Las Vegas no estaba en el plan CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Cuatro maletas y cero sentido común

Llamé a Inés catorce veces entre las dos de la madrugada y las nueve y diez de la mañana siguiente. Ella contestó a la primera, dijo «estoy conduciendo, luego», y no volvió a contestar a las trece restantes.

Trece llamadas es mucho. Lo sé. En mi defensa diré que entre la número seis y la número siete dormí cinco horas.

Carmen llegó a las nueve y veinticinco con una maleta pequeña, unas zapatillas que ya conocía y ojeras de guardia de noche.

—No he dormido —dijo, a modo de saludo—. Turno hasta las siete. He venido directa.

—¿Has desayunado?

—He comido tres galletas de una máquina y no quiero hablar de ello.

—Dejó el bolso en el suelo entre las dos y me lo señaló—.

Ahí llevo ibuprofeno, paracetamol, omeprazol, suero oral, un termómetro y tiritas de gel.

Si alguien me pregunta por qué llevo un termómetro a Las Vegas, le juro que me doy la vuelta.

—¿Por qué llevas un termómetro a Las Vegas?

—Por Julia, que tiene tres años y me ha metido cosas en la maleta. —Se pasó las manos por la cara—. Vera. Escúchame bien. Durante cuatro días no quiero decidir nada. Ni dónde se come, ni a qué hora, ni si hace calor. Me da igual. Yo voy detrás. Tú me llevas.

—Eso es lo más bonito que me ha dicho nadie este año.

—No te acostumbres.

Lola apareció a las nueve y treinta y cinco y la vi desde lejos, porque Lola se ve desde lejos: mono naranja, gafas enormes, una maleta grande, una maleta de cabina, una mochila de fotografía y una bolsa de tela colgada del hombro con un trípode asomando como una caña de pescar.

—Son cuatro bultos —dije.

—Son tres bultos y un accesorio.

—El accesorio mide setenta centímetros.

—El accesorio me da de comer. —Me plantó la cámara delante de la cara antes de darme un beso—. Di algo para la comunidad.

—Buenos días a la comunidad. La facturación cierra a las once y cinco y llevamos cinco minutos de retraso sobre lo previsto.

Lola bajó la cámara.

—Eso ha sido malísimo. Repítelo con energía.

—No.

Inés llegó la última, a las nueve y cincuenta, con una maleta que parecía la de otra persona, gafas de sol dentro del edificio y el pelo recogido en un moño hecho en el coche. Nos abrazó a las tres a la vez, muy fuerte, un par de segundos más de la cuenta.

Yo tenía preparadas cuatro frases sobre las trece llamadas sin contestar. No dije ninguna, porque en la cola de facturación no se discute y porque Inés, cuando la aprietas, se convierte en una puerta.

—Buenos días —dijo—. ¿Qué tal la boda azul?

—Sobrevivió.

—Como todo lo tuyo.

—¿Ibas conduciendo a las dos y veinte de la mañana?

—Iba a por el cargador al coche. —Sonrió por debajo de las gafas—. ¿Facturamos?

* * *

En el control de seguridad, Lola tardó once minutos.

No es una exageración. La cronometré, y no por antipatía, sino porque a las diez y cuarenta yo ya había hecho el cálculo de tiempos hasta la puerta S y necesitaba saber cuánto margen me quedaba.

Lola llevaba en la mochila tres baterías de cámara, un dron pequeño que juró y perjuró que no era un dron, un multiladrón de cables y un bote de crema de doscientos mililitros que defendió como si fuera un familiar.

—Es un envase de cien —dijo.

—Pone doscientos.

—Pone doscientos, pero está por la mitad.

El agente de seguridad, un hombre de una paciencia geológica, respondió sin levantar la vista:

—Señora, el límite es del envase.

—Es que esto cuesta cuarenta y dos euros.

—Le acompaño en el sentimiento.

Carmen, detrás, con los brazos cruzados y el pasaporte en la boca mientras se recolocaba el cinturón, dijo:

—Que lo tire, hostia. Que llevo cuarenta minutos de pie.

Lo tiró. Hizo un vídeo de la papelera. Le puso música. Lo tituló, más tarde nos lo enseñó, «duelo».

Llegamos a la puerta a las once y treinta y cinco, con veinte minutos de margen sobre mi previsión y cincuenta sobre la realidad, porque el vuelo salió con retraso de nueve minutos y despegamos a las doce y catorce.

En esos cincuenta minutos pasaron dos cosas.

La primera fue que Carmen se apartó a una columna a hacer una videollamada.

La vi de lejos: sostenía el móvil con el brazo estirado y la cara le cambió de golpe, se le puso esa voz aguda que ponen los adultos cuando hablan con niños pequeños.

Julia le enseñó un dibujo demasiado cerca de la cámara durante casi un minuto.

Mateo apareció detrás preguntando dónde estaba América.

Tomás dijo algo desde el fondo, algo doméstico, algo sobre una mochila.

—Están en la mesa del salón —contestó Carmen—. En la bolsa azul. La azul, Tomás. No, la bolsa. —Una pausa—. Que sí. Que os quiero. Que sí.

Colgó, se guardó el móvil en el bolsillo trasero y volvió andando despacio. Se sentó a mi lado y estuvo un rato mirando la pista.

—Cuatro días —dijo.

—Cuatro días.

—Es la primera vez en seis años que duermo cuatro noches seguidas sin que nadie entre en mi habitación.

Lo dijo como quien enuncia un dato. Después se pasó la mano por la cara y añadió, más bajo:

—Y llevo desde el martes con una cosa aquí, en el pecho, como si estuviera haciendo algo mal.

—No estás haciendo nada mal.

—Ya lo sé. —Se levantó a tirar el vaso de café—. Por eso es tan tonto.

La segunda cosa que pasó fue que intenté hablar con Inés.

La pillé de pie junto al ventanal, mirando un avión de carga.

—Anoche me dijiste una frase y te metiste en un ascensor.

—¿Yo?

—Cuatro palabras.

—Vera, tengo un jet lag preventivo.

—El jet lag preventivo no existe.

—Debería. —Se giró y me puso las dos manos en los hombros, que es lo que hace cuando quiere ganar tiempo con afecto—. Te lo cuento en el avión. Tenemos doce horas y no hay wifi. Te vas a hartar de mí.

—Doce veinticinco —dije.

—¿Qué?

—El vuelo. Son doce horas y veinticinco minutos, no doce.

—Dios mío —dijo Inés, y se fue a la cola de embarque.

Nos habían tocado dos filas de dos, una detrás de otra. Carmen se sentó junto a la ventanilla de la fila de atrás, se puso un antifaz que llevaba colgado del cuello desde Barajas y dijo, con los ojos ya tapados:

—No me despertéis para la comida. No me despertéis para las turbulencias. Si nos estrellamos, tampoco.

—Carmen.

—Lo digo en serio. Que se estrelle sin mí.

Se durmió antes de que retiraran el carrito de las bebidas y no se movió durante cuatro horas y media. Lo sé porque le miré la cara varias veces, y porque durmiendo se le fue la mandíbula, y esa mujer llevaba probablemente año y medio sin dormir así.

Lola, a su lado, grabó el despegue, la manta, el menú, el reposabrazos, a Carmen dormida —le tapé la lente con la mano por encima del respaldo—, sus propias zapatillas, la nube de la ventanilla y a una azafata que le siguió el juego con una profesionalidad admirable.

—¿Cuántas horas de material vas a tener? —le pregunté.

—Nueve, diez.

—¿Para publicar qué?

—Para publicar tres minutos. —Se giró en el asiento y apoyó la barbilla en el respaldo, entre Inés y yo—. La gente cree que grabo mucho porque me encanta grabar. Grabo mucho porque de cada hora sirven cuatro segundos. Es como tu boda. Tú montaste catorce mesas para que se vieran dos.

—Yo monté catorce mesas para que se sentaran ciento cuarenta personas.

—Ya, pero la foto es de dos.

Me callé, porque tenía razón y porque cuando Lola tiene razón conviene no alimentarla.

* * *

Inés, a mi lado, no durmió, no leyó, no vio nada. Estuvo cuatro horas manipulando el mismo vaso de plástico.

Hablamos de tonterías durante un rato largo: del vestido de una prima suya, de un compañero de su despacho que había pedido la excedencia, de si Las Vegas huele a algo.

Se reía en los sitios correctos. Preguntaba cosas.

Y llevaba cuatro horas sin mirar el móvil, cuando Inés Navarro es una mujer que mira el móvil en los semáforos, en los ascensores y durante los besos.

—¿Estás bien? —dije, en algún punto sobre el Atlántico.

—Estoy cansada.

—Vale.

—Y estoy contenta.

—Vale.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Ese «vale» tuyo con dos puntos suspensivos detrás.

Le di la mitad de mi galleta salada, que es nuestro lenguaje desde segundo de carrera, y ella la aceptó, que es la respuesta.

Fue después, con las persianas bajadas y media cabina dormida, cuando lo dijo. No lo dijo mirándome. Lo dijo mirando el respaldo de delante, con la voz de quien comenta el tiempo.

—A Sergio le ha salido una oportunidad, por cierto.

—¿Una oportunidad de qué?

—De trabajo. Nada, un proyecto. Ya te contaré. —Y sin transición, sin ni siquiera un cuarto de segundo—: Oye, ¿tú sabes si en el hotel se puede pedir hielo a la habitación o hay que ir a buscarlo a una máquina? Porque en las series siempre hay una máquina y siempre pasa algo raro en la máquina.

Yo tenía tres preguntas y elegí ninguna. En el trabajo, cuando una novia cambia de tema con esa velocidad, se le da cuerda y se vuelve más tarde. Es la única técnica que conozco que funciona con seres humanos.

—Hay máquina —dije—. Planta veintisiete, al lado del ascensor de servicio. Está en el plano.

—Claro que está en el plano.

* * *

Cuando quedaba hora y media para aterrizar, Lola se asomó otra vez entre los asientos.

—Propuesta —dijo—. Esta noche, nada de trabajo.

—Yo estoy de acuerdo —dijo Carmen desde debajo del antifaz, resucitada de golpe—. Si alguien me pregunta por urgencias, me bajo del avión.

—Y nada de bodas —añadió Lola.

Inés levantó la cabeza.

—Es una despedida de soltera.

—Es una despedida de soltera, no una reunión de producción. Podemos celebrar que te casas sin hablar del catering. La primera noche: ni trabajo, ni bodas, ni proveedores…

—Ni Bruselas —dijo Inés.

Y se detuvo. Fue medio segundo. Un tropiezo mínimo, de esos que se oyen en las grabaciones y no en las conversaciones.

—¿Bruselas? —dije.

—Nada que empiece por be —contestó, muy deprisa—. Bodas, bancos, Bruselas. Estoy diciendo palabras. Llevo once horas despierta.

Lola se rio y le tiró un cacahuete por encima del respaldo. Yo archivé la palabra en la misma carpeta mental donde había metido la risa a destiempo de la noche anterior y me dije que tres semanas antes de una boda todo el mundo tiene derecho a estar raro.

—Yo acepto —dije—. Con una enmienda.

—No.

—No sabes cuál es.

—Da igual. Cuando dices «con una enmienda» es que traes un anexo.

—La enmienda es que si nadie habla de trabajo, nadie me pregunte a mí por el itinerario. Porque entonces sois vosotras las que habláis de mi trabajo y yo no puedo defenderme.

Carmen se levantó el antifaz un centímetro.

—Eso es sorprendentemente justo.

—Gracias.

—No lo he dicho como un elogio. Me ha dado miedo.

Cerramos el pacto con cuatro vasos de plástico y una servilleta que Lola guardó como si fuera un contrato, y que efectivamente terminó siendo una prueba documental, aunque eso todavía no lo sabíamos.

* * *

Fue durante el descenso, con las lucecitas encendidas y la cabina hecha un desastre de mantas, cuando abrí por fin el PDF de la reserva.

No lo había abierto en el avión hasta ese momento por una razón muy concreta: había pasado veinticuatro horas evitando pensar en una frase de tres palabras dicha delante de un ascensor.

Pero íbamos a aterrizar, había que rellenar la dirección en el formulario de entrada y necesitaba el número de confirmación.

Miré la primera línea del PDF y me quedé quieta.

CROWN & CLOVER RESORT · LAS VEGAS BLVD

Suite de dos dormitorios y salón · Planta 27 · Hab. 2714

Cuatro noches · Tarifa: friends & family rate

Leí la tarifa. Después leí la cifra. Después la volví a leer, porque yo negocio con hoteles ocho veces al año y sé perfectamente lo que cuesta una suite de dos dormitorios en el Strip un fin de semana de finales de septiembre, y aquella cifra no era un descuento.

Aquella cifra era casi un insulto al sector.

—Inés.

—¿Mm?

—Esta suite cuesta menos que mi habitación individual de la última feria de Valencia.

—Qué suerte, ¿no?

—Inés.

Se quitó las gafas de sol, por fin, y las dobló en el regazo con mucho cuidado. Tenía los ojos cansados y una expresión que le he visto exactamente dos veces en quince años: la de cuando ya ha decidido decir la verdad y está calculando por dónde empezar.

—Vale —dijo.

—El hotel.

—El hotel.

—Anoche me dijiste «Leo trabaja en el hotel» y te metiste en un ascensor.

—Es que si lo decía con la puerta abierta, íbamos a estar hablando hasta las cuatro.

—¿Trabaja en este hotel?

—Trabaja en este hotel —dijo Inés—. Es director de experiencia y operaciones especiales. Que no sé exactamente lo que es, pero sale en su firma de correo y suena a que le pagan por arreglar cosas.

Miré por la ventanilla. Debajo había un desierto de color galleta, una autopista recta, un montón de tejados marrones y, al fondo, una hilera de edificios absurdos brillando en mitad de la nada, como una cubertería tirada en la arena.

—Nos ha conseguido él la suite —dije.

—Nos ha conseguido él la suite.

—Y no me lo dijiste hasta anoche.

—No te lo dije hasta anoche porque te conozco, y si te lo digo en junio te pasas tres meses buscando otro hotel «por comodidad de todas» y acabas encontrando uno mejor, más barato y con mejor terraza, y las cuatro nos vamos allí y tú te quedas tan tranquila.

—Se inclinó hacia mí—. Vera. Es mi hermano. Me caso en tres semanas. Quiero verlo.

Y ahí estaba el argumento perfecto, el argumento que no tiene contraargumento, el argumento que yo misma le habría escrito a una novia para que se lo dijera a su madre.

—Podías habérmelo dicho igual.

—Sí. Podía.

El tren de aterrizaje bajó con un golpe seco debajo de nosotras. Lola se asomó otra vez entre los asientos, con el móvil ya grabando la ventanilla.

—Chicas, chicas, mirad eso. ¿Eso de ahí es el Strip? Vera, ¿eso es el Strip?

—Eso es el Strip —dije.

—¿En qué hotel estamos? Que no lo he mirado. Yo confío ciegamente.

Inés no dijo nada. Me miraba a mí.

—En el Crown and Clover —contesté, y me oí decirlo con una voz muy tranquila y muy profesional, la misma con la que le digo a una novia que las hortensias han venido azules y que no pasa nada.