Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Estuve a veinte minutos de vosotras, en un semáforo de Charleston, con el intermitente puesto, y estuve a punto de girar hacia el hotel.

—Se cogió las manos—. Fui a por el teléfono.

De verdad que fui a por el teléfono. Y el hombre me lo dio, que fue lo peor que me podía pasar, porque cuando alguien te lo pone en la mano tienes que decidir tú.

—¿Y qué pensaste?

—Pensé: en cuanto lo encienda tengo cuarenta llamadas de Sergio, y a las tres frases estaré diciéndole que ha sido una tontería, que ya voy para allá y que hablamos con calma después de la boda.

—Me miró—. Y quería decirle eso, ¿eh? Ese es el problema.

Lo quiero muchísimo y quería decirle eso para que dejara de estar mal.

Y llevo diez años haciendo cosas grandes para que la gente deje de estar mal un rato.

* * *

—¿Le vas a dejar? —pregunté.

—No.

Lo dijo inmediatamente, sin pensarlo, y por primera vez en toda la tarde a mí se me quedó el cuerpo en su sitio.

—No le voy a dejar —dijo—. No estoy aquí porque no lo quiera.

No hay otra persona, no hay una crisis de esas de manual, no me he dado cuenta de nada horrible.

Sergio es un tío bueno que me quiere y que hace la compra los sábados y que se acuerda de los cumpleaños de mis primos.

—Puso la mano abierta sobre las servilletas—. Lo que voy a hacer es parar la boda.

—¿Parar?

—Parar. No cancelar. Parar. —Y ahí se le puso la voz de abogada, que es la voz con la que Inés Navarro dice las cosas que ha decidido de verdad—.

Yo no puedo casarme el día dieciocho. No porque no quiera casarme con él: porque no sé si estoy diciendo que sí o si estoy siguiendo adelante.

Y esas dos cosas se parecen tanto por fuera que llevo un año sin distinguirlas.

Aceptó dos años en Bruselas sin preguntarme, Vera.

No me lo consultó. Me lo comunicó en plural.

«Nos vendrá bien.» Y lo peor no es que lo hiciera.

Lo peor es que yo, cuando lo oí, lo primero que pensé fue: bueno, en Bruselas hay despachos.

—Eso no es lo peor.

—Sí lo es. Yo ya me había mudado en la cabeza antes de que él colgara.

Cogió la libreta de espiral, una libreta de gasolinera de tres dólares con un cactus en la portada, y la giró hacia mí.

—Mira lo que llevo escrito en once horas.

Había cuatro páginas. En la primera había una lista de cosas que quería. En la segunda, una lista de cosas que había hecho ese año porque tocaba. La segunda era mucho más larga.

Y arriba del todo, subrayado, con la letra grande y torcida:

Si lo pospongo seis meses y sigo queriendo casarme, entonces era verdad.

Leí eso y pensé una cosa que llevaba once años sin permitirme pensar en horario laboral: que hay bodas que no habría que salvar.

* * *

—Van a decir que estoy loca —dijo Inés.

—Nadie va a decir eso.

—Mi madre va a decir eso. Y hay una tía mía que ya ha comprado el vestido y que se lo va a recordar a mi madre el resto de su vida.

—A esa la gestiono yo.

—Vera.

—Perdona. —Levanté las dos manos—. Perdona. Se me ha escapado.

—No pasa nada. —Y sonrió por fin de verdad—. Me gustaría bastante que la gestionaras tú, si te digo la verdad. Pero dentro de dos semanas, no ahora.

Miré por la ventana del reservado. Fuera ya era de noche del todo, con esa noche del desierto que llega en once minutos, y el neón del coyote se había encendido entero y parpadeaba en la ese. El Jeep estaba delante de la doce, gris de polvo.

—Nada de esto estaba en el plan —dije.

—Ya. —Inés cogió su taza de café malo y me la levantó dos centímetros, como quien brinda—. Yo creo que ese es el tema, Vera.

* * *

Estuvimos allí otros veinte minutos, y fueron buenos.

Leo se comió media tostada fría de su hermana y le hizo doce preguntas logísticas seguidas, la última de las cuales fue si el Jeep hacía un ruido raro al frenar. Ella dijo que sí. Él dijo que ya lo sabía.

Yo leí seis servilletas. Sin permiso, y me lo dio después.

En una ponía: no me da miedo la boda, me da miedo la parte de después, que dura cuarenta años y no la organiza nadie.

Y en otra, con letra torcidísima, escrita seguramente a las siete de la mañana en el reservado de un diner: el sol sale igual de despacio en todas partes.

—Esa es horrible —dije.

—Esa es horrible —admitió—. Estaba muy cansada.

Y entonces me sonó el móvil sobre la mesa, con dos rayas de cobertura y el veinte por ciento de batería, y en la pantalla ponía Carmen.

Descolgué y puse el altavoz, porque a esas alturas ya no había ninguna conversación que no fuera de las cuatro.

—Está aquí —dije—. La tenemos. Está bien. Está comiendo tostadas.

Se oyó a Carmen soltar el aire de golpe, y detrás, lejísimos, se oyó a Lola gritar algo con dos palabras y una de ellas era «tía».

—Vale —dijo Carmen—. Vale. Bien. Muy bien.

—Salimos en media hora. Llegamos sobre las diez y media.

—Vera.

—Dime.

—Sergio acaba de aterrizar.

Miré a Inés. Inés se quedó con la taza a medio camino de la mesa.

—¿Cómo que ha aterrizado? —dije—. ¿Aquí?

—En Chicago —dijo Carmen—. Escala. Sale a las siete menos cuarto de la mañana y aterriza aquí a las diez y veinte. Me lo acaba de mandar él, con el número de vuelo y la terminal, y me ha preguntado si necesitamos que traiga algo de España.