CAPÍTULO 3 #2
—Ya. —Soltó la maleta, cruzó los cuatro metros y le dio un abrazo enorme, con las dos manos en la espalda, un abrazo sincero y perfectamente cronometrado para no tener que mirarme—. Estás gordo.
—No estoy gordo.
—Estás americano.
—Eso sí.
Lola apareció por mi izquierda con el móvil bajado, lo cual, viniendo de ella, era casi un gesto de respeto.
—Perdón, hola, ¿quién eres?
—Leo —dijo Leo.
—Su hermano —dijo Inés.
—¿EL hermano? —dijo Lola, y a mí me subió por la nuca un calor que no tenía nada que ver con los treinta y siete grados de la calle, porque en esas dos letras mayúsculas cabía todo lo que Lola sabía y todo lo que había deducido y todo lo que iba a preguntarme esa noche.
—Soy Carmen —dijo Carmen, poniéndose delante de ella con la mano extendida—. Somos las de la despedida. Yo llevo veintinueve horas despierta y necesito una cama, un enchufe y que nadie me hable durante media hora, por este orden.
Leo le estrechó la mano.
—Enchufes hay dos por mesilla y uno en el escritorio. La cama es buena. Y de lo tercero no puedo responder, porque están ustedes cuatro en una suite.
Carmen lo miró con aprobación.
—Este me gusta.
* * *
Nos hizo el check-in él mismo, de pie, en un mostrador lateral, en cuatro minutos.
Yo tenía el número de confirmación preparado, el pasaporte abierto por la página, la tarjeta de crédito para la fianza y una pregunta sobre el horario del ascensor de servicio. No hizo falta nada de eso.
—Vera Montes —leyó, tecleando—. Montes.
—Sí.
—¿Sigues con lo de las bodas?
—Sigo con lo de las bodas.
—¿Y va bien?
—Cuarenta y una —dije, y me arrepentí en el acto, porque decir el número es enseñar la mano.
Levantó la vista de la pantalla.
—Cuarenta y una —repitió—. ¿Cuántas se te han torcido?
—Todas.
—¿Y de cuántas se ha enterado alguien?
—Ninguna.
Y ahí, por fin, sonrió del todo.
—Planta veintisiete —dijo, deslizando las llaves sobre el mármol—. Dos mil setecientos catorce. Es la mejor esquina de esa planta y tiene una terracita minúscula que no sale en el plano de la web, así que no la busques ahí porque no está.
—No he mirado el plano de la web.
—Has mirado el plano de la web.
—Lo he anotado —dije—. Mirarlo lo mira cualquiera.
Iba a contestar. Sé perfectamente que iba a contestar, porque tenía ya la cara puesta.
Pero por detrás de él, atravesando el vestíbulo en línea recta como si la moqueta le debiera dinero, llegó una mujer de unos cuarenta y cinco años, traje gris impecable, dos teléfonos, cero prisa aparente y una autoridad que se notaba a cinco metros.
—Navarro.
—Marlene.
—El grupo de Sacramento.
—Resuelto. Enfrente, suite, transporte y desayunos. Y he liberado tres del bloque de mantenimiento, así que estamos a cero en familiares hasta mañana a mediodía.
—¿Y el congreso?
—El congreso lo tenemos. Los del turno de noche están avisados.
Ella asintió una vez, brevísimo, como si asentir dos veces fuera derrochar.
—Necesito el informe de operaciones especiales del último trimestre en formato presentable, no en formato tuyo.
Se lo mandan al comité de la apertura europea el martes y no quiero explicaciones al margen.
—Y entonces reparó en nosotras, y su cara cambió de canal en medio segundo—.
Buenas tardes. Bienvenidas al Crown and Clover. ¿Todo correcto con su llegada?
—Perfecto —dije—. Impecable, de hecho. He visto cómo resolvían un overbooking y me ha parecido de manual.
Marlene Cho me miró con un interés nuevo.
—¿Es usted del sector?
—Organizo bodas. En Madrid.
—Ah. —Una pausa exacta de medio segundo—. Entonces sabrá que el manual no sirve de nada si nadie sale del mostrador. Que disfrute de su estancia.
Y se fue. Leo la vio irse.
—¿Apertura europea? —dije.
—Cosas del grupo.
—Qué respuesta tan completa.
—Es que es una respuesta larga y tú tienes a una enfermera a punto de dormirse de pie.
Era verdad. Carmen estaba apoyada en su maleta con los ojos cerrados. Inés había vuelto a ponerse las gafas de sol dentro del edificio. Lola grababa el techo.
Recogí las llaves, me colgué el bolso y saqué el itinerario del bolsillo lateral por pura inercia, porque necesitaba tocar algo que tuviera índice.
—A ver eso —dijo Leo.
—No.
Me lo quitó de la mano con una facilidad ofensiva. Pasó las páginas con el pulgar, del final al principio, como se hojea una baraja.
—Catorce páginas.
—Cuatro son anexos.
—Jueves —leyó—. Diecisiete cuarenta, llegada. Dieciocho quince, instalación. Diecinueve horas, cena. Veinte treinta… —Levantó una ceja—. ¿Aquí pone «bloque de ocio flexible»?
—Sí.
—Vera, «bloque de ocio flexible» son tres palabras que se anulan entre sí.
—Significa que no está cerrado.
—Significa que has puesto una casilla para no dejar un hueco.
—Me devolvió el documento, y al hacerlo, durante un segundo, sus dedos tocaron los míos por encima del papel, y no fue casual, y no fue un accidente, y los dos lo supimos—.
Son las seis menos veinte y llevas doce minutos en esta ciudad.
Te lo digo con cariño y con ocho años de experiencia: si vas a sobrevivir a Las Vegas, vas a tener que dejar una casilla en blanco.
Recogí el itinerario. Lo doblé por la mitad. Lo guardé.
—Esto no estaba en el plan —dije.
—Ya —dijo Leo—. Bienvenida.