Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Capítulo 16 · El solsticio #3
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Capítulo 16 · El solsticio #3

Tareixa estaba en su sitio, frente a él, a unos diez metros, en el centro del crucero. La luz de la lámpara de Aurea, baja, lateral, le daba en el lado derecho de la cara y dejaba el izquierdo en sombra.

El reloj de la torre, fuera, empezó a dar las cinco.

Cuando la quinta campanada se apagó, Tareixa empezó a cantar.

Era una voz grave. Más grave de lo que Adrián habría imaginado en una mujer joven.

Una voz que parecía salir no de la garganta sino más abajo, del pecho o del vientre.

Cantaba en gallego antiguo, algunas frases en latín tardío, con una mezcla que Adrián, sin entender la lengua del todo, reconoció como la mezcla de las primeras cantareiras del siglo doce, anterior a las reformas litúrgicas posteriores.

La melodía era distinta de cualquier canto litúrgico que Adrián hubiera oído antes.

No era gregoriano. No era polifonía. Era algo que precedía a los dos, una línea modal sin desarrollo armónico, que subía y bajaba en intervalos pequeños, casi como un canto popular muy antiguo, pero con una intensidad que no era popular.

Era un canto que llevaba a las cantareiras a un sitio que no estaba ni dentro ni fuera de ellas, un sitio intermedio, donde la voz se separaba del cuerpo y cogía vida propia durante el tiempo del canto.

Adrián caminó hasta su posición, a un metro y medio de Tareixa, según las instrucciones. Se colocó como Xoán le había dicho: de cara al nártex, de espaldas al altar, con el Pórtico entero delante y la mestra a su izquierda. Se quedó allí, sin moverse.

A los pocos minutos, Adrián notó algo.

Las piedras del crucero empezaban a vibrar.

No era una vibración audible. Era una sensación física, en los pies primero, después en el pecho.

Como si la canción de Tareixa estuviera entrando en resonancia con el granito del edificio.

Adrián recordó la frase que Aurea le había leído del cuaderno de Mateo.

Lapides audiunt. Cuando Aldonza canta, las piedras escuchan.

Era literal. La piedra entraba en resonancia con la voz. Adrián conocía la acústica de los edificios antiguos. Era su oficio. Empezó a formular en la cabeza las palabras que servían para aquello. Resonancia. Frecuencia propia. Acoplamiento.

No llegó al final de la primera.

No servían. No habían servido nunca. Tampoco le habían servido, ochocientos años antes, al hombre que escribió la frase en un cuaderno privado y tuvo el buen juicio de no explicarla.

Todo el edificio, durante esos minutos, vibraba como un instrumento gigantesco que llevaba ochocientos años esperando sin más esa voz, punto por punto esa tonalidad, exactamente esa hora.

Y entonces ocurrió.

Manuel Ouro, junto al botafumeiro, no se había movido en todo este tiempo. Pero el botafumeiro empezó, poco a poco, sin que nadie lo tocara, a oscilar.

Primero un movimiento mínimo. Casi imperceptible. Después un balanceo más amplio. Después aún más amplio. La pieza enorme del botafumeiro, suspendida en el centro del crucero por una cuerda gruesa que pasaba por una polea oculta en el cimborrio, oscilaba con un ritmo lento, regular, sostenido.

No por nadie.

Adrián, recordando las palabras de Xoán, no miró al botafumeiro. Miró a Tareixa.

Tareixa cantaba con los ojos cerrados. Las manos sueltas a los lados del cuerpo. La voz salía limpia, sostenida, sin esfuerzo aparente. La melodía iba creciendo, no en volumen, sino en densidad, como si añadiera capas internas a cada nota.

A los siete minutos exactos —Adrián los contó sin querer, había aprendido a contar siete minutos en su oficio cuando aplicaba algunas resinas que se secaban en ese tiempo—, Maire MacEachern empezó a cantar también.

No la misma melodía. Otra. Una segunda voz, más aguda, que se enroscaba en la primera.

El canto de Iona, antiguo, céltico, profundamente ajeno y profundamente familiar a la vez.

Las dos voces se cruzaron en el aire del crucero, una gallega, otra escocesa, las dos en lenguas que tenían siglos.

La de Maire, en gaélico de las islas, era distinta de la de Tareixa, en gallego medieval.

Pero las dos, durante esos minutos, formaron un solo objeto sonoro, dos hilos que iban tejiendo una tela común sin perder cada uno su color.

El botafumeiro había alcanzado ya su balanceo pleno.

Cruzaba el crucero entero, de norte a sur, como en las grandes ceremonias.

Pero sin tiraboleiros. Sin nadie tirando de las cuerdas.

Solo el mecanismo medieval, oculto en los muros, que respondía a una resonancia precisa que las dos voces estaban produciendo.

El humo del incienso —Manuel Ouro había encendido las brasas antes de que empezara todo, con el botafumeiro todavía bajo, y lo había vuelto a izar él solo, a su ritmo, mientras los demás se colocaban—, se elevaba en columnas oscuras durante el ascenso de cada arco, y al descender se desparramaba por toda la nave en una niebla densa, suave, dorada por la luz baja de la lámpara de Aurea.

Adrián miró hacia las urracas del Pórtico, delante de él, en la penumbra.

Y contó.

Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Las siete urracas visibles. Las que él había contado el primer día, con Tareixa al lado.

Y entonces, a la luz baja de la lámpara de Aurea, vio una más.

En un capitel que durante el día estaba en sombra, oculto por la posición habitual de las luces internas del nártex.

Una urraca tallada que él no había visto en su visita anterior con Tareixa.

Estaba en el lado izquierdo, en un capitel pequeño que sostenía una arquivolta secundaria, casi en la oscuridad permanente de aquella cavidad.

Ocho.

Buscó la novena.

Tardó. Las dos voces seguían entrelazándose. El botafumeiro seguía cruzando el aire. La luz de la lámpara, sostenida por Aurea desde su posición lateral, se movía levemente al ritmo de la respiración de Aurea, y al moverse proyectaba sombras que cambiaban en los relieves del Pórtico.

Y entonces la vio.

No estaba en el Pórtico. Estaba en una de las claves del crucero, mucho más alta, casi imposible de ver desde el suelo. Una pequeña urraca tallada con detalle. Solo visible cuando la lámpara de aceite, en la mano de Aurea, oscilaba con un ángulo concreto y proyectaba una sombra que la dibujaba.

Nueve.

Adrián cerró los ojos.

Nueve urracas. Sete custodias do solsticio. Dúas máis.

Y comprendió, como nunca había comprendido nada en su vida.

Las siete eran las custodias formales. Las siete personas que habían entrado esa noche en la Catedral.

La octava era el oficio mismo, el conjunto, la red.

La novena era la que no estaba: la que se había muerto, los que se habían muerto, los que se irían.

La novena era la memoria. La memoria de Conall, que había llegado en el ochocientos veinticinco.

La memoria de Aldonza, que había escrito la página añadida en mil ciento noventa y cinco con la mano del Maestro Mateo.

La memoria de Ramiro Lobeira, que había custodiado durante años lo que ahora custodiaba Aurea.

La memoria de Tomás Beltrán, en Sevilla.

La memoria de Xoán Ferro, cuyo cuerpo descansaba desde hacía tres días en el cementerio de Boisaca.

La memoria de los cuatrocientos custodios anónimos que habían pasado por la red durante mil cien años.

Y la memoria, también, anticipada, de los que aún vendrían.

Tareixa y Maire seguían cantando. El botafumeiro cruzaba el aire.

Adrián no supo cuánto tiempo pasó. Veintiocho minutos, había dicho Aurea.

Pero el tiempo, allí dentro, no funcionaba a velocidad normal.

Adrián tuvo, durante esos minutos, la sensación física de que el tiempo se había ensanchado: cada respiración duraba más de lo habitual, cada nota del canto se prolongaba en el aire de la nave un instante más allá de lo razonable, cada arco del botafumeiro tardaba en cerrarse el doble que en ceremonias normales.

En algún momento, las dos voces empezaron a bajar de intensidad.

La voz de Maire fue la primera en callarse, con parsimonia, deshilachándose, dejando frases incompletas que se mantenían un instante en el aire después de pronunciarse y luego se disolvían.

La voz de Tareixa siguió un par de minutos más, más baja, casi un susurro.

Después también se calló. Se calló con una nota larga, descendente, que terminó en un silencio absoluto.

El botafumeiro siguió balanceándose un par de minutos más, hasta que el balanceo fue cediendo, despacio, sin que nadie lo tocara, hasta quedarse quieto otra vez, suspendido sobre el crucero.

El humo del incienso se fue posando en el suelo de la nave y formó una pequeña capa dorada cerca del altar mayor.

Hubo un silencio absoluto.

Los siete custodios estaban quietos en sus sitios.

Y Clara, en el banco lateral de la nave sur, también.

Adrián notaba el corazón latiendo en el pecho con un ritmo que no era el habitual.

Cuatro y uno, parecía. Cuatro y uno. Pero quizá era una ilusión.

Quizá era solo el eco de las campanas que llevaba dos semanas y media oyendo.

Aurea bajó la lámpara, sin acelerar.

Adrián, recordando la última instrucción de Xoán, dio dos pasos hacia atrás. Después se giró. Caminó hacia la puerta de la cripta.

Antes de cruzar el umbral, miró un momento hacia el crucero. Tareixa había abierto los ojos. Lo miraba.

Adrián inclinó la cabeza, una vez.

Tareixa inclinó la cabeza también.

Adrián entró por la puerta de la cripta.

Bajó tres escalones. La cripta estaba oscura, fría, antigua.

Al fondo, casi imperceptible en la penumbra, se intuía el sepulcro del Apóstol, una urna de plata sobre un pedestal de piedra antigua, con la pequeña reja moderna que la rodeaba para protegerla de los visitantes diurnos.

Adrián se quedó allí solo un momento, de pie, oyendo el silencio de la piedra que acababa de cantar.

Después hizo lo que había ido a hacer.