, decídelo tú, yo espero.
Lo pensé. Lo tuve completo en la boca, con la forma de una frase corta.
Y en vez de eso hice lo que llevo haciendo desde los veintiséis años.
* * *
—Me parece muy razonable —dije.
—Vale.
—No, en serio. Me parece impecable. —Me oí la voz y ya estaba en el registro equivocado, ese que uso cuando le explico a una madre por qué no puede haber velas de verdad en un salón con techo de madera—. Y precisamente por eso creo que lo más sensato es no complicar más el fin de semana.
Leo no se movió.
—Sigue.
—Nos quedan hoy y mañana por la mañana. Hoy tengo brunch con las chicas a las once y media, sin móviles, idea de Carmen.
A las dos Inés y Sergio hablan por fin, que llevan cuarenta y ocho horas sin hacerlo.
A las cinco tengo que ir a recuperar el anillo antes de que venza el depósito otra vez.
Mañana volamos a mediodía. —Fui contándolos con la mano, y me di cuenta de que los estaba contando y no paré—.
Uno: tú tienes que tomar una decisión profesional muy grande en cuarenta y ocho horas.
Dos: yo tengo que resolver un fin de semana que se me ha ido de las manos. Y tres: lo de anoche fue…
—Cuidado.
—Lo de anoche fue lo mejor que me ha pasado en año y medio —dije, y era verdad, y me salió con una frialdad de acta de reunión—.
Y no necesita ninguna etiqueta hoy. Tú decides el martes lo que tengas que decidir, sin mí encima.
Y si después quieres llamarme, me llamas.
Y si no, no se ha roto nada, porque no habremos construido nada que se pueda romper.
Se me quedó mirando desde la silla de plástico con las manos juntas.
—¿Eso cuántos puntos tenía?
—Tres.
—Tres. —Asintió despacio—. ¿Y quieres saber lo que acabo de oír yo?
—Dímelo.
—He oído a una profesional cerrando un evento. —No lo dijo con crueldad. Lo dijo despacio, que en él es peor—. Con su agradecimiento al equipo, su calendario y su cláusula de salida. Te ha faltado preguntarme si estoy satisfecho con el servicio.
—Eso ha sido feo.
—Sí —dijo—. Lo ha sido. Perdona.
—Y además es falso. Yo no estoy cerrando nada.
—Vale.
—Estoy siendo práctica. Uno de los dos tiene que serlo y da la casualidad de que yo cobro por ello.
—Vale.
—Deja de decir vale.
—Es que si digo otra cosa vamos a tener una discusión de verdad —dijo—, y son las nueve menos veinte de la mañana y todavía no has desayunado.
—No me trates como a un huésped.
—No te estoy tratando como a un huésped. A un huésped ya le habría ofrecido un traslado gratuito al aeropuerto.
Y se levantó, y yo me levanté también, porque estar sentada en una silla de plástico con la camiseta de otro mientras te desmontan es una posición que no recomiendo.
* * *
Entré a por mi ropa. Recogí el vestido negro del suelo, los zapatos, el bolso. El limón seguía en la mesilla. Estuve dos segundos con la mano encima, decidiendo si me lo llevaba, y no me lo llevé, que es la clase de decisión que a mí me lleva dos segundos y luego me dura ocho meses.
Me vestí en el baño diminuto, de espaldas al espejo, y salí al pasillo de la quinta planta, que es un pasillo de servicio con suelo de linóleo, luz de tubo y un carro de lavandería aparcado contra la pared.
Leo salió detrás, descalzo, con el móvil en la mano.
—Vera.
—Voy a subir a la suite —dije, sin girarme del todo—. Llevo el mismo vestido desde ayer a las cuatro de la tarde y a las once y media tengo que estar sentada delante de tres mujeres que se dan cuenta de todo.
—Vera.
Me paré.
Una chica de limpieza pasó entre nosotros empujando el carro, nos dijo buenos días en inglés y siguió. Leo esperó a que doblara la esquina, que es un detalle que se le agradece a la gente que trabaja en hoteles: sabe exactamente cuándo hay alguien delante.
Y después bajó la voz. Él, cuando habla en serio, baja la voz. No la sube. Es una cosa que aprendí aquel fin de semana y que me ha ahorrado mucho tiempo desde entonces.
—No me estás dando espacio —dijo—. Estás decidiendo por los dos antes de que pueda decepcionarte.
Yo tenía el ascensor a seis metros y el botón ya pulsado.
—Eso no es justo.
—No he dicho que sea justo. He dicho que es lo que está pasando.
—Te estoy quitando un peso de encima.
—Me estás quitando el turno. —Se metió las manos en los bolsillos—. Que no es lo mismo. Un peso se reparte. Un turno se cubre para que el otro no tenga que aparecer.
El ascensor llegó y se abrió, y dentro había un espejo, y no me metí.
—¿Y qué quieres que haga? —dije—. Dime la frase exacta que quieres oír y te la digo. Se me da muy bien decir la frase exacta.
—Ya lo sé. Por eso no te la voy a dar yo.
Las puertas se cerraron solas, sin nosotros, y el hueco hizo ese ruido de aire que hacen los ascensores de servicio.
—A las once y media tengo brunch —dije.
—Ve al brunch.
—Y a las cinco tengo que recoger el anillo.
—Ya lo sé, lo he apuntado yo en tu teléfono.
—Se apoyó en la pared del pasillo, y por primera vez desde el jueves pareció exactamente lo que era: un tío de treinta y seis años que llevaba tres días sin dormir bien y una hora de más en aquella conversación—.
Vera, no te estoy pidiendo que decidas nada.
Solo te estoy pidiendo que no lo decidas todavía.
Volví a pulsar el botón.
—Eso es exactamente lo que yo no sé hacer —dije.
Y esa vez sí me metí en el ascensor.