Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El mago, la llave y el teléfono

Estoy mirando vuelos.

Cuatro palabras. Las leí tres veces por si en la tercera decían otra cosa.

—Vale —dijo Carmen—. Pues ya está. Ya tenemos novio en camino.

—Todavía no ha comprado nada.

—Vera, un hombre que escribe «estoy mirando vuelos» ya ha comprado el vuelo. Lo escribe después, para que parezca que lo ha consultado con alguien.

Estábamos las cuatro y Leo debajo de la marquesina de Fremont Street, que es un techo de trescientos metros con una pantalla apagada durante el día, música a un volumen que impide pensar y una temperatura que baja de treinta y ocho a treinta y cinco y te hace creer que estás en un sitio fresco.

Debajo de aquel techo había ochocientas personas, un carrito de michelada, dos tiendas de camisetas y ni un solo lugar donde sentarse que no costara dinero.

Lola tenía el móvil pegado a la cara y el ceño de alguien leyendo un contrato.

—Me ha contestado.

—¿Quién?

—El mago. Me ha contestado el mago. —Levantó la pantalla—. Me ha escrito: «Depende de qué quieras que aparezca».

—¿Qué significa eso?

—Que es un artista —dijo Lola—. Y que le he escrito desde una cuenta con noventa mil seguidores preguntando por su disponibilidad. Cree que le voy a contratar.

—Dile que no.

—No le voy a decir que no, le voy a decir que estoy en Fremont ahora mismo.

Escribió durante ocho segundos. El teléfono vibró casi en el acto.

—Dice que hace un pase gratis los viernes a las cuatro, en la esquina de debajo del cartel del vaquero. —Lola levantó la vista—. Dice que es su ensayo. Que cobra a las siete y ensaya a las cuatro.

Miré el reloj de Leo. Las cuatro menos siete minutos, que en la práctica eran las cuatro menos nueve, porque el Seiko de Andrés Navarro llevaba desde mil novecientos ochenta y algo adelantando dos minutos al día como una promesa.

—Está aquí —dije.

—Está aquí desde hace media hora, seguramente. Los magos no llegan, aparecen.

—Lola.

—Perdona. Es que llevo desde las diez de la mañana teniendo un día muy raro.

* * *

Theo Cruz medía un metro noventa, tenía unos treinta y muchos y llevaba una chaqueta de lentejuelas azules encima de una camiseta blanca, pantalón negro y unas zapatillas que habían visto cosas.

La chaqueta, de cerca, era una prenda cansada: le faltaban lentejuelas en el codo izquierdo y se le notaba el hilo.

Trabajaba con una mesa plegable, un pañuelo rojo y quince personas en semicírculo, de las cuales once eran una familia de Ohio.

Hizo tres trucos. El primero fue malo. El segundo fue bueno.

Y el tercero, que consistió en devolverle a una niña de nueve años un billete de un dólar que ella había firmado con boli y que apareció dentro de una naranja que un señor llevaba veinte minutos sosteniendo sin saber por qué, fue tan bueno que un hombre a mi lado dijo en voz alta «no way» y se quitó la gorra.

Cuando terminó, dio las gracias en tres idiomas, señaló un sombrero en el suelo y dijo que las propinas eran voluntarias y la gratitud obligatoria.

Nos acercamos los cinco a la vez, que fue un error de planteamiento por mi parte, porque cinco personas acercándose a la vez a alguien es una detención.

Theo nos vio venir y no se movió. Empezó a doblar el pañuelo rojo en cuadrados cada vez más pequeños.

—Ustedes no quieren magia —dijo.

—No.

—Pues llegan tarde, porque es lo único que vendo.

—Buscamos a una amiga —dije—. Se llama Inés Navarro. Estuvo anoche en el Neon Moon y le dio a usted su teléfono.

Y entonces Theo Cruz hizo algo que no esperaba: dejó de doblar el pañuelo, se lo metió en el bolsillo y nos miró uno por uno, despacio, como si estuviera contando cabezas en una excursión.

—¿Cuál de ustedes es el hermano?

Leo levantó la mano medio palmo.

—Yo.

—¿Cómo se llama su madre?

—Pilar.

—¿Y qué le dijo ella de usted?

Leo tardó un segundo.

—Que su hermano tiene la manía de aparecer.

Theo asintió una vez, con una solemnidad de notario, y se agachó a coger la bolsa de deporte que tenía debajo de la mesa.

—Correcto —dijo.

* * *

Lo primero que sacó fue el teléfono.

Estaba dentro de un calcetín. Un calcetín limpio, doblado, gris. Sacó el teléfono del calcetín, se guardó el calcetín, y sostuvo el móvil de Inés en la palma abierta sin dárnoslo.

—Tiene el once por ciento —dijo—. Lo he cargado dos veces con mi cargador, que no es mi obligación. Y suena. Suena todo el rato. Suena como un despertador de hotel. ¿Saben que ese teléfono habla a gritos?

—Tiene el altavoz roto —dije.

—No está roto. Está poseído. —Lo giró para que viéramos la pantalla, apagada—.

Llevo desde las seis de la mañana con un aparato que grita en español dentro de mi bolsa.

Hace una hora, aquí, en mitad del segundo truco, ha empezado a sonar y una señora de Oklahoma ha pensado que formaba parte del número. Le he dicho que sí. Han aplaudido.

—Deme el teléfono —dijo Leo.

—Un momento.

—Ese teléfono es de mi hermana.

—Ya lo sé, y por eso se lo voy a dar, y por eso no se lo voy a dar corriendo. —Theo dejó el móvil sobre la mesa plegable, boca abajo, con la mano encima—. Su hermana me pidió una cosa muy concreta. Yo cumplo lo que me piden. Es lo único que tengo. Escúchenme treinta segundos y luego se lo llevan.

Y ahí, con dos mil personas pasando por detrás, un mago callejero de Las Vegas nos contó la parte de la noche que ninguno de nosotros tenía.

* * *

—Las seis menos cuarto de la mañana —dijo—.

Yo estaba en el solar de Fremont East, el de la valla, al lado de la casa de empeños, sentado en el bordillo esperando a que abriera el sitio donde desayuno.

Ella llega conduciendo un Jeep gris, aparca fatal, saca una mochila del maletero y me ve.

Y me reconoce, porque yo había estado trabajando en su local.

Se me acerca y me dice: usted es el mago.

—Sí.

—Y me dice: ¿usted guarda cosas?

Llevábamos toda la mañana peleándonos con once minutos de vídeo granulado de aquel solar y una marca horaria que iba media hora larga. Aquel hombre acababa de darnos la hora buena en cuatro palabras y sin que se lo pidiéramos.

Theo levantó las cejas para señalar que él tampoco lo había entendido a la primera.

—Yo le contesto: señora, yo hago desaparecer cosas, que no es lo mismo. Y ella se ríe. Se rio bien, no de mentira. Y entonces me da el teléfono y me dice: no me lo devuelva hasta las doce del mediodía. Ni aunque se lo pida. Ni aunque llore.

—¿Y usted lo cogió? —dijo Carmen—. ¿Sin más?

—Le dije que no cuatro veces.

—¿Y a la quinta?

—A la quinta me dijo por qué. —Theo se ajustó el puño de la chaqueta—.

Me dijo: si tengo esto encima esta noche, voy a llamar a un hombre a las cinco de la mañana y le voy a decir que sí a una cosa muy grande solo para que deje de sonar.

Y yo llevo doce años en esta calle, señora.

Yo he visto a gente llamar a las cinco de la mañana.

Nadie dijo nada. Detrás de nosotros, la megafonía anunció algo con mucho entusiasmo.

—Le pedí un número de contacto de otra persona.

Me dijo que no. Le pregunté si estaba en peligro.

Me dijo que no y me lo dijo mirándome a los ojos, y eso se nota.

Le pregunté si iba a conducir. Me dijo que no en dos horas.

—Theo se encogió de hombros—. Yo no soy su padre.

Le cogí el teléfono y le dije: a las doce en punto, aquí, en esta esquina.

Y a las doce en punto yo estaba en esta esquina.

—A las doce —repetí.

—Del mediodía. Hoy. —Miró el reloj de plástico que llevaba—. Hace cuatro horas y veinte minutos.

Lo entendí antes de que terminara la frase y fue como bajar un escalón que no estaba.

—¿Vino?

—Vino —dijo Theo Cruz.

* * *

Vino a las doce.

Aparcó, según Theo, en el sitio de siempre, que es el peor sitio de Fremont, cruzó la calle, llegó tres minutos tarde y con cara de haber dormido poco y de haberlo decidido de todas formas.

Llevaba una sudadera azul marino con el trébol del Crown & Clover en el pecho y unas gafas de sol nuevas, de gasolinera.

Theo sacó el teléfono del calcetín y se lo tendió.

E Inés no lo cogió.

—Estuvo tres o cuatro segundos mirándolo —dijo Theo—. Y me dijo: ¿le importa quedárselo un poco más? Y yo le dije: señora, esto no es una consigna. Y ella dijo: ya lo sé.

Sacó de la bolsa la segunda cosa.

Era una llave. Una llave de verdad, de metal, con un llavero de plástico verde en forma de rombo, gastado por los bordes, con letras blancas por una cara y un número por la otra.

La puso en la mesa plegable, al lado del móvil, y le dio la vuelta con el índice para que leyéramos.

SILVER COYOTE MOTEL

Y debajo, en el otro lado: 12.

—Me dijo que le guardara esto —dijo Theo—. Textualmente: guárdemela usted, por si me arrepiento. Y le pregunté qué significaba eso, porque yo pregunto, y me dijo que si volvía a por la llave era que se había rajado.

Leo cogió la llave antes que yo. La sostuvo un momento y la dejó otra vez en la mesa, como si le quemara menos allí.

—¿Y volvió? —dije.

—No.

—¿Y a dónde fue?

—A su coche.

—¿Y le dijo algo más?

Theo Cruz se lo pensó de verdad. Se veía que se lo estaba pensando: movió la boca hacia un lado, miró al techo apagado.

—Me dijo gracias —contestó—. Y me dijo que si venía alguien preguntando, que se lo contara todo. Eso lo dijo así, con esas palabras. «Cuénteselo todo, no me protejas.»

Y entonces se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y me dio a mí, que era la que estaba más cerca, un billete de veinte dólares doblado por la mitad.

—¿Y esto?

—Es para el del cubo —dijo—. Del bordillo de allí. Dénselo ustedes, que si se lo doy yo me va a hablar.

* * *

Nos apartamos a la única franja de sombra útil que había, entre una tienda de imanes y una salida de incendios, y encendí el teléfono de Inés con el once por ciento y el sol dándome en la pantalla.

Pidió el código.

—Cero, ocho, uno, cuatro —dije.

Leo me miró.

—¿Sabes su código?

—Se lo pongo yo cuando pido taxis. Lleva ocho años con el mismo. Se lo he dicho tres veces.

—¿Qué es?

—El día que murió su abuela.

Leo no dijo nada. Yo tampoco dije lo evidente, que era que el hermano no lo sabía y la amiga sí, y que a veces eso no significa nada y a veces significa todo.

La pantalla se abrió y el teléfono empezó a hacer lo que llevaba once horas haciendo: escupir.

Cuarenta y una llamadas perdidas de Sergio. Diecinueve de Lola. Nueve de Carmen. Siete mías. Dos de un número de España que era el despacho. Ochenta y tres mensajes en el grupo de la boda, que era un grupo de veintidós personas donde alguien seguía preguntando por el color de las sillas.

—Madre mía —dijo Lola por encima de mi hombro—. Yo no le he llamado diecinueve veces.

—Diecinueve.

—Es que unas cuentan como media.

Fui a las notas. Es lo primero que miro siempre, porque en once años organizando bodas he aprendido que la gente miente en los mensajes y no en las notas.

Había una del día anterior a las 04:33. Sin título. Cuatro líneas.

Vera:

Si te da por buscarme —y te va a dar—, no empieces por la policía.

Empieza por donde Vera miente.

Y no te enfades hasta que lo entiendas.

La leí dos veces con el sol quemándome el dorso de la mano.

—¿Qué pone? —dijo Carmen.

—Que soy previsible —dije.

* * *

La grabadora de voz tenía catorce archivos. Trece eran de reuniones del despacho, con nombres tipo «vista 3 sept» y «llamada Amparo Ruiz», y duraban entre nueve y cuarenta minutos.

El decimocuarto se llamaba «nueva grabación 14», estaba fechado a las 04:31 y duraba veintidós segundos.

Le di al triángulo sin pensarlo, que fue mi segundo error de la tarde, porque el móvil de Inés Navarro no tiene volumen intermedio.

La voz de mi mejor amiga salió a todo trapo por encima de la música de la marquesina, en español, en mitad de Fremont Street, y dos chicos con gorra se giraron a mirar.

—Sergio. Sergio, esto no es… A ver. Empiezo otra vez.

Un ruido de tela. Un coche pasando por detrás.

—No quiero dejarte. ¿Vale? Eso primero, que lo vas a entender mal. No quiero dejarte. Quiero dejar de hacer cosas porque toca.

Tres segundos de nada. La respiración de alguien preparando la frase siguiente.

—Y no sé decírtelo sin que suene a que…

Corte.

Veintidós segundos. Sin enviar. Guardado en un teléfono que ella le puso en la mano a un desconocido hora y cuarto después, para no poder mandarlo nunca.

Nadie habló durante un rato largo. Lola se apretaba el codo con la otra mano. Carmen miraba el suelo de hormigón pintado. Leo se había quedado de espaldas, mirando hacia la calle, con las manos en los bolsillos, en la postura exacta que tenía en la casa de empeños mientras su hermana firmaba.

—Vale —dijo Carmen al fin—. Pues no se ha ido por otro tío, no se ha vuelto loca y no está en un problema. Está haciendo terapia a doscientos por hora sin terapeuta.

—Eso es lo que me preocupa —dije.

—A mí lo que me preocupa es que lleva treinta y seis horas despierta y ha dormido menos que yo, y yo he dormido cinco horas en el suelo de una suite.

Volví a poner el audio. Lo volví a poner porque necesitaba oír la parte del final, la que se corta, para saber si se cortaba porque se le acabó la idea o porque alguien entró.

Se cortaba porque ella lo paró. Se oye el dedo.

* * *

Fue Lola la que encontró la foto, y la encontró por deformación profesional, que es la única deformación de este grupo que ha servido para algo.

—A ver —dijo—. Ese hombre publica poco, pero publica. Y hoy ha publicado.

Se acercó a Theo, que estaba recogiendo la mesa plegable, y le pidió el teléfono con una naturalidad de guardia civil. Theo se lo dio.

En la cuenta de The Great Theo había una foto subida a las 12:14 del mediodía. Él en el centro, con la chaqueta de lentejuelas, un pulgar arriba y una familia numerosa alrededor. Pie de foto: thank you Salt Lake City. Once me gusta.

—Mira el fondo —dijo Lola.

Amplió con dos dedos.

Detrás de la familia estaba la calzada. Detrás de la calzada, un semáforo.

Y parado en el semáforo, desenfocado pero entero, con el sol dándole en el parabrisas y el intermitente izquierdo puesto, había un Jeep Cherokee gris con una barra de techo y un adhesivo cuadrado en el ángulo inferior derecho de la luna trasera.

Leo se acercó a la pantalla, la miró tres segundos y dijo:

—Es mío.

—¿Seguro?

—El adhesivo es el pase del aparcamiento de empleados. Lo renuevan en enero y son de color distinto cada año. —Se enderezó—. Y ese es el cruce de Las Vegas Boulevard con Charleston.

—¿Y?

—Y va con el intermitente puesto para girar al oeste. —Leo miraba la foto como quien lee una hoja de ruta—. Charleston al oeste son quince kilómetros de ciudad, luego se acaban las casas y se convierte en la ciento cincuenta y nueve.

Lola bajó el teléfono.

Yo me quedé con la llave verde en la mano, con el número doce hacia arriba y el borde comido por veinte años de bolsillos ajenos, oyendo la megafonía anunciar algo maravilloso en tres idiomas.

—A las doce y catorce —dije.