CAPÍTULO 5 #2
—Que voy a contestarlo. —Se pasó las manos por la cara—. Voy a contestar tus cuatro puntos, ordenados, como en un examen, y voy a salir de ahí convencida de algo. Y no voy a saber si estoy convencida porque lo siento o porque tú preguntas muy bien.
—Eso no es…
—Lo haces con las novias. Te he visto. Les haces tres preguntas y salen sabiendo qué quieren.
—Salen sabiendo qué presupuesto tienen.
—Es lo mismo con más flores.
—No lo arregles —dijo Inés—. Es lo único que te pido. Hoy no lo arregles.
—Es que yo no sé estar de otra manera.
Y fue lo más sincero que dije en la primera mitad de aquella noche.
Inés me cogió la cara con las dos manos, brevemente, como se coge una taza caliente.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso te lo pido a ti y no a Carmen. A Carmen no hace falta pedírselo.
* * *
Volvimos al reservado. Lola le enseñaba a Leo un baile de tres pasos que no llevaba a ninguna parte, Carmen tenía los pies en la mesa, y todo era otra vez lo que era hacía diez minutos.
Le devolví el teléfono a Carmen. Lo metió en el bolso y me miró un segundo más de lo necesario. No preguntó. Carmen no pregunta: espera, y su espera es más incómoda que cualquier interrogatorio.
Me senté en el brazo del sofá y me puse a pensar en Bruselas.
Concretamente: en si un traslado en enero afectaba a los contratos de la boda de octubre, en si la finca de Boadilla tenía cláusula de aplazamiento, en cuánto se pierde de un catering cancelado con veintiún días de antelación —el setenta por ciento con el contrato estándar; el cien con el que firma la gente que no lee— y en si su madre se enteraría antes que ella de que su hija tenía dudas.
Debí de poner una cara, porque Leo se levantó, cogió los dos vasos y dijo:
—Vamos a por hielo.
—Hay hielo.
—Vamos a por hielo —repitió, y salió del reservado sin comprobar si le seguía.
* * *
La máquina de hielo del pasillo hacía un ruido de submarino.
Leo apoyó los dos vasos encima y se giró hacia mí.
—¿Qué le ha dicho?
—No es asunto mío contártelo.
—Es mi hermana.
—Y es mi amiga, y hace tres minutos me ha pedido una cosa que incluía no gestionarla. —Me crucé de brazos—. Si quieres saberlo, se lo preguntas tú.
—Si se lo pregunto yo, me dice que estoy exagerando y me cambia de tema hablando de mamá.
—Pues bienvenido al club.
Leo echó tres cubitos en cada vaso y no me dio el mío.
—Llevas cuatro horas colocando a la gente —dijo.
—¿Perdona?
—Colocando. Literalmente. A Lola la has sentado, a Carmen le has movido la copa, a mí me has cambiado el vaso de sitio dos veces porque estaba en el borde de la mesa. Y al volver del pasillo has mirado el reservado entero antes de sentarte. Has hecho barrido.
—El vaso estaba en el borde de la mesa.
—El vaso estaba a nueve centímetros del borde de la mesa.
—Se llama prevención.
—Se llama otra cosa. —No lo dijo con dureza. Ese es el problema de Leo Navarro: nunca lo dice con dureza—. Vera, ¿tú sabes lo que le pasa a la gente a la que se lo arreglan todo?
—Ilumíname.
—Que deja de contarte lo que le pasa. Porque contártelo ya no es contártelo. Es encargártelo.
La máquina soltó una carga entera con un estruendo.
—Llevo tres meses organizando este viaje —dije—.
Cuatro vuelos, cuatro caracteres, una suite, una reserva que no admite cambios y una novia que lleva desde junio riéndose media décima de segundo tarde.
Y hace veinte minutos he tenido que aprender que no puedo hacer nada con eso. Así que perdóname si muevo un vaso.
—No te estoy atacando.
—Me estás diagnosticando, que es peor.
—Vale. —Levantó las manos, con un vaso en cada una, lo cual le restó autoridad—. Entonces te lo digo de otra manera: tú resuelves a la gente para no tener que preguntarle nada.
—Y tú no preguntas nada para no tener que quedarte a oír la respuesta.
Eso sí que le llegó. Se le notó en la mandíbula, antes de que la cara volviera a ser la cara.
—Vaya —dijo—. Nueve años y sigues teniendo una puntería excelente.
—Es que apunto poco y bien. —Le quité mi vaso de la mano—. Tú disparas mucho y en broma.
Nos quedamos así, los dos con un vaso, a las doce menos veinte de la noche del jueves.
Y luego dijo, en un tono completamente distinto:
—Se lo ha quitado, ¿no?
—¿El qué?
—El anillo. Ha entrado con la mano izquierda cerrada.
No contesté. Que fue, evidentemente, una respuesta.
Leo miró hacia la cortina del reservado tres, de donde salía la voz de Lola, y le vi algo que no era su calma profesional de hombre que resuelve overbookings.
—Vamos —dijo.
* * *
Estaban las tres de pie cuando entramos, discutiendo adónde ir, y Lola sostenía en alto el móvil de Carmen, que había pedido permiso para consultar un mapa.
—Hay una terraza arriba —decía—. Dwayne dice que no la abren entre semana pero que si subimos y no molestamos, no molestamos. Es un tejado con cuatro sillas y un cartel apagado. Es horrible. Es perfecto.
—Yo voy a donde sea con tal de que no cante nadie más —dijo Carmen.
—Vera, ¿tú qué dices?
Yo iba a decir que eran casi las doce, que la reserva era a las once y media y que un tejado sin licencia es exactamente el tipo de sitio donde la gente se cae.
Pero no llegué a decirlo, porque Inés estaba en el centro del reservado con la mano izquierda abierta a la altura del pecho.
Había vuelto a sacar el anillo del bolso. Lo tenía en la palma, quieto, cogiendo la luz verde del neón de la pantalla.
—Chicas —dijo.
Las tres nos giramos.
Inés miró el anillo con una curiosidad casi científica, como si se lo hubiera encontrado en la calle y estuviera decidiendo qué hacer con él.
—Quiero saber quién soy sin esto durante una noche.