Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La novia no estaba perdida

La recepción del Silver Coyote Motel era un cuarto de cuatro metros por tres con un mostrador de formica, un expositor de folletos de excursiones en helicóptero de mil novecientos noventa y algo y una televisión pequeña encima de una nevera, con el sonido tan bajo que solo se oía cuando alguien se callaba.

Detrás del mostrador había un hombre de unos sesenta años con gafas en la punta de la nariz y una lata de refresco a medio beber.

—Buenas noches —dijo, y no se levantó.

—Buenas noches. Buscamos a una mujer que se aloja en la doce.

—La española.

—La española.

—Está en el diner —dijo, y volvió la cara medio grado hacia la tele—. Lleva ahí desde las cinco. Se ve que le gusta el sitio, y no sé por qué, porque el café es malo.

Yo llevaba once horas montando doce versiones de aquel momento, y en once había una carretera cortada, un hospital o una llamada. En ninguna había un recepcionista diciéndome que mi mejor amiga llevaba dos horas y media en un diner y que el café era malo.

—¿Está bien? —dije, y me salió con una voz que no era la mía.

Hank Ottley me miró por encima de las gafas.

—Señora —dijo—, es un motel de carretera. Aquí la gente no está bien. Pero no está mal.

* * *

El Silver Spoon tenía nueve mesas, una barra con seis taburetes, un suelo de damero gastado hasta el gris y aire acondicionado. Olía a café quemado, a cebolla y a limpiacristales.

Había cuatro clientes: un matrimonio mayor con dos maletas, un chico con auriculares, y en el último reservado, junto a la ventana, de espaldas a la puerta, con una sudadera azul marino del Crown & Clover dos tallas grande y el pelo recogido con un boli, Inés Navarro.

Tenía delante una taza, un plato con media tostada, un vaso de agua, una libreta de espiral abierta y, en el borde de la mesa, apiladas y alineadas por tamaño, unas veinte servilletas de papel escritas por las dos caras.

Estaba escribiendo. No levantó la cabeza cuando entramos porque entró antes que nosotros una familia de cinco.

Leo se paró en seco a dos metros de la puerta, cerró los ojos una vez y cruzó el diner en seis zancadas.

Inés levantó la vista cuando ya lo tenía encima.

Y lo primero que le vi hacer a mi mejor amiga, en el mismo segundo en que reconoció a su hermano, fue taparse la cara con las dos manos.

—Ay, no —dijo—. No, no, no.

Leo la sacó del reservado tirándole de un brazo y la abrazó, y ella se dejó abrazar con los brazos caídos y la cara metida en la sudadera de su propio hermano, y estuvieron así ocho o nueve segundos, que en un diner de carretera es muchísimo.

Después él la soltó, la miró de arriba abajo como se mira un coche después de un golpe y dijo:

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Has dormido?

—Tres horas.

—¿Has comido?

—Leo.

—¿Has comido?

—He comido tres veces en este sitio, que es más de lo que como en Madrid.

Y entonces me vio a mí.

* * *

Nos quedamos mirándonos con la mesa por medio.

Yo había preparado dos frases en el coche y las dos eran buenísimas y no dije ninguna. Lo que salió fue:

—Hola.

—Hola —dijo Inés.

—¿Qué tal el café?

—Espantoso.

—Ya me lo han dicho en recepción.

Y ahí ya no supe seguir, y me di cuenta de que me temblaban las manos, cosa que no me pasa nunca, ni con un catering perdido en la M-40.

Inés miró la mesa, se apartó un poco y dijo:

—Sentaos.

Nos sentamos. Vino una camarera, preguntó si queríamos café, Leo dijo que tres y ella no volvió en once minutos, que es exactamente lo que yo habría hecho en su lugar.

—Vale —dijo Inés—. ¿Por dónde queréis empezar?

—Por el principio.

—El principio es aburrido.

—Inés.

—Es que es aburrido de verdad. —Cogió la taza con las dos manos—.

Se hizo de día mientras desayunaba, y fue muy bonito y duró dieciocho minutos, y a los dieciocho minutos me aburrí, que es una cosa que no le cuentan a una en las películas.

Después conduje hasta que dejé de ver la ciudad.

Llegué aquí a las nueve menos cuarto. Pedí una habitación.

El hombre me preguntó cuántas noches y le dije dos porque no se me ocurrió otra cosa.

A las once me volví a la ciudad a por el teléfono y no lo cogí.

Volví a las dos y dormí hasta las cinco. Y llevo desde entonces escribiendo.

—¿Escribiendo qué?

—Lo que pienso.

—¿Y qué piensas?

—Pues eso estoy averiguando, Vera —dijo—. Por eso hay veinte servilletas.

* * *

Y ahí se me pasó del todo el alivio, que había durado unos cuatro minutos, y llegó la otra cosa.

—¿Sabes lo que hemos hecho hoy? —dije.

—Me lo imagino.

—No te lo imaginas. Te lo voy a contar, porque lo tengo aquí ordenado y me lo sé.

—Vera —dijo Leo.

—No, déjame.

Y lo conté como cuento un cronograma, que es como cuento las cosas cuando estoy fuera de mí, y que es peor que gritar.

—Nueve y veinte de la mañana: me despierto, tu cama está hecha, tu bolso no está y hay una nota.

Nueve y cuarenta: llamo a tu hermano y le digo que faltas tú y su coche.

Once: alquilo un coche sin leer el contrato.

Once y veinte: casa de empeños. Averiguo que has empeñado el anillo de tu abuela.

Una y veinte: un diner en la otra punta de la ciudad, donde averiguo que has desayunado tortitas y has preguntado cómo se sale de la ciudad.

Dos menos cuarto: Carmen se derrumba y me cuenta cosas que llevaba seis meses sin contarme.

Dos y media: hay un vídeo tuyo circulando por internet en el que pides a gritos que tu novio venga a buscarte.

Tres y media: me llama Sergio desde Madrid y me pregunta dónde estás y no puedo contestarle.

Cuatro y cuarto: un mago callejero nos devuelve tu teléfono.

Seis menos veinte: vemos un vídeo de una capilla en el que sales tú, al fondo, apuntando el nombre de este motel a las dos y cincuenta y una de la madrugada.

Siete menos veinte: pinchamos una rueda en la ciento cincuenta y nueve. Siete y cuarenta: llegamos aquí.

Respiré.

—Han sido diez horas y veinte minutos —dije—. Y en las diez horas y veinte minutos yo no sabía si estabas en una cuneta.

Inés no me interrumpió ni una vez.

Cuando terminé, dejó la taza en el plato y dijo, muy tranquila:

—Dejé una nota.

—La nota decía «no me busquéis hasta que sepáis por qué me fui». Eso no es una nota. Eso es un acertijo.

—Dejé el pasaporte en la caja fuerte para que supierais que no me iba del país.

Le dejé el teléfono a un hombre en una calle llena de cámaras.

Le pedí a la mujer de la casa de empeños que os lo contara todo, todo, sin protegerme.

Le dije a la camarera del diner por dónde me iba.

—Fue levantando un dedo cada vez—. Y escribí el nombre de este sitio en una postal, delante de una cámara, en una capilla en la que tú estabas de pie a cuatro metros.

—¿Eso lo hiciste a propósito?

—A las tres de la mañana no se hace nada a propósito del todo. —Se pasó la mano por la cara—. Pero sí, Vera. Lo dejé todo puesto. Dejé un rastro que podría seguir una niña de ocho años. Lo que yo no quería no era que me encontrarais. Es que me encontrarais a las diez de la mañana.

* * *

—Podías haber hablado conmigo —dije.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no podía. —Y ahí Inés Navarro dejó de bromear, se echó hacia delante y apoyó los dos antebrazos en la mesa—. Vera, mírame. ¿Qué habría pasado si anoche, en la azotea, yo te digo «no quiero casarme dentro de tres semanas»?

—Te habría escuchado.

—Once segundos.

—Eso no es justo.

—Es exacto. —No levantó la voz—. Me habrías escuchado once segundos y a los doce ya estarías diciendo «vale, vamos a ver, tenemos margen, la finca tiene cláusula hasta cuarenta y cinco días antes, el catering se puede mover, a mi contacto de Boadilla lo llamo yo el lunes, con los invitados hacemos una comunicación conjunta y por lo de tu madre me encargo yo».

Y todo eso sería verdad, y sería útil, y sería lo mejor que me podría pasar dentro de dos meses.

—Pero.

—Pero yo no necesitaba una solución. Yo necesitaba saber qué quiero, y eso no lo puedo pensar contigo delante, porque tú piensas más rápido que yo y porque yo, desde los veintidós años, cuando tú empiezas a resolver, me callo y me dejo llevar.

Y me dejo llevar porque me quieres y porque casi siempre tienes razón.

—Cogió una servilleta del montón y la volvió a dejar—.

Llevo diez años dejándome llevar por gente que me quiere y que casi siempre tiene razón.

Sergio. Mi madre. Tú. Y un día te levantas con una boda de ciento ochenta personas y no te acuerdas de en qué momento dijiste que sí.

El diner siguió funcionando alrededor. La familia de cinco pidió cinco batidos. La camarera llegó por fin con tres cafés y se fue enseguida, que es lo que hay que hacer.

—Eso duele bastante —dije.

—Ya lo sé.

—No, quiero decir que duele y que es verdad, que es lo peor de las dos opciones.

—Ya lo sé —dijo Inés—. Llevo todo el día sabiendo que te iba a hacer daño y viniendo aquí a escribir en servilletas para no llamarte.

* * *

Leo llevaba callado seis o siete minutos, que en él no es raro, pero esta vez era otra cosa.

—Yo tengo una pregunta —dijo.

—Dime.

—¿Por qué mi coche?

—Porque era el único al que tenía llaves.

—Inés.

—Y porque sabía que ibas a poder localizarlo —dijo ella—.

Tiene un chisme del hotel debajo del salpicadero.

Me lo enseñaste tú presumiendo. Y conté con eso.

Y luego, a la media hora de salir, se me cayó el cargador, metí la mano por debajo y desenchufé algo, y no supe qué había desenchufado hasta las once de la mañana.

Leo cerró los ojos.

—O sea que la única parte del plan que iba a funcionar la rompiste tú.

—La rompí yo.

—Cojonudo.

—Ya. —Y por primera vez en toda la conversación Inés se rio, y fue una risa corta y avergonzada—. En mi descargo diré que en el minuto uno del plan yo también pensaba volver a las doce.

Y ahí llegó lo del mediodía, que era lo que yo tenía atravesado desde Fremont.

—Volviste —dije.

—Volví.

—Estuviste a veinte minutos de nosotras.