CAPÍTULO 14
La parte que Leo sí recuerda
Salimos de Fremont a las cuatro y media pasadas con un plan que cabía en cuatro palabras y que yo no pensaba explicar en voz alta hasta estar dentro del coche.
—¿Adónde vamos? —dijo Carmen, ya con el cinturón puesto.
—A la capilla.
—¿Por qué a la capilla?
—Porque es donde miento.
Nadie preguntó más, y eso, viniendo de aquel grupo, era una forma de piedad.
El Sentra llevaba tres horas al sol en un solar de tierra y abrirlo fue como abrir un horno a media cocción.
Puse el aire al máximo, saqué el coche marcha atrás entre una furgoneta y un contenedor, y a los cuatro minutos éramos cuatro personas y un hombre circulando por Las Vegas Boulevard en dirección sur con una llave de motel en el hueco de las monedas.
Carmen se durmió antes de la segunda manzana.
No exagero. La vi por el retrovisor: apoyó la cabeza en el cristal, cerró los ojos y desapareció con la eficacia de alguien que ha aprendido a dormir en salas de descanso con la luz encendida.
Llevaba treinta y una horas despierta, dos vuelos, una noche de karaoke, un derrumbe en un diner y un día entero de recepcionista de una crisis ajena, y su cuerpo tomó la decisión por ella.
Lola, detrás de mí, tenía los auriculares puestos y el móvil en horizontal. No estaba mirando vídeos: estaba trabajando. Cada tanto la oía hablar sola en voz baja, media frase, y luego el ruido de las uñas contra el cristal a una velocidad indecente.
—Estoy escribiendo a la cuenta esa —dijo, sin quitarse los auriculares, en el tono demasiado alto de quien no se oye a sí mismo—. Y a otras cuatro que lo han cogido. Perdón. ¿Hablo alto?
—Hablas alto.
—Vale. Perdón.
Y volvió a lo suyo.
Antes de arrancar le había ofrecido a Carmen el asiento de delante y me había dicho que no con la mano, sin abrir la boca, y se había metido detrás con el bolso de las medicinas en las rodillas como una mujer que se sube a un autobús de línea.
En once años yo nunca la había visto rechazar el asiento de delante.
La saqué de la lista mental de personas operativas y la puse en la de personas a las que hay que llevar a algún sitio.
Así que, técnicamente, íbamos cuatro en el coche. En la práctica íbamos dos, y eso no lo había planificado nadie.
* * *
Conduje ocho minutos en silencio, que en mí es mucho.
Leo iba con la llave verde entre los dedos, dándole vueltas por el llavero, y el sol de las cinco menos cuarto le daba en la mitad de la cara.
—Suéltala —dije—. Vas a rayar el salpicadero de un coche que he alquilado sin leer el contrato.
—Tú no has alquilado un coche sin leer un contrato en tu vida.
—Esta mañana sí.
Dejó la llave en el hueco.
Y yo, que llevaba desde las nueve y veinte de la mañana reconstruyendo la noche de todo el mundo, decidí que ya era hora de reclamar la mía.
—Quiero que me cuentes lo que recuerdas.
—Te lo he contado.
—Me has contado lo de mi hermana, me dijiste. Me has contado el garaje, las llaves y la sudadera. —Cambié de carril—. Quiero la otra parte.
—¿Qué otra parte?
—Leo.
Y ahí hizo una cosa muy suya: se giró un poco hacia la ventanilla, como si le interesara mucho un concesionario de coches usados.
—¿Ahora?
—Ahora vamos a ver un vídeo de una capilla en el que salgo yo diciendo cosas que no sé. —Puse el intermitente—. Prefiero llegar informada.
—Muy tú.
—Sí, muy yo. Llevo todo el día siendo muy yo y de momento hemos encontrado un anillo, un desayuno, un mago y un teléfono. Cuéntamelo.
Tardó tanto en empezar que llegué a pensar que no lo iba a hacer.
* * *
—Me besaste tú —dijo.
—Eso lo sé.
—¿Lo sabes o te lo han contado?
—Lo sé. —Miré al frente—. Tengo el medio segundo de antes. Es de las pocas cosas que tengo enteras.
—Vale.
—Sigue.
—Fue a las tres y diez —dijo—. En la acera, delante de la lavandería. Carmen estaba parando un taxi y Lola se estaba riendo sola con el vídeo, así que técnicamente hubo dos testigos y ninguno miraba.
—¿Y después?
—Después Carmen paró el taxi.
—Leo.
—Después nos fuimos los cinco al hotel, y Carmen se durmió en el coche, e Inés habló sola por teléfono con nadie. —Se pasó la mano por la mandíbula—. Y en el vestíbulo mi hermana me pidió las llaves y yo se las di, y ya sabes cómo sigue eso.
—Y luego.
—Y luego nos quedamos tú y yo en el Green Room.
Adelanté a un autobús turístico de dos pisos con la baca llena de gente roja.
—¿Cuánto tiempo?
—Cincuenta minutos —dijo Leo—. De las cuatro menos veinte a las cuatro y media pasadas.
Lo sé porque a las cuatro y doce mi hermana subió a hacer el número del vaso de agua y nosotros estábamos sentados en la esquina de la barra, y porque a las cuatro y media entró el de mantenimiento a pasar la máquina y nos echó.
—Cincuenta minutos.
—Casi una hora.
—¿Y de qué se habla durante casi una hora a las cuatro de la mañana?
Y entonces Leo Navarro se giró y me miró de frente por primera vez desde Fremont, y se le fue el sarcasmo de la voz igual que se apaga un cartel.
—De nosotros —dijo—. De qué pasó. De por qué no pasó. De lo que hicimos mal cada uno y de lo que llevábamos nueve años sin decirnos. Estuviste mucho rato hablando tú. Yo hablé al final.
Miré la carretera. Cuatro carriles, palmeras plantadas cada veinte metros, un cartel de un espectáculo de magia con un hombre que no era Theo.
—¿Y qué dije?
—Dijiste muchas cosas.
—Dime una.
—Te quitaste un zapato.
—Eso no es una cosa que dije.
—Es lo primero que pasó. —Leo se apoyó en el reposabrazos—.
Te sentaste en el taburete de la esquina, te quitaste el zapato izquierdo, lo dejaste en el suelo y te pasaste cincuenta minutos con un pie descalzo encima del travesaño.
El camarero se llamaba Aarón, es de Reno, entra a las diez y termina a las cinco y nos puso dos vasos de agua sin que se los pidiéramos porque lleva nueve años poniendo vasos de agua sin que se los pidan.
Había una pantalla al fondo con un partido de béisbol de la costa este en repetición.
Y estaban recogiendo, así que la música ya la habían quitado y se oía la máquina de hielo.
Yo escuchaba aquello como se escucha el parte de una obra ajena.
Porque eso es lo que tiene el hueco, y me costó cuatro meses explicármelo: no es negro.
No hay una cortina. Es que sencillamente no está, igual que no está la habitación de un hotel donde no te has alojado.
Y otra persona puede venir y describírtela con los muebles, la moqueta y la máquina de hielo, y tú puedes creerla entera, y sigue sin ser tuya.
—Sigue —dije.
* * *
—Dijiste que había sido la única cosa no planificada de tu vida que todavía lamentabas perder.
Lo dijo así, sin adornarlo, mirando al frente, con el tono de alguien que ha repetido una frase dentro de la cabeza tantas veces que ya la puede decir sin que le pese.
Yo tenía las dos manos en el volante y noventa y cinco kilómetros por hora en el salpicadero y un semáforo en verde a doscientos metros, y aun así, durante un segundo entero, no supe si estaba conduciendo.
—Vale —dije.
—¿Vale?
—Vale, ya lo sé.
—¿Ya lo sabes?
—Que sí, que lo he oído.
Leo se rio, pero no fue una risa.
—Esto es exactamente lo que hiciste después.
—¿Qué?
—Decir vale. —Se giró hacia mí en el asiento, todo lo que se puede girar un hombre de metro ochenta y cinco con el cinturón puesto—.
Lo dijiste, y a los tres segundos estabas explicándome que a esas horas todo el mundo dice cosas raras y que al día siguiente uno se levanta y se le pasa. Con esas palabras. «Se te pasa.»
—Estaba borracha.
—Estabas espabilada. —Levantó una mano medio palmo, la típica que utiliza para que no le interrumpan y que a mí me pone de los nervios porque funciona—.
Estabas cansada, habías bebido, sí. Pero llevabas dos horas con agua.
Contestabas rápido, te acordabas de nombres, me corregiste una fecha.
No estabas borracha. Estabas sin armadura, que es distinto y dura menos.
—Muy bonito.
—No es bonito. Es lo que pasó.
* * *
Íbamos por Charleston hacia el oeste sin haberlo decidido, porque la Lucky Chapel estaba en una calle transversal y porque, sin darme cuenta, había cogido la dirección que aquella mañana había cogido Inés. Eso lo pensé después.
—¿Y tú qué dijiste? —pregunté—. Al final. Cuando te tocó.
—Te dije que yo también.
—¿Que tú también qué?
—Que tú también eras eso —dijo Leo—. Y luego te pregunté por qué no me lo habías dicho hace nueve años.
—¿Y qué contesté?
—Que no te acuerdas de eso es exactamente el problema, Vera.
Lo dijo sin levantar la voz. Leo no levanta la voz nunca; es lo peor que tiene.
—Perdona —dije, y me salió el registro que me sale cuando me hacen daño, que es el de las reuniones difíciles con proveedores—. Perdona, ¿estás enfadado conmigo por no recordar una conversación?
—Sí.
—Eso es absurdo.
—Ya lo sé que es absurdo. Llevo desde las diez de la mañana sabiéndolo.
—Se pasó la mano por la nuca—. Yo tuve esa conversación, Vera.
Yo estuve allí las dos veces. Tú tuviste una hora conmigo y para mí fue la primera hora de verdad en nueve años, y me he pasado el día viéndote hablar con una mujer de una casa de empeños, con una camarera y con un mago para reconstruir la noche de mi hermana, y ni una sola vez me has preguntado por la nuestra hasta ahora.
—Estaba buscando a Inés.
—Ya lo sé. Y por eso no te lo he dicho. Pero no me pidas que además me parezca bien.
Detrás, Carmen se movió en sueños y se le cayó la cabeza hacia el otro lado.
Lola se quitó un auricular.
—Perdonad —dijo—. ¿Estáis discutiendo o estáis de lo otro?
—Estamos discutiendo.
—Vale. —Se lo volvió a poner. Y luego se lo quitó otra vez—. Es que si es de lo otro me bajo en la próxima gasolinera y me pido un coche.
—Lola.
—Que lo digo por vosotros.
Y volvió a su guerra particular con un señor de Manchester y una carpeta.
* * *
—Vale —dije—. Pues ya que estamos.
—Ya que estamos.
—Tú te fuiste.
—Me fui.
—Un jueves. Me lo dijiste en la plaza de Olavide, sentados en un banco, con un helado que ni siquiera querías. Me dijiste que te habían ofrecido dos años en Chicago y que empezabas en septiembre. —Reduje en un semáforo—. Y tenías el billete comprado.
—Tenía el billete comprado.
—Me lo contaste como quien cuenta una noticia. No como quien pregunta.
—Y tú me dijiste «qué bien».
—Es que estaba bien.
—Vera. —Y ahí sí, ahí subió medio tono, que en él es un grito—.
Yo tenía veintisiete años y llevaba dos meses durmiendo en tu casa.
Te dije que me iba a otro continente y me contestaste «qué bien, es una oportunidad buenísima» y te pusiste a hacerme una lista de cosas que tenía que mirar.
Compañías de teléfono. Seguro médico. Me hiciste una lista.
—Te ayudé.
—Me despediste.
Cambió el semáforo. Arranqué mal.
—Y tú no me pediste que me fuera contigo —dije.
—No.
—Ni una vez. Ni de broma, ni a las cuatro de la mañana, ni en el aeropuerto.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me habrías dicho que no —dijo Leo—. Y prefería no saberlo.
—Pues yo prefería que me lo preguntaras.
—Ya.
—No, escúchame. —Iba a ochenta por una avenida donde se puede ir a ochenta y aun así noté que iba deprisa—.
Yo estaba esperando. Ese es todo mi papel en esta historia, Leo, y no me deja en buen lugar.
Yo estaba esperando a que tú dijeras «quédate» o «vente», cualquiera de las dos, y tenía preparada la respuesta a las dos, y me pasé un mes entero esperando una pregunta que no llegó.
Y cuando te fuiste decidí que si no la habías hecho era porque no la sentías.
—Y yo decidí que si no me lo pedías era porque no te importaba.
—Pues los dos decidimos fatal.
—Los dos decidimos fatal —repitió.
Y por primera vez en todo el día no había ninguna otra cosa que resolver.
Estuve un rato ordenándolo mentalmente, porque es lo que hago, y lo ordené así: siete semanas.
Aquello duró siete semanas y tres días, de finales de mayo a mediados de julio, y durante ese tiempo yo tenía veinticinco años, un contrato de becaria en una agencia de eventos de la calle Velázquez y la certeza absoluta de que las cosas importantes se anuncian con antelación.
Después él se fue a Chicago, luego a Las Vegas, y durante los primeros cuatro meses nos escribimos setenta y ocho correos que todavía existen en una carpeta que no he abierto desde dos ordenadores atrás.
El setenta y ocho lo escribí yo. Tenía cuatro líneas y hablaba del tiempo.
—Yo no me porté mal contigo —dije.
—No.
—Ni tú conmigo.
—No.
—Es peor, ¿verdad?
—Es muchísimo peor —dijo Leo—. Si uno se hubiera portado mal, tendríamos una historia. Lo que tenemos es un trámite que no hicimos.
* * *
Circulamos un rato largo sin hablar, que no es lo mismo que callarse: el aire acondicionado hacía ruido, Lola tecleaba, Carmen respiraba fuerte y la ciudad iba pasando por la ventanilla en forma de gasolineras, capillas, casas de empeños, farmacias y sitios de tatuajes, en ese orden, que es el orden natural de las cosas en aquella avenida.
—Una pregunta —dije al final.
—Dime.
—Anoche, en el Green Room. ¿Me lo preguntaste?
—¿El qué?
—Lo de hace nueve años. La pregunta que no me hiciste entonces.
Leo tardó.
—No —dijo.
—¿Por qué no?
—Porque eran las cuatro y media de la mañana y porque no quiero preguntarte nada que no puedas contestar sobria.
Vi la Lucky Chapel a trescientos metros, a la izquierda: el edificio bajo y blanco, el neón rosa apagado a plena luz, la lavandería de al lado con la puerta abierta y una señora sacando una bolsa de la secadora. De día parecía lo que era, que es una nave pequeña con un cartel caro.
Puse el intermitente.
—Nos vamos a ver ahí dentro diciendo tonterías delante de un astronauta —dije—. Que quede claro que no cuenta nada de lo que salga en ese vídeo.
Y Leo, con la mano ya en la manilla de la puerta, sin mirarme, con el coche todavía en marcha, dijo:
—Lo peor no es que no lo recuerdes, Vera. Lo peor es que sobria sigues fingiendo que no lo dirías.
Aparqué.
Detrás, Carmen abrió un ojo, miró la fachada rosa y dijo, con la voz destrozada de las personas que se despiertan en el sitio equivocado:
—Ay, no. Otra vez aquí no.