Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Lo que sí recuerdo

A las diez y media de la noche escribí a Carmen desde el pasillo de servicio y me contestó en cuarenta segundos, que para Carmen es una eternidad, porque estaba medio dormida.

Sergio ha cenado en su habitación y se ha acostado a las nueve. Inés está aquí viendo un concurso de la tele americana sin entender nada. Lola lleva dos horas sin publicar, que es un récord mundial. Yo me voy a dormir once horas. No vengas a comprobarlo.

Y debajo, un minuto después:

En serio. No vengas.

Guardé el móvil.

Leo estaba al final del pasillo devolviéndole un walkie a un chico de seguridad, con la camisa por fuera y la corbata en el bolsillo, y cuando se giró tenía otra vez esa cara de las cuatro de la tarde, la de estar sumando algo.

—¿Tienes hambre?

—He cenado en una caja de cristalería.

—Eso no es cenar. —Se acercó—. Ven, que te enseño una cosa.

* * *

Resulta que el Crown & Clover tiene dos estudios de guardia en la quinta planta, encima de la zona de carga, para el personal que encadena turnos de veinticuatro horas o que se queda a dormir cuando hay nieve en la interestatal, que ocurre una vez cada tres años y sigue justificando dos estudios.

El 5-B era una habitación de veinte metros con una cama, una mesa, una nevera pequeña, una tetera eléctrica y una puerta corredera que daba a una terraza técnica de metro y medio de fondo, con dos sillas de plástico blancas, un cenicero que nadie usaba y una barandilla.

Desde ahí se veía: el patio de carga con dos camiones aparcados, seis unidades de aire acondicionado del tamaño de un coche, un trozo de aparcamiento y, por encima de todo eso, en diagonal, una franja de Las Vegas encendida como si fuera importante.

—Es el peor mirador del hotel —dijo Leo.

—Es el mejor mirador del hotel.

—Es el peor. Hay una suite en la treinta y dos que…

—Que tendrá una vista perfecta y que estará llena de gente que ha pagado por tener una vista perfecta. —Me senté en una de las sillas de plástico y estiré las piernas, y se me salieron los pies de los zapatos solos—. Esto tiene camiones. Esto es real.

Trajo dos botellas de agua y una bolsa de pretzels del office.

En la nevera había cerveza. La vimos los dos y ninguno dijo nada, y creo que fue una decisión conjunta que no hizo falta negociar: llevábamos tres días con cosas ocurriéndonos, y ninguna de las dos personas que estaban en aquella terraza quería tener que preguntarse al día siguiente qué parte había sido de verdad.

Eran las once menos veinte. Todavía hacía veintiocho grados.

* * *

Empezó él, y empezó mal a propósito, que es como empieza la gente que ha decidido decir algo difícil y quiere quitarse de encima el preámbulo.

—El puesto es en Madrid.

Yo tenía un pretzel en la mano y lo dejé en el brazo de la silla.

—¿Qué puesto?

—El que ha dicho Marlene esta tarde. La apertura europea. —Miró los camiones—. Es un hotel del grupo en Madrid. Obra terminada en marzo, apertura en septiembre, ciento noventa contrataciones. Y ella no dice la ciudad delante de gente porque hasta el martes es confidencial, pero es Madrid.

—Vale.

—Y hay otra cosa.

—Dime.

—Que eso existe desde antes de este viaje.

—Se giró para mirarme—. Yo supe que la plaza iba a salir en junio.

Mandé mi nombre en julio. Marlene me lo confirmó como candidato a mediados de agosto y me pidió el informe del trimestre para el comité del martes.

Todo eso pasó antes de que yo supiera que tú venías.

—Yo tampoco sabía que venías tú.

—Ya lo sé. —Se apoyó en las rodillas—. Pero necesito que te quede muy claro el orden de las fechas, porque de aquí a mañana te lo vas a montar tú sola de otra manera.

—¿Perdona?

—Vera. —Y ahí se le fue el sarcasmo entero de la voz, como se le va a él, de golpe—.

Tú vas a coger esta información y en catorce minutos vas a tener una hipótesis.

Y la hipótesis va a ser una de estas dos: o «se va a ir a Madrid por mí y eso es una responsabilidad que yo no puedo asumir», o «se va a quedar aquí y por lo tanto esto que está pasando tiene fecha de caducidad y más vale no empezar». Y las dos son mentira.

Me quedé con la botella de agua a medio abrir, porque tenía razón en las dos.

—¿Y cuál es la verdad?

—Que no lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo. —Se echó hacia atrás—.

Yo llevo cuatro meses sin decidirlo. Y no es por el puesto, el puesto me gusta.

Es por lo otro. Yo me fui de España con veintisiete años porque me estaba viendo la vida entera desde el salón de mi madre, y llevo ocho años sin volver más de once días seguidos, y cada vez que pienso en aterrizar allí con un contrato de tres años se me pone una cosa en el pecho que no sé si es miedo o si es sentido común.

—¿Y qué te dice el sentido común?

—Que tengo treinta y seis años, que mi madre tiene sesenta y ocho, que mi hermana está atravesando lo que estás viendo y que yo me enteré por una llamada tuya a las nueve y cuarenta de la mañana.

—Se pasó la mano por la nuca—. Y que hay una diferencia entre volver y retroceder que llevo cuatro meses sin poder demostrarme.

—¿Y qué te dice el miedo?

—Que si vuelvo, en dos años estoy comprando una plaza de garaje en el barrio en el que crecí.

Me reí.

—Eso es una vida perfectamente digna.

—Es una vida perfectamente digna —dijo—. Es la de mi padre. Y ese es exactamente el problema, que no sé si me da miedo porque es mala o porque es la única que no he elegido nunca.

* * *

Estuvimos un rato con el ruido de los aires acondicionados.

—Vale —dije—. ¿Y qué quieres que haga yo con esto?

—Nada.

—Otra vez.

—¿Cómo?

—Que es la segunda vez hoy que alguien me pide que no haga nada. —Puse la botella en el suelo—. Y la primera me ha durado seis horas.

—Ya. —Se rio con la nariz—. Pues te pido lo mismo, pero con un matiz. No te estoy pidiendo que no hagas nada. Te estoy pidiendo una cosa concreta: no conviertas esto en una decisión sobre nosotros.

—Es que es una decisión sobre nosotros.

—No. Es una decisión sobre mí que va a afectar a nosotros.

—Y separó las dos cosas con las manos, despacio, como quien enseña algo a un niño y no quiere que parezca eso—.

Y si la convertimos en la otra, pasan dos cosas malas.

Una, que yo acepto un contrato de tres años en un país del que me fui para no vivir la vida que me tocaba, y lo acepto porque una mujer me gusta mucho.

Y a los catorce meses, cuando tengamos una discusión de esas de un martes, te lo voy a echar en cara. Y no quiero ser ese tío.

—¿Y la dos?

—Que tú, para no ser la responsable de eso, vas a decidir que es mejor no empezar. Hoy. Aquí. En esta silla de plástico.

Miré los camiones del patio de carga.

—Eso también lo has visto venir.

—Vera, llevo tres días viéndote hacerlo con todo el mundo.

* * *

Y ahí tuve que decirlo yo, que era lo que llevaba evitando desde el aparcamiento de la Lucky Chapel.

—Yo no sé hacer esto sin plan —dije.

—Ya lo sé.

—No, es que no lo sabes bien. —Me giré en la silla para ponerme de frente—.

Yo no sé estar con alguien sin saber adónde va.

Y no lo digo como una virtud, lo digo como un defecto de fábrica.

Con Marcos, cuando llevábamos cinco meses, yo ya había mirado el barrio.

Con veintisiete años. Había mirado el barrio, había calculado la hipoteca y sabía en qué colegio público estaba la línea bilingüe.

Y me parecía que eso era quererle mucho.

—¿Y no lo era?

—Era tenerlo controlado. —Cogí la botella otra vez, por hacer algo con las manos—.

Y contigo, hace nueve años, hice lo contrario y salió igual de mal.

Tú me dijiste que te ibas a Chicago y yo te hice una lista de compañías de teléfono.

No te pedí que te quedaras y no te pregunté si querías que fuera.

Y me pasé cuatro años pensando que había sido elegantísima.

—No fuiste elegante. Fuiste rapidísima. —Se acercó un poco en la silla—. Me acuerdo de la lista. Tenía tres columnas.

—Tenía cuatro.

—Tenía cuatro. —Asintió—. Y yo la cogí y dije «qué bien» y me fui a mi casa a hacer la maleta, y no te pedí nada tampoco. Que conste que somos dos.

—Somos dos.

—Y por eso te propongo una cosa que a ti te va a parecer ridícula.

—Sorpréndeme.

—Que empecemos por mañana.

Lo miré.

—¿Mañana?

—Mañana. Domingo. —Se encogió de hombros—. No sé dónde voy a estar en junio. Sé lo que voy a hacer mañana, y sé que quiero hacerlo contigo, y eso es todo el plan que puedo firmar hoy. Y si mañana funciona, hablamos del lunes.

—Eso es la peor hoja de ruta que me han presentado en once años.

—Es una hoja de ruta de un día.

—Es que no es una hoja de ruta. Es una casilla.

—Pues es una casilla —dijo Leo—. Es más de lo que teníamos el jueves.

* * *

Voy a contar esto con el mismo cuidado con el que se cuenta un lunes por la mañana, porque no fue una cosa que me pasara. Fue una cosa que hice.

Me levanté de la silla de plástico y me quedé de pie delante de él, y él levantó la cabeza y no se movió, que le agradecí muchísimo.

—Te voy a preguntar una cosa —dije.

—Pregunta.

—¿Quieres que entremos?

—Sí.

—Vale. —Noté que me estaba riendo por dentro de mí misma—. Perdona, es que necesitaba decirlo en voz alta. Llevo tres días descubriendo cosas que hice y no recuerdo, y esta la quiero recordar entera.

Y entonces Leo Navarro se levantó, y me puso las dos manos en la cara, y dijo:

—Entonces entra despacio.

* * *

La puerta corredera hacía un ruido horrible y se rio él primero.

Dentro había una cama de hotel de personal con una colcha marrón, una lámpara de mesilla con la pantalla torcida y un espejo en el que evité mirarme, porque llevaba doce horas de pie y tierra de maceta en el bajo del vestido.

Nos besamos contra la mesa. Después no contra la mesa.

Fue lento, que no me lo esperaba, y fue habladísimo, que tampoco.

—¿Esto bien?

—Muy bien.

—¿Y esto?

—Eso también, pero espera, que llevo un limón en el bolso.

—¿Que llevas qué?

—Un limón verde. De la boda. Se me ha quedado ahí y me está clavando la cadera.

Sacamos el limón. Lo dejó en la mesilla, junto a la lámpara torcida, con una solemnidad de funcionario, y allí estuvo toda la noche.

Le desabroché la camisa yo, mal, porque me temblaban las manos como no me habían temblado en el diner del Silver Coyote. Él me bajó la cremallera del vestido negro con una lentitud que me pareció una declaración de intenciones y luego se quedó parado.

—¿Qué?

—Nada. —Me tenía cogida la muñeca izquierda—. Que no te lo has quitado.

El Seiko de Andrés Navarro llevaba en mi muñeca desde las dos y cuarenta de la madrugada del viernes.

—Se me olvida que lo llevo —dije.

—A mí no.

—¿Quieres que me lo quite?

—No.

Y no me lo quité, y no voy a explicar por qué, y creo que se entiende.

Lo que recuerdo de después es esto, y lo recuerdo entero: que tenía una cicatriz pequeña debajo de la clavícula izquierda que yo no conocía y que era de una moto, en dos mil once, y que me lo contó a destiempo y con la voz rara.

Que se le enredó el reloj en mi pelo y tardamos casi un minuto en resolverlo y nos reímos tanto que hubo que empezar otra vez.

Que la lámpara de la mesilla se quedó encendida porque a ninguno le apeteció levantarse.

Que en algún momento me llamó por mi nombre, una sola vez, no en mitad de nada, sino antes, mirándome, con la mano abierta en el costado.

Y que me acordé, con una claridad absurda, de que yo tenía treinta y cuatro años y llevaba dieciocho meses convencida de que esa parte de mi vida ya estaba archivada.

Después de eso la luz de la mesilla siguió encendida un rato más y ya no hay nada que contar de forma ordenada.

* * *

La una y veinte.

Estábamos atravesados en la cama, con la colcha marrón en el suelo, el aire acondicionado a dieciocho grados y la puerta de la terraza abierta un palmo, por donde entraba el ruido de un camión maniobrando en el patio de carga.

Leo tenía un brazo debajo de mi cuello y con la otra mano estaba comiéndose los pretzels de la bolsa que alguien había traído dentro.

—Estás comiendo pretzels.

—Llevo doce horas trabajando.

—En mi pelo.

—En tu pelo no. Cerca.

Me incorporé sobre un codo.

—Te voy a decir una cosa —dije—. Y no la voy a repetir, porque me da un poco de vergüenza.

—Adelante.

—Esto no estaba en el plan.

Leo dejó de masticar.

—¿Sabes cuántas veces has dicho esa frase desde el jueves? —dijo.

—Tres.

—Tres.

—Las tengo contadas. —Me dejé caer otra vez—. Y las tres las he dicho enfadada. Esta es la primera que la digo bien.

—¿Cómo de bien?

—Bastante bien. —Me tapé los ojos con el antebrazo—. No me hagas cuantificarlo, que soy capaz.

Se rio con todo el pecho, que se notó desde donde yo tenía la cabeza.

Y después de un rato dijo:

—¿Puedo preguntarte una cosa que llevo tres días queriendo preguntarte?

—Depende.

—¿Qué recuerdas de verdad de aquella noche?

Me lo pensé, y me lo pensé bien, porque llevaba tres días contestando a esa pregunta con la palabra «nada» y no era verdad.

—Recuerdo la moqueta del karaoke, que era granate y horrible —dije—.

Recuerdo que Carmen cantó y que fue lo mejor que he oído en mi vida.

Recuerdo el bolígrafo azul mordido y que escribí mi sobre apoyada en la rodilla.

Recuerdo la cara de Nora Bell cuando le dijimos que no queríamos dinero.

Recuerdo que en la capilla había un tío disfrazado de astronauta y que a mí me pareció, en aquel momento, una decisión estética razonable. Y recuerdo la calle al salir.

—¿La calle?

—Que hacía veintinueve grados a las tres de la mañana y que había un cartel de una pizzería parpadeando en rosa. —Me giré hacia él—. Y que tú me cogiste la mano izquierda para mirarme el sello de la capilla y no me la soltaste.

Leo no dijo nada durante unos segundos.

—Eso sí que pasó —dijo.

—Ya lo sé.

—No me lo habías contado.

—Es que sobria sigo fingiendo que no lo diría. —Le quité la bolsa de pretzels—. Tú me lo dijiste el viernes en el coche. Tenías razón.

* * *

Me dormí a las dos menos algo, con el aire acondicionado demasiado fuerte, el brazo de alguien por debajo del cuello y un limón verde en una mesilla de un estudio de personal encima de un patio de carga.

Y lo último que pensé, ya con esa lógica floja de justo antes, fue una cosa que me habría dado pánico el jueves.

Que no tenía ni idea de qué iba a pasar dentro de seis meses.

Que no lo sabía, y que no tenía ninguna forma de averiguarlo, y que no había ninguna hoja en ningún sitio que pudiera abrir para comprobarlo.

Y que, por primera vez desde que tengo memoria, no me hacía falta saberlo para estar tranquila.