CAPÍTULO 11
Lo que Carmen no cuenta
El Sunrise Diner está en Boulder Highway, a diez minutos del centro por una avenida de seis carriles con concesionarios, casas de cambio de cheques y palmeras plantadas cada doce metros para que nadie diga que no hay palmeras.
Es un edificio bajo, alargado, de aluminio y ladrillo pintado de crema, con un cartel de los años sesenta en el que un sol amarillo sale por detrás de la palabra SUNRISE. La mitad de las bombillas del sol están fundidas. En el aparcamiento había once coches, dos de ellos con placa de taxi.
Entramos a la una y veinte de la tarde y me pegó en la cara un aire acondicionado de dieciocho grados, olor a café recalentado y a mantequilla, y una moqueta que no existía: suelo de linóleo a cuadros, mesas corridas de escay rojo, barra con doce taburetes fijos y una vitrina giratoria con tres tartas.
Y me di cuenta, de golpe, de que llevaba diecinueve horas sin comer nada que no fuera medio sándwich club encontrado en una almohada.
—Sentaos —dijo Carmen, en el tono con el que manda a los residentes—. Comemos y luego pensamos. Se piensa peor con el azúcar por el suelo.
—No tenemos tiempo.
—Tenemos exactamente el tiempo que tarde un aparcamiento en mandar un vídeo —dijo—. Y no somos más rápidas por estar de pie.
Nos sentamos en el reservado del fondo, los cuatro, Leo y yo a un lado, Carmen y Lola al otro.
Pedimos. Tortitas, huevos, patatas, café de filtro que rellenan sin preguntar y que sabe a agua caliente con una idea. Comimos casi sin hablar, muy deprisa, y funcionó, que es lo humillante.
* * *
La camarera se llamaba Roz.
Lo ponía en la chapa: ROSALIND, y debajo, escrito a rotulador encima del plástico, ROZ.
Tendría cincuenta y muchos, llevaba el pelo teñido de un rubio decidido y una cafetera de cristal en cada mano, y se movía por la sala calculando quién necesitaba qué sin preguntarlo, con una eficiencia que reconocí de inmediato porque es la misma que tienen los buenos maîtres.
Cuando volvió por tercera vez, le enseñé el móvil.
Era una foto de Inés de la cena del jueves, en The Copper Still, con el pelo recogido y una copa en la mano. La había ampliado a la cara para que no se viera el resto de la mesa, porque el resto de la mesa éramos nosotras riéndonos y no me apetecía enseñárselo a nadie.
—Perdone. ¿Ha visto usted a esta mujer esta mañana?
Roz Payne dejó las dos cafeteras en la mesa, se sacó unas gafas del bolsillo del delantal y acercó la barbilla a la pantalla.
—Mesa cuatro —dijo—. Barra no, mesa. La de la ventana.
Yo dejé el tenedor.
—¿Está segura?
—Cariño, yo entro a las cinco. De cinco a siete y media entran doce personas y ocho son las mismas de siempre. —Se guardó las gafas—. Llegó a las seis y veinte en un taxi. Sola. Sudadera azul de hotel, una mochila negra y unos zapatos que no eran de venir aquí.
—¿Qué pidió?
—Café solo, tortitas y beicon extra. Se comió el beicon y media tortita.
Carmen se echó hacia atrás en el asiento.
—Esta mujer es mejor testigo que las cuatro juntas.
* * *
Roz nos contó lo demás de pie, con una mano en el respaldo del reservado y un ojo en la puerta, porque entró una pareja y hubo que sentarla.
Inés estuvo en la mesa cuatro cincuenta minutos. Al principio miró por la ventana. Después pidió un bolígrafo, y como no llevaba papel, empezó a escribir en una servilleta de las de dispensador, de esas finas que se rompen si aprietas.
—¿Escribiendo mucho?
—Escribiendo y tachando —dijo Roz—. Llenó cuatro o cinco servilletas. Las iba dejando en el borde de la mesa, unas encima de otras.
—¿Y las tiró?
—Se las llevó. Todas. Las dobló y se las metió en el bolsillo de delante de la sudadera. —Levantó una ceja—. Eso me llamó la atención, porque la gente que escribe cosas tristes en servilletas normalmente las deja.
Leo, que llevaba callado desde que nos sentamos, se inclinó hacia delante.
—¿Habló con usted?
—Un poco. Al final. —Roz se apoyó mejor—. Me preguntó cuánto se tardaba en salir de la ciudad.
—¿En qué dirección?
—Eso mismo le pregunté yo. Y me dijo: «en la que sea, la que salga antes».
Se me quedó una tortita a medio camino.
—Y yo le dije lo que le digo a todo el mundo —siguió Roz—: que hacia el sur está la presa y hay caravana; que hacia el norte no hay nada hasta pasado un rato largo; y que si lo que quiere es dejar de ver la ciudad, coja la ciento cincuenta y nueve hacia el oeste y en cuarenta minutos ya no hay carteles.
—¿Y qué contestó?
—Nada. Se rio un poco. —La camarera se encogió de hombros—. Y luego me preguntó si yo me había marchado alguna vez a algún sitio sin decírselo a nadie.
—¿Y usted?
—Le dije que sí. En 1994.
Cogió las dos cafeteras y se fue a la mesa de al lado sin añadir una palabra más, que me pareció una decisión narrativa impecable.
* * *
Leo salió al aparcamiento a las dos menos cuarto porque dentro no había cobertura y el hombre del aparcamiento de Fremont le había dicho que le mandaba el enlace del vídeo «en un rato», que en Estados Unidos, igual que en España, significa entre cuatro minutos y nunca.
Lola se fue con él y se sentó en el bordillo de la sombra con el móvil en las dos manos, moviendo los pulgares a una velocidad que me pareció fuera de lugar y que resultó no serlo en absoluto.
Y en el reservado del fondo del Sunrise Diner nos quedamos Carmen y yo, con dos tazas, cuatro platos vacíos y el ruido de la freidora.
Yo había sacado mi cuaderno. El pequeño, el de tapa dura, el que llevo siempre. Estaba escribiendo una línea de tiempo con horas a la izquierda: 03:40 llaves. 04:40 aprox. Green Room. 05:10 salida garaje. 05:48 última señal. 05:45 Night Owl. 06:20 Sunrise.
—Ahí hay algo mal —dije—. 05:48 no puede ir después de 05:45 y antes de las seis y veinte si el coche se queda en Fremont y ella coge un taxi. O sea que sí puede, pero entonces el coche se queda solo cuarenta minutos y…
—Vera.
—Espera, que si dejó el coche y volvió a por él, hay una ventana de…
—Vera.
Levanté la cabeza.
Carmen tenía las dos manos alrededor de la taza y no estaba mirándome a mí. Estaba mirando la mesa. Y tenía una cara que yo no le había visto en quince años de amistad y que, para ser exactos, no le había visto porque nunca la había puesto delante de mí.
—Estoy muy cansada —dijo.
—Ya. Llevamos todas desde las…
—No. —Levantó la vista—. No de hoy.
Y entonces Carmen Aguilar, enfermera de urgencias, treinta y seis años, la mujer que había dormido en el suelo de una suite porque era más duro, se puso a llorar en un reservado de un diner de Boulder Highway con una eficacia absoluta: sin ruido, sin taparse la cara, con las manos todavía en la taza y las lágrimas cayéndole por la barbilla como si le pasara a otra persona y ella lo estuviera anotando.
—Perdón —dijo—. Esto es ridículo.
—No es ridículo.
—Es que estoy en Las Vegas. En Las Vegas. Y llevo desde ayer con una sensación de ir en un coche sin frenos, y no es por Inés, o sí, pero no del todo, y eso me hace peor persona todavía.
Le pasé una servilleta del dispensador. Se sonó.
—Cuéntamelo.
—En marzo pedí cita con la de personal —dijo—. Para preguntar por la reducción de jornada. La de guarda legal, por Julia, que hasta los doce años se puede.
—Vale.
—Fui, me lo explicó todo, me dio el impreso. Está relleno. Lleva cinco meses relleno en la carpeta de descargas del ordenador de casa, con mi nombre, mi número de colegiada y la casilla del ochenta por ciento marcada. Sin firmar.
—¿Y?
—Y no lo he presentado. —Dobló la servilleta en un cuadrado muy pequeño—. Y no se lo he dicho a Tomás.
Yo me quedé quieta, y tengo que decir, en mi descargo, que aguanté once segundos.
Después empecé.
—Vale. Vamos a mirarlo. Ochenta por ciento son cuatro días o son cinco días más cortos, ¿no?
Con turnos rotatorios lo lógico es reducir día entero, porque si reduces horas te siguen tocando las noches.
Pérdida de salario, ¿cuánto? ¿Un veinte?
Menos, con los complementos que no bajan igual.
Eso son… —cogí el bolígrafo—. Vale, y contra eso: los dos días de campamento urbano de julio, la extraescolar de Mateo, que la puedes quitar, y si Tomás tiene visitas fijas los martes puede…
—Vera.
—Espera, que esto se puede hacer. Y para hablarlo con Tomás yo te lo pondría en una sola hoja, sin discutir de sentimientos el primer día, solo números, porque los números no se pueden…
—Vera. Para.
Paré.
Carmen tenía la servilleta doblada en un cuadrado del tamaño de un sello y la estaba apretando con el pulgar.
—No quiero que me lo arregles —dijo—. Quiero que me escuches.
—Te estoy escuchando. Lo que hago es escucharte y además ayudarte.
—No. Lo que haces es coger lo que te digo y devolvérmelo convertido en tarea.
—Lo dijo sin rabia, que fue lo que lo hizo insoportable—.
Yo te acabo de contar que llevo cinco meses sin firmar un papel, y en cuarenta segundos tú tenías el papel firmado, a Tomás informado y a mi hija en un campamento.
Y no me has preguntado ni una vez por qué no lo firmo.
Abrí la boca.
La cerré.
—¿Por qué no lo firmas?
—Porque el día que lo firme se acabó —dijo Carmen—.
Porque mientras el papel está sin firmar yo sigo siendo la que puede con todo, que es lo único que soy desde hace seis años.
Y el día que lo entregue, en el hospital soy la que ha reducido, en mi casa soy la que ha reducido, y Tomás va a decir «claro que sí, cariño, me parece perfecto», que es lo peor que puede decir, porque entonces resulta que se podía desde el principio y yo he estado tres años levantándome a las cinco y cuarto por gusto.
Nos quedamos las dos con las tazas delante.
—No sabía nada de esto —dije.
—Ya.
—Somos amigas desde…
—Desde la facultad de Inés, ya. —Se pasó el dorso de la mano por debajo del ojo—. Vera, ¿tú sabes cuándo te contamos las cosas nosotras?
—¿Cuándo?
—Cuando ya están resueltas. —Me miró—. Te contamos la mudanza cuando está firmada. Te conté lo de Julia cuando ya tenía plaza. Lola te cuenta las facturas el día que las cobra. Y no es porque no te queramos, es porque contártelas antes es darte el volante, y una vez te lo damos ya no vuelve.
—Yo no os quito nada.
—No nos lo quitas. Nos lo coges porque lo estamos soltando.
—Carmen desdobló la servilleta y la volvió a doblar—.
Es cómodo, ¿eh? Es comodísimo. Yo llevo quince años aprovechándome de eso.
Pero luego pasa que estás en un diner en Nevada buscando a una amiga que se ha ido sin avisar, y a lo mejor a esa amiga le pasaba una cosa parecida y no encontró el hueco para contártela sin que se la resolvieras.
Eso me entró donde tenía que entrar.
Y lo peor no fue la frase. Lo peor fue lo que hice después, que fue quedarme quieta sin decir nada durante casi un minuto entero, con el bolígrafo en la mano, y notar físicamente lo mucho que me costaba. Como cuando te obligan a no rascarte.
Cerré el cuaderno. Lo puse boca abajo encima de la mesa. Puse la mano encima del cuaderno.
—Vale —dije—. Cuéntamelo otra vez y no digo nada.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Cuéntamelo otra vez.
Carmen me miró con desconfianza profesional, como se mira a un paciente que promete que va a dejar de fumar.
Y me lo contó otra vez. Tardó cinco minutos y dijo cosas que no había dicho la primera: lo de las cinco y cuarto, lo de haber deseado una gripe en febrero para poder quedarse en la cama sin culpa, lo del cumpleaños de Mateo en el que se durmió en la silla mientras cantaban, y una cosa que no voy a escribir aquí porque es suya.
No dije nada. Dos veces estuve a punto y me clavé el pulgar en la palma.
Cuando terminó, se sonó otra vez y dijo:
—Ya está.
—Ya está.
—Sienta raro.
—A mí también.
—¿Tú qué has hecho todo el rato?
—Un plan de acción mental completo —dije— con tres alternativas y un calendario.
Carmen se echó a reír por primera vez en todo el día, con la nariz roja.
—Pero no lo has dicho.
—No lo he dicho.
—Pues eso es un principio. —Se terminó el café frío de un trago—. Sigue así y en cuatro años eres una persona normal.
* * *
Leo entró en el diner a las dos y cuarto con el móvil por delante y Lola detrás de él, y por cómo caminaban supe que traían algo antes de que llegaran a la mesa.
—Lo tengo —dijo—. Cámara de la valla, la que enfoca a la fila de coches. Son once minutos. Empieza a las cinco y cuarenta y seis.
Giró el teléfono y nos apretujamos los cuatro en el mismo lado del reservado, que es una cosa que solo se hace en las películas y en los diners.
La imagen era gris, granulada y con la hora en la esquina, y la hora, según Leo, iba desajustada desde hacía años, así que la ignoramos.
Un solar de tierra prensada. Una valla metálica. Cuatro coches.
Y a la izquierda, entrando de morro y aparcando torcido, un Jeep Cherokee gris.
Se abre la puerta del conductor. Baja una mujer con una sudadera oscura. Se queda un momento apoyada en la puerta abierta, con la cabeza agachada, y no se mueve durante casi un minuto entero.
Después va al maletero. Lo abre. Y saca una mochila negra, pequeña, que se cuelga de un hombro.
—Ahí está la mochila —dijo Carmen—. ¿De dónde sale esa mochila?
—Es mía —dijo Leo—. Vive en mi maletero. Llevo dentro una toalla y unas zapatillas.
Inés cierra el maletero. Y entonces, desde la derecha del encuadre, entra andando un hombre.
Delgado, alto, con el pelo largo recogido y una chaqueta que, aun en aquel gris de mala calidad, echaba destellos cada vez que se movía un brazo.
Lentejuelas.
Lola se llevó la mano a la boca.
—La manga —dije—. La manga de la escalera.
Inés no se asusta. Levanta una mano. Él levanta la suya. Se dicen algo durante quince segundos.
Y después Inés Navarro se saca el móvil del bolsillo de la sudadera y se lo pone en la mano a un desconocido con una chaqueta de lentejuelas azules.