Capítulo 17 · Finisterre #2
—¿Vamos a vernos?
—Vamos a vernos cuando podamos. Cuando coincidamos en una ciudad. Cuando uno de los dos tenga noticias del otro y haga el viaje. No vamos a vernos como si estuviéramos casados. Pero tampoco como dos personas que se han separado.
—¿Y si te necesito?
Clara lo miró.
—Vendré.
—¿Y si yo no puedo dejar Compostela?
—No vas a poder dejarla. Yo lo sé. Tú también.
La llave de Xoán lleva tu nombre desde el primer día.
Y la fundación, durante los próximos veinte años, te va a necesitar como custodio sedentario.
Cuando Aurea se canse —y se va a cansar antes que tú—, vas a ser tú el que cargue el archivo.
Eso no se hace itinerando. Eso se hace con los pies en una sola plaza.
Adrián tardó en hablar.
—Sí.
Hubo un silencio largo.
El viento subía despacio por el acantilado, frío y limpio.
—Adrián.
—Dime.
—Lo que hicimos juntos en Sevilla, en Barcelona y aquí, no se pierde porque cada uno ahora vaya por un sitio. Se queda. Lo que pasó es lo que somos.
Adrián la miró.
Clara tenía los ojos mojados, pero no estaba llorando. Era el viento que subía del mar.
—Lo sé.
—Y yo te quiero.
—Yo a ti.
Se quedaron un momento sin tocarse, mirándose.
Después Clara dio un paso. Le abrazó. Adrián la abrazó de vuelta.
Se quedaron así un buen rato, contra el viento del cabo, sin decir nada.
Adrián notó la lana del abrigo de Clara contra la mejilla, el olor a cedro del perfume que ella había empezado a usar desde hacía meses, el frío del aire en el lateral de la cara que el abrazo dejaba expuesto.
Notó, también, que Clara temblaba un poco, no por el frío sino por algo más.
Le sostuvo la espalda con las dos manos hasta que el temblor pasó.
Cuando se separaron, Clara le sonrió.
—¿Volvemos al coche?
—Aún no. Quédate un rato más.
Se quedaron de pie junto a la barandilla, mirando el océano.
El sol, que no se había visto en todo el día, empezó a asomar por debajo de las nubes bajas, hacia el oeste, una franja de luz dorada que abrió un canal por el medio del mar.
El canal duró unos quince minutos, mientras el sol bajaba más, y al final se cerró otra vez con la entrada de una nueva línea de nubes desde el norte.
Adrián cerró los ojos.
Pensó en Salvatierra. En el viejo Tomás Beltrán, ya muerto.
En Mercè Fiol, en Barcelona. En Moro, el galgo, también muerto, enterrado en una pequeña parcela del jardín de los padres de Clara, cerca de Llançà.
En Xoán Ferro, enterrado hacía pocos días en Boisaca.
En Aurea, en Tareixa, en Maire MacEachern.
En Severo, vivo todavía pero contando los meses, en Aspai.
En Morán, dando misa cada miércoles por la tarde para tres ancianas en Vilarpol.
Pensó en el cuaderno del tío Sebastián. En el viejo cuaderno azul que había encontrado cuando él era apenas un restaurador joven y que había sido la primera entrada del oficio en su vida. En las tres muescas de la vieira de Sevilla. En las cuatro de Barcelona. En las dos de Compostela.
Pensó en la frase, la que él nunca había llegado a usar como suya, pero que había estado siempre detrás de todo, desde el primer día en que la había leído en el cuaderno del tío Sebastián.
No todo lo que fluye es agua.
Y después pensó en la segunda. La que Mercè Fiol le había hecho copiar a mano, en el claustro de la Seu, una tarde de agosto, con las ocas graznando en el estanque y las palmeras quietas.
La que un canónigo barcelonés del que nadie sabe nada dejó escrita en mil setecientos ochenta y cuatro y que Adrián había tardado un año en entender.
No tota pedra calla.
Y después pensó en la tercera. La que solo había escuchado dos veces, pronunciada en una lengua que no era la suya, y que llevaba ochocientos veintinueve años esperando a que alguien la leyera junto a las otras dos.
Non todo o que canta é campá.
Y entonces, de pie en el borde de un acantilado, con el Atlántico entero delante y el viento entrándole por la manga izquierda del abrigo, Adrián Vega comprendió una cosa que ninguno de los tres hombres que habían escrito aquellas frases pudo comprender nunca, porque ninguno de los tres llegó a saber que existían los otros dos.
Un alfarero de Triana, en mil seiscientos ochenta y ocho. Un canónigo de Barcelona, en mil setecientos ochenta y cuatro. Una mujer de Compostela que no sabía escribir su nombre y aprendió a imitar la letra de un muerto, en mil ciento noventa y cinco.
Quinientos ochenta y nueve años entre la primera y la última. Mil doscientos kilómetros entre la que las escribió antes y el que las escribió después. Tres desconocidos.
Y la misma frase.
Lo que fluye no es siempre lo que parece fluir. Lo que calla no es siempre lo que parece callar. Lo que canta no es siempre lo que parece cantar. Lo que se mueve, lo que suena, lo que se ve, lo que se queda quieto: nada de eso agota lo que hay debajo.
Agua. Piedra. Campana.
Tres personas separadas por seis siglos habían encontrado, cada una por su cuenta, la única manera de decir en voz alta una cosa que no se podía decir en voz alta.
Y las tres la habían dicho del mismo modo.
Negando. No todo. No toda. Non todo. Ninguno de los tres se atrevió a afirmar nada.
Los tres se limitaron a avisar de que lo que se ve no basta, y a callarse a tiempo.
Eso era la red. No había sido nunca otra cosa. Mil doscientos años de gente aprendiendo a decir no todo y a no terminar la frase.
Y esa custodia, ahora, en este siglo, empezaba a abrirse.
Adrián abrió los ojos.
—Ven —dijo Clara—. Te llevo a la estación.
—¿Tú vas con tu maleta directa al tren?
—Sí. Salgo a Madrid esta noche. Dormiré allí, en casa de una prima. Mañana sigo a Barcelona. Tres días en Barcelona. Dos para recoger las cosas que necesito y una más para despedirme de mis padres y de Mercè. Después voy a Toledo el día tres de enero.
Adrián asintió.
Volvieron al coche. Bajaron el cabo lentamente.
La franja de luz dorada del horizonte se fue cerrando a sus espaldas, mientras el día se hundía hacia el océano.
Pasaron por Cee, por Mazaricos, por Negreira.
Adrián condujo en silencio. Clara, en el asiento del copiloto, miraba el paisaje sin comentar nada, las manos cruzadas sobre el regazo.
Llegaron a la estación de Compostela a las siete de la tarde. El tren de Clara salía a las ocho menos cuarto.
Adrián la acompañó al andén con la maleta.
El tren ya estaba parado, casi vacío. Era nochebuena.
La gente había viajado por la mañana o no viajaba.
Había una familia con tres niños pequeños en el otro extremo del andén, despidiéndose con gritos y besos, y un hombre solitario con un maletín gris que subía sin saludar a nadie.
Clara metió la maleta en el vagón. Volvió al andén.
Se quedaron de pie, frente a frente, sin decir mucho.
—Cuídate —dijo Clara.
—Tú también.
—Escríbeme.
—Te escribiré. ¿Postales?
—Postales.
—¿Cada vez que cambies de ciudad?
—Cada vez. Y tú también, cada vez que pase algo grande en Compostela.
—Lo haré.
—Adrián.
—Dime.
—Si Aurea te enseña algo más sobre el oficio que no sabíamos, me lo cuentas.
—Te lo cuento.
—Y si no, también.
—Y si no, también.
Clara sonrió.
Le besó en una mejilla. Después en la otra. Después, brevemente, en los labios.
Subió al tren.
El silbato sonó. Las puertas se cerraron.
El tren empezó a moverse despacio.
Adrián caminó un par de pasos en paralelo al andén. Después se quedó quieto.
Vio a Clara apoyada en una ventanilla, mirándolo. Le hizo un gesto con la mano, pequeño, sin alzarla mucho. Adrián le hizo el mismo gesto.
El tren aceleró. La ventanilla con Clara se alejó. Después desapareció.
Adrián se quedó solo en el andén.
Había anochecido del todo. Las luces de la estación parpadeaban.
Una limpiadora pasaba un trapo por una papelera al fondo del andén.
El hombre del maletín gris se había metido en algún vagón.
La familia con los tres niños se había ido también, dejando un envoltorio de chocolatina y un pequeño juguete de plástico en el suelo.
Adrián caminó hacia la salida. Subió al casco viejo. Cruzó la plaza del Obradoiro, que esa noche, Nochebuena, tenía algunas familias con niños haciéndose fotos junto a la fachada de la Catedral. En las ventanas de los pisos del Pazo de Raxoi se veían árboles de Navidad encendidos.
Llegó al Hostal. Subió a la habitación. Se tumbó en la cama, vestido, sin encender la luz.
Estuvo así, en la oscuridad, durante mucho rato.
Pensó en muchas cosas. Y, en algún momento, dejó de pensar.
Al día siguiente, día de Navidad, fue a comer con Tareixa.
Tareixa había insistido en que no estuviera solo el día veinticinco.
Comieron en casa de ella, en una pequeña vivienda al norte del casco viejo, con los padres de Tareixa, dos hermanos, dos cuñadas y cuatro sobrinos.
Adrián aceptó con la condición de no tener que dar conversación durante mucho rato.
Tareixa lo entendió. Se sentó a su lado durante toda la comida, le sirvió ella las raciones, le rellenó el vaso de vino, le dirigió hacia conversaciones cortas con los sobrinos pequeños cuando los demás se ponían a hablar entre ellos en gallego rápido.
La comida fue larga. Cordero asado, ensaladas variadas, un postre de filloas con nata.
Adrián bebió poco. Tareixa, también. La madre de Tareixa, una mujer mayor que en algún momento del solsticio había estado cerca, sin saberlo Adrián —probablemente entre los siete custodios anónimos del cementerio de Boisaca tres días antes—, le sonrió varias veces sin decirle nada.
A media tarde, Adrián volvió al Hostal. Esa noche durmió ocho horas seguidas, sin sueños.