Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

En la barra había un camarero enorme y tranquilísimo con una chapa que ponía DWAYNE y que nos preparó la primera ronda mientras Lola le explicaba, en un inglés valiente y sintácticamente creativo, que estábamos celebrando una boda que todavía no había ocurrido.

—Entonces no estáis celebrando nada —dijo él—. Estáis haciendo una previsión.

—¡Eso! —dijo Lola, encantada—. ¡Una previsión!

—Es exactamente lo que hago yo —dije.

Dwayne me miró con lástima.

Nos dieron el reservado tres, arriba. Sofá en U, una mesa baja, dos micrófonos, una pantalla y un botón para llamar al camarero que Lola pulsó cuatro veces en la primera media hora «para ver si funcionaba».

Y a partir de ahí, y durante un rato, todo fue bien de una manera muy sencilla.

Carmen, que había jurado no beber, se tomó una copa de vino blanco y cantó, sin que nadie se lo pidiera, la primera canción de la noche: un tema de los noventa que se sabía entero, con la letra en la pantalla como pura formalidad, de pie, con una mano en la cadera y una autoridad de jefa de planta.

Estuvo objetivamente bien. Estuvo tan bien que Lola dejó de grabar durante veinte segundos, que es su forma de aplaudir.

—¿Perdona? —dije cuando se sentó.

—¿Qué?

—Llevas quince años diciendo que no cantas.

—Y no canto. He cantado. Que nadie saque conclusiones.

Inés cantó a dúo con Lola algo que ninguna de las dos se sabía y que abandonaron a los cuarenta segundos entre carcajadas.

Yo pedí agua, después una copa, después dejé de mirar cuántas copas iban.

Y a las diez y veinte, cuando Lola estaba subida al sofá dirigiendo un coro imaginario, me di cuenta de que llevaba una hora y media sin pensar en el lunes.

Por la escalera de bajada pasó, en algún momento, un hombre delgado con una chaqueta de lentejuelas azules que le hizo aparecer una carta de detrás de la oreja a una chica del reservado cuatro. La chica gritó. Él hizo una reverencia y siguió bajando.

—Ese tío es mago —dijo Lola.

—Ese tío trabaja aquí —dije—. Le pagan por rondar los reservados. Es animación de sala.

—Vera, deja de mirar los organigramas.

—Es que se le ve el pinganillo.

A las diez y media, Inés se levantó y dijo que iba al baño.

Y aquí es donde debo ser honesta, porque llevo meses reconstruyendo esa noche y tengo la obligación de contar también lo que no vi: Inés se levantó, dijo que iba al baño, y Carmen se fue con ella, porque norma número dos.

Volvieron cinco minutos después. Inés no llevaba el móvil, porque estaba en el bolso de Carmen.

Y sin embargo, cuando volvió a sentarse, tenía la cara de alguien que acaba de mandar un mensaje.

Yo lo vi. Y lo dejé pasar, porque estábamos bien, porque se estaba riendo, porque a las diez y media de la noche de una despedida uno no interroga a la novia.

Veintitrés minutos más tarde, la cortina del reservado se abrió y apareció Leo.

Se había cambiado. Vaqueros, camiseta gris, el mismo reloj. Traía en la mano una bandeja pequeña con cuatro copas que no habíamos pedido, y una cara de estar haciendo algo que no tenía muy claro.

—Buenas noches —dijo.

Lola dejó de cantar en mitad de una palabra.

—¡ANDA!

—Invita la casa —dijo Leo, dejando la bandeja—. Bueno. Invita un amigo que trabaja en la casa y que me debe un favor.

—¿Tú conoces al del karaoke? —dijo Carmen.

—Conozco al del karaoke, al del garaje, al de las flores y a dos jueces de paz. Llevo ocho años aquí. Es mi ciudad.

Y entonces me miró a mí, un segundo de más, y después miró a su hermana.

—Solo un momento —dijo—. Ella me lo ha pedido.

—Solo un momento —repitió Inés, con las manos abiertas, la viva imagen de la inocencia procesal—. Yo lo he llamado. Es mi despedida y quería ver a mi hermano. Y ahora se va a sentar diez minutos porque es tarde y mañana trabaja.

—Mañana trabajo —confirmó Leo.

—Diez minutos —dije yo.

—Diez minutos —dijo él, y se sentó a mi lado, en el único hueco del sofá en U, con la naturalidad de un hombre que ha calculado perfectamente dónde iba a sentarse desde antes de abrir la cortina.

Se quedó cincuenta y cinco minutos. Después se quedó más.

Sacó el móvil, encontró en menos de un minuto el tema que Lola llevaba diez buscando en un menú diseñado por sádicos, le enseñó a Carmen cómo funcionaba el mando y se pidió un agua con gas.

Y en algún momento, mientras las otras tres discutían a gritos sobre si una canción concreta era de 1998 o de 2001, se giró hacia mí, apoyó el codo en el respaldo y dijo, en voz baja:

—¿Vas a tener el teléfono en la mano toda la noche?

Lo tenía en la mano. Ni siquiera me había dado cuenta. Llevaba tres horas y veinte con el teléfono en la mano, boca abajo, como quien sujeta un pasaporte en un país que no conoce.

—Tengo un vuelo el lunes —dije.

—El lunes está a cuatro días.

—Y una reserva mañana a las once y media.

—Y son las once y veinte de la noche del jueves.

Miré a Carmen, que tenía el bolso a los pies, cerrado, y que no me estaba mirando a propósito. Miré a Inés, subida al reposabrazos con un micrófono en la mano, riéndose de una manera que no le había visto en todo el verano.

Y pensé, con una claridad de la que después me acordaría mucho: si sale mal, es culpa mía de todas formas.

Me levanté. Crucé el reservado. Abrí el bolso de Carmen y metí el teléfono dentro, encima de los otros tres, boca abajo, con la pantalla apagada.

—Doce horas —dije—. Ni un minuto más.

Carmen cerró la cremallera.

—Ocho de la mañana.

—Ocho de la mañana.

—Contando desde las ocho de esta noche, no desde ahora.

—Ya lo he asumido.

—Anda —dijo Carmen, y por primera vez en veinticuatro horas se le vio la cara de mujer descansada—. Pues siéntate y cántate algo, guapa.