CAPÍTULO 16 #2
—Que veía mi vida entera. —Se giró y me miró de frente—.
Con veintiséis años. Veía los cuarenta y los cincuenta y los sesenta, veía el barrio, veía el ascensor, veía la comida de los domingos, y no era una vida mala.
Era buenísima. Era la de mi padre. Y una noche pensé que si me quedaba iba a vivir la vida que todos daban por hecha, y que a lo mejor iba a ser feliz, y que nunca iba a saber si la había elegido.
—Y te fuiste.
—Y me fui. —Cogió una piedrecita y la tiró a la carretera—. Y ocho meses después conocí a la única persona que me hizo dudar, y esa persona me hizo una lista de compañías telefónicas.
—Eso ha sido un golpe bajo.
—Ha sido un golpe.
* * *
Estuvimos un rato con eso.
Después le conté lo de Marcos, y se lo conté entero, que no se lo he contado entero a mucha gente.
Cuatro años. Arquitecto técnico, buena persona, cocinaba fatal y lo sabía.
Nos íbamos a casar en mayo del año pasado, en una finca de Colmenar que yo conocía porque había trabajado allí seis veces y sabía a qué hora daba el sol en el porche.
Tenía el cronograma hecho. Tenía tres presupuestos de catering y una lista de invitados con códigos de colores.
Y dieciocho meses atrás, un domingo por la tarde, en la cocina, Marcos dejó el cuchillo en la tabla y me dijo:
—Nunca sé si soy tu pareja o un proyecto que estás intentando optimizar.
—Y lo peor —dije— es que yo, en ese momento, me acuerdo perfectamente, pensé: eso es injusto y es un poco verdad. Las dos cosas a la vez. Y no dije ninguna de las dos, porque la única forma de contestar a eso era pedirle que se quedara y explicarle por qué, y a mí eso no me sale.
—¿Y qué dijiste?
—Le dije que tenía razón y le pregunté cómo queríamos gestionar lo de los depósitos de los proveedores.
Leo cerró los ojos un segundo.
—Joder, Vera.
—Ya.
—Eso es exactamente lo que me hiciste a mí.
—Ya lo sé. Llevo dieciocho meses sabiéndolo, y he tardado dieciséis en decírmelo con esas palabras.
—Cogí una piedra yo también, y no la tiré—.
Y hay una cosa peor todavía. Yo creía que no pedir era ser generosa.
De verdad lo creía. Me parecía elegantísimo.
No pedir, no exigir, no colgarse de nadie, arreglárselo una sola.
—No pedir no es no necesitar.
—No. —Tiré la piedra—. Es no necesitar en voz alta, que es más cómodo y sale carísimo.
* * *
Fue él esta vez.
Se giró, me quitó la carpeta de plástico de las manos y la dejó encima del capó, y lo hizo despacio y mirándome, que es la manera de dar tiempo a alguien a decir que no. Yo no dije que no. Yo me levanté.
El segundo beso no se parece nada al primero, y no porque hubiera menos ropa ni más manos, sino porque en el primero yo estaba demostrando algo y en el segundo ya no había nada que demostrar.
Acabé con la espalda contra la puerta del copiloto, que estaba caliente y que quemaba de verdad, y no me aparté.
Le noté la mano abierta en la cintura, por debajo de la camiseta, y la otra en la mandíbula, y el sabor a sal, porque los dos llevábamos cuatro horas sudando, y me pareció bien.
Le tiré del cuello de la camisa con las dos manos.
Alguien hizo un ruido y no sé cuál de los dos fue.
Duró lo que duran estas cosas cuando nadie las cronometra.
Y en algún momento, con la boca todavía en mi cuello, Leo se paró.
No se separó: se paró. Apoyó la frente en mi sien y se quedó ahí, respirando fuerte.
—Vera.
—Ya lo sé.
—Está a cuarenta y cinco minutos.
—Ya lo sé.
—Y lleva sin hablar con nadie desde las seis de la mañana.
—Que ya lo sé. —Le puse la mano en el pecho, y no fue un empujón, fue un apoyo—. Yo estaba pensando lo mismo. Iba a decirlo yo.
—Ibas a decirlo tú.
—Iba a decirlo yo. —Le solté la camisa y se la estiré, que fue un gesto ridículo—. Y quiero que quede constancia de que no paramos porque nos interrumpiera nadie.
—Que conste.
—Es importante.
—Es importante —dijo, y me miró con una cara que no le había visto nunca—. Nos vamos.
* * *
Hicimos los últimos cuarenta y ocho kilómetros a ochenta por hora, que en aquella carretera es ir andando, con la galleta naranja chillando por debajo y el sol metiéndosenos por el parabrisas hasta que se escondió detrás de la montaña de golpe, como quien apaga una luz.
A las siete y treinta y cinco pasamos un cartel de madera comido por el sol.
SILVER COYOTE MOTEL — 2 MILES — VACANCY
Y a las siete y cuarenta apareció a la derecha: una ele de doce habitaciones de una planta, tejado plano, paredes color crema, doce puertas azules numeradas, una máquina de hielo y un neón de coyote que a esa hora todavía no estaba encendido del todo.
Al lado, con luz amarilla dentro y las persianas subidas, un diner alargado con un cartel que decía THE SILVER SPOON.
Y delante de la habitación número doce, aparcado de morro, con una capa de polvo rojo hasta las ventanillas y el adhesivo cuadrado del aparcamiento de empleados en la luna trasera, estaba el Jeep Cherokee gris de Leo Navarro.
Frené en la grava.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos, y creo que fue porque llevábamos once horas buscando aquello y no habíamos preparado ninguna frase para el momento de encontrarlo.
—Está aquí —dije.
—Está aquí. —Leo se soltó el cinturón—. Y le he dejado el depósito casi vacío.