CAPÍTULO 8 #2
Recorrimos la planta veintisiete entera, las dos alas, la máquina de hielo, el office.
Bajamos a la piscina, que a las diez ya tenía cuarenta tumbonas ocupadas por gente pálida y silenciosa.
Recorrimos los restaurantes abiertos, el gimnasio, vacío, y la tienda, donde dos personas compraban ibuprofeno con un gesto familiar.
Yo llevaba el reloj de Leo en la muñeca y me lo tapaba con la mano, como algo que me hubiera llevado sin pagar.
En recepción, una chica con una placa que decía DENISE me explicó, con toda la educación del mundo, que no podían facilitar la localización de una huésped adulta, ni confirmar ni desmentir el uso de una tarjeta llave, ni acceder a las cámaras, y que si estábamos preocupadas podían avisar a seguridad y a la policía.
—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida? —dijo.
—No lo sé.
—¿Cuándo la vio usted por última vez?
Y ahí está el momento: un mostrador de mármol, una chica de veinticuatro años con un bolígrafo encima de un papel, esperando un dato que yo le doy a un fotógrafo cinco veces por boda.
Abrí la boca y no tenía nada.
—Anoche —dije.
—¿A qué hora, más o menos?
—No lo sé exactamente.
—¿Sobre las…?
—No lo sé —dije—. Lo siento. No lo sé.
* * *
Nos sentamos las tres en un sofá enorme del vestíbulo, con el ruido de las tragaperras al fondo, y a mí me pasó por la cabeza —y lo cuento porque me define— que a las once y media teníamos una reserva que no admitía cambios y había que anularla antes de las diez y media para no perder el cincuenta por ciento.
—Vale —dije—. Vamos a ordenarlo.
—Vera.
—No, esto sí se ordena. Esto es exactamente lo que se ordena.
—Saqué el móvil, que llevaba cuarenta minutos cargando, y abrí una nota—.
Lo que sabemos: se fue por su propio pie.
Se llevó el bolso pequeño, la chaqueta y el móvil, porque da tono.
Se dejó la maleta, el neceser, el cepillo y el pasaporte, que está en la caja fuerte, lo he mirado.
Quien se deja el pasaporte no se va lejos.
—O no se va a un aeropuerto —dijo Carmen.
—O no se va a un aeropuerto. Correcto. —Escribí—. Se dejó tres sobres y se llevó el suyo.
Lola levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Los sobres. Anoche escribimos cuatro. Ahí arriba hay tres.
—Ay, madre.
—Y hay otra cosa. —Y aquí bajé el móvil, porque esto no lo leía de ninguna nota—. Anoche, en algún momento, Inés le pidió a Leo las llaves de su coche.
Carmen se giró hacia mí.
—¿Qué?
—En el vestíbulo, cuando volvimos. Le dijo que tenía frío y que le prestara una sudadera de las del coche, y él le dio las llaves y le dijo que la gris era la buena.
—Me pasé las manos por la cara—. Y después yo estuve en el garaje con ella, en la planta de empleados.
Ella al volante y yo de pie, y le pregunté qué hacía.
—¿Y qué te dijo?
—Que necesitaba conducir.
Nadie dijo nada durante cuatro o cinco segundos. Una máquina cantó un premio pequeño y sonó una moneda en una bandeja de metal, que es un sonido grabado porque ya no hay monedas.
—Vera —dijo Carmen, muy despacio—. ¿Y eso a qué hora fue?
—No lo sé.
—¿Fue antes o después del bar?
—No sé si hubo bar.
—Hubo bar —dijo Lola, mirando su teléfono—. Hay una historia a las cuatro y doce y el fondo es verde. El bar del vestíbulo es verde.
* * *
Bajamos a la planta menos dos por la escalera de servicio, porque el ascensor de empleados pide tarjeta y la escalera no, y porque ninguna estaba para esperar.
El garaje de personal tiene el techo bajo, tubos naranjas, luz fluorescente y las plazas pintadas con una P blanca y un número. Olía igual que en mi recuerdo, a hormigón y goma caliente, y ese olor me confirmó que yo había estado allí de madrugada.
Bajé por la fila mirando los coches. Un monovolumen. Dos furgonetas del hotel. Un utilitario rojo. Una moto.
Y en la plaza P-114, entre un todoterreno blanco y una columna con una franja amarilla, no había nada.
Nada de nada. Una plaza vacía con una mancha de aceite en el centro y un cartón de café aplastado en un rincón.
Me quedé de pie delante de aquel rectángulo vacío.
Cuarenta y una bodas. Cuarenta y una. Autobuses que no venían, novias encerradas en un baño, un cura con gripe, ciento cuarenta personas debajo de una carpa que se llenaba de agua.
He estado en mitad de un desastre logístico con un pinganillo en la oreja y la voz firme más veces de las que puedo contar, y siempre supe dónde estaba todo el mundo.
—Vale —dije—. Esto no estaba en el plan.
Carmen me puso una mano en la espalda y la dejó ahí. No dijo «tranquila». No dijo «seguro que no es nada»: ha dado demasiadas malas noticias en un pasillo como para decir esas cosas.
—Llámalo —dijo.
—Carmen…
—Es su hermano y es su coche. Llámalo tú, que has hablado con él más que ninguna, y ahora, antes de que sean las once y esté en una reunión.
Saqué el teléfono. Treinta y uno por ciento. Y me di cuenta, con la última capacidad de bochorno que me quedaba, de que no tenía el número de Leo Navarro. Que no lo había tenido en nueve años. Y que si nos lo habíamos dado la noche anterior, tampoco me acordaba.
Lola me quitó el móvil, buscó tres segundos en el suyo y me lo devolvió con la llamada ya marcando.
—Se lo pedí anoche por si me perdía —dijo—. Lo pido siempre. Es lo único responsable que hago.
Un tono.
Dos.
Y a mitad del tercero, la voz de Leo. No dijo hola. No dijo dígame. No dijo mi nombre.
—Dime que mi hermana está contigo.