Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Un anillo en una casa de empeños

Las Vegas de día es una estafa que nadie denuncia.

De noche funciona: hay luz donde tiene que haberla, la gente se mueve, el aire acondicionado te salva y todo lo feo queda fuera de foco.

A las once y veinte de la mañana de un viernes de finales de septiembre, con treinta y cuatro grados a la sombra y la sombra a ciento veinte metros, la ciudad es un polígono industrial con purpurina.

Tardamos veintiséis minutos en llegar al centro, y de esos veintiséis, nueve fueron dar vueltas buscando dónde dejar el coche.

—Ahí —dijo Lola.

—Eso es una entrada de garaje.

—Ahí.

—Eso es carga y descarga.

Acabamos en un aparcamiento en superficie a dos manzanas, con una caseta, una barrera y un cartel escrito a mano que pedía doce dólares por las dos primeras horas y veinte por el día entero.

Pagué el día entero. Cuando Carmen abrió la puerta del coche, el calor entró como si alguien hubiera abierto un horno para mirar un asado.

—Madre mía —dijo.

—Es seco —dijo Leo.

—El horno también es seco.

Fremont East a mediodía tiene el aspecto de un decorado al que le han quitado la corriente.

Los neones estaban apagados. Los carteles, sin luz, eran chapa pintada con óxido en los tornillos.

Había un hombre barriendo la puerta de un local cerrado, una furgoneta de reparto de hielo con el motor en marcha, dos turistas alemanes con pantalón corto que caminaban muy despacio, como se camina cuando entiendes que no vas a llegar a ninguna parte fresca.

Y en mitad de la manzana, entre una tienda de recuerdos y un local con las persianas bajadas, un rótulo blanco y azul con un búho estilizado y la palabra PAWN.

Con las persianas subidas. Y la luz encendida.

Yo caminé los últimos veinte metros más deprisa de lo que hacía falta.

* * *

La tienda olía exactamente igual que a la una de la madrugada: a metal, a polvo y a producto de limpiar vitrinas.

El fluorescente seguía zumbando. Las guitarras seguían colgadas del techo en fila, con las cuerdas oxidadas.

Y detrás del mostrador en ele, tumbado sobre una manta a cuadros y con la barriga al aire, estaba Bingo, sordo, beige y absolutamente indiferente.

Nora Bell estaba de pie junto a una vitrina de relojes con un rotulador y un montón de etiquetas, y llevaba la misma cadena de gafas y probablemente la misma camisa.

Levantó la vista. Nos miró a los cuatro, uno por uno, tres segundos en total.

—Las de anoche —dijo.

—Buenos días —dije.

—Falta una.

Y ahí, en dos palabras, aquella mujer nos ganó a todos.

Yo había preparado el discurso en el coche.

Lo había preparado bien, porque preparar discursos en un coche es lo único que sé hacer con las manos ocupadas: nuestra amiga ha desaparecido, dejó una nota, necesitamos que nos ayude, entendemos que hay un contrato, entendemos que hay una responsabilidad legal, estamos dispuestas a pagar lo que sea.

Lo solté entero. Me salió en cincuenta segundos, ordenado, sin temblar, con la parte emocional al principio y la parte práctica al final, que es como se pide un favor imposible.

Nora Bell me escuchó sin interrumpir, con las dos manos apoyadas en el mostrador.

Y cuando terminé, se puso las gafas, se dio la vuelta, sacó una carpeta de anillas del estante de abajo, la abrió por una funda de plástico, la giró hacia mí y dijo:

—Contrato 0-9-4-1-7. ¿Es este?

—Yo… sí.

—Entonces vamos por orden.

Sacó un bolígrafo del bolsillo. Los tres, en fila, seguían allí. Cogió el segundo.

—Primera cuestión. ¿Viene usted a retirar el artículo?

—No, vengo a…

—Porque si viene a retirarlo, es un procedimiento. Y si viene a preguntar por la titular, es otro. Y son formularios distintos.

Lola, a mi izquierda, hizo un ruido pequeño con la garganta.

Yo miré la carpeta de anillas. Miré el mostrador. Miré a una mujer de sesenta y tres años que llevaba veintinueve trabajando en la única tienda de aquella calle que no cierra de madrugada, y entendí, con un alivio que no me esperaba, que aquello era lo mejor que nos podía pasar.

Nosotras habíamos entrado esperando un juicio moral.

Y lo que había al otro lado del mostrador era administración.

* * *

—Los dos —dije—. Empecemos por el segundo.

—Bien. —Nora giró una hoja—. La titular llegó ayer, o esta madrugada, según cómo lo cuente usted, a la una menos diez.

Entró por su propio pie, acompañada. Estaban ustedes.

No estaba intoxicada, y eso lo digo yo, que llevo veintinueve años decidiendo a quién le abro la puerta a las tres de la mañana.

Presentó pasaporte. Le ofrecí cuatrocientos dólares por compra directa y los rechazó.

Solicitó depósito con recompra a cuarenta y ocho horas. Firmó. Se llevó su copia.

—Eso ya lo sé.

—Ya lo sé que ya lo sabe. —Pasó la página—. Lo digo porque es lo que voy a decir si alguien me lo pregunta con uniforme, y es mejor que lo oigan ustedes primero.

Carmen soltó una risa por la nariz, muy corta.

—¿Y la cláusula? —dijo Leo.

Nora lo miró a él por primera vez.

—Usted estuvo al lado de la máquina de refrescos toda la noche sin decir nada.

—Sí.

—Se le notaba mucho.

Le dio la vuelta a la funda de plástico y empujó la carpeta entera hacia nosotros por el mostrador, y ahí estaba el papel amarillo pálido de la fotografía del móvil de Carmen, esta vez del derecho y con el sol de la calle entrando por el escaparate.

En la línea de observaciones, en letra de imprenta apretada:

El artículo solo puede ser retirado por la titular con documento de identidad, o por una tercera persona que responda correctamente a la pregunta escrita depositada. Copia adjunta.

Y debajo de eso, grapada, una fotocopia torcida de un sobrecito blanco con una luna impresa en la esquina.

En el sobre, con rotulador azul mordido, la letra grande y torcida de Inés Navarro:

Si mañana nadie esperara nada de ti, ¿qué harías?

* * *

Yo llevaba desde las nueve y media de la mañana funcionando como funciono siempre: casilla, casilla, casilla. Persona desaparecida. Coche desaparecido. Pasaporte localizado. Rastreador desconectado. Un problema con datos incompletos y una lista de comprobaciones.

Y en ese momento, delante de una fotocopia grapada, se me cayó el sistema entero.

Porque aquello no era una pista.

Era un juego. Era nuestro juego. Era la terraza de gravilla de la azotea del Neon Moon a las doce menos veinte de la noche, cuatro sillas de plástico, una mesa coja y el único bolígrafo de un camarero llamado Dwayne.

Éramos nosotras escribiendo preguntas difíciles en sobres de la cuenta porque a Lola se le había ocurrido y porque todas estábamos lo bastante cansadas para decir la verdad.

Y era la nota de la mesa baja de la suite 2714, escrita con un bolígrafo que se atascaba en las curvas.

Termina lo que empezamos.

—Ay, la madre que la parió —dije en voz alta.

Carmen se giró.

—¿Qué?

—Que no se ha escondido. Nos ha dejado un itinerario.

—¿Qué?

—Nos ha dejado un itinerario —repetí, y me oí la voz rara—.

La nota no es una despedida, es una instrucción.

Los sitios de anoche, en orden. Ella sabe que yo voy a reconstruir la noche porque no sé hacer otra cosa, y ha ido dejando cosas en cada sitio para que la ruta se pueda seguir. Esto no es un rastro. Es una gincana.

Lola levantó las dos manos.

—Perdón. ¿Estamos diciendo que la novia nos ha organizado a nosotras una despedida?

—Estamos diciendo que la novia le ha organizado a Vera una hoja de cálculo —dijo Carmen.

Leo no dijo nada. Se apoyó de espaldas en la vitrina de los relojes y se quedó mirando el techo un rato largo, y cuando bajó la cabeza tenía la mandíbula igual que en la casa de empeños a la una de la madrugada.

—Es de nuestra madre —dijo—. Lo de dejar notas es de nuestra madre.

* * *

Lo intenté. Por supuesto que lo intenté.

Puse la tarjeta encima del mostrador, sobre el formulario, con dos dedos.

—Vale. Quiero retirar el anillo.

—Muy bien. —Nora cogió el tercer bolígrafo—. Responda a la pregunta.

—¿Así? ¿Sin más?

—Sin más.

—¿Y quién decide si la respuesta es correcta?

—Yo.

—¿Con qué criterio?

—Con el papel que tengo aquí.

Miré el sobre fotocopiado. Si mañana nadie esperara nada de ti, ¿qué harías? La pregunta la habíamos escrito por fuera; la respuesta iba dentro, cerrada. Inés se había llevado el suyo. Los otros tres seguían en la mesa baja de la suite, contra la lámpara.

Y de repente me di cuenta de algo tan evidente que me dio vergüenza.

—Usted lo ha leído —dije.

—Yo no leo el correo de nadie.

—Pero necesita saber la respuesta para validarla.

—Necesito una parte —dijo Nora Bell—. Se lo dije yo misma anoche. Le dije: señora, si usted me deja una condición que yo no puedo comprobar, la condición no vale nada y este papel es un adorno. Así que abrió el sobre, me dictó el principio de la respuesta y volvió a cerrarlo.

—¿Y lo apuntó?

—Claro que lo apunté. —Se ajustó las gafas—. Ahí.

Y giró la carpeta cuarenta y cinco grados hacia mí.

En la esquina inferior derecha del formulario, después de la fotocopia grapada, había una casilla pequeña con un rótulo impreso que decía NOTAS ADICIONALES y tres centímetros de línea.

Dentro de esos tres centímetros, en letra de imprenta, había una palabra:

Conduciría…

Con puntos suspensivos. Tres puntos apretados contra el borde impreso de la casilla.

—Ahí no pone nada más —dije.

—No.

—¿Por qué no pone nada más?

Nora Bell miró la casilla, luego me miró a mí, y contestó con el mismo tono con el que llevaba veinte minutos contestándolo todo.

—Porque no cabía.

* * *

Insistí, porque soy así.

Cogí una hoja de propaganda del mostrador, le di la vuelta, le pedí prestado el tercer bolígrafo y escribí una frase: Conduciría hasta salir de la ciudad y pensaría qué quiero. La empujé hacia ella con dos dedos, como se empuja una oferta que ya sabes que van a rechazar.

Nora Bell la leyó. Tardó lo mismo que había tardado de madrugada con el anillo y la lupa.

—No.

—¿No es eso?

—No se lo voy a decir.

—He acertado la mitad.

—La mitad de una respuesta es una respuesta incorrecta —dijo, y me devolvió el papel—. Y si yo le digo qué mitad, la siguiente persona que entre por esa puerta me acertará el resto. Y entonces tendré un problema con una señora española que firmó un contrato conmigo confiando en que no soy tonta.

—Está usted defendiendo a alguien a quien vio veinte minutos.

—Estoy defendiendo mi firma —dijo Nora Bell—. Que es lo mismo, pero dura más.

Doblé el papel en cuatro sin pensarlo, que es lo que hago con las cosas que no me sirven, y me lo guardé en el bolsillo de atrás, donde estuvo tres días.

Detrás de mí, Lola dijo en voz muy baja:

—Yo la contrataría.

Y Carmen, sin levantar la vista del expositor de alianzas de segunda mano:

—Ella a ti no.

* * *

Me quedé mirando aquella palabra durante bastante rato.

Carmen se acercó y la leyó por encima de mi hombro. No dijo nada al principio. Después dijo, en voz baja:

—Se fue a conducir.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. —Carmen se apoyó en el mostrador—. Sabíamos que se llevó un coche. Ahí está la diferencia. Un coche te lo llevas para ir a algún sitio. Conducir no es ir a un sitio: conducir es lo contrario de estar en un sitio.

Lola, detrás, dijo:

—Yo lo hago cuando no puedo pagar el alquiler. Salgo a la M-30 y doy vueltas hasta que me tranquilizo. Gasto doce euros de gasolina y ahorro cuarenta de terapeuta.

Nadie se rio. Ella tampoco esperaba que nos riéramos.

Y entonces Leo hizo la pregunta útil, que es lo que hace él cuando el resto estamos ocupados sintiendo cosas.

—¿A qué hora cerró usted?

—A las seis.

—¿Y volvió?

Nora Bell dejó el bolígrafo encima del formulario, perfectamente paralelo al borde.

—Volvió —dijo.

* * *

Nos lo contó igual que lo demás: sin adornos, en orden y con horas.

A las seis menos cuarto de la mañana, cuando ella estaba pasando la fregona y tenía la mitad de las luces apagadas, alguien golpeó el cristal de la puerta.

Era la titular del contrato 09417, sola, con la misma ropa de la noche, una sudadera azul marino de personal de hotel y una mochila colgada de un hombro.

—¿Mochila? —dije.

—Mochila. Negra. Pequeña.

—Ella no tenía mochila.

—Pues ayer no y esta mañana sí —dijo Nora—. Yo no invento inventario.

Le abrió. Inés no quiso entrar. Se quedó en el escalón, en el rectángulo de luz de la puerta, y le pidió dos cosas: una, que confirmara que el anillo seguía allí y que seguiría allí cuarenta y ocho horas, cosa que Nora confirmó porque estaba en la caja fuerte del fondo, y dos, un sitio donde se pudiera desayunar de verdad a esa hora.

—¿Y qué le dijo?

—Le dije lo que le digo a todo el mundo. Que en esta calle a las seis de la mañana solo se puede desayunar mal, y que si quería desayunar bien cogiera un taxi y se fuera al Sunrise, en Boulder, que llevan cuarenta años friendo huevos y no se han cansado.

—¿Y se fue?

—Se fue.

—¿En el coche?

Y aquí Nora Bell hizo la única pausa de toda la conversación.

—No —dijo—. En taxi. Yo salí a cerrar el candado de la reja y ella estaba parada en el bordillo con el brazo levantado. Se subió a uno delante de mi puerta.

Leo se separó de la vitrina.

—¿Dónde tenía el Jeep?

—Ahí enfrente —dijo Nora, señalando con el bolígrafo el escaparate y, al otro lado del cristal, un solar de tierra prensada con cuatro coches y un cartel de VALET & SELF PARK—.

Un todoterreno gris, aparcado de morro contra la valla.

Lo sé porque a las seis y veinte todavía estaba y me pareció raro que dejara el coche y cogiera un taxi.

—¿Y a las siete?

—A las siete yo ya estaba en mi casa durmiendo, hijo.

Leo se quedó mirando el solar de enfrente.

Después se sacó el móvil del bolsillo, se apartó dos pasos y marcó, y le oí decir, en inglés y en el tono más amable que le había oído en toda la mañana, algo sobre un vehículo de flota del Crown & Clover, un aparcamiento privado, un vídeo de esta madrugada y cuánto lo agradecería personalmente.

Yo me volví hacia el mostrador.

Nora Bell ya estaba archivando la carpeta.

—Una cosa más —dije—. ¿Le pareció que estaba bien?

La mujer cerró el cajón con la cadera.

—Me pareció que estaba despierta —dijo—. En esta calle es una cosa poco frecuente y no siempre significa lo mismo. —Cogió una etiqueta y un rotulador y volvió a la vitrina de los relojes, y sin darse la vuelta añadió—: Y me pidió por favor que si venía alguien preguntando, se lo contara todo.

Me quedé quieta al lado del mostrador con la tarjeta todavía en la mano.

—¿Eso también estaba en el formulario?

—No —dijo Nora Bell—. Eso lo dijo en el escalón.