CAPÍTULO 9
El hermano furioso
No por manía. Los conté porque necesitaba contar algo.
Colgamos en el garaje a las diez menos cuarto, subimos las tres en el ascensor sin hablar, entramos en la habitación y me puse a recoger la bolsa de patatas, los vasos de agua intactos y el pintalabios sin capuchón, que es lo que hago cuando no puedo hacer nada: ordenar la superficie de un problema.
Cuando llamó a la puerta eran las nueve y cincuenta y seis en mi teléfono y las diez menos dos en la muñeca, porque el reloj de su padre iba dos minutos adelantado y todavía no lo sabía nadie más que él.
Abrió Carmen.
Venía con pantalón de traje gris, camisa blanca y las mangas ya subidas, y en la mano izquierda una tarjeta de identificación colgando de un cordón azul con el trébol del hotel.
Entraba a trabajar en seis horas, le había dicho su hermana a las cuatro menos veinte de la madrugada.
Habían pasado seis horas y veinte minutos.
—Carmen —dije—. Leo. Lola, la del móvil.
—Encantada en circunstancias horribles —dijo Lola.
Leo no contestó a nada de eso. Dio tres pasos dentro del salón y miró la habitación entera en una barrida limpia, sin disimulo: las cortinas, la mesa baja, los tres sobres, la chaqueta vaquera de Inés en el respaldo del sofá.
Después miró la puerta abierta del segundo dormitorio y la cama hecha con el bombón todavía en la almohada.
—¿Habéis tocado algo ahí dentro?
—Su neceser. Y el pasaporte, para comprobar que estaba.
—¿Está?
—En la caja fuerte. Con la tarjeta del banco y los dólares.
Asintió una vez. Volvió al salón. Cogió la nota de la mesa por una esquina, la leyó, la dejó exactamente donde estaba y se apoyó en el brazo del sofá con las dos manos en el borde.
Y entonces habló, y ahí supe el tamaño real del asunto.
—Vale —dijo—. Antes de nada. Ninguna de vosotras la ha metido en un coche. ¿De acuerdo? Eso lo hice yo. Yo le di las llaves. Así que si alguien va a pasarse el día con eso en el pecho, me toca a mí y ya lo estoy haciendo, y no necesito que nadie me acompañe.
—Leo…
—No he terminado. —No levantó la voz. En toda la mañana no la levantó ni una vez, y eso fue lo peor—. La segunda cosa: nadie va a decir aquí «yo pensaba que». Todas pensábamos algo. Vamos a decir lo que vimos y a qué hora, y si no sabemos la hora lo decimos también.
Carmen se cruzó de brazos.
—Eso me suena de mi trabajo.
—Es de tu trabajo —dijo él—. Es de todos los trabajos donde algo ha salido mal.
Yo estaba de pie junto a la mesa con la bolsa de patatas todavía en la mano, y me di cuenta y la solté.
—¿Estás enfadado? —dije.
Leo me miró. Tenía la cara de un hombre que ha dormido tres horas y se ha afeitado deprisa.
—Estoy furioso —dijo—. Pero no contigo, y no me sirve de nada ahora mismo, así que lo voy a dejar en el pasillo. Sentaos, por favor. Contadme la noche.
* * *
Se la contamos en veinte minutos y salió un desastre.
Salió un desastre porque las cuatro versiones no encajaban.
Yo tenía la casa de empeños casi entera y la capilla a trozos.
Carmen tenía la primera mitad de la noche con una precisión de parte médico y la segunda en blanco a partir del astronauta.
Lola tenía once historias, tres recuerdos y una fe absoluta en las historias. E Inés no estaba para contar la suya.
Leo escuchaba de pie. Cada vez que alguien decía «no sé», él asentía como si eso fuera una respuesta útil, y creo que para él lo era.
—Vale —dijo cuando terminamos—. Mi parte.
Se sentó por fin, en el borde del sillón, con los codos en las rodillas.
—A las cuatro menos veinte le di las llaves en el vestíbulo. Sudadera del coche. Me dijo que me las dejaba en recepción. Yo subí al despacho a cerrar dos cosas del turno de mañana, porque a esa hora ya no merecía la pena irme a casa.
—¿Y la viste después?
—La vi después. —Se pasó la mano por la nuca—. A las cinco menos veinte, más o menos. Yo bajaba por la escalera de servicio y ella subía del garaje. Con la sudadera puesta. Nos cruzamos en el rellano de la planta baja.
—¿Y qué te dijo?
—Que se le había ido la noche. Que se iba a la cama. —Hizo una pausa muy corta—. Y me preguntó a qué hora entraba yo. Le dije que a las nueve. Me dijo «pues duerme algo, pesado», me dio las llaves en la mano y se fue hacia el ascensor.
Carmen levantó la cabeza.
—¿Te dio las llaves?
—Me dio unas llaves. —Sacó del bolsillo un llavero con un mando negro y un mosquetón—. Estas. Son las de repuesto. Estaban en el cajón del salpicadero, dentro del coche, porque llevo dos años diciendo que las voy a sacar de ahí.
Nadie dijo nada durante un segundo largo. Lola cerró los ojos.
—Joder —dijo.
—Sí.
—O sea que te dio las de repuesto y se quedó las buenas y tú te fuiste a dormir tan contento.
—Lola —dijo Carmen.
—No, si tiene razón —dijo Leo, sin inmutarse—. Eso es exactamente lo que pasó.
Yo miré el llavero encima de la mesa baja, al lado de tres sobres blancos con una luna impresa, y me obligué a preguntar la única cosa que importaba de verdad.
—Leo. Mírame. ¿Estaba en condiciones de conducir?
Él tardó lo suficiente en contestar como para que yo supiera que se lo estaba pensando en serio y no me estaba tranquilizando.
—Sí —dijo—. Y te voy a decir por qué lo digo, no para quedarme tranquilo.
En el rellano hablé con ella cara a cara, medio minuto, a metro y medio, con luz de fluorescente.
Tenía las pupilas normales, hablaba sin arrastrar nada, se acordaba de mi horario, bajó tres escalones sin agarrarse a la barandilla y me hizo una broma.
Llevaba desde la capilla bebiendo agua: eso lo vi yo, y lo visteis vosotras. Tres horas.
—Casi dos —dijo Carmen—. Desde las dos y media larga.
—Casi dos. —Asintió—. No estaba sobria como un lunes por la mañana. Estaba sobria como una persona que ha salido y ha parado a tiempo. Si hubiera visto otra cosa, le quito las llaves y me da igual el numerito. Llevo ocho años quitándole las llaves a gente en la puerta de un hotel.
—Vale —dije.
—No estaba borracha, Vera. Estaba decidida. Que es otra cosa y a mí me da más miedo.
* * *
Lo del rastreador salió a las diez y veinte y nos duró exactamente lo que dura una buena noticia en un mal día.
Leo sacó el móvil y abrió una aplicación con fondo gris y un listado de matrículas, vehículos de servicio del hotel, furgonetas de lavandería, dos coches de dirección.
—El Jeep es mío —dijo, adelantándose a la pregunta que yo no había hecho todavía—. Pero lo tengo dado de alta en la flota porque hago recados de empresa con él y así el seguro es del hotel. Lleva un rastreador debajo del salpicadero desde 2019.
—O sea que sabes dónde está.
—Sé dónde estuvo.
Giró la pantalla. Un mapa gris, una línea azul y un punto.
—Sale del garaje a las cinco y diez. Baja por el Strip, coge la interestatal, se sale en el centro. Última posición a las cinco y cuarenta y ocho, aquí. —Puso la uña en el punto—. Esto es Fremont East. Y después nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada. El dispositivo deja de emitir a las cinco y cuarenta y ocho y no ha vuelto a dar señal en cuatro horas y media.
Se me secó la boca de golpe, y no me gustó nada la película que se me montó en dos segundos.
—Eso no significa lo que estás pensando —dijo Leo, sin mirarme—.
Significa que ese aparato es una porquería de hace siete años que va enchufado a la toma de doce voltios del salpicadero con un adaptador.
Va suelto. Si metes ahí un cargador de móvil, o buscas algo en ese hueco, o le das un rodillazo, se desenchufa.
Se desenchufa solo tres o cuatro veces al año.
—¿Y no salta ninguna alarma?
—Salta un aviso en un correo que mira un chico de flota los lunes.
Lola levantó una mano.
—Perdón. ¿Puedo decir la cosa optimista o me matáis?
—Dila.
—Que si te van a robar el coche, no te bajas antes a Fremont a desenchufar el aparato de la corriente. Eso lo hace alguien que busca un cargador.
Leo la señaló con dos dedos.
—Eso es exactamente lo que pienso yo.
* * *
Y entonces yo dije lo de la policía, porque llevaba media hora diciéndolo por dentro.
—Vale. Se acabó. Son las diez y media, hay una española de treinta y dos años en un país que no es el suyo, sin coche propio, sin teléfono operativo y sin pasaporte, y llevamos cinco horas y media sin saber de ella. Llamamos a la policía.
—No.
—Leo.
—No he dicho que no vayamos nunca —dijo, y se levantó—. He dicho que no ahora, y te voy a decir por qué, con datos, y si después de oírme sigues queriendo llamar, llamamos y te acompaño yo.
—Adelante.
—Adulta. Sin condiciones médicas conocidas.
Sin indicios de violencia. Que se va por su propio pie de la habitación, con su bolso, su chaqueta y su teléfono, dejando el pasaporte en la caja fuerte.
Y una nota manuscrita. —Levantó la barbilla hacia la mesa—.
Con eso, esta mañana, en esta ciudad, lo que hay es un informe.
Le toman los datos, la meten en el sistema como persona adulta desaparecida, comprueban hospitales y detenciones, y esperan.
No sale nadie a buscarla. No hay cámaras, no hay perros, no hay teléfonos que se rastreen esta tarde. Un adulto tiene derecho a irse.
—Eso ya lo sé.
—Ya sé que lo sabes. —Se puso delante de mí—.
Y sí hay una cosa que pasa seguro, y es que a partir de ese minuto la información deja de ser nuestra.
Hay un expediente. Y si dentro de tres horas la encontramos en un motel comiéndose una tortilla porque necesitaba estar sola, tampoco desaparece el expediente.
Ni la llamada al consulado. Ni el número al que llamarán ellos, que es el de su prometido en España.
Yo tenía el argumento en la punta de la lengua y me di cuenta de que era muy pequeño.
—¿Y si nos equivocamos?
—Entonces habremos perdido tres horas y yo tendré que vivir con eso.
—No apartó la mirada—. Lo que te propongo es esto: hasta las dos de la tarde buscamos señales de que se fue queriendo irse.
Si a las dos no tenemos ninguna, o si aparece una sola que apunte a otra cosa, llamo yo, doy mi nombre, doy el del hotel y me pongo de un lado del mostrador que conozco muy bien. Y llamamos a Sergio.
Carmen, desde el sofá, dijo:
—Hasta las dos.
—¿Tú también?
—Yo he trabajado dieciséis años en un sitio donde se decide en cinco minutos si algo es urgente o es grave —dijo—. Esto es grave. Urgente todavía no.
* * *
La foto la encontró Carmen, y fue lo más cómico de la mañana sin pretenderlo.
—Yo no tengo nada en el móvil —dijo—. Yo el móvil lo llevo para los niños.
—Pásalo igual.
Se lo dio a Lola con el gesto de quien entrega un aparato médico. Y Lola abrió el carrete, bajó dos pantallas y se paró.
Porque en la casa de empeños, a la una menos diez de la madrugada, Carmen le había prestado su teléfono a Lola, y ese carrete tenía, entre una foto movida de un arco de flores de plástico y catorce segundos de un astronauta ajustándose un guante, una cosa que ninguna de las tres había visto todavía.
Un rectángulo amarillo pálido, en vertical, con flash, sobre un mostrador.
Un formulario.
—Ay —dijo Lola.
Ampliamos con dos dedos. La cabecera se leía perfectamente: NIGHT OWL PAWN, LLC, Fremont St. E, y debajo, en letra pequeña, CONTRATO DE DEPÓSITO CON RECOMPRA.
Una descripción escrita a mano: anillo, oro amarillo, un diamante, montaje antiguo.
Un importe. Una fecha de vencimiento, sábado, 00:50.
Una firma que reconocí antes de leerla, porque he visto a Inés Navarro firmar cosas desde que teníamos diecinueve años y firma como si le sobrara la mitad del apellido.
Y en la parte de abajo, en la línea de observaciones, tres renglones de letra de imprenta que en la foto salían borrosos.
—No se lee —dijo Lola.
—Se lee «solo» algo, y «pregunta» —dije.
Leo se acercó a mirar por encima de mi hombro y estuvo callado dos segundos.
—Esa tienda abre a las once —dijo.
Miré la muñeca. Las once menos siete, o las once menos nueve, según a quién le hiciéramos caso.
—Necesito un coche —dije.
* * *
El mostrador de alquiler del Crown & Clover estaba entre una tienda de bolsos y una máquina de café que costaba once dólares, y lo llevaba un chico jovencísimo con una corbata verde trébol y una energía de primera hora que no se merecía nuestra cara.
Tenía, dijo, un descapotable rojo.
—No.
Tenía un todoterreno grande, muy popular.
—No.
Tenía, y esto lo dijo bajando la voz como quien ofrece algo indigno, un Nissan Sentra blanco, cuatro puertas, automático, del grupo económico.
—Ese.
Ciento ochenta y nueve dólares al día, más seguro, más una tasa de aeropuerto que no me supo explicar por qué se cobraba en un hotel que no es un aeropuerto, más el depósito.
He discutido presupuestos de banquete con proveedores que me tienen miedo.
Firmé sin leer, que es la primera vez en once años que hago eso, y me oí a mí misma decir «da igual» en voz alta.
Carmen levantó las cejas.
—¿Perdona?
—He dicho que da igual.
—Lo he oído. Lo estoy celebrando por dentro.
Mientras el chico fotocopiaba mi carné internacional, el móvil de Leo vibró encima del mostrador con la pantalla hacia arriba. En la pantalla ponía MARLENE CHO y debajo, en gris, el asunto de un recordatorio: informe trimestral — comité.
Leo le dio la vuelta al teléfono con un dedo, sin cogerlo, y siguió mirando el mapa del aparcamiento.
Yo no dije nada. Estaba aprendiendo a no decir nada, y me estaba costando.
* * *
El Sentra estaba en la planta uno, en un hueco marcado con un cono naranja, y olía a producto de limpieza de coche nuevo, que es un olor químico y muy triste.
Lola se sentó detrás y se puso el cinturón sin que nadie se lo dijera, cosa que no le he visto hacer nunca más. Carmen se sentó a su lado con el bolso en las rodillas. Leo abrió la puerta del copiloto y se quedó un segundo de pie, con el brazo en el techo del coche.
—Conduzco yo —dije—. Sé dónde está y no me da miedo el carril de la derecha.
—No he dicho nada.
—Ibas a decir algo.
—Iba a decir que las llaves las tienes tú.
Me senté, ajusté el asiento, ajusté los dos retrovisores y el interior, y estaba buscando el botón del aire acondicionado cuando noté que Leo no se había movido.
Estaba mirándome la muñeca izquierda.
Yo llevaba toda la mañana tapándomelo con la mano. Con las dos manos en el volante no había manera.
El Seiko de esfera color crema, abrochado en el tercer agujero, encima de un trébol azul de un centímetro.
Leo no alargó la mano. No sonrió. Se quedó exactamente igual, con la puerta abierta y el ruido del ventilador del garaje detrás.
—¿Tampoco recuerdas por qué te lo di? —dijo.
Y yo, que llevo la vida entera teniendo una respuesta para todo, arranqué el coche.