Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Doce horas sin plan

También tenía la terracita que no salía en el plano de la web. Salí a ella dos minutos, el tiempo justo de comprobar que el aire seguía siendo un secador de pelo, y volví a entrar.

—Yo esta noche no bebo —dijo Carmen desde el sofá, con una toalla en el pelo—. Lo digo ahora para que conste en acta.

—Consta.

—Bebo dos copas de vino y me duermo. Es fisiología. Llevo treinta y una horas despierta.

—Puedes echarte veinte minutos. Cenamos a las siete.

—Si me echo veinte minutos, me despierto el sábado.

Lola había desplegado la mitad de su equipaje sobre la cama de nuestro dormitorio en una disposición que solo ella entendía: cuatro conjuntos, tres pares de zapatos, la cámara, dos anillos de luz plegables y una bolsa de rulos.

—Vera, ven, ¿cuál?

—El verde.

—No has mirado.

—He mirado. El verde. En interiores con luz cálida el naranja te va a dar un tono raro en la piel y vas a odiar todas las fotos. El verde te aguanta cualquier iluminación.

Lola se giró muy despacio.

—Eso ha sido lo más sexy que me ha dicho nadie este año.

—Es un dato de trabajo.

—Por eso.

Inés se estaba maquillando en el baño con la puerta abierta, y desde el marco la vi hacer una cosa que llevo quince años viéndole hacer: dejarse el rímel a medias, quedarse mirando el espejo tres segundos y volver a empezar.

—¿Estás bien? —dije.

—Estoy en Las Vegas.

—No es lo mismo.

—Casi. —Cerró el rímel y me miró por el espejo—. ¿Estás muy enfadada?

—No estoy enfadada.

—Estás usando la voz de las novias.

—No hay ninguna voz de las novias.

—Hay una voz de las novias. Es esa con la que dices «no pasa nada» mientras haces cuatro llamadas.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—Me habría gustado saberlo en junio. Habría venido igual.

—Sí. Pero habrías venido preparada. —Se giró de verdad, ya no por el espejo—. Y yo no quería que vinieras preparada. Quería que vinieras.

* * *

Cenamos a las siete y cuarto en el asador del hotel, un sitio llamado The Copper Still, todo cobre y luz baja, con unas cartas del tamaño de un mantel individual y una banda sonora de jazz a un volumen calculado para que hablaras un ocho por ciento más alto y bebieras un doce por ciento más deprisa.

Eso no me lo inventé: lo leí una vez en un informe de hostelería y desde entonces no puedo entrar en un restaurante sin comprobarlo.

Comimos bien. Carmen se pidió el chuletón y se lo terminó, lo cual me pareció una noticia médica excelente.

Lola grabó los platos desde arriba, se disculpó por grabar los platos desde arriba y siguió grabando los platos desde arriba.

Inés estuvo graciosa, brillante y presente durante una hora entera, contó dos anécdotas de su despacho, se rio de verdad tres veces, y a mí se me relajó algo entre las escápulas por primera vez desde el aeropuerto.

Y a las ocho menos cuarto, cuando trajeron el postre, Lola dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, lo cual en ella es el equivalente a levantarse y golpear una copa con un tenedor.

—Tengo una propuesta.

—No —dije.

—No sabes cuál es.

—Has dejado el móvil boca abajo. Eso solo lo haces cuando vas a proponer algo que va a costar dinero o dignidad.

—Las dos cosas —dijo Lola—. Escuchadme. Doce horas.

—¿Doce horas de qué?

—De las ocho de esta noche a las ocho de mañana. Nadie mira la agenda. Nadie consulta el itinerario. Nadie dice «según el plan». Y hay una segunda parte, que es la buena: cada una tiene que aceptar, esta noche, una propuesta que normalmente rechazaría.

Carmen dejó la cuchara.

—Define «propuesta».

—Que alguien te diga «vamos a hacer esto» y tú, en vez de decir que no por costumbre, digas que sí.

—Eso es una manera muy bonita de describir cómo se acaba en comisaría.

—Por eso hay normas —dijo Lola, y sacó de su bolso, con una solemnidad absurda, la servilleta de papel del avión, que efectivamente había guardado—.

Las he pensado en el avión. Uno: nada ilegal.

Nada. Ni un poco. Dos: nadie se queda sola en ningún momento, ni para ir al baño, ni para volver al hotel, ni para hablar con nadie.

Vamos por parejas o vamos las cuatro. Tres: se avisa siempre.

Si alguien se mueve de sitio, lo dice en alto y lo dice al grupo.

Cuatro: nadie conduce. Nadie. Ni un aparcacoches.

Cinco: cualquiera puede decir «paro» en cualquier momento, y cuando alguien dice «paro» se para, sin preguntas, sin negociar, sin «venga, mujer». Y seis…

—Seis —dijo Carmen.

—Seis: los teléfonos los guarda una de nosotras, en un bolso, apagados no, pero guardados. Y esa persona puede mirarlos si hay una emergencia de verdad.

—Yo —dijo Carmen inmediatamente.

—¿Por qué tú?

—Porque soy la única que ha visto lo que le pasa a la gente que toma decisiones a las cuatro de la mañana. Y porque tengo dos hijos y voy a mirar el móvil de todas formas.

Inés levantó su copa.

—Yo digo que sí.

Y entonces las tres se giraron hacia mí.

* * *

Hay una cosa que la gente no entiende de mi profesión y que he dejado de intentar explicar en las cenas.

Todo el mundo cree que planifico porque me da miedo divertirme.

La verdad es exactamente la contraria: planifico porque es la única manera que conozco de que la diversión ocurra.

Ciento cuarenta personas no se lo pasan bien por casualidad.

Se lo pasan bien porque alguien ha calculado que el cóctel tiene que durar setenta minutos y no noventa, porque hay agua en las mesas antes de que nadie la pida, porque el autobús está a las dos y media en la puerta y porque cuando llueve hay cuarenta paraguas negros en una furgoneta.

La espontaneidad, en mi experiencia profesional, es casi siempre el nombre que le ponen los demás al trabajo de otro.

Así que no dije que no porque fuera aburrida. Dije que no porque llevaba tres meses construyendo un fin de semana para mi mejor amiga y me estaban pidiendo que lo dejara caer al suelo a ver qué hacía.

—Tengo dos objeciones —dije.

—Cómo no —dijo Carmen.

—La primera es logística. Hay cosas en el itinerario que no son sugerencias.

Hay una reserva mañana a las once y media que no admite cambios, hay una actividad el sábado que está pagada y hay un vuelo el lunes al que si no llegamos nos quedamos en el desierto.

Si nadie mira la agenda durante doce horas, alguien tiene que asumir que a las ocho de la mañana yo voy a necesitar cuarenta minutos para recolocar el día entero.

—Concedido —dijo Lola.

—La segunda objeción es que esto no es un juego, es un experimento.

Y los experimentos se hacen con animales, no con la despedida de soltera de otra persona.

—Me giré hacia Inés—. Es tu fin de semana.

No el de Lola. Si tú quieres hacer esto, se hace.

Si lo estás diciendo por no dejarla sola, dilo ahora y yo cargo con ser la mala.

Inés dejó la copa en la mesa. Y cuando habló, lo hizo sin ironía, que en ella es la señal de alarma.

—Vera. Es lo único que te voy a pedir en todo el viaje.

—Vale.

—No. No digas «vale» con esa cara. Escúchame.

—Se inclinó sobre la mesa—. Llevo ocho meses con una agenda compartida con mi madre.

Ocho. Tengo un documento con ciento ochenta nombres y una columna que se llama «alergias» y otra que se llama «conflictos de mesa».

Tengo probador el día veintiséis. Tengo una reunión con el de la música el día treinta.

Sé exactamente qué voy a estar haciendo dentro de tres semanas, minuto a minuto, y sé lo que voy a estar haciendo dentro de un año, y dentro de cinco.

—Cogió aire—. Quiero doce horas en las que no sepa lo siguiente.

Doce. Y las quiero contigo dentro, no esperándome en el hotel con una manta y un vaso de agua.

Miré a Carmen, que me miraba a mí con la neutralidad profesional de quien ha visto llorar a mucha gente y no se impresiona.

Miré a Lola, que por una vez no estaba grabando.

Miré el reloj: las ocho menos seis.

—De acuerdo —dije.

Lola pegó un grito que hizo girarse a dos mesas.

—Con condiciones.

—Ay.

—Las condiciones son las tuyas, no las mías. Las seis. Y añado una séptima: nadie firma nada.

—¿Cómo que nadie firma nada?

—Nadie firma nada —repetí—. Ni un formulario, ni una tarjeta de fidelización, ni un contrato de nada. Trabajo con contratos, sé lo rápido que se firma algo cuando estás contento.

—Concedido —dijo Inés, y me dio la mano por encima de la mesa como si acabáramos de comprar un local.

A las ocho en punto, Carmen abrió su bolso y lo puso en el centro de la mesa, entre los postres.

Inés metió el suyo. Lola metió el suyo con un gemido teatral y una despedida en voz alta, y después metió también la cámara, lo cual nadie le había pedido y me pareció, honestamente, un gesto enorme.

Yo no metí el mío.

—Vera.

—Un momento.

—El pacto empieza a las ocho.

—El pacto empieza a las ocho —acepté—. Y ha empezado a las ocho. Contadlo desde ahora. Yo tengo que mandar dos cosas.

Mandé dos cosas: un mensaje a Bea confirmando que el lunes revisábamos la propuesta de los Ferreiro, y un mensaje a mi madre diciéndole que había llegado bien. Después me quedé con el teléfono en la mano, boca arriba, encendido, y no lo metí en el bolso.

Carmen cerró el bolso y no dijo nada. Y no decir nada, en Carmen Aguilar, es una técnica de interrogatorio.

* * *

El Neon Moon Karaoke estaba a ocho minutos en taxi y en otro universo.

Dos plantas, moqueta granate, un neón enorme de una luna con la cara de perfil en el que se había fundido una de las letras, seis reservados con cortina en el piso de arriba y una sala común abajo con un escenario del tamaño de una cama.

Olía a moqueta, a hielo y a azúcar. La temperatura era la de un frigorífico bien regulado.

Llegamos a las nueve. En la sala común, un grupo de despedida de soltero con camisetas idénticas destrozaba una balada, y todo el mundo aplaudía como si fuera bueno, que es exactamente el motivo por el que existen esos sitios.