Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Las cuatro preguntas

La terraza del Neon Moon era una azotea de gravilla con cuatro sillas de plástico, una mesa coja, un cartel apagado del tamaño de un armario y una cuerda con banderines descoloridos que no llegaba a ninguna parte.

Era también, sin discusión, el mejor sitio en el que estuve aquella noche.

Se subía por una escalera de hierro desde el final del pasillo. Dwayne nos abrió la puerta mientras explicaba, con serenidad de funcionario, que la terraza no estaba abierta, que no había servicio, que no podíamos bajar cristal y que si preguntaban nos habíamos perdido buscando el baño.

—Ustedes no están aquí —dijo.

—Perfecto. ¿Quieren algo?

Arriba hacía calor. Llevábamos tres horas en un frigorífico con moqueta y el aire de septiembre nos cayó encima como una manta dejada sobre un radiador: veintinueve grados a medianoche, y la gravilla devolviendo el calor del día por las suelas.

Y delante, a la izquierda, a cuatro manzanas, el Strip.

No se ve entero desde ningún sitio, esa es la trampa. Se ve un trozo enorme, absurdo, blanco y dorado y rojo, con una columna de luz que sube al cielo y no ilumina nada, y al fondo una franja negra que es la montaña: no se ve, pero se nota, como se nota una pared a oscuras.

—Qué barbaridad —dijo Carmen.

Se sentó, estiró las piernas, se quitó las zapatillas y dejó los pies en la gravilla.

—Carmen, eso está sucísimo.

—Ya.

Lola se subió a la mesa coja para hacer una foto, se acordó de que había entregado el móvil y emitió un ruido de duelo.

—Es que esta luz no la voy a volver a tener.

—Vas a estar cuatro días.

—No es la misma luz.

—Es exactamente la misma luz. Una ciudad con doce mil focos y ningún sitio donde se apaguen.

—Vera, tú no entiendes nada de nada.

Inés no se sentó. Se quedó junto a la barandilla, con el bolso cruzado sobre el pecho, mirando una calle por la que pasaba un camión de reparto.

—No me deis consejos —dijo.

Nadie había dicho nada.

—No he abierto la boca —dijo Carmen.

—Lo sé. Lo digo antes de que la abráis. —Se apoyó de espaldas en la barandilla—.

Sé lo que va a pasar. Voy a contar lo de Bruselas.

Lola va a decir que Bruselas es preciosa y que hay muchísimas oportunidades.

Carmen, que Sergio es buen chaval pero que hay que hablarlo.

Vera va a decir tres cosas seguidas y las va a numerar.

Y yo voy a asentir, luego voy a bajar a cantar una canción y mañana estaremos todas igual.

—Eso es un poco injusto —dije.

—Es literalmente lo que ha pasado en el pasillo hace veinte minutos.

Me callé, porque lo era.

—El problema de los consejos —dijo Carmen, sin abrir los ojos— es que la gente contesta a la pregunta que ha entendido, no a la que has hecho. Y normalmente ni has hecho una pregunta: has dicho una frase con cara triste.

—¿Y qué hago? —dijo Inés.

—Hacer la pregunta.

—No sé cuál es la pregunta.

—Pues esa es la única que puedes averiguar sola.

Lola se sentó en el borde de la mesa con la velocidad que tiene cuando se le enciende algo.

—Vale. Vale, vale, vale. Espera. —Se levantó otra vez—. ¿Y si cada una escribe la suya?

—¿La suya qué?

—Su pregunta. La difícil. La que no le hace nadie.

—Empezó a andar de un lado a otro, tres pasos, media vuelta, tres pasos—.

Esto lo he visto hacer, pero mal: en retiros de bienestar de mil doscientos euros con una libreta y una vela y una señora llorando a los diez minutos.

No funciona porque lo lees en alto, y entonces ya no escribes lo que piensas: escribes lo que queda bien.

—Entonces no se lee en alto —dije.

Y se giraron las tres.

Ahí está la parte que me da vergüenza: la mecánica la puse yo.

—En las bodas hay una cosa que se llama el buzón de deseos —dije—.

Una caja bonita, unas tarjetitas, un bolígrafo, y los invitados escriben mensajes a los novios.

Llevo cuarenta y una bodas montándolo y he leído bastantes tarjetas recogiéndolas a las tres de la mañana: son todas iguales.

«Que seáis muy felices», «enhorabuena», «ya era hora». Cientos.

—Qué deprimente —dijo Lola.

—No es deprimente, es lógico: escriben eso porque saben que se va a leer. Nadie escribe la verdad donde te van a leer con nombre y apellidos. —Cogí una silla y me senté—. Si queréis que esto sirva de algo, la pregunta va por fuera y la respuesta por dentro. Y no la lee nadie esta noche.

Silencio de tres segundos. El bueno.

—Sobres —dijo Inés.

—Sobres.

Lola bajó los siete escalones gritando a Dwayne.

* * *

Volvió con cuatro sobrecitos blancos de los de la cuenta, arrugados, con el logotipo de la luna en una esquina, y un bolígrafo azul mordido.

—Solo uno —dijo—. Dice que es el único boli que tiene y que lo quiere de vuelta.

—¿Y escribimos las cuatro con un boli?

—Por turnos, como en el colegio.

Las normas se fijaron en dos minutos, entre todas, cosa rara en aquel grupo.

Una: la pregunta va escrita por fuera, y se lee en alto.

Dos: la respuesta va dentro, y no la lee nadie. Ni ahora, ni mañana.

Tres: se cierra el sobre.

Cuatro: no vale una pregunta que ya sepas contestar.

—Esa es la difícil —dijo Carmen.

—Esa es la única —dijo Inés.

—¿Y quién los guarda? —dije yo, porque alguien tenía que preguntarlo y esa alguien siempre soy yo.

—Yo —dijo Inés, y se dio dos golpecitos en el bolso—. Aquí. Es lo único que no he soltado en toda la noche.

Empezó Lola, porque Lola empieza siempre y porque le da pánico el hueco en que nadie habla.

Escribió apoyada en la rodilla, deprisa, tapando con la mano izquierda, y al terminar dobló el papel, lo metió, pasó la lengua por la solapa y cerró el sobre de un puñetazo.

Le dio la vuelta y lo leyó.

—«¿Quién eres cuando nadie te está mirando?».

Nadie dijo nada en un rato.

—Joder, Lola —dijo Carmen.

—¿Qué?

—Que has empezado tú y ya no podemos poner ninguna tontería.

—Es que era eso o «¿cuál es tu color favorito?» —dijo Lola, y se rio, y la risa le salió medio segundo más corta de lo normal, y por primera vez en quince años pensé que Lola Ferrer a lo mejor no era la persona más segura de aquella azotea.

Carmen escribió despacio, con esa letra de enfermera que es rápida en las gráficas y espantosa en todo lo demás, y tardó bastante por dentro. Cerró el sobre contra el muslo, dos veces, y lo levantó.

—«¿Qué quieres pedir y no te atreves porque crees que te hace egoísta?».

—Ay —dijo Lola.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Has dicho «ay» y con eso me vale.

Inés fue la tercera. Escribió de pie, con el sobre contra la palma de la mano, que es un método pésimo y muy suyo.

La respuesta la escribió en cuatro segundos.

Cuatro. Lo cronometré sin querer, y fue tan rápido que me sobresaltó: escribió aquello como quien copia una frase que lleva meses sabiéndose.

Cerró el sobre. Lo giró.

—«Si mañana nadie esperara nada de ti, ¿qué harías?».

El cartel hizo un ruido de chapa. Abajo, alguien arrancó una moto.

—Esa la puedo contestar yo también —dijo Carmen.

—Todas la podemos contestar —dijo Inés—. Por eso la he escrito.

Y me pasó el bolígrafo.

* * *

—No sé qué poner —dije.

—Mentira —dijo Carmen.

—Es que si pongo la primera que se me ocurre, es una pregunta de trabajo.

—¿Cuál?

—«¿Qué pasaría si un día no llevo la copia impresa?».

Lola se tapó la cara con las dos manos.

—Vera, mi vida, no.

—Es una pregunta legítima.

—Es una pregunta de alguien que se esconde detrás de una fotocopiadora.

Le di vueltas al bolígrafo. Miré la luz roja de un avión cruzando por encima del cartel.

Y entonces se abrió la puerta.

* * *

Leo subió con cuatro botellas de agua entre los dedos como quien lleva bolos, la chaqueta vaquera de Inés al hombro y la cara de quien ha calculado cuánto puede subir esa escalera sin que le echen.

—Abajo os habéis dejado esto —dijo—. Y he pensado que estaríais bebiendo sin agua, que es lo que hace todo el mundo aquí las primeras cuarenta y ocho horas: luego se pasan el viaje con dolor de cabeza creyendo que es la resaca, y están secos.

Dejó las botellas en la mesa coja.

—Gracias —dijo Carmen, y abrió una inmediatamente.

—Fuera —dijo Inés.

—Voy.

—No, en serio. Fuera. —Pero lo dijo sonriendo, con el sobre de Carmen en la mano—. Esto es de nosotras.

—Estoy fuera. —Retrocedió dos pasos y se apoyó en el marco—. Estoy en la puerta. La puerta no es la terraza.

—La puerta es la terraza.

—La puerta es una zona común.

—Es el hermano más pesado del mundo —dijo Inés, y volvió a girarse hacia mí—. Escribe.

Escribí.

Escribí la pregunta por fuera, en el sobre blanco arrugado, con el boli que mordía un camarero llamado Dwayne, a las doce y veinte de la noche del jueves, en una azotea que no estaba abierta al público.

Y la leí en alto:

—«¿Qué harías si no te diera miedo hacer el ridículo?».

Carmen levantó la botella.

—Esa es buena.

—Es la única que se me ha ocurrido que no supiera contestar.

—Es que no sabes contestarla —dijo Lola—. Ese es el punto.

Me guardé el sobre en el regazo. No escribí la respuesta.

—Luego —dije.

—No vale «luego».

—No hay ninguna norma que diga cuándo.

—Es la persona que ha inventado las normas —dijo Carmen— explicando que no cubren su caso. Bajemos, que esta se nos escapa.

Bajaron las tres: Carmen recogiendo las zapatillas, Lola llevándose la mitad de las botellas y el bolígrafo de Dwayne, Inés metiendo los tres sobres cerrados en el bolso y dándose otra vez dos golpecitos, como quien comprueba un pasaporte.

—El tuyo cuando lo cierres —me dijo—. Yo los guardo todos.

La puerta se cerró con un golpe que sonó a barco.

* * *

Leo no bajó.

Se quedó en el marco hasta que los pasos se apagaron y después cruzó la gravilla y se sentó en la silla de Carmen.

—Yo no he oído nada —dijo.

—Has oído todo.

—He oído la de Carmen. —Estiró las piernas—. Entera. Y me he tenido que quedar mirando la escalera dos minutos.

—¿Por qué?

—Porque mi madre habría escrito exactamente esa. —Se frotó la nuca—. Y porque llevo ocho años viendo a mi hermana pedir permiso para cosas que no lo necesitan, y creía que era cosa de Inés.

Me senté en la mesa coja, que crujió y aguantó.