CAPÍTULO 7 #2
La primera es el frío. Aquella capilla tenía el aire acondicionado a temperatura de carnicería, yo llevaba un vestido de tirantes y empecé a tiritar de manera absurda, y no era emoción: eran diecisiete grados.
La segunda es que el astronauta hablaba con un acento del sur marcadísimo y decía «matrimonio simbólico» cada cuatro frases, como una advertencia legal en un anuncio de coches.
Y la tercera es el reloj.
* * *
Esto lo recuperé el último, entero, de golpe, cuatro días más tarde, y me senté en el suelo de un pasillo.
Estábamos de pie delante del arco de flores. Yo tenía las manos heladas. Y en algún hueco de la ceremonia, mientras el astronauta buscaba una hoja en el atril, me giré hacia Leo y le dije en voz baja una cosa que llevaba dentro desde una azotea de gravilla:
—No sé hacer esto.
—Ya lo sé.
—No es la capilla, es todo. Llevo desde las ocho de la tarde sin saber qué va a pasar dentro de una hora y tengo la sensación física de ir andando sin suelo.
Leo se miró la muñeca izquierda y se desabrochó la correa.
Era el Seiko de su padre: esfera color crema, agujas finas, correa de piel marrón reventada por los bordes, la misma que le había visto a los veintisiete años y la que le reconocí antes que la cara en el vestíbulo.
—Toma.
—¿Qué haces?
—Dártelo.
—No.
—Vera. —Me cogió la mano izquierda, me pasó la correa por debajo de la muñeca, encima del trébol azul, y abrochó la hebilla en el tercer agujero, que le quedaba grande, y aun así se la puso—.
Era de mi padre. Se adelanta dos minutos al día.
Dos. Todos los días, desde que tengo memoria.
Lo llevó al relojero cuatro veces y las cuatro volvió igual, y al final dejó de llevarlo y decía que el reloj iba bien y que el problema era el mundo.
—Eso no arregla nada.
—No arregla nada. —Me giró la muñeca para ver la esfera—. Pero llevas ocho horas mirando dónde no hay relojes. Aquí tienes uno. Y ese, además, miente.
Yo miré el reloj de un muerto en mi muñeca, en una capilla de Las Vegas, con un astronauta buscando una hoja plastificada a dos metros.
—Necesito algo que me recuerde que el tiempo no se controla —dije.
—Pues ya lo tienes.
* * *
De los votos no tengo nada.
Nada. Ni una palabra. Sé lo que dije porque lo he visto y lo he oído, y las dos veces se me puso el estómago del revés, pero no lo recuerdo. Eso no es alcohol: uno no se acuerda de lo que dice cuando lo dice sin permiso.
Lo siguiente que tengo es la calle.
* * *
Las tres y diez de la madrugada.
La puerta de la Lucky Chapel se cierra con un timbre de tienda. Carmen ha salido antes y busca un taxi con el brazo levantado. Lola está en el bordillo revisando el vídeo y riéndose sola. Inés está a diez metros, de espaldas, con el teléfono en la oreja y la pantalla apagada: está hablando sola.
Hace veinticuatro grados. El neón rosa zumba. Huele a lejía de la lavandería de al lado.
Y Leo está a mi lado en la acera, con las manos en los bolsillos, mirando el aparcamiento de enfrente.
De ese beso conservo tres cosas y ninguna es una frase.
Conservo que empecé yo, con una certeza que no admite discusión, porque conservo la sensación exacta de la decisión: ese medio segundo en el que uno sabe que va a hacer algo y todavía podría no hacerlo.
He vivido treinta y cuatro años dentro de ese medio segundo.
Lo conozco como se conoce una habitación.
Conservo que le puse la mano en el cuello, que estaba caliente y que llevaba doce horas sin afeitarse.
Y conservo que en algún momento me sujetó la muñeca izquierda —la del reloj—, sin apretar, con el pulgar en la correa, como quien comprueba que algo sigue en su sitio.
Lo demás no lo tengo.
* * *
Del taxi de vuelta tengo la nuca del conductor, a Carmen dormida contra la ventanilla y a Lola diciendo que tenía hambre.
Del vestíbulo del Crown and Clover a las cuatro menos veinte tengo el frío. Dieciocho grados, moqueta de tréboles, tres arañas al veinte por ciento y el ruido de las máquinas al fondo, que no para nunca.
Y tengo a Inés diciéndole a su hermano en el vestíbulo:
—¿Tienes una sudadera en el coche?
—Tengo dos.
—Dame las llaves.
—Te la subo yo.
—Leo, que entras a trabajar en seis horas. Dame las llaves, cojo la sudadera y te las dejo en recepción.
Y Leo, que llevaba ocho horas resolviéndole cosas a todo el mundo, que había visto a su hermana empeñar el anillo de su abuela sin intervenir y por eso tenía la guardia en el sitio equivocado, se metió la mano en el bolsillo y le dio las llaves de un Jeep Cherokee gris con un rastreador de flota debajo del salpicadero.
—La gris es la buena —dijo—. La azul huele a gasolinera.
* * *
Y aquí está el último trozo, y no sé dónde va.
No sé si fue diez minutos después o una hora y media.
No sé si antes hubo un rato en el bar del vestíbulo, aunque me han dicho que sí y me han enseñado pruebas.
No sé si subimos a la habitación y volvimos a bajar.
Lo he colocado en la línea del tiempo de doce maneras y no encaja: la memoria no es una hoja de cálculo y hay filas que se quedan fuera de la tabla.
Garaje del hotel. Planta menos dos, la de empleados. Techo bajo, tubos naranjas, un ruido de ventilación enorme y ese olor a hormigón y goma caliente de todos los garajes.
El Jeep gris está aparcado en batería.
La puerta del conductor está abierta.
Inés está sentada al volante, con los pies todavía fuera del coche, una sudadera azul marino de personal del Crown and Clover encima del vestido y las mangas dos tallas grandes. Tiene las manos en la parte baja del volante. No ha arrancado: las llaves las tiene en el regazo.
Yo estoy de pie, a dos metros, con el reloj de su hermano en la muñeca y el trébol azul debajo.
Y le pregunto qué hace.
E Inés me mira, muy tranquila, muy despierta, con la cara de quien lleva tres horas sin beber nada que no sea agua, y me dice:
—Necesito conducir.
Después de eso no tengo nada.