Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La llamada de Marlene

Leo llamó a la puerta de la suite a las tres menos cuarto con el móvil todavía pegado a la oreja y una cara que yo no le había visto en tres días, ni siquiera cuando se le llevaron el coche.

—Sí —dijo—. Sí. No, lo entiendo. ¿Cuántos son?

Levantó una mano, pidió cuarenta segundos con dos dedos y se fue hasta la ventana del salón.

—¿Y el sitio? —Escuchó—. ¿A qué hora dan el aviso de viento? —Escuchó—. ¿Y quién está ahora mismo abajo? —Escuchó, y esta vez cerró los ojos—. ¿Priya sola?

Carmen me miró desde el sofá y articuló, sin voz, la palabra «trabajo».

—Voy —dijo Leo—. Veinte minutos. No, no llame a nadie más todavía, deme veinte minutos y le digo qué necesito. —Otra pausa—. Sí. Ya sé qué día es martes.

Colgó.

—¿Qué pasa? —dijo Inés.

—Que se ha envenenado un hombre en Henderson.

* * *

Lo contó de pie, en el salón, entre los restos del carro de la comida, y lo contó como cuentan los profesionales, que es de atrás hacia delante.

El Crown & Clover celebraba esa noche su gala anual, la de la fundación del grupo, seiscientas personas en el salón grande, cena, subasta y dos discursos. Eso llevaba once meses montado y no era el problema.

El problema era lo pequeño.

—Hay una boda —dijo Leo—. Treinta y ocho invitados.

A las seis de la tarde, en la terraza de la cuarta planta.

La novia es una abogada de patentes que se llama Ellis Ward y el novio se llama Dan Okonkwo, y el bufete de él es uno de los tres patrocinadores principales de la gala.

Por eso se casan hoy aquí: se casan a las seis, hacen fotos, y a las ocho bajan al salón con sus treinta y ocho invitados y se sientan en tres mesas de la gala. Es un encaje. Está montado desde marzo.

—¿Y?

—Y lo lleva una agencia de fuera. Halo Events.

El coordinador se llama Dustin, lleva dos meses con esto y ayer se comió unas ostras en un sitio de Henderson.

—Leo se pasó la mano por la mandíbula—. Está en un hospital con suero desde las ocho de la mañana.

Y su ayudante voló anteayer a Phoenix por otro evento.

—O sea que no hay nadie.

—Hay una chica de mi equipo que se llama Priya Sandoval, que lleva catorce meses en el hotel y que ahora mismo está sola en la cuarta planta con treinta y ocho sillas, un ramo que no es el ramo y un aviso de rachas de sesenta.

—¿Sesenta qué? —dijo Lola.

—Kilómetros por hora. Desde el oeste. A partir de las cinco.

Yo llevaba callada desde que colgó, haciendo una cosa que hago sin permiso, que es montar el problema por dentro.

Terraza en altura, tarde de septiembre, viento del oeste que entra a las cinco.

Ceremonia a las seis. Treinta y ocho personas, que es un número pequeño y por eso engañoso: en una boda de treinta y ocho, todo el mundo se ve la cara, todo el mundo nota si algo falla y no hay masa donde esconder un error.

Y detrás, a las ocho, seiscientas personas y un patrocinador.

—Y hay más —dijo Leo—. Marlene se ha enterado a las dos y cuarto porque el hospital ha llamado a la agencia, la agencia ha llamado al hotel y el hotel ha tardado hora y media en enterarse de que la persona que hoy tenía que estar aquí no va a venir.

—¿Y Marlene qué quiere?

—Marlene quiere que baje yo.

* * *

Inés se levantó del suelo.

—Pues baja.

—No.

—Leo.

—He dicho que no. —Se guardó el móvil en el bolsillo trasero—. Mañana por la mañana tú te sientas con Sergio y hoy es hoy, y yo hoy estoy aquí.

—Tú hoy no estás aquí. Tú hoy estás en un pasillo mirando el móvil cada cuatro minutos.

—Inés.

—Que no me hace falta que estés, hombre.

—Y se le puso la voz esa suya, la de abogada, la que dice las cosas ya decididas—.

Escúchame. Llevo cuarenta y ocho horas con todo el mundo pendiente de mí.

Vosotros habéis recorrido esta ciudad entera por mi culpa, tú has perdido dos días de trabajo, Vera ha alquilado un coche que ha pinchado y Carmen no ha dormido.

Lo que menos necesito ahora mismo es una habitación llena de gente vigilándome la cara.

Necesito una tarde en la que a nadie le pase nada por mi culpa.

—No es por tu culpa.

—Leo, tienes treinta y seis años y una jefa que te ha llamado a ti. Baja.

Él se quedó ahí, con las llaves en la mano, haciendo eso que hace de mover el pulgar por el canto del llavero.

—Si te pasa algo…

—¿Qué me va a pasar? Estoy en una habitación con Carmen Aguilar. Es el sitio más seguro del hemisferio.

—Es verdad —dijo Carmen—. Llevo tiritas y suero oral.

* * *

Y entonces hablé yo, y hablé antes de haberlo decidido, que en mí es una cosa nueva y que me pasó dos veces en aquel viaje.

—Voy contigo.

Leo se giró.

—¿Qué?

—Que voy contigo. —Ya me estaba levantando—. Treinta y ocho invitados, ceremonia a las seis, flores que no son las flores, terraza inutilizable y una coordinadora junior sola. Eso es exactamente lo que hago yo. Es que si me lo hubieras encargado por escrito no me lo habrías descrito mejor.

—Vera, tú estás de vacaciones.

—Yo no he estado de vacaciones ni un minuto desde el jueves a las ocho de la tarde. —Cogí el bolso—. Y necesito estar tres horas en un sitio donde lo que se me da bien no le moleste a nadie.

Eso salió más seco de lo que pretendía.

Carmen levantó la vista del sofá y me sostuvo la mirada dos segundos, y entendió perfectamente a qué me refería, y tuvo la decencia de no decirlo.

—Vete —dijo—. En serio. Vete.

—Carmen…

—Que no lo digo con retintín, cielo. Lo digo porque llevas cuarenta y ocho horas resolviéndonos la vida a cuatro personas que no te lo han pedido y me parece bien que se lo resuelvas a alguien que sí. —Se estiró en el sofá—. Y porque si te quedas aquí vas a empezar a ordenar el minibar.

Miré la mesa. Efectivamente, en algún momento de la última media hora yo había alineado los tres sobres blancos por el borde inferior.

—Vale —dije—. Bajo a por ropa.

* * *

Tardé nueve minutos en la habitación.

Me quité los vaqueros de tres días, me metí en la ducha noventa segundos, y saqué del fondo de la maleta lo único formal que llevaba: un vestido negro de manga corta que había metido para la cena del sábado del itinerario original.

El itinerario original tenía catorce páginas y estaba muerto desde el jueves a las ocho de la tarde.

En la página nueve, sábado, 21:00, ponía cena elegante — restaurante con reserva confirmada — código de vestimenta: smart casual, y debajo, en la columna de notas, con mi propia letra: llevar el vestido negro, va con todo.

Me lo puse. Zapatos planos, que fue la decisión profesional más importante del día.

Me recogí el pelo. Me metí en el bolso el neceser de urgencias entero: imperdibles, cinta de doble cara, quitamanchas, tijeras pequeñas, tiritas, la batería externa y un rotulador permanente, que en un evento vale más que un abogado.

En la muñeca izquierda, el sello de trébol azul de la Lucky Chapel llevaba tres días desapareciendo y todavía se le veían dos hojas. Le di con el quitamanchas y conseguí que se le vieran una y media.

Encima del sello, el reloj de Andrés Navarro.

Lo miré. Las tres y once. Saqué el móvil: las tres y nueve.

Dos minutos por delante, como siempre, como todos los días desde no sé cuántos años, y me quedé un segundo parada en el pasillo pensando que en las siguientes tres horas iba a necesitar la hora exacta y que iba a tener que acordarme de restar.

* * *

La cuarta planta del Crown & Clover es la planta de eventos pequeños: cuatro salones con nombres de piedras, un office, dos ascensores de servicio y una terraza de unos cuatrocientos metros cuadrados con suelo de tarima gris, jardineras de aluminio y una vista lateral del Strip que en los folletos sale al atardecer y siempre sin viento.

Salimos del ascensor y lo primero que me llegó fue el ruido.

No el de la ciudad: el de la lona. Había un toldo tensado sobre la zona de la ceremonia y estaba haciendo ese golpeteo de vela mal amarrada que cualquiera que haya montado una boda al aire libre reconoce con el estómago.

Treinta y ocho sillas blancas colocadas en dos bloques de diecinueve. Un arco de madera clara en el fondo. Y dentro del arco, sujetas con bridas, unas flores enormes de color naranja intenso.

Me paré en seco.

—Esas no son —dije.

Al lado del arco había una chica de unos veintiséis años con una tablet, un pinganillo, una carpeta bajo el brazo y el pelo escapándosele de una coleta que llevaba doce horas trabajando. Se giró.

—¿Perdón?

—Que esas no son. —Señalé el arco—. Eso es una tanaceta naranja y unas gerberas, y a la izquierda hay tagetes, que es una flor que huele a insecticida si te acercas mucho. Y usted lo sabe, porque lleva media hora sin acercarse.

La chica me miró como se mira a alguien que aparece en tu peor día y te dice exactamente lo que estabas pensando.

—Priya Sandoval —dijo.

—Vera Montes.

—Vera lleva once años montando bodas en Madrid —dijo Leo detrás de mí—. Y hoy no tiene nada que hacer.

—Hoy no tengo nada que hacer —confirmé.

Priya nos miró a los dos, y a la lona, y a la tablet.

—Okay —dijo, y se le fue medio kilo de la cara, igual que a Sergio por la mañana—. Okay. Entonces os cuento.

* * *

Nos lo contó en cuatro minutos y medio, andando, que es como se cuentan estas cosas.

Uno: Desert Bloom había entregado a las once y veinte cuatro cajas que no eran las suyas.

El pedido de Ellis Ward era blanco y verde, ranúnculos y eucalipto, presupuesto cerrado en abril.

Lo que había en la terraza era el pedido de un aniversario de empresa de la planta baja: doscientos tallos de naranja y amarillo, mucho volumen, buenísima calidad y absolutamente nada que ver.

Las flores correctas estaban en una furgoneta en algún punto entre allí y Boulder City, y la floristería no cogía el teléfono desde la una.

Dos: el oficiante. El reverendo Bill Tanaka, setenta y un años, cuarenta bodas al año en aquel hotel, había entrado a las dos y cuarenta en el ascensor de servicio número seis para subir de la tres a la cuatro con la carpeta y la estola, y el ascensor de servicio número seis se había parado entre plantas a las dos y cuarenta y uno.

Mantenimiento decía cuarenta minutos. Mantenimiento siempre dice cuarenta minutos.

Y tres: el viento.

—El aviso ha entrado a la una y media —dijo Priya—. Rachas de cincuenta a sesenta desde las cinco, con máximo entre las seis y las siete y media.

—O sea, exactamente durante la ceremonia.

—Exactamente durante la ceremonia.

—¿Y el protocolo del hotel?

—El protocolo del hotel dice que con rachas por encima de cuarenta se desmonta cualquier estructura vertical de la terraza. —Priya se miró la tablet—. El arco es una estructura vertical.

—Y el toldo también.

—Y el toldo también.

Me quedé en mitad de la tarima, con el vestido pegándoseme a las piernas por una racha que no llegaba a cuarenta pero que ya estaba avisando, mirando treinta y ocho sillas blancas en las que a las seis de la tarde no se iba a poder sentar nadie.

Y voy a decir una cosa que no es simpática.

Estaba contentísima.

* * *

—Vale —dije—. Hora exacta.

—Las tres y veintiocho —dijo Priya.

—Tenemos dos horas y treinta y dos minutos. ¿Dónde están los novios?

—Ella, en la 1902 con dos amigas. Él, en el gimnasio.

—¿En el gimnasio?

—En el gimnasio.

—Bueno, algo tenía que salir bien. —Abrí el bloc de notas del móvil—. ¿Sabe alguno de los dos algo de esto?

—Ninguno.

—Perfecto. Que no se enteren hasta que tengamos qué contarles, y cuando se enteren se lo contamos con la solución al lado, nunca antes. Priya, ¿tienes el plano de la planta y el de la tres?

—Los tengo.

—¿Y sabes quién manda esta noche en el vestíbulo del salón grande?

Priya abrió la boca y la cerró.

—Ese soy yo —dijo Leo.

—Ah, mira. —Levanté la vista—. Qué suerte.

* * *

Estábamos los tres agachados sobre una tablet, encima de una jardinera de aluminio, cuando se abrió la puerta del salón Ámbar y salió Marlene Cho.

Traje gris marengo, pelo recogido, tacón bajo, y esa manera de andar de la gente que nunca ha corrido dentro de un hotel porque no le ha hecho falta.

—Señor Navarro.

—Marlene.

—Cuatro cosas. —No saludó a nadie más todavía—.

La primera: el señor Okonkwo firma un patrocinio de ciento sesenta mil dólares y esta noche va a estar sentado en la mesa dos.

La segunda: la agencia Halo me acaba de mandar un correo ofreciéndome un descuento del quince por ciento.

La tercera: mantenimiento dice que el reverendo sale del ascensor en treinta minutos y mantenimiento me ha mentido dos veces este año.

Miró el toldo, que dio un golpe seco justo entonces, muy oportuno.

—Y la cuarta —dijo—. El martes a las diez se reúne el comité de la apertura europea.

Hay tres nombres encima de la mesa y usted es uno.

Son ciento noventa contrataciones y una obra que se entrega en marzo, a siete husos horarios de aquí.

Y lo que van a preguntarme el martes no es si usted sabe hacer un informe, que ya sé que no lo ha escrito.

Lo que van a preguntarme es si usted sabe sostener una casa que se está cayendo el mismo día en que se le está cayendo la suya.

Leo no dijo nada. Se guardó el móvil.

—Va a salir bien —dijo.

—Eso ya lo veremos.

Y entonces Marlene Cho se giró hacia mí.

Me miró el vestido negro, los zapatos planos, el bolso abierto con los imperdibles asomando y el sello de trébol azul medio borrado de la muñeca izquierda, y no le hizo falta ni un segundo.

—Usted es la española de la suite veintisiete catorce —dijo.

—Vera Montes.

—¿Y usted es la responsable del vídeo que está circulando por internet?

Detrás de ella, la lona volvió a golpear.

—Hoy —dije— preferiría ser la responsable de su evento.

Marlene Cho me sostuvo la mirada exactamente tres segundos.

—Priya —dijo sin volverse—, dale un pinganillo.