Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 17 · Finisterre
93%

Capítulo 17 · Finisterre

Tres días después del solsticio, Adrián y Clara cogieron un coche pequeño y salieron de Santiago hacia el oeste.

El día era el veinticuatro de diciembre.

Nochebuena. Los pueblos estaban más vacíos que de costumbre, encerrados en sus cocinas, ya con las luces encendidas a media tarde, los hornos a tope para los asados de la noche, los niños ayudando a poner mesas largas para las cenas familiares en las casas de los abuelos.

No habían hablado mucho durante esos tres días.

Habían dormido juntos en la habitación de Adrián en el Hostal, sin tocarse pero sin alejarse.

La habitación cuarenta y dos del ala oeste, con su cama con dosel, su sillón de orejas junto a la ventana, su mesa de escritorio donde habían tomado notas las primeras semanas, había sido durante esos tres días un sitio de tránsito silencioso, un lugar donde dos personas que habían recorrido un camino común de dos años terminaban de aceptar que el camino, en ese punto, se bifurcaba.

Habían paseado por Compostela con calma, sin programa, deteniéndose en sitios pequeños que no habían visto antes: la iglesia de San Bieito do Campo a una hora vacía.

El paseo de la Herradura, en el sur de la ciudad, desde donde se veía el casco viejo entero como un pequeño relieve oscuro contra el cielo.

Un par de librerías de viejo en la Rúa Nova, donde Clara compró un volumen pequeño de Rosalía de Castro encuadernado en piel marrón, edición barata, manual.

Habían comido en silencio en una taberna pequeña detrás de San Fiz de Solovio.

Habían leído, cada uno por su lado, un par de libros del estante de la habitación, libros que no recordarían un mes después.

Maire MacEachern se había vuelto a Iona el lunes por la mañana, al día siguiente del solsticio.

Aurea la había llevado al aeropuerto. Había una despedida discreta en la sala de salidas, un abrazo entre las dos canónigas mayores, sin palabras, y Maire había desaparecido por la cinta de seguridad sin volverse.

Cuando Aurea volvió al Hostal, había pasado por la habitación de Adrián para despedirse.

Maire te manda saludos, dice que cuando vayas a Iona te quedes en su casa.

Y dice que ahora la mestra de Compostela y la de Iona ya se conocen, y que eso era importante para ella.

Tareixa había estado el martes en una reunión de fin de año del Cabildo, una de esas reuniones administrativas largas en las que los canónigos repasaban las cuentas anuales y aprobaban presupuestos.

Había llamado a Adrián por la noche. Estoy reventada.

Llevo todo el día oyendo cosas administrativas.

Pero ya está hecho. Mañana, descanso. Pasado mañana, te veo antes de que os vayáis, ¿de acuerdo? Adrián había aceptado.

Severo se había mudado el martes por la tarde a la casa de su hermana en Aspai.

Aurea les había llamado para contárselo.

Severo se ha ido esta tarde. Lo he despedido en su casa, junto al portal.

Está bien. Se lleva los libros que necesita.

Va a dejar la casa de la Rúa Nova alquilada, con todos sus papeles guardados en su estudio.

Nadie va a entrar en ese estudio durante un año, hasta que la fundación tenga estatutos definitivos. Después se decidirá.

Adrián había pasado la última tarde, el miércoles, con Aurea en el archivo.

Había sido una tarde de papeles administrativos.

Aurea le había explicado las llaves, los códigos, el sistema de la cámara acorazada, los inventarios que iba a heredar parcialmente cuando se asentara como custodio sedentario.

No vamos a apurar nada. Tu primer año, vienes y vas.

Sevilla, Compostela. Pruebas. El segundo año, decides.

El tercer año, te asientas si todavía quieres.

Ramiro Lobeira me hizo lo mismo a mí. Tres años de transición.

Y, después, cuarenta de continuidad. La red sabe construirse despacio, Adrián. No te apresures.

Adrián, durante esos tres días, había llamado por teléfono a Salvatierra una vez, el lunes por la noche.

La conversación había sido corta. Salvatierra, con la voz cansada de las nueve de la noche en Sevilla, le había escuchado la versión resumida del solsticio, le había hecho dos o tres preguntas concretas, y le había dicho al final: Adrián, has hecho lo que debías hacer.

Lo del solsticio se cuenta poco entre nosotros, pero se sabe lo justo.

Sevilla está orgullosa de ti. Y Tomás, allí donde esté, también.

Clara había hecho su maleta el martes por la noche.

Adrián la suya el miércoles por la mañana.

Ninguno de los dos comentó nada sobre las maletas durante esos días.

Estaban en el suelo, junto a las camas, listas.

Como si ese hecho, en sí mismo, fuera una conversación que ninguno de los dos quería empezar todavía.

A las once de la mañana del veinticuatro, Adrián cogió las llaves del coche y bajó al vestíbulo. Clara bajó cinco minutos después.

—¿Vas a Finisterre? —preguntó el conserje, sin levantar la vista del libro de registros. Era el mismo conserje que les había recibido la primera noche, hacía dos semanas y media. El que les había dado las llaves de las habitaciones cuarenta y dos y cuarenta y cuatro.

—Vamos —dijo Adrián.

—Tened cuidado con la carretera. La niebla por la tarde se cierra. Y, si bajáis al cabo, no os asoméis demasiado al borde. Hay sitios donde la roca está mal sujeta. La gente, a veces, se cae.

—Volveremos antes de que oscurezca.

El conserje asintió, sin levantar la vista.

Adrián entendió que el hombre sabía perfectamente, sin que nadie se lo dijera, que solo uno de los dos iba a volver al Hostal esa tarde.

Era la atención silenciosa del personal de un hostal antiguo en una ciudad como Compostela: se enteraban de las cosas sin que se les contara, y respetaban lo que se enteraban.

Tomaron la AG-56 hacia el oeste. El paisaje fue cambiando despacio.

Primero suaves colinas pobladas de eucaliptos.

Después valles más estrechos. Después la costa apareció a lo lejos, distinta de la del norte: aquí el océano se abría entero, infinito, gris claro.

Olía, mucho antes de verlo, al océano del oeste, distinto del del norte cantábrico: más limpio, más vasto, con esa salinidad que impregna el aire de Galicia occidental durante todo el año.

Pasaron Negreira. Pasaron Mazaricos. Bajaron hacia Cee. Y por fin, tras una curva ancha, vieron el Atlántico de frente. El mar de Finisterre, que los romanos llamaron Finis Terrae porque, hasta donde ellos sabían, era el final de la tierra.

Adrián condujo despacio el último tramo.

La carretera subía hacia el cabo, entre brezo y tojo, con curvas suaves que se abrían a vistas pequeñas del océano gris.

El faro apareció a lo lejos, blanco y rojo, sobre la curva del acantilado.

El aparcamiento estaba casi vacío. Dos coches solo, uno con matrícula portuguesa, otro de alquiler como el suyo, sin duda de algún peregrino que había decidido prolongar el Camino hasta el cabo, según hacían algunos cuando llegaban al final de las flechas amarillas en Santiago.

Aparcaron. Bajaron del coche. El viento del Atlántico, frío pero no hostil, les pegó en la cara. Era un viento limpio, salobre, distinto del frío seco de Compostela en invierno. Olía a algas, a humedad marina, a roca expuesta.

Caminaron hasta el final del cabo. Una pequeña vereda de piedra, con barandilla baja, llevaba al mirador.

Detrás del faro, doscientos metros más adelante, las rocas se hundían directamente en el océano.

No había nadie. La pareja portuguesa se había quedado junto al faro, haciendo fotos. El otro coche estaba vacío.

Llegaron al borde del acantilado. Se quedaron quietos, los dos, mirando el mar.

Estuvieron así largo rato sin hablar.

El océano, esa tarde, estaba en calma. La superficie, gris azulada, ondulaba apenas.

En el horizonte, la línea entre el mar y el cielo era difusa, una sola franja de gris claro, sin separación visible.

No se veían barcos. No se veía nada salvo agua y aire.

Solo, lejos, hacia el norte, una pequeña gaviota cruzaba muy alta y luego se perdía entre las nubes bajas.

—Adrián.

—Dime.

—Ya está.

Adrián tardó un momento.

—Ya está.

—Llevamos tres días posponiéndolo.

—Llevamos cinco meses posponiéndolo.

Clara metió las manos en los bolsillos del abrigo. Se quedó mirando hacia el horizonte.

—Yo no me quedo en Compostela.

—Lo sé.

—Y tampoco vuelvo a Barcelona del todo.

Adrián se volvió a mirarla.

—¿Eso lo decidiste cuándo?

Clara sonrió, sin alegría.

—Lo fui decidiendo durante estos tres meses. Pero lo terminé de decidir en la asamblea del miércoles, mientras escuchaba a Severo. No por él. Por algo en lo que él dijo.

—¿Qué?

—Dijo que las redes necesitan abrirse para no petrificarse.

Y, escuchándolo, pensé que las personas también.

Que llevo cuatro años funcionando como custodia archivera, en un sitio fijo, con una rutina.

Y que, si me quedo en Compostela contigo, voy a repetir lo mismo.

Distinto archivo, distinta ciudad. Pero repetido.

Adrián la miró.

—¿Y entonces?

—Entonces voy a ir a otros sitios. La red itinerante existe. No es nueva. Hay custodios que se mueven entre redes locales, ayudan a casos como el de Severo, hacen mediación, aportan miradas externas. Aurea me lo propuso hace dos semanas, en privado. Le dije que lo pensaría. Lo he pensado.

—¿Has aceptado?

—Sí. Empiezo en enero. Iré a Toledo primero. Hay una red pequeña allí, con un custodio mayor que necesita relevo. Después a una sede pequeña en Sicilia que llevan meses pidiendo ayuda. Hay un fondo monástico en Monreale que necesita ser inventariado y un par de cosas más. Después no se sabe.

Adrián tardó en responder.

—¿Por cuánto tiempo?

Clara se encogió de hombros.

—Por el que sea. Quizá dos años. Quizá cinco. Quizá toda la vida.

Adrián asintió.