Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Epílogo · El manantial #2
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Epílogo · El manantial #2

Adrián la dobló. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto a la llave de hierro que esa mañana, sin pensar, se había metido allí antes de salir.

Pasó un sábado de finales de junio, uno de esos días en que Galicia decide de golpe que también existe el verano, en el que Adrián no tenía nada concreto que hacer.

Aurea estaba en Lugo, en una reunión administrativa de la fundación.

Tareixa estaba en una boda familiar, en Lestedo.

Adrián no tenía proyectos urgentes. El piso del barrio de San Pedro estaba ya habitable.

La pensión de Manuela había sido el sitio donde había leído un libro de Cunqueiro durante semanas, poco a poco, completándolo finalmente la noche anterior.

Adrián cogió el coche pequeño que la red le había asignado en febrero, una compra menor que Aurea había gestionado a través de los fondos del oficio. Salió de Compostela hacia el oeste otra vez.

Esta vez fue solo.

Aparcó el coche en el mismo aparcamiento. Caminó hasta el mismo borde del acantilado. Se quedó de pie mirando el océano, que ahora era azul oscuro, no gris, y reflejaba un sol alto que no se había visto en diciembre.

Estuvo allí mucho rato.

Pensó en Clara, que había llamado por teléfono dos días antes desde Palermo.

Adrián, lo de aquí va lento pero va. He encontrado dos archivos pequeños que la red local no había catalogado.

Estoy bien. ¿Tú? Pensó en Aurea, que esa misma mañana le había entregado el primer informe de la fundación de Severo.

Pensó en Salvatierra, que seguía en Sevilla, ya muy mayor.

Pensó en Maire MacEachern, en Iona, esperando el siguiente solsticio.

Pensó en Tareixa, esa misma tarde, en la boda de Lestedo, cantando a lo mejor algún canto rural junto al resto de los invitados.

Pensó en Severo, enterrado en Aspai hacía cinco días.

Y pensó, también, en su tío Sebastián. En el cuaderno azul.

En la primera frase que leyó de aquel cuaderno, una tarde de Triana, en una cocina de alfarero, y que su tío no había escrito: la había copiado, con letra de contable, de un hombre que la dejó dicha hacia mil seiscientos ochenta y ocho y del que solo se sabe que trabajaba el barro.

No todo lo que fluye es agua.

Adrián cerró los ojos un rato largo.

Se acordó de Tomás Beltrán, en Sevilla, cuando le habló por primera vez, ya hacía años, durante una tarde en la sacristía mayor.

Se acordó del galgo Moro, durmiendo a los pies de Clara en Barcelona, en la mesa de su archivo en el Born.

Se acordó de Mercè Fiol, riéndose en una cocina de Barcelona junto a una vela apagada.

Se acordó de Xoán Ferro, en su butaca alta, con la manta de lana sobre las piernas, diciendo vete, meu, vete .

Se acordó de Aldonza de Lestedo, que había escrito en mil ciento noventa y cinco con la mano del Maestro Mateo el texto que ahora descansaba, otra vez en su sitio, dentro del cuaderno custodiado en la cámara acorazada del archivo del Cabildo.

Se acordó de Conall, monje irlandés, que había llegado a Iria Flavia en un barco mercante en el otoño de ochocientos veinticinco con un baúl de siete códices.

Se acordó de Severo, en su salón de la Rúa Nova, sirviendo aguardiente en dos copas pequeñas a dos invitados que ya no querían más, una noche de viernes hacía seis meses.

Cuando los abrió, el sol estaba bajando hacia el horizonte. La franja dorada del océano había empezado a abrirse otra vez, como en diciembre, hacia el oeste.

No supo cuánto tiempo.

Cuando se dio la vuelta, ya no necesitaba que nadie le explicara nada.

*

El lunes siguiente, Aurea le dijo que cogiera el abrigo.

—¿Adónde vamos?

—Al este. Coge el abrigo aunque haga calor. Donde vamos hace frío.

Salieron de Compostela a las nueve de la mañana en el Renault gris de la red. Condujo Aurea. No dejó conducir a Adrián y no explicó por qué.

Cogieron la nacional. Después una comarcal. Después una carretera que Adrián no habría sabido encontrar dos veces seguidas. Aurea la hizo entera sin mirar un cartel.

Tardaron dos horas y veinte minutos. Casi no hablaron. En un momento, cruzando un puente sobre un río pequeño, Aurea dijo:

—Media jornada a caballo. Eso dijo Teodomiro. Media jornada. Y llevaba razón: mira el reloj.

Y no dijo nada más hasta que llegaron.

Era un valle. No era bonito ni era feo. Era un valle.

Prados. Un par de hórreos. Vacas. Un tendido eléctrico. Tres casas con las ventanas de aluminio blanco y una parabólica en el tejado.

Y al final de una pista de tierra, entre dos castaños viejos, una iglesia pequeña de granito. Tejado de losa. Espadaña de dos huecos con una sola campana.

Aurea aparcó. Se bajó. Adrián se bajó detrás.

Y lo primero que oyó, antes de ver nada, fue el agua.

Estaba a tres pasos de la puerta, donde un obispo la había dejado dicha hacía mil doscientos años.

Era una fuente de piedra tosca, sin ningún adorno, con un caño de hierro. Salía un chorro del grosor de un dedo. Caía a una pila, y de la pila a una reguera, y de la reguera al prado.

Había una botella de plástico de dos litros apoyada en el borde, medio llena. Alguien la había dejado allí y volvería a buscarla.

—Bebe —dijo Aurea.

Adrián miró el caño un momento. Después bebió. Estaba muy fría. No sabía a nada, que es a lo que saben las aguas buenas.

—La gente de aquí sube a llenar garrafas —dijo Aurea—. Llevan haciéndolo toda la vida. Si les preguntas por qué, te dicen que porque está buena. Y es verdad que está buena.

Abrió la iglesia con una llave normal, de las de ferretería, que sacó de debajo de una piedra.

Dentro no había nada. Ni un retablo, ni una imagen decente, ni un cepillo.

Una nave estrecha. Cuatro bancos. Un altar de granito. Una virgen de escayola de los años cincuenta con el manto repintado. Y ese frío de las iglesias rurales que no depende del mes.

Aurea fue derecha al altar. Se agachó detrás. Adrián oyó el ruido de una piedra que se movía.

Y cuando se levantó, tenía en las manos una caja de hojalata de galletas, de las inglesas, con la tapa oxidada y un dibujo de un jardín.

—No me mires así —dijo—. Ramiro Lobeira la puso ahí en el setenta y ocho. Antes estaba en un arcón de castaño que se comió la carcoma. La hojalata es lo mejor que se ha inventado nunca para guardar papel en Galicia y el que diga lo contrario no ha vivido aquí.

Puso la caja sobre el altar. La abrió.

Dentro, envuelto en una tela de lino, había un libro pequeño. Más pequeño de lo que Adrián había imaginado en seis meses de imaginarlo. Tapas de madera forradas de piel oscura, gastadísimas. Unos treinta centímetros. Menos grueso que una novela.

Adrián no se movió.

—Ponte los guantes —dijo Aurea, y le tendió unos.

Adrián se los puso, con cuidado. Le temblaban las manos y esta vez no intentó disimularlo.

—Aurea, yo no leo latín como Severo.

—Ya no queda nadie que lea latín como Severo. Lee tú.

Abrió el libro por el final, donde estaban los cuatro folios, y lo giró hacia él.

Y Adrián Vega leyó, con mil ciento setenta y ocho años de retraso, lo que un monje irlandés muy viejo había escrito en el invierno del año ochocientos cuarenta y siete en una aldea de Lugo, con la mano derecha ya mala y sabiendo que era lo último que iba a escribir:

«Yo, Conall, que vine de Iona, escribo esto para nadie.

El obispo Teodomiro murió esta primavera. Yo lo enterré. No queda nadie más que sepa lo que voy a poner aquí, y por eso lo pongo, aunque me han enseñado toda la vida que estas cosas no se ponen.

Cuando yo llegué a Compostela con este libro, el obispo me dijo que debajo de su iglesia había habido un manantial y que en el manantial cantaba gente vieja de las aldeas, y que llevaban cantando desde antes de que hubiera cristianos aquí, y que él no sabía qué cantaban ni ellos tampoco.

Me dijo que este libro decía lo mismo que aquellos viejos y que ese era el motivo de que no lo quemara.

Yo entonces tenía treinta y dos años y creí que era un obispo cansado hablando de noche.

He tardado veintidós años en entenderlo, y lo entendí un día que no tenía nada de particular, dando de comer a unas gallinas.

No es que el libro diga lo mismo que aquellos viejos.

Es que aquellos viejos y este libro dicen lo mismo porque lo mismo era verdad en Irlanda y era verdad aquí, y ninguno de los dos lo había copiado del otro, porque no se conocían, porque estaban a cuatro meses de mar el uno del otro y hablaban lenguas que no se parecen en nada.

Dos pueblos que no se han visto nunca no se inventan la misma cosa. Eso no pasa. Yo he vivido setenta años y sé que eso no pasa.

Y por lo tanto, hermano que me lees, si es que hay alguno: lo que hay debajo de la iglesia de Compostela no lo puso la Iglesia.

Estaba antes. Estaba antes de Teodomiro, antes del Apóstol, antes de que nadie de por aquí supiera el nombre de Cristo.

Y la Iglesia, cuando llegó, no lo destruyó.

Le puso una piedra encima. Y encima de la piedra un altar, y encima del altar un tejado, y ahora dicen que van a hacer un tejado más grande.

Yo no sé si eso fue una traición o fue la cosa más piadosa que ha hecho nunca un obispo. Lo he pensado veintidós años y no lo sé.

Lo que sí sé es que aquellos viejos siguen subiendo.

Los he visto. Ya no cantan de noche, cantan en la misa de Teodomiro, y cantan las palabras que les hemos enseñado nosotros, pero cantan con la música de ellos.

Y a nadie le parece raro. Y así van a seguir mil años, y nadie va a saber nunca lo que está oyendo.

No lo cuentes. No porque sea un secreto. Cuéntalo si quieres: nadie te va a creer, y el que te crea no va a poder hacer nada con ello.