Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El hombre que no estaba en el itinerario

Salir del aeropuerto de Las Vegas a las cuatro y media de la tarde de un jueves de septiembre es como abrir la puerta de un horno para comprobar si el pollo está hecho.

El aire no te envuelve: te empuja. Treinta y siete grados, según el panel luminoso de una gasolinera, y ni una sombra en trescientos metros.

—Madre mía —dijo Carmen, parada en mitad de la acera con la maleta.

—Es seco —dijo Lola—. Se lleva mejor.

—No se lleva mejor. Se lleva distinto.

En la cola de los taxis había cuarenta y tres personas y siete carritos portaequipajes.

La conté por deformación profesional; cuando veo una cola calculo cuánto tardará en disolverse, igual que otros ven una nube y calculan si les va a llover encima.

Diecinueve minutos, estimé. Fueron veintidós, porque un señor con un carrito lleno de cajas de cartón discutió con el encargado de la fila y perdimos tres.

Yo llevaba en el bolso una copia impresa del itinerario, la batería externa, un paquete de toallitas y una lista mental de tareas que empezaba por «check-in» y terminaba por «cena 19:00».

Y sin embargo, durante veintidós minutos, lo único que fui capaz de hacer fue pensar en si me daría tiempo a ducharme antes de bajar.

Lo cual, en mi caso, es el equivalente clínico de un ataque de pánico.

El taxi nos dejó en el acceso del Crown & Clover a las cinco y cuarenta.

* * *

El hotel era enorme y absurdo, y estaba orgulloso de ambas cosas.

Dos mil cuatrocientas habitaciones, torre doble, marquesina con una fuente delante en un desierto donde no llueve nunca.

La temática era «trébol», que en teoría es irlandés, resuelta con un art déco falsísimo de latón dorado, verde botella y suelos de mármol con dibujos geométricos.

En el techo del vestíbulo, tres arañas del tamaño de un utilitario.

En la moqueta, un motivo de hojas de trébol repetido en una escala tan grande que dejaba de parecer un trébol y parecía un problema.

Y hacía dieciocho grados. En la calle treinta y siete y en el vestíbulo dieciocho, un frío de quirófano, con un rumor constante de máquinas tragaperras al fondo, sin ventanas, sin relojes y con una música que no empezaba ni acababa.

—Esto es precioso —dijo Lola, ya grabando—. Esto es horrible y es precioso.

—Es una máquina —dije.

—¿Una máquina de qué?

—De que pierdas la noción de la hora. No hay ventanas, no hay relojes, no hay salidas visibles y la moqueta te obliga a mirar al frente. Todo esto está diseñado por alguien que cobra por que tú no sepas que son las seis menos veinte.

Carmen se sentó en el borde de un sofá enorme.

—Dime que hay habitación.

—Hay habitación —dije—. Confirmada, prepagada, con número.

En el mostrador había ocho posiciones abiertas y cola en todas. Un cartel de pie anunciaba, en letras verdes, un congreso de ortodoncia con mil novecientos asistentes. Mil novecientos ortodoncistas. Empecé a hacer el cálculo de ocupación y decidí, por salud mental, no terminarlo.

Nos pusimos en la fila cuatro. Inés se quitó las gafas de sol, se recolocó el moño y miró hacia el fondo del vestíbulo tres veces en dos minutos.

Y entonces, en el mostrador de al lado, empezó el incendio.

Un hombre de unos cincuenta años, camiseta de un equipo universitario, la cara roja de calor y de otra cosa.

Su mujer, detrás, con dos niños de siete u ocho años, uno de ellos sentado en el suelo sobre una mochila.

Habían salido de Sacramento a las cinco de la mañana.

Llevaban dos horas conduciendo desde el aeropuerto por culpa de un accidente en la interestatal.

Tenían una reserva de habitación familiar de dos camas grandes para cuatro noches, hecha en marzo, pagada.

Y el hotel no la tenía.

Lo dijo la recepcionista, muy joven, con esa voz que se les pone a los veintitrés años cuando llevan cuarenta minutos repitiendo la misma frase:

—Señor, lo siento muchísimo, pero no me aparece disponibilidad en esa categoría hasta el sábado…

—Tengo un correo.

—Sí, señor.

—Tengo un correo del hotel.

—Sí, señor, lo veo.

—¿Y entonces?

Yo sé exactamente lo que ocurre en ese momento, porque me ha ocurrido a mí, del otro lado, con ciento cuarenta invitados y un autobús que no venía.

Hay dos segundos en los que la situación decide si se va a convertir en un problema o en una escena.

Y la diferencia no la marca el cliente. La marca quién aparece.

Apareció un hombre por la puerta de detrás del mostrador.

Traje azul oscuro sin corbata, mangas de la camisa correctamente puestas, tarjeta identificativa que no me dio tiempo a leer.

Puso una mano en el respaldo de la silla de la recepcionista, le dijo algo en voz baja durante cuatro segundos, y luego salió del mostrador.

No se quedó detrás. Salió. Se puso del mismo lado que la familia, que es un gesto que cuesta cero euros y que casi nadie hace.

—Señor Prescott —dijo—. Soy Leo. Trabajo aquí. Vamos a arreglarlo, pero antes: ¿han comido algo?

—¿Qué?

—Que si han comido. Llevan doce horas de viaje y tiene usted dos niños. Se lo pregunto porque lo que voy a explicarle son tres minutos y prefiero que no los escuche con hambre.

El hombre abrió la boca y la cerró. La mujer dijo, desde atrás, que no habían comido.

Leo levantó dos dedos hacia un camarero del bar del vestíbulo, y el camarero, sin más instrucciones que esos dos dedos, se acercó con una carta. Y entonces Leo se giró y siguió hablando, sin bajar la voz, sin ese susurro de gerente que hace sentir a la gente que la están apartando.

—Esto es culpa nuestra, no suya, y no le voy a explicar por qué ha pasado porque a usted no le sirve de nada.

Le explico lo que hay. Su categoría no existe esta noche en este edificio: ni una, ni con dinero.

Tengo dos opciones. La primera: les alojo esta noche en el hotel de enfrente, que es del grupo, en una suite de dos ambientes, transporte incluido, y mañana a las once vuelven aquí a su habitación, que ya está bloqueada a su nombre y no la va a tocar nadie.

Las tres noches restantes las tienen ustedes cubiertas, y la de esta noche, obviamente, no la pagan.

La segunda: se quedan aquí esta noche en dos habitaciones dobles contiguas, en la planta doce, y mañana los reunimos.

—Dos habitaciones —dijo la mujer—. Tienen ocho años.

—Por eso se lo digo el primero: yo no separaría a los niños. Pero es su familia, no la mía, y hay padres que prefieren no cambiar dos veces de edificio.

El señor Prescott apretó la mandíbula.

—Nosotros elegimos este hotel por la piscina.

—La piscina de enfrente es peor —dijo Leo—.

Se lo digo yo. Por eso les voy a dar acceso a la nuestra mañana desde las nueve aunque técnicamente no tengan aún la habitación, y les voy a poner en la primera fila de tumbonas, que normalmente se paga y hoy no.

Los niños comen gratis los cuatro días en cualquiera de nuestros restaurantes, y le voy a dar mi tarjeta con mi número directo.

No el del hotel: el mío. Si mañana a las once y un minuto no está su habitación, me llama y se lo soluciono yo.

Silencio. Del bueno.

—La suite —dijo la mujer.

—La suite —confirmó el marido, con la voz ya de otro hombre.

Leo dijo algo hacia el mostrador, la recepcionista empezó a teclear, y él se agachó, apoyó las manos en las rodillas y le preguntó al niño que estaba sentado en el suelo si prefería la habitación con la bañera grande o la de la tele grande.

El niño dijo que la de la tele. Su hermano dijo que la bañera.

Leo dijo que la suite tenía las dos y que eso les iba a crear un problema serio en casa, y los dos se rieron.

Todo eso duró seis minutos.

Y yo, que llevaba de pie desde las siete de la mañana hora española y estaba a treinta segundos de la peor sorpresa de mi vida adulta, tuve tiempo de pensar una sola cosa, con absoluta claridad profesional: ese hombre tenía habitaciones guardadas.

Nadie coloca a una familia en un hotel del grupo en cuatro minutos, con transporte y suite, a las seis de la tarde de un jueves con mil novecientos ortodoncistas en la ciudad, si no tiene un margen escondido en alguna parte.

Yo también los guardo. Yo guardo dos sillas, dos menús y una habitación de más en cada boda, y no se lo digo a nadie, y luego finjo que las he sacado de la manga.

Fue por eso —por el reconocimiento de un truco propio en manos ajenas— por lo que me quedé mirándolo un segundo más de la cuenta.

Y por eso él levantó la vista.

* * *

Nueve años tienen la costumbre de no cambiar a la gente lo suficiente.

Estaba más ancho de hombros. Tenía el pelo más corto y algo de gris en las sienes, y unas líneas alrededor de los ojos que antes no estaban y que le sentaban indecentemente bien.

Llevaba en la muñeca izquierda el reloj de su padre: un Seiko viejo, esfera color crema, correa de piel marrón reventada por los bordes. Lo reconocí antes que a la cara.

Leo Navarro me miró durante un segundo entero sin decir nada. Después dijo:

—Vaya.

—Hola.

—Estás en mi vestíbulo.

—Estoy en tu cola.

Se acercó. No corriendo, no despacio: a la velocidad de un hombre que ha decidido que va a llegar. Se paró a un metro y medio, que es exactamente la distancia a la que no tienes que decidir si abrazas a alguien.

—¿Cuándo has llegado?

—Hace once minutos.

—Once.

—Doce, si cuentas la marquesina.

—Sigues contando.

—Alguien tiene que hacerlo.

Y sonrió, y fue peor, porque no era una sonrisa de bienvenida sino esa cosa suya de sonreír con la mitad de la cara mientras la otra mitad te examina.

—Podías haber avisado —dije.

—Yo avisé.

—¿A quién?

—A mi hermana. En julio. Le dije: díselo. —Metió las manos en los bolsillos—. Y me contestó que se lo iba a decir.

Los dos giramos la cabeza a la vez.

Inés estaba a cuatro metros, con el asa de la maleta en la mano y la expresión de una mujer que se ha ido a Marte.

—¡Anda! —dijo—. ¡Hola!

—Hola, Inés —dijo su hermano.

—¡Qué casualidad!

—Trabajo aquí.