Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 6 #2
23%

CAPÍTULO 6 #2

Eran las dos menos veinte, yo llevaba despierta desde las siete de la mañana hora española —veintiocho horas— y había bebido lo suficiente para que las cosas tuvieran los bordes blandos y no lo suficiente para no darme cuenta de lo que hacía.

Es un estado peligrosísimo: no te vuelve incoherente, te vuelve sincera, y la incoherencia se disculpa al día siguiente y la sinceridad no.

—Te vas a quedar sin turno —dije—. Mañana trabajas.

—Mañana entro a las once.

—Has dicho a las nueve.

—He dicho a las nueve delante de mi hermana. —Levantó una botella a modo de brindis—. Es una técnica.

Me reí. Y después dije, sin preparación, sin esquema, sin cuatro puntos numerados:

—¿Por qué te fuiste?

Leo dejó la botella entre los pies.

—Chicago —dijo—. Un puesto de mierda en un hotel de aeropuerto, dos años, turnos de noche. Ya lo sabes.

—Sé lo que hiciste. No sé por qué.

—Vera.

—Ya. Lo pregunto por primera vez en nueve años y lo pregunto en un tejado. Muy digno.

—No he dicho eso.

—Lo he dicho yo. Me estoy adelantando, que también es una técnica.

Leo se pasó la mano por la cara y cuando la apartó ya no estaba el sarcasmo. Se le va de golpe, como si apagara un electrodoméstico, y entonces las frases son cortas y hay que agarrarse.

—Mi padre llevaba dos años muerto —dijo—.

Mi madre se había ido a Alicante. Inés tenía veintitrés años, hacía unas prácticas de mierda y llamaba a casa todos los domingos porque creía que si no llamaba se nos caía algo.

Y yo estaba en Madrid, en un hotel de la Castellana, y todo el mundo sabía lo que iba a pasar conmigo.

—¿Y qué iba a pasar?

—Iba a pasar que a los cuarenta y cinco sería subdirector de ese hotel, que viviría a veinte minutos de mi madre y que en las cenas de Navidad todo el mundo diría que menos mal que estaba yo.

—Recogió una piedrecita y la tiró hacia el cartel, y no le dio—.

Y no era una vida mala, ese es el asunto: era buena.

Simplemente no la había elegido nadie. Estaba ahí, montada, esperándome, como una habitación que te asignan al llegar.

—Y te fuiste.

—Y me fui.

—Sin decírmelo.

—Te lo dije.

—Me lo dijiste doce días antes.

—Te lo dije doce días antes —admitió— porque lo decidí catorce días antes. Firmé un martes. El jueves te lo dije.

Y aquí viene la parte por la que llevo nueve años dando rodeos.

—Vale —dije—. Pues yo no dije nada.

—No dijiste nada.

—Dije «qué bien». —Me oí decirlo con la voz de Inés en el pasillo, dos horas antes, y me dio un frío que no tenía que ver con la temperatura—.

Dije «qué bien, Leo, es una oportunidad buenísima», y te ayudé a hacer una lista de las cosas que tenías que llevarte.

Una lista. Se la hice yo. En una libreta.

—Me acuerdo de la libreta.

—Y luego me fui a mi casa y estuve dos días esperando a que me llamaras para pedirme una cosa.

—¿Cuál?

—Cualquiera. —Levanté las manos—. Que fuera. Que te esperara. Que te acompañara al aeropuerto. Lo que fuera, con tal de que lo pidieras tú.

Leo se quedó mirando el suelo.

—Yo estuve esos dos días esperando a que tú me dijeras que no me fuera.

—No te lo iba a decir.

—Ya lo sé.

—Tenías veintisiete años y un contrato firmado. ¿Qué iba a hacer, pedirte que lo rompieras por una chica con la que llevabas siete semanas?

—Podías haberlo pedido.

—Podías haberlo pedido tú.

—Sí —dijo—. Podía.

Y ahí estuvimos, con el ruido de la ciudad debajo, mirando cada uno a un sitio distinto y admitiendo lo mismo por caminos separados: que ninguno había sido abandonado, que ninguno había abandonado a nadie, y que aquello, que debería haber sido un alivio, era más difícil de digerir que un culpable.

Es más fácil que te dejen. Un abandono tiene un responsable y una fecha. Aquello no tenía nada: dos personas educadas esperando cada una a que la otra hiciera el ridículo primero.

—Deberíamos bajar —dije.

—Sí.

Ninguno de los dos se movió.

—Voy a bajar yo primero —dijo Leo por fin, levantándose y recogiendo la botella—, porque si bajamos juntos, Lola va a hacer un ruido.

—Va a hacer un ruido igual.

—Ya. Pero si bajo yo solo, el ruido lo aguantas tú.

—Qué caballero.

—Es que llevo ocho años en el sector servicios. —Ya con la mano en la puerta, se paró—. Vera.

—Dime.

—El sobre. —Señaló con la barbilla el rectángulo blanco que yo tenía en el regazo—. Lo tienes ahí desde hace veinte minutos y le has doblado la esquina.

Miré el sobre: la había doblado y desdoblado tantas veces que el papel se había puesto blando y translúcido.

—Es un pliegue de fatiga —dije.

—Es una pregunta que no quieres contestar.

Y bajó.

* * *

Me quedé sola en la azotea exactamente el tiempo que tarda una persona en darse cuenta de que está sola en una azotea.

Después saqué el bolígrafo azul de Dwayne, que se había quedado enganchado en mi bolsillo, y abrí el sobre.

No lo pensé mucho, y es lo que he tenido que explicar después ochenta veces: no hacía falta pensarlo.

La respuesta llevaba ahí desde las seis menos veinte de la tarde, desde el mostrador de un vestíbulo con moqueta de tréboles, y lo único que hizo aquella azotea fue quitarme las cuatro o cinco razones excelentes por las que normalmente no la habría escrito.

Escribí dos líneas.

Doblé el papel en tres, lo metí, pasé la lengua por la solapa y cerré el sobre con el canto de la mano.

Después me quedé con él entre los dedos, leyendo mi propia letra —recta, pequeña, de listas—, y pensé, con la claridad de una mujer que lleva veintiocho horas despierta y tres copas encima: esto no lo va a leer nadie nunca.

Bajé la escalera de hierro y le di el sobre a Inés, que lo metió con los otros tres en el bolsillo interior del bolso pequeño, junto al anillo de su abuela Amparo.