Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Inventario de daños

Me despertó el aire acondicionado.

Abrí los ojos y vi el techo.

Era un techo blanco con una moldura falsa y un detector de humos parpadeando en verde cada seis segundos. Lo miré un rato largo, y en ese rato mi cerebro no me dio ninguna información sobre cómo había llegado allí.

He organizado cuarenta y una bodas. Me sé los teléfonos directos de cuatro floristas, dos ambulancias privadas y un cerrajero de guardia. Mi trabajo consiste, literalmente, en saber lo que va a pasar.

Lo que no sabía, a las nueve y veinte de la mañana del viernes, era qué había hecho entre las tres de la madrugada y ese techo.

Levanté la mano izquierda para mirar la hora.

Y en la muñeca había un reloj de hombre.

* * *

Vamos por partes, que es como lo hice entonces.

Elemento uno: un Seiko mecánico de esfera color crema, correa de piel marrón reventada por los bordes, abrochado en el tercer agujero, que me quedaba grande y me bailaba en el hueso.

Marcaba las nueve y veinticuatro. Yo no sabía todavía que se adelantaba dos minutos al día, pero sabía de quién era: se lo había reconocido a su dueño antes de reconocerle la cara.

Elemento dos: debajo de la correa, en la cara interna de la muñeca, un sello de tinta azul del tamaño de una moneda de veinte céntimos. Un trébol de cuatro hojas. Lo froté con el pulgar y no se fue; con saliva se puso más oscuro.

Elemento tres: agujetas. De verdad, en los gemelos y detrás de los muslos, como si hubiera subido escaleras durante horas. Y en la planta del pie derecho, una ampolla.

Elemento cuatro: mi vestido puesto, mis pendientes puestos, mis zapatos a metro y medio de la cama, uno de pie y otro de lado.

Elemento cinco, el más humillante: al lado de la almohada, sin plato y sin explicación, medio sándwich club envuelto en una servilleta de tela del hotel.

Me senté en el borde de la cama. La cabeza me iba a otro ritmo que el cuerpo, con dos segundos de retraso, como una traducción simultánea mal hecha.

Y no me dolía. Esa es la parte que he tenido que explicar mil veces.

No estaba con resaca de las de tumbar a nadie, sino con algo peor y menos glamuroso: treinta y siete horas despierta con cuatro y media de sueño de avión, nueve de diferencia horaria en el cuerpo, siete u ocho copas repartidas en una noche entera y un litro y medio de agua menos del que necesita una persona en un desierto.

Eso no te destruye: te desconecta trozos.

Miré a la izquierda. La otra cama estaba deshecha y ocupada: Lola, boca abajo, en diagonal, con un pie fuera del colchón, vestida de la noche anterior y el móvil agarrado con los cinco dedos como quien duerme abrazado a un peluche.

Miré al suelo. Y entre las dos camas, sobre la moqueta, estaba Carmen.

Carmen Aguilar, treinta y seis años, enfermera de urgencias, madre de dos, dormía profundamente en el suelo de una suite del Strip, con la cabeza en un cojín del sofá y tapada hasta la barbilla con una manta verde botella con el escudo del hotel, de esas de la sala de juego para los que se quedan de madrugada.

Nadie tenía nada que hacer con esa manta a treinta metros de una cama.

—Carmen.

—Mmm.

—¿Por qué estás en el suelo?

Abrió un ojo. Lo cerró. Volvió a abrirlo.

—Porque es más duro —dijo, con la voz de alguien a quien hubieran pasado por una prensa— y llevo seis años durmiendo con una niña de tres dándome patadas en los riñones.

—Vale.

—He dormido cinco horas y veinte minutos seguidas. —Se incorporó sobre un codo y miró alrededor con la evaluación de tres segundos de los sanitarios al entrar en una habitación—. Todo el mundo respira. Buen comienzo.

* * *

Encontré mi teléfono donde tenía que estar: en el bolso de Carmen, junto a los otros tres.

Cuatro por ciento de batería. Diecisiete notificaciones, todas laborales, ninguna importante. La hora decía 09:31. El pacto había terminado a las ocho y no lo había cumplido ni un minuto de más: había estado dormida.

Lo puse a cargar y me quedé de pie en el salón, y el salón me contó su parte.

Dos vasos de agua llenos, intactos. Una bolsa de patatas abierta.

Un pintalabios sin capuchón. La chaqueta vaquera de Inés sobre el respaldo del sofá, que entonces no significó nada y después significó bastante.

Las cortinas descorridas, con el Strip a las nueve y media, la peor hora para verlo: apagado, beige, polvoriento, como una feria sin luz.

Y en la mesa baja, contra la lámpara, tres sobres blancos cerrados.

Los conté dos veces.

Tres.

* * *

—Buenos días, familia —dijo Lola desde la puerta, con voz de ultratumba y el móvil en la mano—. Tengo una cosa muy graciosa y una muy rara.

—Empieza por la rara —dijo Carmen.

—Anoche publiqué once historias.

—Eso no es raro. Eso es martes.

—Carmen. —Se sentó en el brazo del sofá y giró el teléfono hacia nosotras—. Publiqué once historias y me acuerdo de tres.

Nos enseñó la lista. Es fea de ver: rectángulos pequeñitos en fila con una hora debajo, como un extracto bancario de tus decisiones.

23:58. 00:04. 00:41. 01:12. 01:33. 02:20. 02:41. 03:26. 03:58. 04:12. 04:31.

—Las tres primeras me las sé —dijo—. Karaoke, karaoke y taxi. Y luego hay una que es un perro. ¿Por qué hay un perro?

—Bingo —dije.

—¿Quién es Bingo?

—El perro de la casa de empeños.

Lola levantó la cabeza muy despacio.

—¿La casa de empeños existe?

—La casa de empeños existe.

—Yo creía que era un sueño. He soñado con una tienda con guitarras colgadas y una señora con gafas de cadena y me he despertado pensando «qué bonito lo que hace mi cerebro».

—Tu cerebro no ha hecho nada. Tu cerebro estuvo allí.

Abrió la de la 01:12: el escaparate del Night Owl Pawn desde fuera, en vertical, con música encima y un texto amarillo que decía «SOS». Duraba cuatro segundos.

Abrió la de la 02:41 y la cerró enseguida: era la moqueta.

—Vale, esto lo tengo que ver entero, con calma y con un café —dijo—. Y los mensajes, porque cuando publicas once historias a las cuatro de la mañana la bandeja es un festival.

—Lola.

—Y hay una a las cuatro y doce que no sé qué es y dura veintiocho segundos, o sea larguísima, o sea que ahí pasa algo…

—Lola —dije—. ¿Dónde está Inés?

* * *

La segunda habitación de la suite tenía dos camas separadas por una mesilla.

La de la izquierda estaba deshecha. Era la mía, aunque yo hubiera dormido en la de Lola, cosa que tampoco supe explicarme.

La de la derecha estaba hecha.

No revuelta. No con la colcha caída. Hecha por la camarera de piso el día anterior, con la esquina de la sábana en triángulo, el bombón en la almohada dentro de su papelito y las zapatillas en paralelo debajo de la mesilla.

En el respaldo de la silla, el vestido de la cena. En el baño, su neceser abierto, su cepillo de dientes húmedo, su rímel. En el suelo, la maleta abierta.

Y no estaban tres cosas: el bolso pequeño marrón que llevó cruzado toda la noche, la chaqueta de punto beige que se pone cuando tiene frío, y ella.

—A lo mejor ha bajado a desayunar —dijo Lola.

—Inés no baja a desayunar sola —dije—. Inés no baja a nada sola. Inés lleva quince años esperando a que alguien la acompañe al baño.

Carmen ya estaba en el pasillo, descalza, asomándose a los dos lados.

—Llámala.

La llamé.

Un tono. Dos. Tres. Cuatro. Y después una voz americana explicándome en inglés, con amabilidad insoportable, que el usuario no estaba disponible.

—Otra vez.

La llamé otra vez. Lo mismo.

—Dice que no está disponible —dije—, no dice que esté apagado. Eso es que da tono y no lo coge.

—O que lo tiene en silencio.

—O que lo tiene en el bolso —dijo Carmen—, y el bolso está donde ella, y ella está en la piscina, y dentro de veinte minutos nos vamos a sentir todas muy tontas.

Y fue Lola la que se giró hacia la mesa baja, con el teléfono en la mano:

—¿Y eso qué es?

* * *

Estaba debajo de los tres sobres, apoyados contra la lámpara: doblada en dos, con el borde asomando un centímetro.

Era una hoja del bloc del hotel: papel color hueso con el trébol impreso en verde y la dirección del Crown and Clover al pie.

Estaba escrita con un bolígrafo que se atascaba en las curvas.

No me busquéis hasta que sepáis por qué me fui.

Termina lo que empezamos.

Nada más. Sin firma, sin fecha, sin hora, sin nombre de nadie.

La leí cuatro veces. A la cuarta me di cuenta de dos cosas y las dije en alto, porque decirlas en alto es mi manera de no gritar.

—Está viva.

—Vera…

—Escuchadme. Está viva y está bien, o lo estaba cuando escribió esto.

Esta nota no la escribe alguien a quien le está pasando algo: la escribe alguien que ha decidido algo.

La letra es la suya, recta, no tiembla, no hay tachones, y ha tenido tiempo de doblarla y colocarla debajo de los sobres.

—Puse el dedo en el papel—. Y la segunda: pone «termina», no «terminad».

—¿Y qué más da?

—Que es singular.

Carmen me quitó la nota, la leyó y me la devolvió.

—Es una nota escrita a las cinco de la mañana. No es un contrato.

—Inés es abogada.

—Inés es abogada a las once de la mañana. A las cinco es una persona como todas.

Lola cogió el móvil y empezó a marcar.

—Voy a llamar a Sergio.

—NO.

Lo dije con la voz que uso cuando el padre de una novia intenta entrar en la cocina del catering, y las dos se me quedaron mirando.

—No llamamos a Sergio —dije—. Todavía no.

Son las diez menos veinte aquí, o sea las siete menos veinte de la tarde en Madrid.

Si le llamamos ahora, en veinte minutos tenemos a Sergio, a su madre, a la madre de Inés y a ciento ochenta invitados llamando desde España, y no tenemos nada que contarles excepto que su novia no está en la habitación a las nueve y media de la mañana.

—Cogí aire—. Le damos una hora. Buscamos bien, y si en una hora no sabemos nada, llamo yo.

Carmen asintió una vez.

—Una hora —dijo—. Y cuento yo.

* * *

Hicimos lo que hace todo el mundo, y lo hicimos mal, y no me arrepiento: no había otra manera.