CAPÍTULO 5
Primera mala idea
Canté.
Lo digo así, en seco, para quitármelo de encima cuanto antes.
Canté un tema español de mediados de los noventa que mi madre ponía los domingos mientras planchaba y que yo, por tanto, me sé entero como quien se sabe el número de la Seguridad Social.
Era el único que podía cantar sin mirar la pantalla, y mirar la pantalla es dejar que te vean leyendo: ya no cantas, recitas.
Me puse de pie, cogí el micrófono e hice algo que solo he entendido mucho después: coloqué a la gente.
—Tú ahí —le dije a Lola—. No en el respaldo, ahí, sentada, que si te subes se te ve el techo y sale fatal. Carmen, corre la copa, que la vas a tirar con la rodilla. Y ese micro está abierto, apágalo.
—Está cantando ya —dijo Carmen— y todavía no ha empezado.
Canté bien. Ese es el problema.
Yo esperaba desafinar, cumplir con el trámite antropológico de la despedida y sentarme entre aplausos compasivos. Salí afinada y entera, como si leyera el acta de una reunión con una melodía encima. Ni una nota fuera. Ni un gramo de gracia.
Hubo un silencio de dos segundos y Lola dijo:
—Ha sido igual que verte hacer una transferencia.
—Ha estado bien.
—Ha estado correcto. Es peor.
—Yo la habría contratado —dijo Leo desde el sofá, sin levantar la vista del vaso—. Para un funeral.
Me senté. Me temblaban las manos, cosa que me molestó, y me bebí media copa de un trago, cosa que me molestó más.
Pero conste una cosa: Lola me propuso algo que yo habría rechazado, y dije que sí.
Iba una de cuatro.
Bueno, dos: Carmen había cantado la primera canción sin que nadie se lo pidiera y Lola había metido la cámara en el bolso por voluntad propia, lo cual en su escala de valores equivale a donar un riñón. Faltábamos Inés y yo, y yo acababa de saldar la deuda con un amor que se va a Buenos Aires.
Lo contabilizaba en columnas mientras Dwayne subía la tercera ronda y Lola anunciaba que había que jugar a algo.
* * *
—No —dije.
—Pero si no la he dicho todavía.
—Es la segunda vez hoy que dices «tengo una propuesta» y la primera me ha costado el teléfono.
—Esto es gratis. —Lola se arrodilló en la moqueta y apartó los vasos con el antebrazo como quien despeja una mesa de operaciones—.
Se llama «la peor idea». Cada una propone la peor idea posible para esta noche: la más cara, la más estúpida, la que te daría vergüenza contarle a tu madre. Se votan. Y la que gane…
—La que gane no se hace —dije.
—La que gane se hace.
—Lola, la que gane, por definición, es la peor.
—Por eso.
Carmen dejó la copa en un posavasos con precisión de quirófano.
—A ver. Yo he sacado esta primavera a un chaval de veintiséis años de una fuente municipal a las cinco de la mañana con la clavícula partida y me dijo, literalmente, «era la peor idea y por eso la hemos hecho». Así que no.
—Es un juego de palabras. Nadie va a hacer nada. Hay normas.
—Hay siete normas —dije—. La séptima la puse yo.
—Nadie firma nada —recitó Inés desde el rincón del sofá—. Nos la sabemos.
Y Leo, que llevaba veinte minutos con el mismo vaso de agua con gas, dijo:
—Jugad. La primera mala idea de la noche siempre es barata.
—¿Y las caras?
—La tercera y la cuarta. Llevo ocho años viéndolo desde el otro lado del mostrador. Nadie se arruina en la primera decisión: se arruina en la quinta, que le parece razonable porque viene detrás de cuatro.
—Eso ha sido casi bonito —dijo Lola.
—Ha sido un informe de riesgos —dije yo.
Leo me miró de lado, medio segundo, y a mí me subió otra vez ese calor idiota por la nuca.
Jugamos.
Lola propuso que nos tatuáramos las cuatro la misma palabra en la muñeca. No dijo cuál. Cuando Carmen se lo preguntó, dijo «eso es lo de menos», que es la clase de frase por la que existen los tatuadores.
—Veto médico —dijo Carmen—. Tinta a las once y media con tres copas encima, no. Y no por moralina. Por asepsia.
—Vale, pues sin tatuaje: un piercing.
—Es peor.
—¡Es una lista de malas ideas!
Carmen propuso irnos a dormir. Lo dijo en serio y recibió tres votos como peor idea de la noche, lo cual la ofendió con una dignidad enorme.
—Sois todas unas irresponsables. Yo mañana quiero desayunar.
—Mañana desayunamos —dije.
—Mañana desayunáis vosotras zumo de tomate y aspirina. Yo quiero desayunar desayuno.
Cuando me tocó a mí, propuse alquilar un coche a las once de la noche.
—¿Por qué eso es una mala idea? —dijo Lola.
—Porque no lo es. Nos da autonomía, nos quita del taxi y mañana tenemos el coche para la reserva de las once y media. Lo que pasa es que a estas horas los mostradores del Strip cobran un recargo del cuarenta por ciento y hay que dejar fianza…
—Vera.
—¿Qué?
—Has convertido tu turno en una diapositiva.
—He convertido mi turno en una propuesta viable.
—Eliminada —dijo Lola—. Por aburrida.
Y entonces le tocó a Inés, que llevaba un rato tranquila, con los pies en el sofá. Se encogió de hombros.
—Empeñar algo. Hay casas de empeños abiertas toda la noche. Es lo más de aquí que hay. Entras, dejas una cosa tuya, te dan un papel y un dinero y te vas.
—¿Y qué vas a empeñar tú? —dijo Carmen.
—Yo qué sé. Las gafas de sol.
—Tus gafas de sol valen doce euros.
—Pues me darán dos.
Lola pegó un grito de aprobación. Todo el mundo se rio. Fue un chiste. Lo juro por lo que quieran: en aquel reservado, a las once y media de la noche del jueves, aquello fue un chiste y nadie lo escuchó de otra manera.
Leo levantó su vaso hacia su hermana.
—Ganadora.
—Todavía no hemos votado —dijo Lola.
—No hace falta. Es la única que se puede hacer.
* * *
Fue Dwayne el que subió a decirlo.
Abrió la cortina con el hombro y dijo en su inglés lento y educado:
—El bolso de alguna de ustedes lleva sonando siete minutos. Se oye desde el pasillo.
Carmen abrió la cremallera. Cuatro pantallas encendidas iluminando el forro como una linterna en un saco. Sacó uno.
—Es el tuyo —le dijo a Inés—. Nueve perdidas. Sergio.
—Ya.
—Inés —dijo Carmen, con esa voz suya sin adornos—, nueve llamadas seguidas son o una emergencia o un cabreo, y en cualquiera de los dos casos hay que cogerlo.
Inés miró el teléfono en la mano de Carmen como se mira una radiografía.
Empezó a vibrar otra vez.
—Voy fuera —dijo.
—Norma dos —dijo Lola.
—Voy yo —dije.
* * *
El pasillo de la primera planta del Neon Moon era un tubo estrecho: seis cortinas granates a un lado y, al otro, una barandilla desde la que se veían el escenario y una máquina de hielo con una pegatina de un plátano. Olía a moqueta caliente y sonaba todo a la vez.
Inés se apoyó en la barandilla y descolgó.
—Hola.
Yo estaba a metro y medio, y el teléfono de Inés tiene el altavoz estropeado desde hace dos años —se le cayó al váter de un juzgado de Plaza de Castilla, y esa es otra historia—, así que habla con el volumen al máximo y todo el mundo oye la mitad de sus conversaciones: su madre, su jefa, un perito judicial.
Aquella noche oí a Sergio.
Oí que hablaba deprisa, y Sergio no habla deprisa: Sergio enumera, dice «tres cosas» y después dice tres cosas, en orden, y si se le interrumpe vuelve al principio. Aquella noche venía corriendo.
Oí «Bruselas». Oí «lo de Bruselas está casi hecho», «me lo han confirmado esta tarde, verbalmente, pero es que verbalmente en esta gente es que sí», algo sobre enero, algo sobre una zona con parques que está muy bien y no es cara.
Y oí, entre dos ráfagas de karaoke ajeno:
—…que a nosotros nos viene bien, Inés, de verdad, nos viene bien. Es dos años. Dos años y volvemos con otra cosa en el currículum y con dinero ahorrado. Yo he echado cuentas.
Inés dijo:
—Ajá.
Sergio dijo algo más. Algo largo. Algo con cifras.
—Qué bien —dijo Inés. Y después—: Estoy en un karaoke, se oye fatal. No, no, si te oigo. Sí. Sí. Que sí.
Y al final, cuando Sergio dijo la última frase, que yo no distinguí pero que cualquiera puede deducir, Inés esperó. Un segundo, quizá segundo y medio, que por teléfono es un abismo con eco.
—Y yo —dijo.
Colgó. Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola.
—Tiene la voz de cuando aprueba algo —dijo.
—¿Qué?
—Sergio. Cuando le sale bien algo del trabajo se le pone la voz de cuando aprobaba las asignaturas de tercero. —Me alargó el teléfono para que se lo devolviera yo a Carmen—. Es una voz muy bonita, ¿eh? No lo digo mal.
—Inés.
—No lo digo mal, de verdad. —Y entonces hizo lo que hizo.
Se pasó el pulgar por el dedo anular, dos veces, como se comprueba un botón antes de salir de casa. Y se quitó el anillo.
Lo hizo sin ceremonia, sin ninguna de las cosas que hace la gente en las películas. Se agachó, abrió el bolso pequeño que llevaba cruzado —el marrón— y lo metió en el bolsillito interior. Cerró la cremallera y se levantó.
Era un solitario sencillo, de su abuela Amparo, vuelto a montar. Yo había estado con ella en la joyería de la calle Génova cuando fue a recogerlo, en febrero, y me había hecho fotografiarlo desde cuatro ángulos.
—Vamos —dijo.
* * *
No fuimos.
Le puse una mano en el brazo y no fuimos, y aquí es donde yo, Vera Montes, treinta y cuatro años, cuarenta y una bodas, hice lo que sé hacer.
—Vale —dije—. Vamos a ordenarlo.
—Vera.
—Son tres cosas y ninguna es urgente. Primera: ¿quieres ir a Bruselas?
No me contestes ahora; contéstame en abstracto, sin él.
Segunda: si no quieres ir, hay que decirlo antes de que lo firme, porque una vez firmado ya no negocias un traslado, negocias una marcha atrás y eso es otro deporte.
Y tercera, la buena: la boda es en tres semanas y no tiene por qué mezclarse.
Habla con él el lunes, en tu casa, y yo te preparo…
—Vera.
—…un guion. No un guion, un esquema. Cuatro puntos. Para que no te salgas del tema, que es lo que te pasa siempre, que empiezas hablando de una cosa y acabas pidiendo perdón por otra.
Inés me miraba. No estaba enfadada. Ojalá hubiera estado enfadada.
—¿Sabes lo que va a pasar si me haces un esquema? —dijo.
—Que vas a saber qué decir.