CAPÍTULO 19
Una habitación demasiado pequeña
Los sobres llevaban ahí desde el viernes por la mañana. Nadie los había tocado.
Pedimos comida a la habitación a las doce y cincuenta.
Llegó a la una y cuatro, en un carro con mantel, y era un despropósito: cuatro clubs sándwich del tamaño de un ladrillo, una ensalada César para compartir que compartió solo Carmen, patatas fritas para ocho personas y una cesta de bollería dulce que nadie había pedido y que Lola llamó «el regalo de la casa por drama».
Carmen echó el pestillo.
—Nadie sale de aquí hasta las dos y media —dijo—. Yo he trabajado en un servicio de urgencias durante catorce años y os digo una cosa que es verdad: la gente no se cura hablando de pie en un pasillo.
* * *
Empezó Inés.
Se sentó en el suelo con la espalda en el sofá y el plato en las rodillas, que es como se sienta ella cuando va a contar algo largo, y no tocó el sándwich en veinte minutos.
—El martes de la semana pasada —dijo—. No el jueves, el martes. Sergio me llamó a las siete y cuarto de la tarde, yo estaba saliendo del despacho por Alcalá, y me dijo que se lo habían confirmado. Dos años en Bruselas. Incorporación en enero.
—¿Y tú qué dijiste? —preguntó Lola.
—Yo dije «qué bien».
—¿Qué bien?
—Qué bien. Dos veces. —Se rio sin ganas—. Y luego le pregunté si el sueldo era bruto o neto, que es la pregunta que hago yo cuando no quiero pensar.
—Eso lo has aprendido de mí —dije.
—Eso lo he aprendido de ti, sí.
Cogió una patata y la dejó otra vez.
—El caso es que ese martes no me di cuenta —dijo—.
Me di cuenta el jueves, aquí, en el karaoke, cuando me llamó otra vez y estaba contentísimo.
Y dijo una cosa en plural. Dijo «nos vendrá bien».
Y yo estaba con una copa en la mano en una moqueta granate a nueve mil kilómetros de mi casa, y de repente entendí lo que llevaba dos días sin entender.
—¿Qué?
—Que no me lo estaba consultando. —Levantó la cabeza—.
Que me lo estaba contando. Y que él no era consciente, ¿eh?
Sergio no piensa «voy a decidir por ella».
Sergio piensa que eso ya está hablado. Y a lo mejor lo está, porque llevamos diez años y hemos hablado mil veces de irnos fuera, y yo he dicho «claro» mil veces, y ninguna de esas mil veces me preguntó nadie y ninguna de esas mil veces dije yo nada distinto.
Carmen dejó el tenedor.
—O sea que te asustó que ya estuviera contestada.
—Me aterrorizó —dijo Inés—. Es que no es que me molestara. Es que se me quitó el aire. Me di cuenta de que en la conversación más importante de los próximos dos años de mi vida mi respuesta venía incluida. Como el IVA.
Y ahí sí se rio, y nos reímos las cuatro un poco, mal, de esa forma en que se ríe la gente cuando alguien acaba de decir algo horrible y verdadero.
—Y la boda igual —siguió—. Yo no elegí ciento ochenta invitados. Nadie elige ciento ochenta invitados. Eso se va poniendo solo. Se pone una lista, y viene tu madre, y viene la suya, y llega un día en que tú estás llorando por un mantel de una gente que no conoces.
—Los manteles hacen llorar a mucha gente —dije—. Es un clásico.
—Vera.
—Perdón.
—No, si tienes razón. —Me miró—. Es que ese es el tema. Todo lo que ha pasado esta semana tiene una explicación razonable y por separado no hay nada mal. Y junto es una mujer de treinta y dos años conduciendo un Jeep prestado por una autovía a las seis de la mañana para averiguar qué opina.
* * *
Carmen habló la segunda, y habló poco, porque ella ya había soltado lo suyo el viernes en un diner con las manos temblando y no pensaba repetirlo.
—Yo solo añado dos cosas —dijo—. La primera, que el impreso de la reducción al ochenta por ciento lo tengo relleno desde marzo. Marzo. Seis meses en la carpeta de plásticos de la cocina, entre la factura de la caldera y las vacunas del pequeño.
—Eso ya lo sabemos.
—Lo que no sabéis es la segunda. —Se limpió la boca con la servilleta y la dobló—.
Yo pedí este viaje. Yo. Cuando Inés dijo lo de la despedida, yo fui la primera que dijo que sí, y me pedí cuatro días y le organicé a Tomás la agenda entera de la semana, con los horarios del cole y quién recoge a Julia los martes, y vine aquí pensando: cuatro días en los que nadie va a necesitarme para nada.
—¿Y?
—Y en las primeras cuatro horas ya llevaba yo el móvil de Vera en el bolso, las pastillas de todo el mundo y la cuenta de cuánto había bebido cada una. —Se encogió de hombros—. El jueves a las once de la noche estaba yo mirando si Lola había comido algo.
—Yo había comido.
—Habías comido una aceituna, Lola.
—Era una aceituna grande.
—Y el viernes por la mañana, cuando vimos que Inés no estaba, ¿sabéis lo primero que pensé yo?
—Carmen nos miró de una en una—. Pensé: bueno, pues ya está.
Ya tengo una cosa de la que ocuparme. Y me quedé tranquila.
Eso es lo que me pasa a mí. Que estoy más cómoda en una urgencia que en una tumbona.
* * *
Y entonces Lola dejó el plato en la mesa de cristal, se pasó las dos manos por el pelo y dijo:
—Yo no tengo una colaboración.
Nadie entendió nada.
—¿Qué colaboración? —dije.
—La del viaje. —Miró el techo—. En julio os dije en el grupo que me habían cerrado una colaboración con una plataforma de viajes que me cubría vuelo y parte del hotel a cambio de contenido. Lo dije un jueves. Puse un emoji de palmera.
—Me acuerdo del emoji.
—No hay colaboración. No la hubo nunca. Yo mandé el dossier a seis marcas en mayo y me contestaron dos, una para decirme que no y otra para ofrecerme cero euros y un descuento del quince por ciento.
—Bajó la cabeza y se miró las manos—. El vuelo lo pagué yo en cuatro plazos.
El hotel lo pago yo. Y voy con una tarjeta que tiene ahora mismo tres mil doscientos euros que no son míos y una cámara que me quedan once meses de pagar.
El aire acondicionado hizo el ruido que hace cada seis minutos.
—Lola —dijo Inés.
—Espera, que si paro no sigo. —Levantó una mano—.
Este viaje es un gasto que yo no me podía permitir.
Lo sabía en julio, lo sabía cuando compré el billete y lo sabía cuando puse la palmera.
Y vine igual, porque no venir significaba explicar por qué, y explicar por qué significaba deciros que llevo dos años fingiendo que esto va mejor de lo que va.
—¿Y por qué finges? —dije—. Con nosotras. Es que no lo entiendo. Con nosotras.
—Con vosotras es con quien más.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido del mundo, Vera. —Y por primera vez en tres días Lola Ferrer habló despacio—.
Tú tienes una empresa con tu nombre en la puerta.
Inés es abogada en un despacho que sale en las noticias.
Carmen salva vidas literalmente, que eso es hacer trampa.
Y yo tengo noventa mil seguidores, que suena a mucho y no es nada, y una carpeta de facturas sin cobrar.
Yo soy la pequeña. Yo llevo desde los veinticuatro años siendo la pequeña del grupo, la que hace las fotos, la que anima, la que monta el vídeo del cumpleaños.
Y si además soy la que no llega a fin de mes, ¿qué me queda?
—Nos quedas tú —dijo Carmen.
—Ya. Eso se dice muy fácil desde un sueldo público.
—Perdona, guapa, que yo cobro mil setecientos euros.
—Todos los meses.
Carmen abrió la boca y la cerró.
—Vale —dijo—. Eso ha sido un buen golpe.
* * *
Y ahí es donde empezó la mía.
Porque yo había estado escuchando durante cuarenta minutos con la espalda muy recta en el borde de la butaca, y en algún punto de los cuarenta minutos había dejado de escuchar y había empezado a hacer inventario.
Inés: dos años dudando. No lo sé desde el martes de la semana pasada, lo sé desde el viernes por la tarde en un motel.
Carmen: un impreso desde marzo. Seis meses.
Lola: un año y medio de deuda y una palmera con emoji.
—Vale —dije—. Una pregunta.
—Dime.
—¿Alguna de vosotras tres me ha contado alguna vez algo importante antes de tenerlo resuelto?
Silencio.
—Es una pregunta de verdad —dije—. No es retórica. Estoy intentando averiguar si esto es una cosa que ha pasado este año o si llevo diez sin enterarme de nada.
—Vera… —empezó Inés.
—Porque yo tengo la sensación —seguí, y noté que se me estaba poniendo la voz de reunión con proveedores, esa que sale muy educada y muy plana— de que soy la única persona de esta habitación a la que se le informa.
En pasado. Cuando ya no hay nada que hacer.
Y que llevo tres días descubriendo cosas de mis tres mejores amigas en cafeterías de carretera y en habitaciones de hotel, delante de desconocidos algunas de ellas.
—No es contra ti.
—Es que estadísticamente sí, Carmen. Sois tres de tres.
—Vale —dijo Carmen, y dejó el plato—. ¿Quieres saber por qué?
—Quiero saber por qué.
—Pues porque tú no escuchas. Escuchas once segundos y arreglas.
—Eso ya me lo dijo ella ayer.
—Y te lo digo yo hoy, que somos dos. —Se echó hacia delante—.
Vera, tú eres la mejor amiga que tengo. Eres la persona a la que llamaría a las cuatro de la mañana si le pasara algo a un hijo mío, y lo digo en serio, y no llamaría a mi hermana.
Pero yo a ti no te puedo contar que estoy cansada.
Porque en cuanto te lo cuento, tú me haces un plan.
Y el plan es bueno. El plan siempre es bueno.
Y a los dos minutos yo estoy dentro de un plan que no he pedido y encima tengo que darte las gracias.
—Yo no os obligo a nada.
—No hace falta obligar. Basta con ser tú. —Carmen levantó las palmas—. Tú entras en una habitación y la habitación se organiza sola. Es tu don. Es por lo que te pagan. Y a veces yo no quiero que me organicen, quiero que me digan «joder, Carmen, qué mal».
—Pues dilo.
—Lo estoy diciendo ahora.
—¡Pues me lo dices y ya está!
—¡Te lo dije el viernes en un diner y a los cuarenta segundos me estabas buscando ofertas de campamentos de verano!
—¡Porque los hay buenos en julio y se llenan en enero!
Y las tres se rieron a la vez, y yo tardé dos segundos en reírme, y me reí de mala gana, que es la peor forma de darle la razón a alguien.
* * *
Lola esperó a que se apagara.
Y entonces dijo, sin levantar la voz, mirando la mesa de cristal:
—Yo te tengo una guardada desde hace cuatro años.
—Ay, madre.
—Es pequeña. Pero es que llevo cuatro años con ella. —Se enderezó—. Yo te he hecho las fotos de siete bodas tuyas.
—Lola.
—Siete. La de la finca de Ávila, las dos de Sotogrande, la del chico del restaurante, la de Susana y Álvaro, hace tres días.
—Fue contando con los dedos, y no le temblaban—.
Y en todas he llegado a las nueve de la mañana, me he ido a las dos de la madrugada, he cargado con mi equipo y he subido el material esa misma noche porque tú lo querías para el lunes. Y en ninguna he cobrado un euro.
—Yo nunca te he pedido…
—Tú nunca me has pedido nada. Tú dices: «Oye, ¿vendrás?
Total, tú disfrutas». —Sonrió con la boca cerrada—.
Y yo digo que sí. Porque disfruto. Y porque me hacía ilusión que me llamaras.
Y porque, Vera, todo lo que hay en mi perfil de bodas de gama alta lo he hecho gratis para ti, y luego resulta que en tu web hay catorce fotos mías y ningún crédito.
Me quedé con la boca abierta y una patata frita en la mano, que es una postura poco favorecedora.
—Eso lo puedo arreglar hoy —dije.
—Ya. —Lola se rio—. Ya lo sé que lo puedes arreglar hoy. Ese es el chiste.
* * *
Estuvimos calladas un rato razonable.
Yo miraba los tres sobres blancos de la mesa, con la luna impresa, arrugados por tres días de bolso y de moqueta. En el mío ponía, con la letra torcida de la una de la madrugada y el bolígrafo azul mordido de Dwayne: ¿Qué harías si no te diera miedo hacer el ridículo?
—Podríamos abrirlos —dijo Lola.
—Hoy no —dijo Carmen.
—Solo el mío.
—Hoy no, Lola. Hoy ya hemos hecho bastante.
Inés se levantó del suelo, se sentó a mi lado en el brazo de la butaca y me puso una mano en la nuca, que es una cosa que hace desde la facultad y que a mí me desarma en dos segundos y ella lo sabe perfectamente.
—Vera.
—¿Qué?
—¿Sabes qué es lo que más miedo me daba de contarte lo de la boda?
—Sorpréndeme.
—Que se te fuera a dar bien.
Me giré para mirarla.
—Que lo hicieras impecable —dijo—. Que en cuatro horas tuvieras las llamadas hechas, la comunicación a los invitados redactada, el dinero recuperado y a mi madre gestionada.
Porque eso es lo que ibas a hacer, y lo vas a hacer, y en algún momento te lo voy a pedir.
Pero si me lo dabas hecho el jueves por la noche, yo iba a subirme a ese tren, porque yo me subo a todos los trenes que pasan, y me iba a pasar exactamente lo mismo que con Bruselas: que la decisión iba a estar tomada por alguien que me quiere.
—Yo no quería decidir por ti.
—Ya lo sé. —Me apretó la nuca—. Nadie quiere. Sergio tampoco quiere. Ese es el problema de esta semana entera.
—¿Y entonces qué hago?
—Nada.
—Eso no es una instrucción.
—Ya lo sé que no es una instrucción, y por eso te la estoy dando.
—Se agachó un poco para ponerse a mi altura—.
Vera, escúchame bien, que esto es lo único que te voy a pedir en todo el viaje.
No necesito una organizadora. Tengo una excelente y la tengo pagada, y es la mejor de Madrid, y de todas formas iba a llamarla.
Lo que necesito ahora mismo es a mi amiga.
—Es la misma persona.
—Ya. —Inés se levantó y se fue a por su sándwich, que llevaba una hora esperándola—. Pues ese es todo el problema, ¿no?