CAPÍTULO 16
Beso sin alcohol
Fue Carmen quien lo dijo, en el aparcamiento de la Lucky Chapel, a las seis y cuarto de la tarde, con cuarenta grados todavía y el asfalto blando.
—No vamos los cuatro.
—Vamos los cuatro.
—Vera, escúchame como profesional. —Se puso a la sombra del cartel—.
Son setenta kilómetros de ida y setenta de vuelta.
Yo llevo ocho horas de pie y dos noches de mierda, y hace media hora me he dormido en un semáforo, sentada.
Si me metéis en ese coche, llego allí y soy un bulto.
Y si a tu amiga le pasa algo, que no le pasa nada, prefiero llegar dentro de dos horas habiendo dormido cuarenta minutos que ahora mismo hecha una mierda.
—Está bien.
—Y hay otra cosa —dijo Lola—. Sergio.
—Sergio está en Madrid.
—Sergio está en un aeropuerto. —Levantó el móvil—.
Sergio ha dejado de contestar en el grupo hace cuarenta minutos, y la gente deja de contestar en los grupos cuando está facturando.
Y cuando ese hombre aterrice, alguien de este viaje tiene que estar en el hotel, con las llaves de la habitación, la ropa de Inés recogida y una versión ordenada de lo que ha pasado hoy.
Y esa persona no puede estar en el desierto sin cobertura.
Me quedé mirándolas a las dos.
Lo que me dio rabia —y lo digo porque es verdad y porque me lo tuve que tragar allí mismo, entre dos coches, con el sol pegándome en la nuca— fue que era exactamente lo que habría dicho yo. Repartir. Cubrir dos frentes. No mandar a todo el equipo al mismo sitio.
—Vale —dije—. Pero me llamáis cada media hora.
—Te llamamos cuando pase algo.
—Carmen.
—Cada hora —dijo Carmen—. Y tú también.
Lola ya estaba pidiendo el coche con el pulgar.
Llegó en seis minutos, un monovolumen negro conducido por un señor con una funda de ukelele en el asiento del copiloto, y las vi meterse dentro y salir hacia el este, y me quedé en un aparcamiento de una capilla temática con el hermano de la desaparecida, un Nissan blanco de alquiler y una llave de motel del número doce.
* * *
Charleston Boulevard hacia el oeste es un manual de geografía en veinticinco minutos.
Primero es ciudad: gasolineras, centros comerciales de una planta, un hospital, tiendas de neumáticos, palmeras plantadas por el ayuntamiento cada veinte metros con una precisión que aprobé en voz alta.
Luego se hace más ancho y más pobre en cosas.
Luego aparecen las urbanizaciones nuevas, todas del mismo color arena, con muros perimetrales y setos de plástico.
Y luego, de golpe, sin aviso, se acaban las casas.
Se acaban de verdad. Hay una última casa, un solar, y detrás de ese solar empieza un país entero de piedra roja y matorral gris que no tiene nada, y a lo lejos, a la izquierda, unas montañas rayadas de colores imposibles.
—Vale —dije—. Ahora entiendo lo de conducir hasta dejar de ver la ciudad.
—A la izquierda es Red Rock —dijo Leo—. La gente viene a hacer senderismo a las seis de la mañana. A partir de las once no hay nadie, porque se muere uno.
—Optimista.
—Realista. Se mueren dos o tres al año, de calor. La mayoría son turistas con una botella de medio litro.
Iba a ochenta y cinco por una carretera de dos carriles con la línea amarilla nueva y el sol bajando por delante, y eran las seis y media larga, y la luz había cambiado de blanca a naranja en once minutos.
Todo lo que hasta entonces había sido una plancha ardiendo se convirtió en una cosa preciosa.
No lo esperaba. Nadie me había avisado de que el desierto, hacia el final del día, se pone guapo.
El móvil de Leo se encendió en el hueco del cambio de marchas.
Lo miró de reojo. Yo también, porque iba conduciendo y aun así lo miré, y en la pantalla ponía Marlene Cho y debajo, en letra pequeña, la primera línea de un correo reenviado: …comité de apertura, martes 10:00, falta el informe de…
Le dio la vuelta al teléfono.
—¿No lo coges?
—No es una llamada. Es un recordatorio con educación.
—¿El informe del trimestre?
—El informe del trimestre.
—¿Y para qué es exactamente?
Leo miró por la ventanilla el kilómetro y medio de nada que teníamos a la derecha.
—Para una cosa del grupo en Europa —dijo—. Lo tengo que entregar el martes y no he escrito una línea.
—¿Te va a caer un puro?
—Marlene Cho no echa puros. Marlene Cho apunta.
Y se quedó callado el tiempo justo para que yo, que llevo once años leyendo a la gente por lo que no dice, archivara la frase entera en la carpeta de asuntos pendientes y siguiera conduciendo.
* * *
El pinchazo fue en el kilómetro dieciocho de la 159, a las siete menos veinte, y fue culpa mía en un sentido muy técnico.
Un camión venía de frente ocupando medio carril de más y yo me eché a la derecha, y en el arcén había un trozo de fleje metálico de esos que sujetan la carga de los palés, doblado en ángulo y de pie como una trampa.
Sonó a lata. Después, a doscientos metros, el volante empezó a tirar hacia la derecha y el coche a hacer un ruido de máquina de coser.
Paré en un ensanchamiento de grava, delante de un cartel marrón que anunciaba un mirador a nueve kilómetros.
Salimos los dos. Habían bajado cuatro grados: treinta y siete, que a las siete de la tarde en septiembre es lo que hay.
La rueda delantera derecha estaba deshecha por el flanco, con un corte de ocho centímetros por el que se veía la trama.
—Bueno —dije.
—Bueno.
—No se puede arreglar.
—No.
—Hay que poner la de repuesto.
—Hay que poner la de repuesto —dijo Leo, y ya estaba abriendo el maletero.
Miré el móvil. Una raya. La raya iba y venía como si estuviera pensándoselo.
—Podríamos llamar a la asistencia del alquiler —dije, y saqué la carpeta de plástico de la guantera, porque yo guardo los papeles del coche en una carpeta de plástico y me voy a morir haciéndolo—.
Página cuatro. Asistencia en carretera veinticuatro horas, un número gratuito y un tiempo estimado de respuesta de… noventa minutos en área metropolitana.
—Esto no es área metropolitana.
—No.
—Y son las siete menos cuarto de un viernes.
—Sí.
Cerré la carpeta.
—Cámbiala tú —dije—. Yo te leo el manual.
* * *
Y le leí el manual, y no fue una broma: fue lo mejor que podía hacer.
El manual del Nissan Sentra dedica once páginas a la rueda de repuesto y la mitad son advertencias.
Se lo leí entero, en voz alta, sentada de rodillas en la grava con la carpeta apoyada en el muslo, mientras él aflojaba las tuercas antes de levantar el coche, que es el orden correcto y que yo verifiqué.
—En cruz —dije.
—Ya voy en cruz.
—Pone en cruz.
—Vera, llevo cambiando ruedas desde los diecisiete años.
—Y yo llevo once años trabajando con proveedores que llevan haciendo su trabajo desde los diecisiete años. Lo digo por eso.
Se rio. Con la cabeza metida en el hueco de la rueda, sudando, se rio.
La de repuesto era una de esas galletas de emergencia, más estrecha que las otras tres, con una pegatina naranja que decía MAX 50 MPH y que convertía nuestros setenta kilómetros restantes en una hora larga.
Cuando terminó, tenía las manos negras y una raya de grasa en el antebrazo. Yo saqué del bolso las toallitas del neceser de urgencias, y él me miró como se mira un truco de magia.
—¿Llevas toallitas?
—Llevo toallitas, imperdibles, quitamanchas, tiritas, un cargador y unas tijeras pequeñas.
—¿En una despedida de soltera?
—Sobre todo en una despedida de soltera.
* * *
Nos sentamos en el arcén, en el lado de sombra del coche, que era una franja de metro y medio, con las piernas estiradas en la grava.
Delante teníamos la carretera vacía, la piedra roja y una luz que en veinte minutos había pasado por cuatro tonos distintos de naranja. Detrás, a cuarenta kilómetros, una ciudad que desde allí no se veía.
No pasó ni un coche en once minutos. Los conté.
—Mi padre habría estado insoportable aquí —dijo Leo.
Lo dijo sin preámbulo, mirando la montaña.
—¿Por qué?
—Porque le habría dado por explicar la roca. —Se limpió una mano en el pantalón—. Se compraba libros de cosas. Se compró uno de geología cuando fuimos a los Pirineos, en el noventa y ocho, y nos tuvo hora y media parados en un mirador contándonos qué era cada capa. Mi hermana lloró.
—¿Y tú?
—Yo tenía nueve años y quería un helado.
Me pasé la mano por la nuca, que la tenía empapada.
—Se llamaba Andrés —dije.
—Andrés. —Y me miró—. ¿Te acuerdas del nombre?
—Me acuerdo de todo, Leo. Ese es mi problema desde ayer a las tres y diez de la mañana.
Se rio con la nariz.
—Era jefe de mantenimiento de un colegio concertado —dijo—.
Treinta y un años en el mismo edificio. Cambiaba bombillas, arreglaba persianas y le tenía un cariño enfermo a la caldera.
Y por las noches, en la mesa del comedor, con una lámpara de arquitecto y una lupa de esas de diadema, arreglaba relojes.
—¿De verdad?
—De verdad. Le llevaban relojes los vecinos.
No cobraba. Decía que cobrar convertía una afición en un compromiso, que es la frase más útil que me ha dicho nadie y también la que más daño me ha hecho.
—Se apoyó en las manos, hacia atrás—. Tenía una caja de latón con doscientas piezas y un cuaderno cuadriculado donde apuntaba de quién era cada reloj.
Se murió un jueves a las siete de la tarde, en un pasillo del colegio, con una caja de fluorescentes en las manos.
Infarto. Cincuenta y ocho años. Hace once en marzo.
—Lo siento.
—Ya.
—No lo digo por decir. Lo siento.
—Ya lo sé. —Se miró la muñeca izquierda, que llevaba desnuda desde las dos y cuarenta de la madrugada, y se dio cuenta a la vez que yo—.
Y luego estuve catorce meses en Madrid arreglándolo todo.
La casa, los papeles, mi madre, mi hermana, el seguro, la mudanza a Alicante.
Y todo el mundo me decía qué bien lo llevas, qué apoyo eres.
Y a mí me estaba pasando una cosa que no le conté a nadie.
—¿Cuál?