Las Vegas no estaba en el plan
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CAPÍTULO 1
Nada puede salir mal si llevas tres copias
A las cuatro y diez de la tarde de un miércoles de septiembre, con ciento cuarenta invitados en carretera y el cielo de Torrelodones del color de una bandeja de acero, la furgoneta de Flor de Lis aparcó en la explanada de El Robledal y me entregó doscientas hortensias azules.
Azules. No blancas. Azules como una piscina municipal.
El chico que las traía tenía veintipocos años y una carpeta que no había leído.
—Aquí pone Susana y Álvaro —dijo—. Doscientas hortensias.
—Aquí también pone blancas —dije yo, girando la hoja hacia él con dos dedos—. Renglón cuatro. Justo antes de la palabra «blancas», que aparece otra vez en el renglón cinco.
—Ya. Bueno. Es que en almacén…
—No pasa nada. Baja las cajas a la sombra, por favor, y no las dejes en el asfalto. Ahora vuelvo contigo.
Le sonreí. Llevo cuarenta y una bodas y he aprendido que el proveedor que se siente atacado tarda quince minutos más en ayudarte, y yo no tenía quince minutos.
Tenía dos horas y veinte hasta la ceremonia, un arco floral montado a medias, una novia arriba a la que su madre estaba peinando con una vehemencia preocupante y una previsión meteorológica que a las once de la mañana decía «nubes» y a las cuatro de la tarde decía otra cosa.
Fui hasta la esquina de la casa, donde había cobertura, y llamé a Sonia, de Flor de Lis. Me lo cogió al cuarto tono, que es el tono de quien ya sabe.
—Vera, te lo juro por mi madre…
—Sonia, no quiero juramentos, quiero blancas.
—Han salido a Aravaca.
—Recupéralas.
—Están montadas. La ceremonia es a las seis.
Cerré los ojos un segundo. Aravaca. Ceremonia a las seis. Mi ceremonia era a las seis y media. Aunque hubiera podido desmontar una boda ajena —y no puedo, y no lo haría—, no daba el tiempo ni con escolta.
—Vale —dije—. Entonces escúchame, porque esto sí lo vas a hacer.
Necesito verde. Todo el eucalipto, olivo y ruscus que tengas en cámara, aunque esté comprometido para mañana.
Lo pago hoy. Que salga ya, no en veinte minutos.
Y necesito los cincuenta tallos de rosa blanca que ibas a usar el sábado en el ramo de mesa presidencial. Los cincuenta.
—Vera, el sábado…
—El sábado tienes tres días para resolverlo. Yo tengo dos horas y una novia. Sonia.
Una pausa. Un teclado. Después:
—Sale en doce minutos.
—Gracias. Y mándame la factura de las hortensias con descuento del cuarenta por ciento, que voy a usarlas y no quiero que nadie diga que te he arruinado.
Colgué y abrí el cuaderno. No la aplicación: el cuaderno. Cuando algo se rompe, escribo a mano, porque el papel no se actualiza solo ni te pide contraseña.
Lo que tenía era esto: un arco de ceremonia diseñado en blanco y verde para una novia cuya paleta entera —invitaciones, mantelería, el vestido de su hermana, hasta la tarta— era blanco roto y verde seco.
Doscientas hortensias azules eran, en ese contexto, una mancha de pintura en una pared recién enlucida.
Lo que también tenía era memoria visual, que es mi único talento sobrenatural: sabía que en el cóctel había catorce mesas altas, una barra larga bajo la galería y un pasillo de acceso feo, con una pared de ladrillo que llevaba tres visitas técnicas molestándome.
Sabía que la abuela de Álvaro iba de azul marino.
Y sabía que Susana había dicho, en la reunión de julio, entre risas, que su «algo azul» era una tontería, una cinta cosida por dentro del vestido.
Llamé a Bea. Bea Roldán trabaja conmigo desde hace tres años y se comunica exclusivamente por audios de once segundos.
—Bea, cambio de plan floral. Escucha entero antes de contestar.
Le di la lista. El arco se rehacía solo con verde, denso, asimétrico, cargado hacia la derecha, y las cincuenta rosas blancas se colocaban en tres racimos, no repartidas, porque cincuenta rosas repartidas parecen un error y cincuenta rosas agrupadas parecen una decisión.
Las hortensias azules bajaban al cóctel: catorce centros bajos en las mesas altas, un muro corrido a lo largo de la pared de ladrillo y dos cubos junto a la entrada del aparcamiento.
—¿Y si la novia lo ve? —dijo el audio de Bea, once segundos exactos.
—La novia lo va a ver. Por eso se lo voy a enseñar yo antes que nadie.
Después escribí a Nacho, que monta conmigo desde que existo. Nacho contesta con mensajes de tres palabras y aparece con una furgoneta llena de cosas que nadie le ha pedido y que siempre hacen falta.
Yo: Torrelodones. Necesito todo el paraguas negro que tengas. Y las estufas.
Nacho: ¿Cuántos?
Yo: Todos.
Nacho: 40 min.
Y entonces empezó a llover.
* * *
No fue una llovizna decorativa. Fue una tormenta de septiembre de esas que en Madrid duran cuarenta minutos y dejan el aire limpio y a doce personas con el zapato perdido en el césped.
La ceremonia estaba prevista en el olivar, con sillas de madera, alfombra de yute y una vista del valle por la que los novios habían pagado un veinte por ciento más que en el jardín de atrás. A las cinco menos cuarto, el olivar era una piscina con pretensiones.
Fui a hablar con Ramiro, el maître de la finca, que llevaba veintidós años allí y había visto todo esto antes.
—La galería —dije.
—La galería tiene cien sillas.
—Ciento diez si quitamos el aparador y ponemos dos filas contra el ventanal. El resto de pie, con las estufas al fondo. Los abuelos entran los primeros y se sientan, y eso lo controlo yo con lista en mano.
—¿Y el arco?
—El arco lo mueve tu gente conmigo dentro de veinte minutos. Está montado en estructura, pesa menos de lo que parece.
Ramiro miró la lluvia. Miró la galería. Miró el reloj.
—¿Y si escampa a las seis?
—Entonces habremos hecho una ceremonia preciosa a cubierto y el cóctel será fuera, con el suelo secándose y una luz que le va a poner el fotógrafo en un altar. Si escampa, ganamos. Si no escampa, no perdemos. Eso es todo lo que pido a un plan B.
Ramiro se rio y se fue a buscar a sus chicos.
Subí a ver a Susana a las cinco y cuarto. Estaba sentada al borde de la cama de la suite nupcial, vestida, peinada, con los ojos brillantes de una manera que yo conocía bien y que no tiene nada que ver con la emoción.
Su madre, Charo, dijo desde la puerta:
—Es que está lloviendo.
—Está lloviendo —confirmé—. Susana, mírame. ¿Quieres el dato bueno o el dato malo primero?
—El malo —dijo ella, porque la gente siempre dice el malo.
—Las hortensias han venido azules y no se pueden cambiar.
Susana se llevó la mano a la boca. Charo emitió un sonido de electrodoméstico estropeado.
—Ahora el bueno. El arco de tu ceremonia va a ser de verde con tres racimos de rosas blancas, y va a ser más bonito que el del boceto, porque el del boceto era simétrico y los simétricos salen bien en la foto y aburridos en persona.
Las hortensias están abajo, en el cóctel, montadas como si las hubiéramos encargado el primer día.
Tienes ciento cuarenta invitados que van a entrar por un pasillo azul y van a pensar que eres una mujer con criterio. Y hay una cosa más.
—¿Qué?
—Que tu «algo azul» era una cinta cosida por dentro. Ahora tu «algo azul» es una pared de dos metros que se va a ver en el cincuenta por ciento de las fotos del cóctel. Si alguien te pregunta, lo has hecho a propósito. Si no te pregunta nadie, también.
Susana se rio. Fue una risa de dos tiempos, uno acuoso y otro real.
—¿Y la lluvia?
—La lluvia es mía. Tú bajas a las seis y veinticinco, entras por la puerta de la galería con tu padre, hay ciento diez sillas, dos estufas y un ventanal con el valle detrás.
Nadie se moja. Y a las siete y media, si el hombre del tiempo tiene un mínimo de decencia, salimos todos a un jardín que huele a tierra mojada, que es el único olor que no se puede comprar.
Charo dijo, desde la puerta:
—¿Y si no escampa?
—Entonces tenemos cuarenta paraguas negros iguales, que en fotografía es un recurso carísimo y que a mí me sale gratis porque un amigo tiene furgoneta.
* * *
Escampó a las siete y veinte.
No lo cuento como un triunfo personal, porque no lo fue: el mérito de que dejara de llover no es mío.
Lo que sí es mío es que a las siete y veintidós ya había doce camareros secando sillas con toallas de baño de la finca y a las siete y media el cóctel estaba abierto en el jardín con el suelo brillante, las hortensias azules contra el ladrillo y una luz baja, dorada, imposible, de esas que aparecen después de una tormenta y duran veinte minutos.
El fotógrafo me buscó con la mirada desde el otro lado del jardín y levantó el pulgar.
Charo me apretó el brazo al pasar y no dijo nada, que en Charo era una ovación.
Y Susana, en algún momento entre el segundo y el tercer plato, vino hasta donde yo estaba —de pie, junto a la puerta de cocina, con el auricular puesto y una copa de agua— y me dio un abrazo que me descolocó el pinganillo.
—Gracias por lo de la pared azul.
—Ha quedado bien.
—No. Gracias por decírmelo de esa manera.
Salí de la finca a la una y cuarenta de la madrugada, con el coche oliendo a eucalipto, cuatro hortensias sueltas en el asiento de atrás y las lumbares recordándome que tengo treinta y cuatro años y llevaba desde las once de pie.
En el móvil, ochenta y un mensajes. Setenta y nueve del grupo de la despedida.
* * *
Inés estaba sentada en el escalón de mi portal, en Ríos Rosas, con una bolsa de la tienda de la esquina y esa cara de abogada laboralista a la que le acaban de contar una excusa mala.
—Son las dos de la mañana —dije.
—Son las dos menos veinte y vives a doce minutos de mi casa. ¿Ha ido bien?
—Ha ido bien.
—Vera.
—Ha ido bien ahora. A las cuatro de la tarde era una boda azul con una tormenta encima.
Inés se levantó, me quitó el bolso del hombro —ese gesto suyo de cargar con las cosas de los demás sin preguntar— y subió detrás de mí los cuatro pisos.
En la cocina saqué dos vasos. Ella sacó de la bolsa una botella de vino que no íbamos a abrir porque las dos teníamos que madrugar, y la dejó en la encimera de todas formas, como una declaración de intenciones.
—Mañana a las nueve y media en el mostrador —dijo—. Que te conozco y vas a querer ir a las ocho.
—A las nueve y veinte.
—A las nueve y media.
—Si facturamos cuatro maletas, y vamos a facturar cuatro maletas porque Lola no viaja, Lola se muda, el mostrador tarda de media veinticuatro minutos con cola de miércoles y nosotras somos jueves, que es peor. —Abrí la carpeta que llevaba en el bolso y saqué el documento—. Está todo aquí.
Inés miró el taco de folios como se mira una radiografía.
—¿Eso qué es?
—El itinerario.
—Eso tiene grapa.
—Tiene canutillo. La grapa se rompe.
—¿Cuántas páginas?
—Catorce. —Ella abrió la boca y yo levanté la mano—. Cuatro son anexos. Vuelos, traslados, reservas, horarios de las actividades, teléfonos de emergencia, dirección del consulado, y la última es un plano del hotel que he sacado de su web y he anotado.
—Has anotado un plano de un hotel en el que no has estado nunca.
—He anotado dónde están los ascensores de servicio, que es lo único que importa en un hotel.
Inés hizo una foto del canutillo y la mandó al grupo. Doce segundos después, el móvil empezó a vibrar como si tuviera algo dentro.
El audio de Lola duró un minuto cuarenta, y en él llamó al documento «la Biblia», «la condena», «un TFG», y dijo, textualmente, que si el itinerario tenía índice ella no pensaba subir al avión.
—Tiene índice —dije en alto.
—Por eso mismo —contestó Inés.
Carmen escribió una sola línea:
Carmen: ¿Hay descansos? Pregunto por interés profesional.
Yo: Hay tres bloques de tiempo libre. Página 9.
Carmen: Dios mío.
Lola: VERA. UNA DESPEDIDA NO PUEDE TENER PÁGINA 9
Yo: Todas las cosas buenas de tu vida han tenido página 9 y no te has enterado.
—Llevas tres copias impresas —dijo Inés, que estaba hurgando en mi bolso sin ningún pudor—. Tres. ¿Por qué tres?
—Una para mí, una para la maleta y una para ti, por si pierdes el móvil.
—¿Y si pierdo la copia?
—Por eso hay tres.
Inés se apoyó en la encimera con el vaso en la mano y se rio, pero se rio a destiempo, medio segundo tarde, como quien se ríe de una cosa que ya no está mirando.
Llevaba haciendo eso desde agosto. Yo lo había archivado en la carpeta mental de «novia a tres semanas de la boda», que es una carpeta enorme y que casi siempre se vacía sola.
—Mándame la reserva del hotel —dije—. Es lo único que no tengo.
—Te la mandé el lunes.
—Me mandaste un enlace que caducaba.
Refunfuñó, buscó en el móvil y me reenvió el PDF. Lo abrí ahí mismo, con el pulgar, medio dormida, buscando solamente la hora de entrada y el número de confirmación.
Y lo primero que apareció en la pantalla fue el apellido, arriba del todo, solo, en mayúsculas, como lo escriben las compañías aéreas y los hospitales.
NAVARRO / INES
Llevaba quince años diciendo ese apellido tres veces por semana. Es el apellido de mi mejor amiga, está en mi agenda, en las felicitaciones de Navidad, en el buzón de su portal. No me hacía nada.
En mayúsculas, solo, sin nombre delante, era otra cosa.
Un piso de la calle Hortaleza, un colchón en el suelo y una ventana que no cerraba bien.
Un chico de veintisiete años que decía «no lo sé» con una tranquilidad insultante y que había hecho de eso un modo de vida.
Siete semanas. Yo llevaba una libreta en la que apuntaba planes que nunca le enseñé, y él llegaba con dos entradas para algo que empezaba en cuarenta minutos al otro lado de la ciudad.
En junio dijo que se iba a Chicago. Yo dije «qué bien».
Los dos nos portamos como adultos, que es la manera más limpia que existe de estropear algo.
Nueve años. Casi diez.
Bajé el móvil y me di cuenta de que llevaba un rato mirando un PDF sin leer una sola línea.
—¿Sigues aquí? —dijo Inés.
—Estoy leyendo la hora de entrada.
—La hora de entrada es a las tres. Llegamos antes.
Recogí los vasos, guardé la carpeta, la acompañé al descansillo. Ella se puso la chaqueta, apretó el botón del ascensor y, cuando ya se abría la puerta, con esa voz de andar por casa que usa para las cosas que ha estado ensayando, dijo:
—Por cierto. Leo trabaja en el hotel.
—¿Qué?
Las puertas se cerraron.