Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Donde Vera miente

La Lucky Chapel de día era una decepción y un alivio.

Empujé la puerta y sonó el timbre de tienda, y ese sonido sí lo tenía guardado entero.

Dentro hacía diecisiete grados. Seis sillas de escay, un mostrador de melamina, un expositor giratorio de postales y aquel ambientador de vainilla que se te instala en la garganta y no se va.

Detrás del mostrador, con un chándal distinto al de la madrugada y el mismo moño perfecto, Mabel Singh estaba pasando cifras de un cuaderno a una hoja de cálculo.

Reconozco a una compañera cuando la veo.

—Buenas tardes —dijo, sin levantar la vista—. ¿Ceremonia, renovación de votos o recogida?

—Recogida.

—Nombre de la reserva.

—Navarro. O Ferrer. Pagó Ferrer.

Levantó la vista.

Y aquí viene una de las cosas que más me gustaron de aquel viaje, y la digo sin ironía: Mabel Singh nos reconoció a los cinco en dos segundos y no hizo ni un solo comentario. Ni una broma, ni una ceja, ni un «vaya, vaya». Miró y clasificó.

—Paquete Gold —dijo—. Ceremonia de las dos y veintiocho de esta madrugada. Vídeo digital, custodia treinta días. ¿Traen el sello?

—¿Qué sello?

—El de la muñeca. —Se quitó las gafas—. La copia se entrega al titular del sello o con documento y número de reserva. Es política de la casa desde que un señor de Wisconsin vino a por el vídeo de la boda de su hermano.

Me subí la manga izquierda.

Ahí seguía: un trébol azul de cuatro hojas de un centímetro en la cara interna de la muñeca, un poco corrido, catorce horas después, justo debajo de la correa de piel marrón del Seiko de un hombre muerto.

Mabel Singh se inclinó, lo miró con una atención administrativa y asintió.

—Válido —dijo—. Son veinticinco dólares por la copia física y cero por verlo aquí. ¿Qué quieren?

—Verlo aquí —dije.

—Sala dos.

* * *

La sala dos era la sala pequeña.

Diez bancos de madera clara con cojines de escay granate, un arco de flores de plástico rosas y blancas, dos candelabros eléctricos con las bombillas en forma de llama y un fondo de terciopelo azul con estrellitas cosidas a mano, algunas descosidas.

En una esquina, un carrito con una tele de sesenta pulgadas y un reproductor.

De día se veía el polvo. Se veían las flores de plástico con polvo en los pétalos, el terciopelo con una raya de sol atravesándolo, y una mancha de humedad en la esquina del techo con forma de Portugal.

Carmen se sentó en el primer banco. Lola en el segundo, con las piernas cruzadas y el móvil por primera vez boca abajo en el asiento. Leo se quedó de pie al lado de la puerta.

Yo me senté en el borde del tercer banco, que es donde me siento en todas las ceremonias que organizo: tercera fila, pasillo, para poder salir.

Mabel Singh metió una tarjeta de memoria, apretó dos botones y dijo:

—Treinta y un minutos. Los primeros nueve son el papeleo. ¿Se lo pongo entero?

—Entero.

—Muy bien. —Se puso las gafas—. Y les recuerdo, porque siempre hay alguien que pregunta a los tres meses: esto no es legal. Es ceremonial. Ceremonial only. Ustedes dos no están casados en ningún sitio del mundo, y si alguien les dice lo contrario, que me llame.

Y se fue a seguir con sus cifras.

* * *

Los primeros nueve minutos fueron efectivamente el papeleo, y fueron insoportables por otra razón: por cómo estábamos.

Se ve a cinco personas de espaldas y de lado, en un plano fijo desde la esquina, con esa luz de vídeo de vigilancia con color.

Carmen sentada con el bolso en las rodillas, las gafas de cerca puestas, leyendo la carta plastificada de paquetes como quien lee un informe de alta.

Lola de pie, dando saltitos pequeños. Inés al fondo, apoyada en la pared, con la chaqueta de punto beige y las manos en los bolsillos.

Y yo.

Yo me vi y no me gusté, y no por lo que dije: por cómo estaba. Estaba viva. Estaba hablando con las manos. Me reía con la boca abierta y la cabeza echada hacia atrás, que es una cosa que yo no hago, y tenía una energía de mujer de veinticinco años a las dos y media de la madrugada.

Tenía treinta y cuatro y llevaba dieciocho meses sin reírme así.

—Fíjate qué guapa estabas —dijo Lola bajito.

—Estaba borracha.

—Estabas contenta —dijo Carmen desde delante, sin girarse—. Es distinto. Yo veo borrachos todos los sábados y eso no es una borracha.

En el minuto seis se oye a Mabel Singh explicar los paquetes, y a Lola decir «astronauta», y el silencio de dos segundos y medio que yo recordaba y que en el vídeo dura exactamente dos segundos y medio, lo he cronometrado.

En el minuto ocho se me oye decir «Gold» y se oye a Lola gritar.

En el minuto nueve entra el astronauta.

* * *

Del astronauta hay poco que añadir a lo que ya sabíamos, salvo dos detalles nuevos.

El primero es que el traje le venía grande de piernas y le hacía andar como un buzo, y que al girarse enganchó el arco de flores con el hombro y una rosa de plástico blanca cayó al suelo y se quedó allí toda la ceremonia. Nadie la recogió. Sale en todos los planos, en la esquina inferior derecha.

El segundo es que era buenísimo.

Lo digo profesionalmente. He visto oficiar a doscientas personas: curas, jueces, alcaldes, maestros de ceremonias con auricular, cuñados voluntariosos.

Aquel hombre disfrazado de astronauta, con acento del sur y un guion plastificado, tenía tiempos.

Sabía dónde poner una pausa. Cuando dijo «matrimonio simbólico» por cuarta vez, lo dijo con la cadencia exacta de un chiste, y Carmen, en el vídeo, se dobló.

—Ese señor cobra doce dólares la ceremonia —dije—. Y hace más por esa gente que la mitad de los oficiantes que yo contrato.

—Tú te has puesto a valorar al astronauta —dijo Leo desde la puerta.

—Estoy trabajando.

—Estás huyendo.

—Estoy haciendo las dos cosas.

* * *

Y entonces llegaron los votos.

En el minuto diecinueve el astronauta dice que ha llegado el momento en que los novios expresen lo que sienten con sus propias palabras, y añade que puede pasar cualquier cosa, que es la frase más honrada de toda la ceremonia.

Leo va primero.

En la pantalla, Leo Navarro, con una camisa arrugada y doce horas sin afeitarse, se coloca delante de una mujer que tirita de frío en un vestido de tirantes en una capilla a diecisiete grados, y dice:

—Vale. Yo no prometo cosas.

Se oye a Lola: «uy».

—Es verdad, no las prometo. Llevo nueve años sin prometerle nada a nadie porque me parece que prometer es una manera de firmar por adelantado algo que no sabes si vas a poder pagar. Y me ha ido bastante bien. Tengo un piso, tengo un trabajo que se me da bien y no le debo nada a nadie.

Pausa. Se rasca la ceja.

—Y esta mujer se ha presentado esta tarde en mi vestíbulo con un itinerario de catorce páginas y me ha estropeado eso en seis horas.

Risas. La cámara tiembla un poco porque es Lola quien graba con el móvil de Carmen y Lola se está riendo.

—Así que no te voy a prometer nada. Pero te digo una cosa: llevo nueve años levantándome a las seis de la mañana y lo primero que hago es mirar la hora en un reloj que se adelanta.

Todos los días. Y todos los días pienso «va mal».

Y todos los días lo dejo igual. —Y ahí, en el vídeo, deja de sonreír—.

Eso es lo más parecido a una promesa que te puedo hacer.

Nadie dijo nada en la sala dos.

En la pantalla, la Vera de las dos y cuarenta y siete de la madrugada se mira la muñeca, donde ya está el Seiko, y se ríe con la nariz, y luego levanta la cabeza.

Y esto es lo que dijo, palabra por palabra, y lo he transcrito tantas veces que me lo sé mejor que mi número de cuenta:

—Yo organizo bodas. Cuarenta y una. He escrito votos para trece personas que no sabían qué decir y todos eran mejores que este, así que perdón.

Risa.

—A ver. Yo lo que hago es esto: cojo un día entero de la vida de dos personas y lo parto en cuadrículas de quince minutos para que no pueda pasar nada.

Y la gente cree que lo hago porque soy muy buena, y sí, soy muy buena.

Pero lo hago porque si sé lo que va a pasar a las siete y cuarto, entonces a las siete y cuarto no me puede doler nada.

En el vídeo se oye a Inés, muy bajito, decir «ay».

—Y tú eras la casilla vacía.

Pausa larga. Cuatro segundos. En una ceremonia de verdad, cuatro segundos son una eternidad; lo sé porque cronometro discursos.

—Contigo nunca supe qué iba a pasar, y eso me daba más miedo que perderte.

Y después, en un tono completamente distinto, como quien cierra una carpeta:

—Ya está. Que conste que esto no es legal.

Y el astronauta dice: «ceremonial only, honey», y Carmen se ríe con un ruido de cañería, y el vídeo sigue nueve minutos más con un baile ridículo y unos pétalos que no habíamos pagado.

* * *

Lola llevaba tres minutos sin decir nada, que en ella es una radiografía.

—Vera.

—Dime.

—Un trozo de eso lo grabé yo también. Con el mío. —Tenía el móvil otra vez en la mano y lo miraba sin encenderlo—. No con el de Carmen. Con el mío.

—Ya.

—Y lo subí esa noche.

—Ya lo suponía.

—Caduca esta noche. Se borra solo a las veinticuatro horas. —Se pasó la lengua por los dientes—. Bueno. Se borra de mi perfil.

—Lola.

—Que no lo tiene nadie, ¿eh? Que eso no lo ha visto nadie. Que aquello lo vieron mil doscientas personas a las tres de la mañana, que es como no verlo.

Y lo dejamos ahí, porque teníamos una amiga en un motel y porque las dos queríamos dejarlo ahí.

Mabel Singh paró la imagen desde la puerta, sin que se lo pidiéramos, en el minuto veintiocho.

—¿Quieren el resto? —dijo—. El resto es el baile.

—Espere. —Me levanté—. Vuelva atrás. Treinta segundos.

—¿Adónde?

—Al fondo. A la izquierda del arco.

Rebobinó.

Al fondo de la sala dos, en el banco del final, mientras yo hablaba de casillas vacías y una mujer disfrazada de nada se reía en el primer banco, Inés Navarro estaba sentada con una postal del expositor apoyada en la rodilla y un bolígrafo azul mordido.

No estaba mirando la ceremonia. Estaba escribiendo.

—Acérquelo.

—Es un vídeo de doscientos noventa dólares, señora, no es la NASA.

Lola ya estaba de pie con el móvil, grabando la pantalla y ampliando con dos dedos, y en aquel momento nadie le dijo nada, porque a veces sirve.

Se leía. Mal, granulado, del revés y con una luz espantosa, pero se leía, porque Inés tiene una letra grande y torcida de persona que escribe deprisa desde los quince años.

Dos palabras y una barra:

Silver Coyote / amanecer.

Y debajo, subrayado dos veces:

sola.

—Las dos y cincuenta y una de la madrugada —dijo Leo.

—Lo tenía decidido antes de pedirte las llaves —dije.

—Lo tenía decidido antes de que empezaras a hablar.

Carmen se puso de pie y se colgó el bolso.

—Bueno —dijo—. Pues ya sabemos que la novia no se ha perdido. La novia se ha ido.

* * *

Salieron los tres al mostrador a preguntar por la copia, y creo sinceramente que no fue casualidad.

Me quedé en la sala dos, delante de una pantalla congelada en la imagen de mi mejor amiga escribiendo una nota, con las flores de plástico llenas de polvo, el terciopelo azul y aquella rosa blanca caída en el suelo desde hacía catorce horas que nadie, ni siquiera yo, había recogido.

Leo se quedó en la puerta.

—No lo digas —dije.

—No iba a decir nada.

—Sí ibas. Ibas a decir algo con gracia sobre la casilla vacía.

—Vera. —Y se metió las manos en los bolsillos—. Llevo veinte minutos aquí de pie sin decir absolutamente nada.

Era verdad. Y esa era exactamente la parte insoportable.

Me levanté.

—Yo digo siempre que odio las sorpresas —dije—.

Lo digo en las reuniones, lo digo en las entrevistas, lo pongo en la web.

«Yo me dedico a que no haya sorpresas.» Y es mentira.

Me encanta que pasen cosas. Me lo paso bien cuando se cae un arco floral con doscientos invitados delante, me lo paso mejor que nadie, pregúntale a cualquiera que haya trabajado conmigo.

—Ya lo sé.

—Lo que no soporto no es la sorpresa. —Me estaba oyendo la voz muy clara y muy tranquila, y por dentro tenía las manos frías—.

Es no saber si la persona va a seguir ahí después.

Eso es. Ese es el trato entero. Yo puedo con un incendio, con una tormenta y con una novia que se escapa.

Con lo que no puedo es con levantarme un martes y no saber si sigues.

Leo no contestó.

Y no contestó de la manera correcta: no puso cara de nada, no dijo «Vera», no hizo el gesto de acercarse. Se quedó donde estaba, con la puerta abierta detrás, mirándome como quien espera a que termine una frase.

Y no bromeó.

Ese fue el problema. Si hubiera bromeado, yo me habría puesto el bolso al hombro y habríamos salido al calor de la calle a hablar de la carretera 159.

Crucé la sala dos.

Fueron cuatro pasos y los di despacio, y en el segundo todavía podía no darlo, y me acordé de que llevaba treinta y cuatro años viviendo dentro de ese medio segundo y de que la noche anterior lo había cruzado sin enterarme y no me había quedado nada.

Esta vez me quedó todo.

Le puse la mano en la mandíbula, que estaba caliente y raspaba, y lo besé.

Él no se movió durante un segundo entero —el suficiente para que yo pensara, con una nitidez horrible, «me he equivocado»— y después sí. Después me sujetó por la cintura con las dos manos y me apretó contra él, y me besó como quien lleva quince horas esperando a que le den permiso.

No fue un beso educado. Le noté la respiración, y el borde de la mesa del carrito de la tele en la cadera, y la mano derecha subiéndome por la espalda hasta la nuca, y en algún momento se paró un instante, muy cerca, para mirarme la cara, comprobar algo y volver.

Estaba sobria. Eran las seis menos cuarto de la tarde de un viernes.

Llevaba doce horas buscando a una mujer por el desierto, tenía el móvil al veintitrés por ciento, no había comido nada desde la una y veinte y me acordaba perfectamente de mi nombre, de mi número de reserva y de todas y cada una de las razones por las que aquello era una idea espantosa.

Y en el suelo, a medio metro, seguía la rosa de plástico.

Cuando nos separamos, Leo tenía la mano abierta en mi espalda y no la quitó.

—Vale —dijo.

—No digas vale.

—Es lo que dijiste tú anoche.

—Y me lo has echado en cara durante veinte kilómetros.

—Ya. —Me apartó un pelo de la cara con el pulgar y lo hizo fatal—. Ahora lo entiendo mejor.

Desde el mostrador llegó la voz de Mabel Singh, a través del tabique, con una claridad excelente:

—El paquete Gold no incluye el uso de la sala dos.