CAPÍTULO 12
Ser tendencia es una enfermedad
Volvimos hacia el centro con el aire acondicionado a tope y las cuatro ventanillas cerradas, y el termómetro del salpicadero del Sentra decía treinta y ocho grados a las tres menos diez de la tarde.
Yo conducía. Leo iba delante con el vídeo del aparcamiento en el móvil, viendo los mismos once minutos por cuarta vez. Carmen iba detrás con el bolso en las rodillas y los ojos cerrados. Y Lola, detrás de mí, trabajaba.
Y digo trabajaba porque hay que llamarlo por su nombre.
—Vale —dijo—. Chaqueta de lentejuelas azules, Fremont, actuación en la calle. Eso es un animador con licencia, no un tío random. Los de la calle tienen licencia y tienen zona.
—¿Y eso cómo se busca?
—Se busca por la gente que lo ha grabado a él. —No levantó la vista—. Nadie se hace fotos con un mago pensando en el mago. Se las hace pensando en ella. Así que buscas el sitio, no la persona.
Estuvo cuatro minutos callada, cosa histórica.
—Lo tengo.
—¿Ya?
—Perdona, es literalmente mi profesión. —Giró el teléfono hacia el hueco entre los asientos—.
Aquí. Hay un tío que se llama a sí mismo The Great Theo.
Cuenta con nueve mil seguidores, publica poco y publica mal, tiene una foto de perfil de hace seis años y un enlace a un formulario de contratación de eventos privados.
Y en la biografía pone «Fremont & Neon Moon».
—Es él.
—Es él, y además es un desastre digital, que en este caso nos viene fenomenal, porque en el pie de foto de la semana pasada ha puesto su horario. —Amplió con dos dedos—. Fremont, de siete a once de la noche, jueves a domingo.
Leo se dio la vuelta en el asiento.
—¿Nombre?
—Theo Cruz. Pone Theo Cruz en el enlace de contratación, y también pone su tarifa, que son cuatrocientos por dos horas, que me parece barato para lo que aguanta esa gente.
—Son las tres —dije—. No estará hasta las siete.
—Pues le escribo.
—Escríbele.
Y ahí, exactamente ahí, mientras Lola abría el mensaje directo para escribirle a un mago callejero de Las Vegas, oí a mi espalda un sonido nuevo.
Un zumbido. Corto, seguido de otro, y de otro, y de otro. El móvil de Lola vibrando contra la tapicería con la insistencia de una alarma.
—Ay —dijo.
—¿Qué?
—Ay.
—Lola, ¿qué?
—Que tengo cuatrocientas once notificaciones.
* * *
Paré en el mismo aparcamiento de tierra de la mañana, el del solar con la valla, porque me daba pánico llevar aquella conversación a ciento diez por hora.
El del hormigón nos reconoció y no nos cobró dos veces, que fue lo único bueno de la tarde.
Nos quedamos los cuatro dentro del coche con el motor encendido y el aire puesto, porque salir era imposible.
La chapa del techo crujía. Fuera, a treinta metros, un hombre con un carrito de perritos calientes estaba montando una sombrilla a las tres de la tarde de un viernes, y me pareció el trabajo más duro del mundo occidental.
Lola tenía el móvil en las dos manos y no lo estaba mirando.
—Vale —dijo—. Antes de nada. No he sido yo.
—Enséñalo.
—No he sido yo ahora. Sí fui yo anoche.
—Lola.
—La de las cuatro y doce —dijo—. La que no me acordaba de qué era. Es la que se ha puesto a arder.
Nos la enseñó.
Veintiocho segundos. Fondo verde, mucho grano, luz de bar cerrado. El Green Room del Crown & Clover a las cuatro y doce de la madrugada, con las sillas ya levantadas sobre dos mesas del fondo y un camarero pasando un trapo por la barra en la esquina del encuadre.
Y en el centro, de pie sobre nada, con la chaqueta de punto beige, un vaso de agua en la mano y la cara de alguien que lleva ocho horas riéndose, Inés Navarro.
Se le oía perfectamente, porque Inés a las cuatro de la mañana no tiene volumen intermedio.
Primero decía algo que no se entendía. Después se giraba hacia la cámara, levantaba el vaso de agua como quien brinda en una boda, y gritaba, con acento de anuncio, en un español clarísimo:
—¡Que venga Sergio a buscarme si quiere casarse conmigo!
Y detrás, fuera de plano, se oía a Carmen decir «ay, madre» y a mí misma reírme con una risa que no reconocí como mía.
Inés se doblaba de risa. Se apoyaba en una silla. Y en el último segundo del vídeo, ya girándose para irse, decía otra cosa que en el original se oye completa:
—Ay, no, que es coña, que lo llamo yo ahora.
Fin. Veintiocho segundos.
Nos quedamos los cuatro mirando el rectángulo negro.
—Eso no es nada —dijo Carmen—. Eso es una borrachera de despedida de soltera de manual. Eso lo he visto yo doce veces y una de ellas era yo.
—Ya —dijo Lola—. Ese es el original.
—¿Cómo que ese es el original?
Y Lola nos enseñó el otro.
* * *
El otro duraba siete segundos.
Alguien había cogido la story, la había grabado desde otra pantalla, la había recortado por delante y por detrás, le había puesto un texto en amarillo en la parte de arriba y la había vuelto a subir.
Empezaba con Inés levantando el vaso.
—¡Que venga Sergio a buscarme si quiere casarse conmigo!
Y cortaba ahí. Sin la risa. Sin el «que es coña». Sin Carmen diciendo ay, madre.
Siete segundos de una mujer con una copa —porque en siete segundos, con esa luz, nadie ve que es un vaso de agua— gritando en un bar vacío a las cuatro de la madrugada que su novio vaya a buscarla si quiere casarse con ella.
El texto amarillo de arriba decía: cuando la despedida de soltera se convierte en un ultimátum 💍😬
Debajo, veintitrés mil reproducciones. Cuando lo vimos.
—¿Quién ha hecho eso?
—Una cuenta de recopilar cosas de bodas —dijo Lola—. Tiene cuatrocientos mil seguidores. Cuelga doce vídeos al día. No es nadie, es un señor en Manchester con una carpeta.
—¿Y cómo lo ha visto?
—Porque yo tengo la cuenta abierta, porque soy creadora de contenido y tener la cuenta abierta es el trabajo.
—Bórralo —dije.
—Yo no puedo borrar eso, no es mío.
—Borra el tuyo.
—Vera, mi story caduca sola a las cuatro y doce de esta madrugada. Y borrarla ahora no…
—Bórrala.
Lola me miró tres segundos. Después bajó la cabeza, tocó cuatro veces la pantalla y me la enseñó.
—Ya está. Borrada. —Deslizó el dedo—. Y ahora mira: aquí sigue. Y aquí. Y esta es otra cuenta que lo ha cogido hace veinte minutos y le ha puesto música. Yo he quitado el original y lo único que he conseguido es que ya no se pueda ver el vídeo entero, que era lo único que la defendía.
* * *
El primer teléfono en sonar fue el de Lola.
Lo miró y dijo:
—Es Sergio.
—No lo cojas.
—¿Que no lo coja? —Y por primera vez en toda la mañana Lola Ferrer levantó la voz—. Vera, es el novio, no es un comercial.
Lo cogió.
Duró cincuenta segundos y solo oímos su parte, que fue: sí, no, no, sí, está bien, no lo sé, no lo sé, te lo juro, no lo sé, sí, vale.
Cuando colgó tenía la cara blanca por debajo del maquillaje.
—Se lo ha mandado un primo suyo por WhatsApp —dijo—. A las once de la noche en España. Un primo. Con un «¿esta no es Inés?».
Después llamaron a Carmen. Carmen se llevó el teléfono a la oreja, dijo «Sergio, escúchame», y luego dijo nueve veces «sí» y una vez «no te voy a mentir, no lo sabemos».
Y luego, a las tres y veintiocho, con nueve horas de diferencia y once mil kilómetros por delante, me llamó a mí.
Salí del coche. Treinta y ocho grados me dieron en la cara como una plancha. Me puse a la sombra del cartel del aparcamiento, que era una sombra de cuarenta centímetros de ancho, y contesté.
—Vera.
—Hola, Sergio.
—¿Dónde está?
Y aquí está la parte de la que no me voy a librar nunca: eran las tres y media de la tarde. El acuerdo era llamarle a las dos.
—No lo sabemos —dije—. Se fue del hotel esta mañana sobre las cinco.
Voluntariamente. Dejó una nota escrita de su puño y letra, se llevó su bolso y su chaqueta y dejó el pasaporte en la caja fuerte.
Estamos siguiéndole el rastro desde las diez y llevamos tres sitios confirmados.
La última persona que la vio fue una camarera a las siete de la mañana. Estaba bien. Comió tortitas.
Al otro lado hubo tres segundos de nada.
—¿Desde las diez? —dijo Sergio.
—Sí.
—Son las tres y media.
—Sí.
—O sea que lleváis cinco horas y media buscando a mi novia por Las Vegas y me entero por mi primo Rubén.
Y no había nada que contestar a eso, así que no contesté.
Sergio Valdés no gritó. Sergio no grita: Sergio ordena. Empezó a hablar en el tono con el que habla cuando está aterrorizado, que es el tono de una reunión de obra.
—Vale. Vamos por partes. Uno, ¿habéis puesto una denuncia? Dos, ¿está el consulado avisado? Tres, ¿tenéis el número del último taxi? Porque los taxis de allí llevan licencia y se puede pedir el registro del trayecto con la matrícula, yo lo he hecho en Bruselas para justificar dietas y se tarda…
—Sergio.
—…se tarda una tarde. Y cuatro, y esto es lo importante, Vera: ¿por qué se ha ido?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —Y ahí se le rompió un poco la voz de proyecto—. Tú lo sabes todo. Tú eres la que sabe a qué hora tiene que llegar el autobús. ¿Cómo que no lo sabes?
* * *
Volví al coche.
Dentro había un silencio raro, del tipo que se produce cuando tres personas han estado hablando de ti y han parado.
Me senté, cerré la puerta y me quedé con las manos en el volante y el motor en marcha.
—Lola —dije.
—Dime.
—¿Por qué grabaste eso?
—Porque era gracioso.
—Estábamos en un bar cerrado a las cuatro de la mañana.
—Ya.
—Con las sillas encima de las mesas. Con la novia diciendo tonterías después de haber empeñado el anillo de su abuela porque su prometido le acababa de soltar por teléfono que lo de Bruselas está hecho.
Lola no dijo nada.
—Grabaste eso —seguí, y me oí la voz cada vez más educada, que es como me pongo yo—, y grabaste la capilla, y grabaste a Inés en la casa de empeños con el móvil de Carmen, y ninguna de nosotras te dijo en ningún momento «Lola, sube esto a internet».
—Vera —dijo Carmen desde atrás.
—No, déjame. —No me giré—. Yo entiendo tu trabajo.
Lo entiendo mejor que nadie de este coche, porque yo vivo de lo mismo: yo también vendo momentos bonitos de otras personas.
Pero yo tengo un contrato de dos páginas donde pone qué se puede publicar y qué no, y lo firma la novia, y si me equivoco me denuncian.
Tú anoche eras la novia, y la cámara, y el contrato, y las cuatro estábamos borrachas.
Lola tardó en contestar. Cuando lo hizo, no habló deprisa, y Lola despacio es Lola en serio.
—Tienes razón en lo de la de las cuatro y doce —dijo—. Esa no la tenía que haber subido. No me acuerdo de subirla y eso es peor todavía, porque significa que lo hago sin pensar. Eso es mío y me lo como.
—Vale.
—Pero no me voy a comer el resto. —Levantó la cabeza—. La capilla la grabé porque Carmen me dio su móvil. Nos reímos las cuatro. Tú te reíste. Tú dijiste «Gold» delante de todas.
—Yo dije que no ocho veces.
—Y a la novena dijiste que sí, y eso también cuenta, Vera, porque si no cuenta entonces las demás somos tontas y tú eres una víctima, y anoche no había ninguna víctima en esa capilla.
—Eso no…
—Y hay otra cosa. —Se echó hacia delante entre los dos asientos—. Llevas cuatro años pidiéndome fotos de tus bodas. Gratis. «Lola, súbelo, que da caché.» Y yo lo subo, y me hace ilusión, y cuando sale bien es publicidad y cuando sale mal es que soy una irresponsable con un teléfono.
Me quedé mirando el volante.
—Eso es verdad —dije.
—Ya lo sé que es verdad.
—Y lo de las cuatro y doce también es verdad.
—Ya lo sé —dijo Lola—. Ese es el problema.
Y entonces empezó a llorar, y lloró fatal, con hipo y ruido, todo lo contrario de Carmen, y dijo entre medias una frase que se me clavó más que las otras:
—Es que si no lo publico, no me pagan. Y si me pagan, es que valgo. Y llevo desde febrero pagando la cámara a plazos.
Carmen le puso una mano en la rodilla y se la dejó ahí.
Leo, que no había abierto la boca en veinte minutos, dijo desde el asiento de al lado, sin girarse:
—El del carrito lleva veinte minutos peleándose con esa sombrilla.
Miramos los cuatro. El hombre había conseguido abrirla y el viento se la acababa de doblar del revés.
No fue gracioso. Pero se rompió algo, que era de lo que se trataba.
* * *
Bajamos igualmente a Fremont, aunque faltaran cuatro horas para el turno de Theo, porque quedarnos en un coche parado nos estaba matando.
Fremont Street a las tres y media de la tarde es un túnel cubierto de trescientos metros con la pantalla del techo apagada, música de los ochenta a un volumen que no admite conversación y un olor a cerveza derramada que el calor sube desde el suelo.
Había cuatro personas actuando. Un hombre pintado de plata, inmóvil.
Dos chicas con alas de plumas y un cartel de tarifas por foto.
Y un tipo con un cubo puesto del revés y dos baquetas, tocando para nadie.
Preguntamos a los tres primeros. El pintado de plata no rompió el personaje, pero movió los ojos hacia la derecha, hacia la zona del escenario pequeño, que interpreté como una respuesta profesional y agradecí.
Las chicas de las alas nos dijeron que Theo era majo y que aparecía «cuando bajaba el sol».
El del cubo dijo que Theo le debía veinte dólares desde julio, que nos apuntáramos a la cola.
Leo hablaba con todo el mundo. Lo miré hacer durante diez minutos y entendí por qué le pagan por lo que le pagan: no preguntaba por Theo, preguntaba por el trabajo de cada uno, y cuando llevaban treinta segundos hablando ya le contaban lo demás.
Le sonó el móvil a las cuatro menos veinte. Miró la pantalla y colgó sin contestar.
—Marlene —dijo, antes de que yo preguntara—. Quiere el informe del trimestre.
—¿Y qué le vas a decir?
—Que hoy no.
* * *
A las cuatro menos cuarto vibraron los tres teléfonos casi a la vez, porque estábamos las tres en el mismo grupo con él.
Lo leí en mi pantalla, con el reloj de un muerto en la muñeca y el aire acondicionado dándome en la cara.
Sergio: Estoy mirando vuelos.