Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 16 · El solsticio #4
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Capítulo 16 · El solsticio #4

Se agachó junto a la base de la columna meridional, donde la mampostería tenía una junta más ancha que las demás, y apartó con dos dedos, sin forzar nada, la pieza de granito que alguien había dejado allí suelta hacía ochocientos años y que ningún restaurador había vuelto a sellar nunca, porque la orden de no sellarla se había ido transmitiendo, sin escribirse, de mano en mano, exactamente igual que todo lo demás.

Y la vio.

Era una piedra pequeña.

Más pequeña de lo que la había imaginado en tres semanas de imaginarla. No mayor que las dos manos de un hombre juntas. Redondeada. Oscura. Pulida por un agua que llevaba corriendo desde antes de que hubiera nadie para mirarla.

Piedra de río. Ajena a la cantera. Ajena a la fábrica. Ajena a todo lo que tenía encima.

La habían puesto allí. Y encima de ella una cripta. Y encima de la cripta un sepulcro. Y encima del sepulcro una catedral. Y encima de la catedral, mil doscientos años de gente subiendo desde toda Europa a mirar hacia arriba.

Adrián la miró un buen rato antes de tocarla.

Después la tocó.

Era fría como las demás.

Pero no del mismo modo.

No supo decir en qué. Lo supo el cuerpo antes que la cabeza. Y la cabeza, que llevaba veinte años tocando piedra y viviendo de lo que la piedra le contaba a los dedos, no encontró una sola palabra del oficio que sirviera.

No era la temperatura. No era la textura. No era el peso.

Era otra cosa.

Y esa otra cosa era lo que un escultor del siglo doce, con todo el latín a su disposición y veinte años de Pórtico en las manos, no había sabido decir de otro modo que aquel. Fría como las demás, pero no del mismo modo.

Ochocientos años. Y nadie había encontrado una frase mejor.

Adrián retiró la mano. Volvió a colocar la pieza de granito en su junta, con cuidado, del modo en que se hacen las cosas que uno va a tener que hacer otras veinte veces en la vida. Se quedó de rodillas un momento más, en la oscuridad, con la palma todavía fría.

No preguntó qué era.

Se lo habían dicho Xoán, y Aurea, y Maire. Los tres. Y él no lo había entendido hasta ese momento, allí abajo, solo, a las cinco y media de la mañana del solsticio.

Aquello no tenía respuesta.

Y el oficio no era guardar la respuesta.

Era guardar la pregunta.

Cuando volvió a subir, ya por la otra escalera, los siete custodios estaban dispersos por el crucero, recogiendo los pocos objetos que habían usado.

Aurea apagó la lámpara de aceite. La luz de seguridad volvió a encenderse, baja, amarilla.

La Catedral, durante esa transición de la luz, pareció achicarse otra vez, volver a su tamaño habitual, dejar de ser el espacio gigantesco que había sido durante los veintiocho minutos.

Tareixa se acercó a Adrián. Le puso una mano en el brazo. Tenía la cara cansada pero serena, una cara después-de-cantar que era distinta de la cara de antes y que Adrián no había visto nunca en ella.

—Has hecho lo que tenías que hacer.

—Sí.

—Has visto las nueve urracas.

—Sí.

—¿Cuál fue la última?

—La de la clave del crucero.

Tareixa sonrió.

—Esa la tardan en ver. Algunos custodios no la ven nunca. La mestra que me precedió a mí no la vio en sus primeros once solsticios. Llegó a verla solo en el doce. Le dijo a Xoán: Por fin. Y Xoán le contestó: Ya veo que estás. Ahora sí.

Adrián la miró un momento.

—La he visto porque Xoán me había dicho que no mirara al botafumeiro.

Tareixa asintió.

—Por eso te dio la llave a ti. Lo supo, Adrián. Lo supo desde que te conoció, hace dos semanas. Yo lo veía. Él te miraba sin verte, y mientras te miraba sin verte sabía dónde ibas a estar dentro de un año, dentro de cinco, dentro de veinte. Es lo que tienen los ciegos viejos. Ven sin ver.

Maire MacEachern se acercó. Le tendió la mano a Adrián.

—Adrián. Has hecho lo justo. Y has aguantado bien la primera vez. La primera vez es siempre dura. Yo, mi primera vez, me desplomé al final, en la sacristía, durante una hora. Tú no te has desplomado. Algo tienes en el cuerpo que ya pertenece al oficio.

—Gracias, Maire.

—Si pasas por Iona alguna vez, te recibo yo.

—Lo haré.

Salieron de la Catedral por la misma puerta lateral por la que habían entrado.

Eran las cinco y media de la madrugada. La calle estaba vacía.

Hacía mucho frío. El cielo, sobre Compostela, se había abierto del todo, y se veía un fragmento de luna alta, casi llena, recortada contra la silueta de la torre de la Berenguela.

Aurea se acercó a Adrián.

—Mañana descansad. Pasado mañana, viajad cuando queráis. Tomáos el día con calma.

—Aurea.

—Dime.

—Gracias.

Aurea le sostuvo la mirada un momento. Después le puso una mano en la mejilla, brevemente.

Era el gesto que las abuelas hacen con sus nietos cuando los despiden.

Adrián, sin querer, sintió la palma fría de Aurea contra el pómulo, y recordó, sin saber por qué, una mano parecida que su propia abuela materna le había puesto en la cara una vez, hacía más de treinta años, en una tarde de campo cerca de Salamanca.

—Gracias a ti, Adrián. La red de Compostela tendrá un custodio sedentario heredero de Xoán. Eso es una alegría que no ocurre cada generación.

Adrián dejó pasar unos segundos.

—Iré viviendo entre Sevilla y Compostela durante un tiempo. No quiero dejar todo lo de allí de golpe. Tengo el taller, tengo a Salvatierra, tengo proyectos abiertos.

—Lo sé. La red sabe esperar. Tienes los años que necesites. No te vamos a apurar. Los custodios sedentarios se asientan sin prisa. Es lo que da estabilidad.

Adrián miró a Clara. Estaba a unos metros, esperándolo, con las manos en los bolsillos del abrigo.

La cara serena. Había estado de testigo durante toda la ceremonia, sentada en un banco lateral de la nave sur, sin moverse, sin decir nada.

Había visto las nueve urracas también, quizá.

Había sentido la vibración de la piedra.

Había escuchado las dos voces. Había respirado el humo del incienso.

Pero, durante los veintiocho minutos, había sido la única persona en la Catedral que no tenía un sitio asignado, y eso le había dado la perspectiva exacta de quien observa desde fuera un oficio del que es testigo y al que no pertenece.

Aurea le siguió la mirada.

—Y Clara, ¿qué va a hacer?

Adrián tardó en responder.

—Eso lo va a decir ella. Nosotros tenemos una conversación pendiente.

Aurea asintió, sin más.

Caminaron de vuelta al Hostal en silencio. Adrián, Clara, Tareixa, Maire. Aurea y Fabián cogieron el coche de Aurea. Anselmo Pereira y Manuel Ouro se despidieron en la puerta lateral y se fueron por su lado.

Cuando llegaron al portal del Hostal, Maire les dio las buenas noches y subió a su habitación. Tareixa los miró un momento.

—Dormid bien. Mañana descansad.

—Tareixa.

—Dime, Adrián.

—Has cantado bien.

Tareixa sonrió levemente. Era una sonrisa cansada pero entera.

—Lo sé. Lo noté mientras cantaba. Esta noche la voz no era solo mía. Era la de Aldonza, también, un poco.

—Lo era.

Y se fue.

Adrián y Clara subieron a las habitaciones. Clara abrió la puerta de la suya, se detuvo parada en el umbral.

—Adrián.

—Dime.

—Mañana, ¿desayunamos juntos a las once?

—A las once.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Clara.

Adrián entró en su habitación. Cerró la puerta. Se quitó la chaqueta. Sacó la llave de hierro del bolsillo. La dejó sobre la mesa, junto a la jarra de cerámica.

Y se quedó un buen rato, en pie, mirando la llave bajo la luz baja de la lamparita, mientras fuera, en algún convento próximo, las campanas daban las seis. Cuatro toques rápidos. Una pausa. Un quinto toque sostenido.

Cuatro y uno.

La cadencia de las horas en Compostela. Las mismas que iba a oír durante los próximos veinte o treinta años de su vida, si la red lo aceptaba como custodio sedentario y si su cuerpo aguantaba.

Adrián se acostó. Cerró los ojos. Tardó mucho en dormirse. Cuando lo hizo, no soñó con nada. Era el primer sueño limpio, sin imágenes, que tenía desde el día que sonó el teléfono en Sevilla.