Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Lo último que recuerdo

Lo que viene ahora lo he reconstruido en cuatro meses.

Lo digo por delante para que nadie se lleve una impresión equivocada.

Tengo un recibo plastificado, un vídeo de treinta y un minutos, dos testigos con buena memoria, muchos mensajes y bastante insistencia mía.

Con todo eso he montado aquella madrugada como un mueble sueco: en el orden correcto, con las piezas correctas y la sensación de que sobra un tornillo.

Pero conviene entender una cosa: aquella mañana, a las nueve y veinte, yo no tenía nada de esto.

Tenía un reloj de hombre en la muñeca izquierda, un sello de tinta azul y agujetas en los gemelos.

Lo demás vino después.

* * *

Lo que sí es mío, lo que no me ha contado nadie, son los trozos. Y empiezan en un taxi.

Íbamos cinco en un coche de cuatro, lo cual es ilegal en Nevada y en todas partes, y no lo hicimos: fuimos en dos taxis, pero en mi cabeza es un taxi solo. La memoria no borra: fusiona. Coge dos taxis y los aprieta hasta que caben en uno.

Voy delante, porque siempre me siento delante. El conductor lleva un ambientador de cartón con forma de pino y una emisora donde un hombre habla de fútbol americano en tono de tragedia griega. Fuera hay veinticinco grados y la ventanilla está caliente.

Detrás, Lola grita que si el bolso de Carmen tiene los móviles, y Carmen contesta que sí, y que preguntarlo cada once minutos no los multiplica.

Carmen abre el bolso y nos devuelve los teléfonos.

—Norma tres —dice—. Si nos separamos, os quiero localizables.

E Inés dice, desde el asiento de en medio, con voz perfectamente normal:

—Al final la mala idea la voy a hacer yo.

* * *

Lo del Night Owl Pawn sí lo recuerdo casi entero, y creo que porque estuve furiosa: la furia deja mejor archivo que la alegría.

Es una tienda estrecha en Fremont East, con media fachada de guitarras eléctricas colgadas del techo y la otra media de vitrinas de relojes.

Dentro, un mostrador en ele, un fluorescente que zumba, una máquina de refrescos y, detrás, un perro viejo, gordo y beige, tumbado sobre una manta, que levantó una ceja cuando entramos y no hizo nada más.

—Se llama Bingo —dijo la mujer—. Está sordo. No le hagan carantoñas, que se asusta si le tocan sin verlo.

Nora Bell tendría poco más de sesenta años: gafas colgadas de una cadena, tres bolígrafos en el bolsillo, una carpeta de anillas con hojas en fundas de plástico.

No nos miró como se mira a cuatro españolas y un hombre entrando de madrugada en una casa de empeños, sino como mira una funcionaria a la persona número catorce del día.

—¿Compran, venden o empeñan?

—Empeñamos —dijo Inés.

—Vamos a mirar —dije.

Nora nos miró a las dos.

—No es lo mismo.

Inés puso el anillo en el mostrador.

Y aquí empecé a hablar.

—Norma siete —dije—. Nadie firma nada.

—No voy a firmar nada.

—Aquí se firma. En estos sitios se firma siempre. Es un contrato de préstamo con garantía: intereses, plazo y cláusula de pérdida de la propiedad. He leído cosas peores, pero no muchas.

—Vera.

—Es el anillo de tu abuela.

—Ya sé de quién es el anillo.

Nora Bell, mientras tanto, había sacado una lupa de joyero, cogido el anillo sin pedir permiso, mirado ocho segundos y dejado donde estaba.

—Ese anillo no vale lo que ustedes creen —dijo.

—Ya lo sé —dijo Inés.

—Y montado de nuevo vale menos, porque el remontaje se paga y no se recupera. Le puedo dar cuatrocientos.

—No quiero cuatrocientos.

—Entonces no sé qué quiere.

—Quiero dejarlo aquí —dijo Inés—. Cuarenta y ocho horas. Y recuperarlo pagando lo que sea. No quiero venderlo.

Nora Bell dejó los brazos en el mostrador.

—Eso es un depósito con recompra.

—Vale.

—Es más caro y no tiene sentido económico.

—Estupendo.

—Señora, en veintinueve años cuatro personas me han pedido lo mismo, todas en su situación, y a las cuatro les dije lo mismo: yo no soy la que tiene que oír esto.

Y ahí, por primera vez en la noche, Inés no bromeó, no cambió de tema ni miró a otro lado.

—Ya lo sé —dijo—. Pero usted es la única que está abierta.

Nora Bell sacó un formulario de una funda.

Lo que pasó después lo he reconstruido dos veces, porque yo estaba mirando a Leo, junto a la máquina de refrescos, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada.

No intervino. Después me diría que llevaba veinte años interviniendo en las decisiones de su hermana y quería probar qué pasaba si no.

Inés puso una condición.

—Quiero una cláusula.

—Esto no es un despacho de abogados.

—Yo soy abogada.

—Enhorabuena —dijo Nora Bell, sin levantar la vista.

—Quiero que solo pueda retirarlo yo. Yo, en persona, con mi pasaporte. O alguien que conteste una pregunta.

Nora levantó la vista.

—¿Qué pregunta?

Inés abrió el bolso, sacó su sobre —el de la letra grande y torcida— y lo puso delante.

—Esta.

Nora Bell se puso las gafas, leyó y escribió con letra de imprenta en la línea de observaciones, despacio, mientras Bingo respiraba detrás. Le dio la vuelta al papel para que Inés lo comprobara, hizo una fotocopia, la metió en una funda de plástico y la funda en la carpeta.

—Cuarenta y ocho horas —dijo—. Domingo a la una menos diez de la madrugada. A partir de ahí es venta.

Inés firmó.

—Norma siete —dije yo.

—Ya —dijo Inés, y me devolvió el bolígrafo como quien devuelve algo que se me había caído.

* * *

Fragmento sin contexto: Lola de rodillas delante del perro, susurrándole en español a un galgo mestizo sordo de trece años. Carmen detrás, con una botella de agua, diciendo «se te va a llenar el pantalón de pelo».

Fragmento sin contexto: Fremont Street de madrugada, la pantalla del techo encendida, tres músicas a la vez. Un hombre disfrazado de estatua dorada. Otro con un cartel que ofrecía discusiones sobre cualquier tema por un dólar.

Fragmento sin contexto: una manga con lentejuelas azules pasando por mi izquierda a la altura del codo. No la cara. La manga.

* * *

Y después la capilla.

De la capilla tengo mucho y tengo poco, y no en el orden correcto.

Se llamaba Lucky Chapel: un edificio bajo y blanco con un neón rosa en la fachada, en una calle donde no había nada abierto excepto una lavandería y un aparcamiento.

Dentro, seis sillas de escay, un mostrador, un expositor de postales y un olor a ambientador de vainilla que se te metía en la garganta.

Nos abrió una mujer de unos cincuenta y cinco años, en chándal, con moño perfecto y un cuaderno de reservas.

—Mabel —dijo—. ¿Cuántos son y quiénes se casan?

—Nadie —dije yo.

—Estos dos —dijo Lola.

—Nadie —repetí.

—Tenemos tres paquetes —dijo Mabel Singh, girando el expositor sin prisa—.

Silver: doce minutos, ramo de plástico, dos fotos.

Gold: veinte minutos, música, oficiante temático a elegir, ramo, vídeo digital y custodia treinta días.

Eternity: lo de Gold más pétalos y una copa de espumoso que no les voy a recomendar.

Y antes de que pregunten: nada de esto es legal.

Es ceremonial. Ceremonial only. Si quieren casarse de verdad, la licencia se saca en el condado, y hoy está cerrado.

—Gold —dijo Lola.

—¡Lola!

—Es el que trae vídeo.

—Es el que trae oficiante temático —dijo Carmen, leyendo la carta plastificada con las gafas de cerca—. Hay un Elvis, un pirata, un vampiro y… ¿qué es esto?

—Astronauta —dijo Mabel.

Hubo un silencio de dos segundos y medio.

—Astronauta —dijo Lola.

Y creo que ese fue el momento en que la noche dejó de ser recuperable.

* * *

Yo dije que no ocho veces. Lo sé porque en el vídeo, que he visto entero, se me oye decirlo tres.

Dije que no era gracioso. Dije que era una falta de respeto a mi profesión, que hoy me parece la frase más divertida que pronuncié en el viaje.

Dije que allí había cuatro personas y ninguna en condiciones de tomar decisiones documentales, y Mabel Singh contestó, sin inmutarse, que en veintiséis años nadie había entrado en condiciones de tomarlas y que por eso no expedían documentos.

Y después miré a Leo.

Leo estaba apoyado en el marco de la sala pequeña, como toda la noche, con la cara de un hombre a quien le proponen una cosa ridícula y calcula cuánto le va a costar.

—Yo lo hago si lo hace ella —dijo.

—Eso es exactamente lo que no hay que decir —dije.

—Es lo único que se puede decir.

—Es una jugada.

—Es una jugada —admitió—. Pero es tu turno.

Y era mi turno. Ese es el problema. Llevaba toda la noche contando los síes como quien controla un catering, sabía que el mío estaba pagado desde el karaoke y que aquello no era una propuesta que rechazaría normalmente: era una que rechazaría siempre, en cualquier universo, con cualquier hombre.

Inés se acercó y me puso la barbilla en el hombro.

—Vera —dijo—. Son veinte minutos y una flor de plástico.

—Es mi trabajo.

—Es una parodia de tu trabajo. No es lo mismo. —Y me apretó el brazo—. Y si tú lo haces, yo mañana os cuento lo de Bruselas.

Eso último no me lo he inventado: está en el vídeo, de fondo, muy bajo, pero está.

—Gold —dije.

Lola gritó tan fuerte que Mabel Singh nos hizo bajar la voz a las dos y cuarto de la madrugada en una capilla vacía.

* * *

Nos sellaron la muñeca en la entrada.

Es lo que hacen: un sello como el de las discotecas, para volver a recoger las fotos sin pagar dos veces. Un trébol azul de cuatro hojas, de un centímetro, en la cara interna de la muñeca izquierda.

Tardó tres días en irse del todo.

* * *

La sala de ceremonias tenía diez bancos, un arco de flores de plástico rosas y blancas, dos candelabros eléctricos y un fondo de terciopelo azul con estrellitas cosidas.

La música salía de un altavoz portátil. El oficiante apareció con un traje espacial blanco, hinchado en brazos y piernas, y el casco bajo el brazo como un balón.

Carmen se sentó en el primer banco, se puso una mano en la boca y no se la quitó en veinte minutos.

Lola grabó de pie, con el móvil en alto y sin decir una palabra, cosa que ella negaría después.

Y de la ceremonia, tres cosas.