Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Epílogo · El manantial
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Epílogo · El manantial

El veintiséis de diciembre, Aurea le entregó las llaves de la cámara acorazada del archivo.

Sin ceremonia. Solo dijo: «A partir de hoy las llevas tú también.

La combinación, te la digo cuando vayamos a la cámara mañana.

Y, cuando ya estés mes a mes en Compostela, te la cambio para que la sepas tú solo, no yo. »

Bajaron juntos al día siguiente. Aurea abrió, encendió la luz fría de la cámara, y sacó de su sitio la carpeta de cartón gris con las doce páginas que Severo había devuelto en una bolsa de cuero seis días antes.

—Siéntate. Tienes que leerlas antes de que te dé la combinación. No se le da la llave de una cosa a alguien que no sabe qué hay dentro.

Adrián se sentó. Se puso los guantes.

Aurea le buscó el folio. Noventa y tres. La página que seguía a la que empezaba diciendo lo que sigue .

Y Adrián leyó, por primera vez, con ochocientos veintinueve años de retraso, lo que Aldonza de Lestedo había escrito de su puño y letra imitando la mano de un muerto:

«Lo que sigue no es un secreto. Un secreto es una cosa que alguien esconde a otro, y aquí nadie esconde nada a nadie: lo que sigue está a la vista de cualquiera que quiera bajar y poner la mano encima.

Yo lo he hecho cuarenta y un años. El maestro Mateo lo hizo una vez, y con eso le bastó para tallar veinte años de piedra encima.

Lo que sigue es que debajo de la iglesia hay una piedra que no puso la iglesia.

Estaba antes. Yo no sé quién la puso ni por qué, y las mujeres que me enseñaron a cantar tampoco lo sabían, y las que las enseñaron a ellas tampoco.

Hay quien dice que allí había un manantial, y que el manantial se secó, y que la piedra es lo único que quedó del agua.

Hay quien dice otras cosas peores. Yo no digo ninguna.

Lo que yo sé es esto: que quien la toca, la nota fría de otra manera.

Y que quien canta encima de ella con la voz en el sitio, la piedra le contesta.

Eso es todo. No hay más. No hay tesoro, no hay reliquia, no hay nombre de Dios escrito en ningún lado.

Hay una piedra y una voz, y entre las dos hace mil años que pasa algo que ninguno de los hombres muy sabios que han venido a mirarla ha sabido decir.

Lo escribo aquí para que quien venga detrás no pierda la vida buscando debajo lo que no hay debajo. Lo de debajo es una piedra. Lo que hay que custodiar no es la piedra. Es que alguien siga bajando a cantarle.

Y si algún día no queda nadie que sepa cantar, tapiad la cripta y no digáis nunca que estuvo. Una piedra sin voz no es nada. Sería mejor que no la encontraran.

Yo, Aldonza de Lestedo, mestra cantareira, que no sé si esto lo leerá alguien. Escrito en el año mil ciento noventa y cinco del Señor, con la mano del maestro, que me la enseñó él y no sabía para qué.»

Adrián leyó la página tres veces.

Después la dejó sobre la mesa, con mucho cuidado, y se quitó los guantes despacio, porque le temblaban las manos y no quería que Aurea se lo notara. Aurea se lo notó. No dijo nada.

—Aurea.

—Dime.

—Esto es lo que Severo quería publicar.

—Esto es.

Adrián se quedó bastante rato mirando el folio.

—Aurea, esto no destruye la red.

—No.

—Esto la explica.

—Sí.

—Y si se publicara, cualquier persona del mundo lo leería y diría: bueno, no hay nada. Una piedra. Una superstición medieval. Un mecanismo acústico. Y se irían a otra cosa.

—Casi todos, sí.

—¿Casi?

Aurea cerró la carpeta.

—Casi. Habría una de cada cien mil que lo leería y entendería lo que está leyendo.

Y esa persona vendría. Y no vendría a mirar, Adrián, vendría a quedarse.

Y en mil cien años esa persona ha venido exactamente cuarenta veces, porque el oficio ha sabido encontrarla una por generación, en silencio, sin publicar nada.

Se quedó un momento callada.

—Ese es el argumento de Severo, ¿sabes? Que ahora se puede encontrar a esa persona de otra manera. Que un libro también busca. Y que a lo mejor, publicándolo, en vez de una vendrían tres.

—¿Y tú qué crees?

Aurea puso la carpeta en su sitio, cerró la puerta de la cámara y marcó la combinación mirando hacia otro lado, como llevaba haciendo cuarenta y un años.

—Creo que dentro de veinte años lo sabremos. Y que ni él ni yo vamos a estar para verlo. Eso, en este oficio, es la definición exacta de una buena decisión.

El veintisiete, Adrián se mudó del Hostal a una pensión pequeña en la Algalia de Arriba que Aurea le había recomendado.

Iba a quedarse allí mes y medio, hasta encontrar un piso permanente que pudiera mantener vacío durante los meses en que estuviera en Sevilla.

La pensión era una casa de tres plantas, con una dueña mayor llamada Manuela, que había cuidado durante años a varios canónigos del Cabildo en su transición hacia las viviendas estables.

Manuela, sin que nadie le hubiera explicado quién era Adrián, le hizo entender en los primeros tres días que ella sabía perfectamente quién era y por qué estaba allí.

El siete de enero, Severo Anllóns Vilas le firmó el primer documento de la fundación que llevaba su nombre, en una notaría de Lugo, donde habían viajado Aurea, Fabián y Adrián para asistir como testigos.

Severo estaba más delgado que en la asamblea de diciembre.

Tenía la voz clara todavía, pero los movimientos más lentos.

Cuando firmó, miró a Aurea durante un momento largo. Después firmó.

En febrero, Severo empeoró. Adrián no fue a Aspai a verlo.

La hermana de Severo, en una llamada a Aurea, había dicho con cariño y firmeza que Severo prefería que no fuera nadie de la red durante los meses centrales de la enfermedad.

Que vengan al final, si quieren. Antes, déjenlo en paz.

Está leyendo, está escribiendo, está repasando la fundación.

No lo distraigan. Aurea aceptó. Adrián también.

En marzo, Adrián volvió a Sevilla durante tres semanas.

Salvatierra lo recibió con un abrazo largo.

Volvió al taller de la calle Pajaritos, abrió la persiana, retomó dos restauraciones que tenía paralizadas.

Comió varias veces con Salvatierra en su despacho de la Casa Sacerdotal.

La Catedral de Sevilla, en marzo, con la Semana Santa en preparación, era una catedral distinta de la Compostelana.

Adrián la quiso, durante esas tres semanas, con la mezcla particular de los amores antiguos: con todo el cariño del que conoce el sitio y, al mismo tiempo, con la conciencia clara de que ya no era su único sitio.

En abril, Adrián recibió una postal de Clara desde Toledo. Un solo escrito en el reverso: Las cosas de aquí no son como las de Compostela. Te quiero. C.

En mayo, Adrián volvió a Compostela. Encontró un piso pequeño en el barrio de San Pedro, una vivienda de dos habitaciones con un patio interior pequeño donde había, también, un limonero, como en casa de Aurea. Lo alquiló por dos años, con cláusula de prórroga.

En junio, Severo murió.

Aurea le llamó a las siete de la mañana de un martes.

Adrián cogió el primer coche disponible.

Llegó a Aspai a las once. El entierro fue por la tarde, en la pequeña iglesia parroquial del pueblo, donde Severo había hecho su primera comunión en mil novecientos sesenta y ocho.

La oficiaba Manuel Ouro, que había viajado desde Compostela para hacerlo.

Tareixa, en el coro, cantó un único canto durante el ofertorio: la melodía gallega antigua que había cantado en el solsticio.

Cuatro y uno. La cantó con la voz un poco más cansada que en la noche del veintiuno de diciembre, pero igualmente entera.

Aurea estaba allí. Fabián, también. Anselmo Pereira.

Don Eladio Carballo, sí, Eladio había venido también.

Doña Mercedes Aldao. Don Nicanor Suárez.

Hans Vogel había viajado desde Berlín la noche anterior, había estado en la casa de la hermana, había pasado dos horas a solas con Severo el lunes, y había regresado a Berlín la noche del entierro.

Adrián entró en la iglesia. Se sentó en un banco lateral, no en los primeros.

Escuchó la misa entera. Cuando terminó, salió al cementerio detrás de los demás.

El cementerio estaba en una pequeña colina detrás de la iglesia, con vistas a un valle suave y a la sierra de Lugo al fondo.

Las tumbas eran sencillas, de granito, con apellidos repetidos: Anllóns, Vilas, Pereira, Carballo.

La de Severo estaba abierta junto a la de su madre, que había muerto en mil novecientos noventa y siete.

Tareixa, después del entierro, se acercó a Adrián. Le dio un abrazo. Era un abrazo largo, de los que se dan después de los entierros entre las personas que han compartido los meses anteriores con el difunto.

—Adrián.

—Dime, Tareixa.

—Severo me dejó algo para ti. Una nota, en un sobre. Me la dio el lunes, cuando vine a verlo.

Adrián la cogió. La abrió allí mismo, junto a la fosa, mientras los enterradores empezaban a cubrir.

La nota era corta. Severo había escrito con su caligrafía cuidada y redonda, esta vez un poco más temblorosa que en la cena de la Rúa Nova.

Adrián. Te dejé el aguardiente, ¿te acuerdas?

Cuídalo. Lo de mi hermana destila sin apurarse.

Mejora con el tiempo. Y otra cosa. La página falsa.

Aurea me contó en enero, cuando vino a verme una tarde a Aspai, que la mano era la tuya.

Ya lo sabía. Lo supe el jueves, en cuanto entendí que el priorato no existía: en Compostela solo hay una mano capaz de hacer eso y solo una que hubiera cenado en mi casa el viernes anterior.

La caligrafía era impecable. Si algún día decides escribir páginas falsas otra vez, escríbelas con la misma calidad.

Pero no las escribas, mejor. Cuida a Aurea.

Cuídala mucho, Adrián. Hay una cosa que ella te contó en diciembre y que te contó entera menos cuarenta segundos.

Esos cuarenta segundos los va a llevar encima veinte años.

No le preguntes cuáles. Tú solo cuídala. Cuida a Tareixa. Cuida la llave. S.