Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Y entonces llegó el novio

A las nueve menos diez de la mañana del sábado ya había hecho tres cosas.

—Night Owl.

—Buenos días. Llamo por el depósito seiscientos catorce.

—El anillo español.

—El anillo español. Vence hoy.

—Venció hace ocho horas —dijo Nora—. Pero no lo he puesto en venta porque tengo ochenta y un años de intuición repartidos entre mi madre y yo. Puedo prorrogar cuarenta y ocho horas más por veinticinco dólares y una firma. ¿Viene alguien hoy?

—Mañana.

—Mañana abro a las once. Que venga ella o alguien que sepa la respuesta.

La segunda cosa fue bajar a recepción y pedir una habitación individual para Sergio Valdés, planta baja si podía ser, lejos de la nuestra, con salida a la piscina para que pudiera fumar aunque Sergio no fumaba.

Denise me dio la 812 y me miró como se mira a alguien que lleva tres días pidiendo cosas raras.

Y la tercera fue comprar dos botellas de agua y meterlas en el coche, porque el hombre venía de un vuelo de doce horas con escala en Chicago y en Las Vegas, a las diez de la mañana, hace treinta y cuatro grados.

Ese es el tipo de cosas que hago cuando no puedo hacer nada.

* * *

Leo condujo. El Jeep olía a polvo del desierto y a la toalla vieja del maletero, y el aire acondicionado tardó siete minutos en ser una promesa razonable.

—¿Ha dormido? —pregunté.

—Cuatro horas y pico. Se ha levantado a las siete y se ha duchado dos veces.

—¿Dos?

—Mi hermana se ducha cuando no sabe qué hacer con el cuerpo. Lleva haciéndolo desde los quince años. —Puso el intermitente para meterse en la interestatal—. Cuando suspendió la selectividad se duchó cuatro veces.

—No me lo habías contado nunca.

—No hemos hablado nunca de duchas.

El aeropuerto de Las Vegas tiene la particularidad de que las máquinas tragaperras empiezan antes que la cinta de equipajes, de manera que lo primero que ve un ser humano al aterrizar es una hilera de pantallas parpadeando en una sala de llegadas a las diez y veinte de la mañana.

Nos pusimos junto a la barandilla, con el resto de la gente que espera: dos familias, un chófer con un cartel escrito a mano y un señor con un ramo de globos.

Sergio salió a las diez cuarenta y ocho.

Lo vi antes de reconocerlo, porque lo que vi primero fue la manera de andar: rápido, mirando las señales, calculando.

Llevaba una mochila al hombro, una bolsa de tela con algo pesado dentro y, debajo del brazo, apretada contra las costillas como si fuera lo único que había traído de verdad, una carpeta de plástico azul.

Tenía la cara gris. No cansada: gris. Barba de dos días, la camisa con las marcas del respaldo del asiento y los ojos de alguien que ha pasado quince horas mirando un punto en el respaldo de delante.

—Hola —dijo.

—Hola.

Y entonces me abrazó, y fue un abrazo torpe, de lado, con la bolsa de tela dándome en la cadera, y noté que le temblaban un poco los brazos.

—Perdona —dijo al soltarme—. Perdona. Llevo un día y medio muy raro.

—No tienes que pedir perdón por nada.

—Sí. —Se pasó la mano por la cara—. Sí, sí que tengo. Le he escrito a tu madre.

—¿A mi madre?

—Buscando el teléfono de la finca. Perdona.

Detrás de mí, Leo levantó una mano.

—Sergio.

—Leo.

Se dieron la mano. Duró un segundo más de lo normal en las dos direcciones, que es lo que pasa cuando dos hombres que se llevan bien pero no del todo se encuentran en una situación en la que ninguno sabe qué papel le toca.

—¿Está bien? —dijo Sergio.

—Está bien.

—Vale. —Asintió tres veces—. Vale. Vale.

Y en el aparcamiento, mientras Leo abría el maletero, me tendió la bolsa de tela.

—Es jamón —dijo—. Y una caja de polvorones que había en el aeropuerto y que no sé por qué he comprado, porque estamos en septiembre.

* * *

Los veintitrés minutos de vuelta fueron una clase magistral sobre por qué mi mejor amiga se había ido en un coche prestado.

Sergio abrió la carpeta a la altura del kilómetro dos.

—Os cuento lo que tengo —dijo, y sacó la primera hoja con el gesto exacto de un ingeniero que va a defender un proyecto—.

Escenario uno: volvemos los dos el lunes en el mismo vuelo que teníais previsto y no cambiamos nada.

Escenario dos: nos quedamos aquí tres días más, yo he mirado disponibilidad y hay, y volamos el jueves; eso nos deja doce días hasta el dieciocho, que son suficientes para todo excepto para las flores.

Escenario tres, que es el que a mí no me gusta pero lo he mirado igual porque hay que mirarlo todo.

Pasó la hoja.

—Escenario tres: aplazamiento. He llamado a la finca desde Chicago.

Tienen una cláusula de fuerza mayor que cubre el cincuenta por ciento hasta cuarenta y cinco días antes, y estamos a veintiuno, así que ahí no entramos, pero he hablado con una tal Cristina que me ha dicho que si movemos a un domingo de febrero nos respetan el ochenta.

El catering es el problema: son cuatro mil ochocientos de señal.

Y he contratado un seguro de cancelación esta madrugada, en el aeropuerto, con el móvil.

—¿Un seguro? —dije.

—Un seguro. Doscientos veinte euros. Cubre enfermedad y causas objetivas, y ya sé que esto no es ni una cosa ni la otra, pero he pensado que era mejor tenerlo. —Levantó la vista de la carpeta por primera vez desde el kilómetro dos—. Por si acaso.

Yo miraba aquella carpeta y me estaba pasando una cosa muy desagradable.

Porque el índice estaba bien. Las llamadas estaban bien hechas.

Lo de la cláusula del cincuenta por ciento lo habría comprobado yo igual, y lo del ochenta en febrero es exactamente lo que habría negociado, y contratar el seguro a las cuatro de la mañana en un aeropuerto de Illinois es una cosa que a mí me habría parecido, hasta el jueves pasado, la definición de una persona seria.

Y en tres hojas, en veintitrés minutos, no había aparecido ni una sola vez la palabra por qué.

—Sergio —dije.

—Dime.

—¿Le has preguntado qué quiere?

Se quedó con la hoja a medio pasar.

—Es que no me ha cogido el teléfono desde el jueves —dijo, y se le rompió un poco la voz por abajo, sin llegar a nada—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Sentarme a esperar? Llevo cuarenta horas sin poder preguntarle nada. Lo único que podía hacer era esto.

Y ahí me callé, porque tenía razón y porque yo llevaba once años haciendo exactamente lo mismo por gente que no me había pedido nada.

* * *

Subimos a la suite a las once y veinte.

Inés estaba de pie junto a la ventana, con vaqueros y una camiseta, el pelo mojado por segunda vez, y no se movió cuando se abrió la puerta.

Sergio dejó caer la mochila en la moqueta.

Cruzó el salón, y no dijo nada, y no la miró de arriba abajo, y no preguntó nada: la abrazó. La abrazó con las dos manos abiertas en la espalda y la cara metida en su hombro, y ella levantó los brazos despacio, como quien tarda en decidir, y se los pasó por detrás del cuello.

Yo he visto abrazarse a mucha gente. Es literalmente parte de mi trabajo. Y hay tres o cuatro por año que te obligan a mirar hacia otro lado, y aquel fue uno.

—Estás aquí —dijo Inés.

—Estoy aquí.

—Hueles a avión.

—Huelo a avión.

Estuvieron así casi un minuto. Carmen, que estaba sentada en el brazo del sofá con una taza, se levantó sin hacer ruido y se fue a la cocina americana a no hacer nada con mucho detalle.

Lola se quedó donde estaba, con el móvil boca abajo sobre la rodilla.

En once años no le había visto hacer eso ni una sola vez.

Y entonces Sergio se separó, y respiró, y cogió la carpeta.

* * *

—Vale —dijo—. He estado pensando y tengo tres escenarios.

Vi el segundo exacto en que a Inés se le cerró la cara. Fue como ver bajar una persiana.

—Sergio.

—Escúchame, que es rápido. El uno es que no cambiamos nada, y ya te digo que ese no es. El dos es quedarnos aquí unos días y volver el jueves, que a mí me parece que…

—Sergio.

—…que nos vendría bien, porque aquí no hay familia y podemos hablar sin que nadie…

—Sergio, para.

Paró.

—No quiero escenarios —dijo Inés—. Quiero una noche.

—¿Una noche?

—Una noche. Hoy. Sin hablar de la boda, sin hablar de Bruselas, sin hablar de plazos. Duerme, come algo, dúchate. Y mañana nos sentamos tú y yo solos y te lo cuento todo, y te aviso de que va a ser largo y de que hay cosas que te van a doler.

—Yo puedo hablar ahora.

—Ya lo sé que puedes. Puedes hablar catorce horas seguidas si hace falta, es lo que más me gusta de ti y ahora mismo es lo que menos puedo aguantar.

—Se le suavizó la voz—. Llevo desde el viernes a las cinco de la mañana poniendo palabras a esto.

Dame hasta mañana o te voy a decir la versión mal dicha.

Sergio bajó la carpeta hasta el muslo.

—Vale —dijo.

—¿Vale de verdad?

—Vale de verdad. —Y luego, muy bajito—: ¿Puedo preguntar una sola cosa?

—Una.

—¿Hay alguien?

—No.

—Vale.

Y asintió, y se le fue medio kilo de peso de los hombros, y a mí se me ocurrió que llevaba desde Chicago con esa pregunta metida en la carpeta, entre las hojas, sin ponerla por escrito.

* * *

Y entonces habló Lola.

Se levantó del sofá y dijo:

—Sergio, oye, lo del vídeo tengo que explicártelo yo.

—Lola —dije.

—No, es que llevo dos días con esto aquí. —Se puso una mano en el esternón—. Sergio, el clip que ha circulado son siete segundos de un vídeo de veintiocho. Y en los veintiocho, justo después de decir eso, Inés dice «que es coña, que lo llamo yo ahora». Lo dice. Está grabado. Lo tenía yo.

—¿Lo tenías?

—Lo tenía.

—¿Y dónde está?

Silencio de tres segundos, que en aquella habitación fue larguísimo.

—Lo borré —dijo Lola—. El viernes por la mañana.

Lo borré porque pensé que si lo quitaba de mi perfil dejaría de circular, y resulta que eso no funciona así, porque lo que circula es una copia de una copia que subió una cuenta de bodas con cuatrocientos mil seguidores.

Y ahora ya no puedo enseñar el final, que es la parte que te habría dejado tranquilo. Y lo siento muchísimo.

Sergio la escuchó entero.

—O sea —dijo despacio— que existía un vídeo que demostraba que era una broma, y ya no existe.

—Sí.

—Y estuvo existiendo durante… ¿cuántas horas?

—Ocho.

—Ocho horas. —Se apretó los ojos con dos dedos—. Yo he visto ese recorte en el móvil de mi primo Rubén a las nueve de la mañana del viernes, hora española. En un grupo de mi trabajo. Mi jefe lo ha visto. Mi madre no, porque mi madre no tiene el móvil, pero mi tía sí.

—Ya.

—Y yo llevo cuarenta horas pensando que mi novia había gritado eso en serio.

—Ya lo sé —dijo Lola—. Por eso te lo cuento.

—Pues no sé si me has ayudado mucho.

Y no lo dijo con maldad. Lo dijo agotado, que es peor, y Lola se sentó otra vez con el móvil boca abajo y no volvió a abrir la boca en once minutos.

* * *

Fue Leo quien puso orden, y lo hizo como lo hace él, que es sin levantar la voz y quitándole a la gente cosas de las manos.

Le quitó la carpeta a Sergio.

—Te la guardo yo —dijo—. No te la tiro, no la escondo y no la leo. Te la devuelvo mañana a las nueve.

—Vale.

—Y una cosa más. —Se apoyó en el respaldo del sofá—.

No voy a decirte que te vayas, porque esto no es mi casa y ella es mayor de edad.

Y tampoco voy a decirle a mi hermana lo que tiene que hacer, aunque llevo desde ayer con muchas ganas.

Pero lo que sí te digo es que hoy no la vas a convencer de nada. Ni con la carpeta, ni sin ella.

—No he venido a convencerla.

—Has venido con doce folios.

—He venido con doce folios porque es lo único que sé hacer cuando tengo miedo —dijo Sergio.

Y ahí Leo se calló, que en él es una manera de dar la razón.

* * *

Y entonces la lie yo.

Voy a contarlo tal cual, porque es lo justo.

Yo llevaba desde el aeropuerto con una lista montándose sola dentro de la cabeza, como se monta un andamio, y en algún momento entre el jamón y los doce folios se me había terminado de armar. Y cuando la habitación se quedó por fin callada, hice lo que hago.

Saqué el móvil.

—Vale —dije—. Organización de las próximas dieciocho horas.

Sergio, tú tienes la 812, planta ocho, la llave está en recepción a tu nombre; te subes, duermes hasta las cinco, cenas pronto y solo.

Inés se queda aquí con nosotras. Carmen, tú te acuestas ahora mismo porque llevas cuarenta y ocho horas de guardia encubierta y a las seis no vas a servir para nada.

Lola, tú no publicas nada hoy, ni una foto de un vaso.

Mañana a las nueve, Sergio e Inés, en la cafetería de la planta baja, mesa del fondo, que a esa hora está vacía porque el desayuno lo sirven en la del casino; yo os reservo la mesa.

A las once, Night Owl Pawn, hay que renovar el depósito, ya está hablado. A la una…

—Vera.

—…a la una comemos las cuatro juntas, sin móviles, y a las cuatro…

—Vera.

—…y a las cuatro yo llamo a mi ayudante en Madrid y empezamos a ver qué se puede mover del dieciocho sin perder dinero, porque eso hay que empezarlo el lunes como muy tarde y…

—Vera.

Fueron tres voces a la vez.

Carmen, desde la cocina americana, con el tono con el que se para una hemorragia. Inés, desde la ventana. Y Lola, desde el sofá, con el móvil todavía boca abajo.

Y a la mitad de la palabra se sumó Sergio, que dijo «Vera» a destiempo, sin saber muy bien a qué se estaba sumando, y eso fue lo que hizo que aquello sonara ridículo y verdadero al mismo tiempo.

Bajé el móvil.

—Vale —dije.

—Para —dijo Carmen.

—He parado.

—No has parado, has hecho una pausa. —Salió de la cocina secándose las manos en un trapo—. Cielo, te lo digo con todo el cariño y delante de gente: nadie te ha pedido un cuadrante.

—Ya.

—Nadie te ha pedido un cuadrante desde el jueves a las ocho de la tarde.

—Ya lo sé, Carmen.

Y me guardé el móvil en el bolsillo trasero, y noté cómo me subía por el cuello ese calor concreto que a mí me da cuando me pillan haciendo la única cosa que sé hacer.

Miré el reloj de Leo, que llevaba en la muñeca desde las dos y cuarenta de la madrugada del viernes y que iba, como siempre, dos minutos adelantado.

Las doce y veintiséis.

Once minutos después, según ese reloj, o nueve según el resto del mundo, Sergio cogió su mochila y su bolsa de jamón, y antes de salir por la puerta se dio la vuelta.

—Inés.

—Dime.

Se quedó ahí, en el marco, con la camisa arrugada y la cara gris, y dijo la única frase de todo el sábado que nadie había preparado en una hoja.

—Que sepas que no he venido a llevarte a casa —dijo—. He venido a preguntarte si todavía quieres que sea nuestra casa.

Y cerró la puerta muy despacio, como si le diera miedo el ruido.